Apuntes sobre amor y duelo en Karina

Apuntes de amor y duelo en Karina.
Sobre las narraciones sentimentales.


Para quien vive en relaciones sexo afectivas no hegemónicas, en casi imperativo ponerse a pensar sobre las formaciones afectivas en nuestra cultura; continuando con las formaciones de subjetividades hechas en esos entrecruzamientos de discursos familiares, el entretenimiento global, las ciencias cognitivas, la medicina, las psicologías y llamado sentido común.

El contexto de estas reflexiones tienen una tradición que excede al llamado giro afectivo, pero que sin embargo pensar el afecto, las emociones y los sentimientos posteriormente al feminismo y la teoría queer  ha permitido, o me han permitido, pone capa sobre capa las diferentes maneras de acceder a las producciones estéticas culturales que desde hace ya algún tiempo acordamos que nos hicieron un cuerpo, nos permitieron un cuerpo y establecieron nuestra formas de vincularnos con el mundo y los otros. Esta contextualización es importante por dos motivos; no hay nada de nuevo en el giro afectivo, una puede ir desde Epicuro hasta Benjamín y Adorno, pasando por El arte de amar de Ovidio o el Liber de Diligendo Deo (El tratado del amor a dios) de san Bernardo de Claraval; llegando hasta Deleuze. Y por otro lado porque ha sido para la filosofía unos de los temas fundamentales después del final del 1800, y solo indicar la angustia en el existencialismo o a las hermenéuticas de la sospecha como las llamaba Ricoeur.

“… el giro afectivo es evidente en muchas áreas diferentes de investigación: la memoria cultural y culturas públicas que surgen en respuesta a las historias del trauma; el papel de las emociones como el miedo y el sentimentalismo en las política estatales en la vida de los países occidentales; la producción de la compasión y la simpatía en los discursos de derechos humanos y otras formas de representación liberal de las cuestiones sociales y los problemas políticos; discusiones de la política del afecto negativo, por ejemplo, la melancolía y la vergüenza, inspirada en la teoría queer crítica de lo normal; nuevas formas de investigación histórica, como la temporalidad queer, que hacen hincapié en las relaciones afectivas entre el pasado y presente; el giro a la memoria y lo personal en la crítica como un signo ya sea del agotamiento de la teoría o la renovación vida; el legado de las políticas de identidad como otra inspiración para la vuelta a lo personal; continuar los esfuerzos para repensar paradigmas psicológicos y la relación entre lo psíquico y lo social; la influencia persistente de las nociones de biopoder de Foucault para explicar la política de formación del sujeto y las nuevas formas de gubernabilidad; historias de la intimidad, la domesticidad, y la vida privada; la política cultural de la vida cotidiana; historias y teorías de la sensación y el tacto contadas por la fenomenología y la geografía cultural…” Ann Cvetkovich en Depression del proyecto Public Feeling[1]. A lo que habría que agregar la imaginación de la opresión, las ontologías sociales de Butler y Haraway, la otra inapropiada e inapropiable de Trinh Min-ha  y todo eso que no podemos no querer del colonialismo. (parafraseando a Spivak)

Ahora bien,  aburridas con esta aclaración, puedo decir cualquier cosa.
Las preguntas del giro afectivo las resumo en dos: ¿Cómo siento? Y ¿Cómo siente el capitalismo de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno?

A lo que me gustaría agregar dos preguntas más; que van a articular este trabajo: ¿Cómo es posible que nos comuniquemos con cierto éxito nuestros sentimientos y emociones, cuando por otro lado se afirma como lo más propio e intransferible (incomunicable a veces) tales sentimientos y emociones? Y, ¿Podemos sentir de otra manera que no sea de la forma capital, o dicho más amablemente, podemos hacernos un sentir que no corresponda con nuestra biografía emocional de nuestro contexto?

