El materialismo del materialismo histórico

 

Fotograma Soft & Quiet de Beth de Araujo, 2022

El materialismo del materialismo histórico

Jason Edwards

Trad. emma song

The Materialism of Historical Materialism, Jason Edwards.

En New Materialisms. Ontology, Agency, and Politics. Edited by Diana Coole and Samantha Frost

Duke University Press

Durham & London 2010

 

Hay innumerables e interpretaciones interminables, y debates sobre lo que constituye el materialismo del materialismo histórico. La mayoría sólo son de interés si uno acepta la premisa que el análisis social y político debe proceder de una ontología determinada. Pero esto no quiere decir que el trabajo sobre una ontología de la vida social humana no sea de interés o valor. Parte de lo que tiene que abordar esa ontología es la noción de "materialismo" como doctrina filosófica que refiere a la naturaleza y las manifestaciones multiformes de la materia. Pero yo diría que tales consideraciones sobre la materia y la doctrina del materialismo tienen -o deberían tener- poco que ver con el materialismo histórico como enfoque del análisis social y político. Los intentos de importar al marxismo concepciones filosóficas del materialismo, sean en la forma del materialismo clásico de la Ilustración, o del naturalismo biológico o, en tiempos más recientes, del realismo crítico[1]; han resultado históricamente insuficientes para quienes continúan viendo al materialismo histórico como una teoría de la sociedad, instituciones, prácticas y trayectorias políticas de las sociedades capitalistas contemporáneas.

De esto no se sigue que el materialismo histórico deba considerarse como un conjunto de axiomas estándares que son recogidos por el teórico social o político, y aplicados mecánicamente. El materialismo del materialismo histórico debería verse más como una heurística para el estudio social y político que como un conjunto de tesis explicativas.  Sin embargo el poder de esta heurística parece haber sido pasado por alto, por muchas de las mismas personas que prestaron servicio a la teoría social al desmantelar la noción de materialismo histórico como una ciencia positivista basada en concepciones metafísicas de la historia y el sujeto. Por nebuloso que sea, podríamos identificar el postestructuralismo como coherente sobre el descentramiento del sujeto y el rechazo a la teleología histórica. El posestructuralismo, en este sentido, planteó un desafío poderoso y continuo a un marxismo fundado en la combinación de una antropología filosófica humanista y alguna forma de determinismo económico o tecnológico. Por supuesto, todavía hay personas que desean defender el materialismo histórico como teoría de la naturaleza humana y del desarrollo sucesivo de los modos de producción. Pero, a los efectos de este ensayo, asumiré que tal comprensión del materialismo histórico no es ya defendible, y que si este último aún debe defenderse, será adoptando alguna concepción teórica del antihumanimo y el antihistoricismo. Lo que queda en el corazón del materialismo histórico es un análisis continuo de las condiciones sociales y políticas actuales de las sociedades capitalistas contemporáneas a la luz de su desarrollo histórico, sus instituciones, sus prácticas arraigadas y las circunstancias contingentes que las reproducen -o que amenazan su reproducción- a lo largo del tiempo.

Ahora bien, no hay nada "nuevo" en esta comprensión del materialismo histórico. Pero muchos críticos postestructuralistas del marxismo humanista y determinista olvidan esta concepción del materialismo histórico, justamente en el momento que necesitan recordarla. Gran parte del análisis político que aparece en la literatura posestructuralista recurre efectivamente a una forma de política liberal identitaria y multicultural que parece ciega o indiferente a los principales problemas que enfrentan todos los humanos hoy en día; el cambio climático, la desigualdad global, la migración forzada, las nuevas formas de esclavitud, y la proliferación de tecnologías y guerras militares. En este ensayo sostengo que necesitaremos recordar el materialismo del materialismo histórico, si queremos comprender cómo estos problemas son el producto sistémico de la reproducción de las sociedades capitalistas modernas y el sistema internacional de Estados. La vida de la producción y el consumo social sigue siendo la característica central de las sociedades humanas y, en ausencia de una superabundancia natural o creada mecánicamente, seguirá siéndolo. Las luchas por la tierra y los recursos a medida que el calentamiento global continúa a buen ritmo, la competencia económica entre estados y la continua desigualdad entre el Norte y el Sur, la "Guerra contra el Terrorismo" y la revolución moderna en temasmilitares; tienen consecuencias obvias y de largo alcance en el presente para la organización, perturbación y transformación de la vida material. Necesitamos regresar a una especie de materialismo histórico que se centre en la reproducción de las sociedades capitalistas y el sistema de estados, tanto en las prácticas cotidianas de producción y consumo como en el poder ideológico y coercitivo de los estados y el sistema internacional.