“…Desde hace algún tiempo hasta ahora se han hecho llamadas para pensar agujeros de gusanos en la búsqueda de un lazo entre las formas de gestión cultural y lo hegemónico; con los modos de resistencia y subversión. Una de nuestras piedras de toque cruciales ha sido la articulación de Eve Sedgwick de una Reparación en lugar de un enfoque crítico paranoico. Basándose no solo en la teoría de recursos de Melanie Klein y Sylvan Tompkins, sino también en el modelo de prácticas estéticas queer, Sedgwick trabaja creativamente desde una ecléctica variedad de materiales, incluyendo sus propios sentimientos…”[2]

Y como alguien me recordó ayer lo político de lo personal en la performatividad del despliegue social, es entonces atraves del cuerpo hecho a medida de una emocionalidad determinada como son reconocibles para los otros “eso” que sentimos.

El aparato de producción corporal -herramienta analítica propuesta por Haraway- busca entender el universo normado y normativizante en los que habitan los individuos, siempre inscriptos en una historia radicalmente específica, poseen singularidades y efectividades diferentes y diferenciantes. “… Los cuerpos como objetos del conocimiento son nódulos generativos materiales y semióticos…”, es decir, no existen de antemano. Los cuerpos aparecen por la estructuración mutua y desigual de los varios cuerpos emergentes en la interacción de investigaciones científicas (producción, escritura y publicaciones), de la clínica médica, de los negocios que se desprenden de ello, de sus metáforas y narraciones distribuidas por toda la cultura de las tecnologías de la visualización/objetivación/imaginación.
                Es para nosotras muy común poder vernos reflejadas en las narraciones que presentan las canciones populares acerca de sentimientos, emociones y afectos en relación con aquel otro/a que siempre interpela. Esa visualización, objetivación e imaginación la agruparemos en la producción artística, o cualquier otro modo de entretenimiento, más o menos masivo, pero que siempre apunta a relatarnos, a dar cuenta de esos afectos que parecen dejar el cuerpo al descubierto (por ejemplo el deseo sexual), revelar su sentir y narrar esos afectos que lo descomponen.
En nuestras narraciones sobre las relaciones que mantenemos con otras en algún momento vacilamos, en algún momento tal relato ya no es nuestro, sino del otro/a. Puesto que en un punto no muy lejano de ese relato de lo que estoy sintiendo, el “yo” no tiene más sentido que el lugar gramatical; el sentimiento no es propio, es de esos otros/as que desintegran mi propio relato, (dicho más sencillamente, mi afecto solo aparece en tanto aparece lo otro) sin duda podemos narrar nuestros sentimientos pero estos sin duda no parecen ser nuestros, la relación con el otro/a se apodera de mí, ya no soy yo. Enfrentémoslo, diría Judith Butler, Los otro/as nos desintegran, y si no fuera así, algo nos faltaría.[3]
                La narración del deseo parece tener el carácter de lo que consideramos como lo más propio, mi deseo, pero claro es mi deseo del deseo del otro/a. El deseo parece otorgarle el sentido último y primero al cuerpo, lo hace un cuerpo deseante, amante, lo hace querer ser reconocido. Un lugar ampliamente compartido como natural donde parece reparar, en última y primera instancia, la narración del yo y la subjetividad supuesta. Ha sido la naturaleza, nos dice Haraway, el lugar retorico ampliamente compartido, altamente regularizado y producido en sus más variantes formulaciones, pero siempre sobre el cual se construye todo el edificio semiótico-material del mundo.