En este ensayo desarrollo las características de tal materialismo histórico en tres secciones. Primero, exploro la noción de prácticas materiales en el marxismo. Aquí sostengo que las prácticas materiales no deben entenderse limitándolas a actividades involucradas en el proceso inmediato de producción, sino que deben concebirse de manera más amplia, como todas aquellas prácticas que involucran cuerpos materiales -orgánicos e inorgánicos- que, desde el punto de vista del materialismo histórico, pueden ser visto como un conjunto de prácticas que reproducen las relaciones de producción a lo largo del tiempo. La segunda sección se centra en la importancia de las prácticas materiales de la vida cotidiana y la organización del espacio vivido para la reproducción del capitalismo, que se lleva a cabo principalmente a través de un trabajo con la obra de Henri Lefebvre. En la sección final, sostengo que sigue siendo crucial para un materialismo histórico creíble que incluya una teoría política sobre la manera que el Estado y el sistema internacional median la vida y los espacios cotidianos, para sostener -y ofrecer desafíos- a las estructuras y el orden económico social constituido actualmente. En este sentido, el tipo de enfoque ontológico materialista desarrollado en la obra más destacada de la teoría marxista de los últimos tiempos, a saber, Imperio de Michael Hardt y Antonio Negri, se queda corto. Sin embargo, existen importantes análisis marxistas que pueden iluminar esta relación entre las prácticas materiales, por un lado, de la vida cotidiana y el espacio vivido; y por el otro, la organización global del poder económico y político.

 

Marxismo y prácticas materiales

                En El Capital, Marx exploró las condiciones necesarias para la reproducción de las relaciones de producción capitalistas. El análisis conceptual abstracto de la mercancía, el capital, la producción y la circulación, el plusvalor, etc.; expuesto en la primera parte del primer volumen que abre a un estudio de las leyes, instituciones y prácticas que son necesarias para la extracción de plusvalía que tienen lugar en el proceso de producción. El famoso capítulo sobre "La jornada laboral" describe los diversos procedimientos, rutinas y prohibiciones cotidianas a las que estaban sujetos los trabajadores de diferentes industrias en la Inglaterra de mediados del siglo XIX, ya fueran niños que trabajaban en fábricas de algodón, fundidores de acero, panaderos, o modistas[2]. Lo que deja en claro el análisis es la naturaleza compleja de las relaciones que se requieren para reproducir el sistema capitalista de producción. En estas páginas, el enfoque de Marx se aparta del sumario programático y determinista del materialismo histórico proporcionado en su prefacio de 1859[3]. Es aquí, en estos análisis más abiertos donde captamos el sentido del materialismo en el materialismo histórico de Marx; es decir, la totalidad de las prácticas materiales que se requieren para reproducir las relaciones de producción a lo largo del tiempo. El carácter de estas prácticas en un entorno determinado no se puede trazar fácil o claramente en un cuadro conceptual donde lo económico tenga primacía y sea un sinónimo directo de lo material. Las relaciones materiales de producción son aquellas que se instancian en tipos específicos de prácticas que en cualquier entorno dado parecen tener ciertas características: legales, políticas, económicas, ideológicas, etc. Mientras Marx ubica el espacio inmediato de producción como central para el sistema moderno del capitalismo industrial, el materialismo histórico -entendido como un análisis amplio de diversas formaciones sociales- reconoce la diversidad de las formas de práctica que son necesarias para sostener las relaciones de producción en situaciones y tipos de sociedades muy diferentes. Este tipo de análisis materialista llama nuestra atención sobre la forma en que instituciones y relaciones sociales específicas, ya sean históricas o contemporáneas, se instancian en múltiples formas de prácticas materiales.