                Los afectos son aquellas sensaciones que el cuerpo vive y habita en ciertos momentos de interpelación directa del mundo. Ese sentir que podemos reconocer con cierta facilidad, ahora mismo, en todas y cada una de ustedes. Y que podemos leer en los otros cuerpos; a diferencia del sentido común o ciertas posiciones ontológicas, quiero pensar que no hemos nacidos con esos sentimientos reconocibles sino que nos hicimos estos sentimientos. Así como no se nace un organismo biológico, sino que se llega a serlo. No nacemos con sentimientos, llegamos a sentirlos como propios.
Los afectos solo tienen sentido para nosotros dentro de un universo emocional plenamente reconocible y ampliamente compartido, aparecen bajo la forma de la singularidad más específica y (al igual que la moral) nos predisponen a la acción. Dicho de una manera más tradicional, lo que se ha llamado las pasiones.

Entonces apuntemos ciertas claves hermenéuticas en nuestra critica relación con las otras/os en una canción de Karina.

Miénteme de Karina es una canción del 2004, del disco que lleva el mismo nombre, tal producción estética está enmarcada en lo que se denomina en las categorías de la producción masiva del entretenimiento musical, Cumbia. No es menor hacer notar que es una producción estética que se categoriza en el segmento más bajo de lo que se considera musicalmente apreciable. Y por lo tanto, es ampliamente compartido, y ese compartir es un piso común donde cualquiera de nosotras podemos aunque sea entender cuál es el contenido semiótico de la canción. Y notemos, también, que es una música creada con el objetivo de ser bailada, una música como entretenimiento, como las historias de la televisión o el cine industrial.
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                 Y por eso elegí para hoy solo dos, el amor y el duelo. Ahora bien, estas no la vamos a ver en toda la variedad de producciones sobre esto en nuestra contemporaneidad. Sino solo en estas dos pequeñas obras maestras del sentir ampliamente compartido.
               
“Miénteme, hazlo conmigo una vez más…” dice Karina al comenzar la esta hermosa canción. Que nos invita a bailar, y que también nos invita a sumergirnos en la relación siempre estrecha entre amor y duelo. “Hazlo conmigo una vez” invita a pensar que la o el amante en cuestión está rompiendo la relación con quien protagoniza la canción. Escrita en primera persona, suponemos que quien está cantando, no solo es la relatora de la historia, sino también quien siente lo que está cantando – y como cualquier reality shows de cantantes nos ha enseñado, lo importante no es la ejecución perfectamente técnica de la vocalización y dar con las notas musicales, sino “creerse” lo que está cantando. La representación performativa del gesto escénico, es lo que importara para cautivarnos.  Así como si fuera una capa sobre otra capa se va armando una Karina que se confunde entre sus canciones, su vida personal, sus presentaciones escénicas y las historias que está contando. Así como la scherezade, el contar también es el lugar de la resistencia.

Espero sean piadosas conmigo, y recuerden que esto son apuntes de un trabajo que seguramente puede llevarme toda la vida, porque no es solo teorico. Por eso las preguntas del principio, lo que puntualizare aquí será lo hegemónico, del sentir hegemónico heteronormado y ampliamente naturalizado, no es casual que el matrimonio por amor aparezca en el mismo siglo que la heterosexualidad.

Volviendo a Miénteme: es una canción de angustia por el amante que se está yendo, pero a diferencia de muchos otras que podemos también escuchar en la radio, lo que me llamo la atención fue que los sentimientos para con la/el amante no están sublimados fuera del cuerpo, sino que es la relación sexual misma la que se pide que se mienta. Es decir, enlaza de una manera fantástica lo que todas suponemos cuando establecemos una relación con alguien que no es ni pariente, ni amiga; cuando hablamos de amor creo que todas estamos de acuerdo en que se supone una relación sexual, si bien no de manera excluyente de alguna manera ha o tiene que pasar por ahí. Decir amar, es decir desear sexualmente. Pero también decir amor es más allá del deseo sexual. La exclusividad afectiva es lo que otorga el sentido completo de nuestra narración. Puesto que si fuera “solo sexo”, no tendría sentido que se mienta -para todas aquellas que tuvimos sexo casual con desconocidas es una mentira innecesaria. Pero mentir que se sigue amando a alguien, supone que se puede tener sexo con esa persona, esta supuesto en la canción que solo así esos cuerpos se acercarían, y que a la vez la satisfacción sexual es un bálsamo para la inminente separación.
               
“…tócame, este ratito nada más,
úsame, saca tus ganas sobre mí,
miénteme, di que me quieres que me gusta,
di que me extrañas más me gusta,
que necesitas de este cuerpo,
que necesitas más de mí…”

Tal exclusividad afectiva también supone que tenga que mentir otra exclusividad; es decir solo desear sexualmente a alguien. La exclusividad sexo afectiva posibilita el sentido del relato, la mentira solo tiene su pasión si se miente la exclusividad.
La complejidad emocional del relato es fascinante por dos motivos, uno: porque parece no tener mayor complejidad para los estudios culturales; y dos: porque es una canción de cumbia de una mujer atravesada por la misoginia publica, el desprecio artístico y la subvaloración de su sociabilidad primaria.
En la canción de Karina el mentir ya no funciona como una falta moral sobre la veracidad de los sentimientos, sino como un bálsamo emocional a la despedida del amante, que nunca se quiere lejos corporalmente. Una desproporción entre la racionalidad del desamor y el deseo sexual que desintegra toda relación coherente consigo misma. Puesto que no solo quiero hacer notar los gestos biopolíticos normativizantes en las canciones de amor, donde sabemos que una de las causales de divorcio es la infidelidad sexual y afectiva, sino todo el despliegues que eso conlleva y quizás las posibilidades de “corrernos” de ello.

“…si hasta te puedo perdonar
que me mientas otra vez...”

Lo personal no es solo político en tanto cuerpos regulados estatalmente, como bien nos ha mostrado la biopolítica y el feminismo, sino también regula una manera correcta la forma de establecer vínculos emocionales, tal producción de sentimientos es una producción ética medianamente reconocible con sus respectivas valoraciones morales. Engañar a alguien produce culpa en quien lo hace y celos en quien lo padece. Nuestros sentimientos producen una acción sobre el mundo y un juicio sobre tales configuraciones en las relaciones con las personas. Lo moral es inseparable de lo sentimental, ese supuesto mundo interior de los sentimientos, no parece ser ya tan interior, primero porque es compartido por una amplia variedad de personas, y segundo porque esos sentimientos tendrán alguna valides si sociabilizan de alguna manera. El secreto y la mentira en las infidelidades es el sistema heteronormado del amor sin duelo, si duele que las personas con las que tengo una relación se acuesten y amen a otras, entonces necesariamente exigiré exclusividad, control sobre los sentimientos de la otra persona, cierto asegurarse que tales sentimientos sigan allí en la otra persona y por último, la pertenencia emocional de esa persona a mí. Y esto no se hace solo en esas discusiones que podemos ver producidas y re-producidas en una telenovela rosa, sino en ese simple gesto propio, cuando nos sentimos mal por tales cuestiones. Sabemos que internalizamos y llevamos como propias estas estéticas del amor romántico. Paradójicamente en Miénteme, el duelo de Karina es sexual, se hace con el otro cuerpo, con el cuerpo que se llora.

“…Búscame si aún te puedo conformar
Déjame, perder el miedo a terminar
muéstrame, mojas mis labios con los tuyos,
junta mi cuerpo con el tuyo,
que necesitas de este cuerpo,
que necesitas más de mí…”