                Por lo tanto es importante reconocer que las prácticas materiales no deben concebirse simplemente como aquellas involucradas en el proceso inmediato de la producción. Se ha argumentado que el materialismo histórico de Marx mantiene una distinción entre las propiedades materiales y sociales de la actividad humana, donde considera que las actividades materiales son aquellas que implican el uso de fuerzas productivas en el proceso inmediato de producción y las actividades sociales son aquellas que no lo hacen inmediatamente[4]. Pero el problema de esta afirmación es doble. En primer lugar, un objeto no se convierte en una fuerza productiva material a menos que sea seleccionado para tal uso en la producción por los seres humanos dentro de un contexto social. Los objetos materiales, en este sentido, siempre están socialmente mediados. En un segundo lugar, un determinado objeto "material" -en el sentido que es físico y tangible- en cualquier momento dado puede ser empleado en el proceso inmediato de producción, en el soporte inmediato de la producción; o de una manera que tenga poco que ver con el proceso inmediato de la producción misma. Un arma de fuego, por ejemplo, es una fuerza productiva cuando se utiliza para disparar a conejos que van a ser consumidos; no es una fuerza productiva, aunque puede ser una condición para el proceso inmediato de producción, cuando se utiliza para coaccionar o proteger a los productores inmediatos; y tiene poco que ver con el proceso inmediato de la producción cuando se utiliza en el deporte, aunque aquí podría apoyar el tipo de práctica ideológica que sostiene el orden social. Todas estas actividades relacionadas con el uso humano de armas constituyen prácticas materiales; en el sentido de que involucran cuerpos humanos que interactúan activamente con el mundo material y lo transforman, y que son, al mismo tiempo, actividades sociales.

                No podemos entender la reproducción de las relaciones de producción capitalistas en el presente sino como una expresión de múltiples y variadas prácticas materiales. A continuación estableceré con más detalle esta concepción de la práctica, o práctica material; pero lo que debería reconocerse aquí es que el materialismo histórico no es inconsistente con un enfoque que enfatice la importancia de las prácticas no productivas, o al menos de las prácticas que no están directamente involucradas en el proceso productivo. No es fatal para el materialismo histórico que el espacio inmediato de producción desempeñe un papel menor en la reproducción de las relaciones de producción del que podría haber desempeñado en el apogeo del capitalismo industrial de masas. A lo largo de los últimos treinta años se han hecho varios intentos por establecer que las transformaciones en el carácter de la producción y el consumo han dejado obsoleto el materialismo histórico. Pero es así sólo si se basa en dos supuestos erróneos; en primer lugar, que el análisis de clase -y en particular, cierto tipo de análisis de clase donde la existencia de una clase trabajadora industrial fordista se ve en sí misma como una condición necesaria de las relaciones capitalistas de producción- se encuentra en el corazón del materialismo histórico y, segundo, que se otorga una primacía incuestionable en la reproducción de las relaciones de producción a las prácticas materiales en la esfera inmediata de la producción. Ninguno de estos supuestos opera en los textos más esclarecedores escritos por Marx, ni en autores de la tradición marxista occidental como Gramsci, Adorno o Althusser.

                Fue Althusser quien, al rechazar la noción de totalidad expresiva hegeliana, defendió de manera notoria un marxismo donde "desde el primer momento hasta el último, el solitario momento de la 'última hora' nunca llega"[5]. En otras palabras, deshacerse de la idea de totalidad expresiva, que Althusser identificó en la obra de marxistas hegelianos como Lukács, implica el reconocimiento de la naturaleza compleja de cualquier formación social determinada. Sus diversos "niveles", "momentos" o -la expresión que Althusser emplea, comas frutos, "prácticas"- aparecen como relativamente autónomos, ocupando espacios y tiempos distintos. En este sentido, diferentes prácticas tienen diferentes ubicaciones e historias que determinarán su relación. Si bien hay mucho que criticar en la concepción del materialismo histórico de Althusser -incluida su afirmación de una estructura dominante así como su intento de proporcionar un criterio de cientificidad para el materialismo histórico bajo la forma de la teoría de la práctica teórica[6]-, no debemos apresurarnos a descartar la noción de una totalidad compleja. El concepto de "totalidad" ha llamado la atención de los pensadores postestructuralistas, particularmente en relación a la deconstrucción, donde la noción de totalidad en las ciencias humanas estuvo asociada durante mucho tiempo con el intento estructuralista de descifrar un nucleo estructural. Esta última estrategia, fue brillantemente expuesta y refutada por Jacques Derrida en la década de 1960[7]. Y, de hecho, se dio el caso que en Para Marx y Leyendo el Capital, Althusser y sus colaboradores buscaban la clave para desbloquear la totalidad, algo que creían que se obtendría recurriendo a la gracia epistemológica de la teoría de la práctica teórica. Pero, por otro lado, es perfectamente coherente hablar de una totalidad sin un centro, como en efecto estaba haciendo Althusser a pesar de su guiño (en gran parte retórico) a las nociones de estructura en el dominio y la determinación por parte de lo económico en última instancia. Lo que el deconstruccionismo señala es que el significado de la totalidad nunca está cerrado por sus elementos constitutivos. En el enfoque de Derrida sobre la lectura de textos, el significado se difiere constantemente. Este no es el lugar para entrar en una discusión sobre si los textos y las sociedades pueden ser tratados a la manera deconstruccionista, pero es oportuno señalar que rechazar la idea de una totalidad centrada, como una abstracción de la forma de las relaciones sociales, no implica un rechazo de la noción de una totalidad de relaciones sociales sin un centro. De hecho, como muestro en la sección final, así es como las contribuciones marxistas más recientes abordan la cuestión de la totalidad con respecto a la forma del sistema económico y político internacional.