Este giro en el relato emocional desposee de sí misma a quien relata, su duelo no le pertenece estrictamente hablando, ese yo se erige solo como enunciación pero solamente es un cuerpo arrojado al llanto  del sexo de la amante que se va en cada beso. Y ni siquiera es un beso, “es un mojar los labios”, una mentira de un beso.
Retomando un poco las aclaraciones que hice al principio, las prácticas de crítica hermenéutica que he llevado a cabo con la hermosa canción de Karina, me hace prestar más atención a nuevas formas de crítica cultural, nuevas prácticas que presten más atención a los sentimientos como métodos de los  sujetos, métodos hegemónicos que nos hacen un cuerpo que siente solo de determinada manera, y con ello se pone en juego todo el reconocimiento de tales cuerpos. Los afectos no–normativos ponen es cuestión tales identidades emocionales y deshacen la separación de lo público y lo privado, la teoría queer ha sido es crucial en este punto. La despatologizacion de los sentimientos negativos como la vergüenza, la melancolía, la depresión y el fracaso, terminan siendo reapropiadas en categorías como la utopía, la esperanza y la felicidad, aun cuando estas siguen siendo reforzadas por los sentimientos negativos. No es redimir los sentimientos negativos, es salir del binarismo de sentimientos negativos o positivos. La paranoia critica biopolitica que solo podemos esperar ser moldeados por la sociabilización estatal como un destino inexorable e imposible de sortear deja sin agenciamiento político, estético y emocional a cuerpos que establecemos relaciones no-normativas con otros cuerpos. Es decir relaciones sexo afectivas otras  y no identitarias. Pues estas relaciones no normativas son la que nos hicieron darnos contra la pared de la norma sentimental, lo que nos dejó expuestas al no reconocimiento de las y los otros. Donde encontrar la casa y las complicidades se convirtieron en una prioridad estética, es un hacernos con la técnica para encontrar esas afinidades y hogares, el debate de los 70 en la teoría queer sobre lo social contra lo anti-social nos dejó en una encrucijada imposible de franquear, nos dejó rehabitando muchas veces la norma que queríamos no reproducir.
Como diría Haraway, si es que podemos elegir algo, quizás solo podemos elegir el vampiro que atormente nuestros sueños.
La evidencia de Karina, si se me permite decirlo así, es que no estamos fuera de ese universo semiótico-material, pero vaya a saber porque giro del mundo no participamos del todo ahí; la evidencia de Karina es una gestión de los sentimientos, algo sobre como nosotras atravesamos tales pasiones, tales sentimientos. Estas figuraciones también nos pueden servir para hacernos de otras posibilidades de narrar nuestras afectividades. Sigue siendo una cumbia, y podemos bailar y seducir con nuestros duelos.
Las figuraciones funcionan como un escenario para el planteo de posibilidades, tanto futuras como pasadas. Son la copia, la no originalidad. Un sinfín de comentarios miméticos y de incontables hechos en la antigua y moderna historia de occidente. Nuestros cuerpos construidos por una constelación de discursos, narraciones, simbolismos, tecnologías y disciplinamientos y normativizaciones; constituyen un sentir, una constelación de sentimientos y sensibilidades morales, en relación con nosotros mismos y con respecto a las narraciones posibles de nosotros mismos. Y por tanto en la propia opacidad de ese sí mismo, que solo adquiere una dimensión de sentido cuando otro relata quien soy. Este cuerpo es mio, y quizás por ello la responsabilidad de su relato recae en los otros/as   Quise mostrar aquí la narración del cuerpo, deseo y afectos que enmarcar los límites de nuestra sensibilidad moral y material; pero como también se desestabilizan esos propios marcos en la simple narración de una cumbia.
Y junto con Karina diría
“…Búscame si aún te puedo conformar,
déjame perder el miedo a terminar
muéstrame, mojas mis labios con los tuyos,
junta mi cuerpo con el tuyo,
que necesitas de este cuerpo,
que necesitas más de mí,
si hasta te puedo perdonar
que me mientas otra vez…”


La tarea que queda por delante es reinventarnos la pena que haga valer el esfuerzo por llevar adelante nuestras vidas…




[1] Cvetkovich, Ann.  Depression a public feeling. Duke University Press. 2012.
[2] Cvetkovich, Ann.  2012.
[3]Butler, Judith. Dar cuenta de sí mismo. Amorrortu Editores. 2009.

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