                Por tanto, es posible rescatar del trabajo de Marx y Althusser la concepción de una totalidad compleja de prácticas materiales que son constitutivas de las relaciones de producción capitalistas. Las prácticas materiales, en este sentido, deben verse como formas regulares de comportamiento que están gobernadas por normas y que involucran la relación de si con el propio cuerpo y con otros cuerpos, así como con los objetos de la experiencia. Si designamos tales prácticas como "políticas", "ideológicas" o "económicas", entonces lo hacemos sólo en la medida que dichas prácticas atienden a lo que generalmente entendemos como fenómenos políticos, ideológicos o económicos; es decir, el gobierno del conflicto y la cooperación social, la producción y propagación de sistemas de creencias y procesos de producción y consumo. Sin embargo, si hablamos de la totalidad de estas prácticas que son constitutivas de las relaciones capitalistas de producción, en un sentido es simplemente un trabajo descriptivo. Mientras definamos las relaciones de producción capitalistas como aquellas donde existen derechos de propiedad privada, intercambio legalmente protegido a través de mercados y un mercado de trabajo, entonces podemos hablar de la suma de prácticas materiales que se requieren para que tales relaciones de producción sean producidas. Pero debería quedar claro que tenemos que ir más allá si queremos demostrar cómo esta totalidad compleja se materializa en la vida cotidiana de las personas, y cómo las prácticas materiales de la vida cotidiana están implicadas en el poder político y económico del Estado y del sistema internacional.

 

Vida cotidiana, espacio y capitalismo

                Hasta ahora hemos visto cómo Marx se propuso en El Capital analizar las condiciones cotidianas de producción que eran necesarias para la reproducción de las relaciones de producción capitalistas. De hecho, Marx no fue el primero en hacer esto, antes de dedicarse a la economía política, Engels ya había realizado este tipo de investigación; y también hay pasajes anteriores en los que los teóricos escoceses de la sociedad comercial, particularmente Adam Smith en su discusión sobre la división del trabajo, estaban haciendo algo similar[8].

                Como consecuencia, se creía que escapar de la explotación y opresión del trabajo bajo el capitalismo sólo podía lograrse mediante la revolución, ya fuera a través del desarrollo espontáneo de la conciencia política de la clase trabajadora o mediante las acciones del partido de vanguardia revolucionaria.

En consecuencia, el análisis de la experiencia cotidiana desde la perspectiva marxista "clásica" tendía a ver tal experiencia, principalmente estructurada por la organización de la esfera de producción, como una consecuencia funcional de la reproducción en las relaciones del capitalismo industrial y financiero. En este sentido, se pasó por alto la constitución de la experiencia a través de las múltiples formas de práctica material fuera del espacio inmediato de producción, con el que cada individuo se involucra diariamente. El crecimiento en el siglo XX de una sociología, que se ocupaba exactamente de tales experiencias, expresadas en convenciones y rituales somáticos y lingüísticos involucrados en la conducta de la vida cotidiana, planteó un desafío al tipo de marxismo que limitaba la experiencia significativa al sitio inmediato de producción[9]. Posteriormente, el análisis foucaultiano de las relaciones de poder en las sociedades modernas enfatizará cómo la experiencia de los trabajadores en la esfera de la producción estaba moldeada por el mismo tipo de normas disciplinarias que se aplicaban a una gran variedad de instituciones y prácticas materiales fuera del proceso de producción inmediato[10]. En la tradición marxista, las lecciones de una sociología que se centraba en la esfera de la cultura material como mecanismo para la reproducción del capitalismo fueron adoptadas por primera vez por Walter Benjamin y los miembros de la Escuela Frankfurt, sobre todo Theodor Adorno y Max Horkheimer[11]. Hasta cierto punto, estos dos últimos anticiparon el Foucault de Vigilar y castigar, especialmente en su explicación de cómo opera la pacificación normalizadora en aquellas áreas de la vida cotidiana moderna donde el liberalismo concibe como el dominio privado del individuo, libre de la incursión del poder.

Sin embargo, quizás la explicación más influyente de cómo se reproduce el capitalismo en espacios sociales fuera de la esfera inmediata de la producción fue la proporcionada por Henri Lefebvre en su trabajo sobre la vida cotidiana. Cuando Lefebvre publicó el primer volumen de su Crítica de la vida cotidiana en 1947, la noción de la vie quotidienne pretendía transmitir un significado que, como señala Stuart Eldon, no está del todo captado por el término inglés "Everyday Life"[12] [la vida de cada día]. La noción de lo cotidiano, a este respecto, pretende transmitir la importancia de la experiencia del día a día en la modernidad. Además, explica cómo dicha experiencia se ha vuelto uniforme, rutinaria y repetitiva. En este sentido, la vida del día a día fuera del espacio inmediato de la producción tiene el mismo tipo de rutina y forma repetitiva que en el proceso de trabajo tayloriano. Al mismo tiempo, a finales del siglo XX la vida cotidiana del consumo y el ocio había adquirido una importancia mayúscula en el Occidente industrial capitalista, donde la familia y la vida privada absorbían la mayor parte del tiempo del individuo a medida que las horas de trabajo disminuían y el tiempo de ocio aumentaba, así como la producción de bienes de consumo se multiplicó y diversificó, y como la ideología de libertad personal y superación individual se volvió omnipresente. El consumo y el ocio pasaron a ser vistos como el objetivo de la vida, y el trabajo como un medio necesario para alcanzar tal fin. En este sentido, la vida cotidiana del trabajo y la vida cotidiana del consumo llegaron a ser ampliamente consideradas como dos formas separadas de la experiencia, la primera generalmente vista como una relación necesaria y la segunda como el ámbito de la libertad y la superación personal. Lefebvre sostiene a lo largo de su obra que esta separación es meramente aparente, ya

que la vida cotidiana, como el lenguaje, contiene formas manifiestas y estructuras profundas que están implícitas en sus operaciones pero ocultas en ellas y a través de ellas... Los actos de cada día se repiten… Son simultáneamente individuales, "grupales" ... y social. De manera poco atendida, lo cotidiano está estrechamente relacionado con los modos de organización y existencia de una sociedad (particular), que impone relaciones entre las formas de trabajo, ocio, "vida privada", transporte y vida pública. Como una influencia restrictiva, lo cotidiano se impone a todos los miembros de la sociedad relevantes; quienes, con algunas excepciones, sólo tienen variaciones menores en las normas a disposición[13].

Lo que Lefebvre señala es la importancia de considerar la vida cotidiana del consumo y del ocio como una figura de la totalidad de las prácticas materiales -incluidas las de producción- que están involucradas en la reproducción de la vida económica política. En este sentido, podríamos ver las prácticas de libertad individual y superación personal como efectos de las relaciones sociales que constituyen las condiciones para la reproducción de las relaciones de producción capitalistas en el contexto del poder del Estado y el sistema internacional actual. El énfasis de Lefebvre en la importancia de la vida cotidiana fuera de la esfera inmediata de la producción es el estímulo para el extenso análisis de la forma donde la producción del espacio en el mundo moderno está ligada a la experiencia de lo cotidiano[14]. El enfoque de Lefebvre sobre la manera que se produce el espacio material en diversos tiempos y lugares -pero particularmente en la ciudad moderna- marca un giro importante en la teoría social, alejándose de la valorización del evento o proceso histórico hacia una reflexión más profunda sobre la manera en como se produce el espacio material donde los seres humanos viven y trabajan, limitandolos y proporcionando los recursos para la acción social. El análisis del espacio de esta manera ha sido continuado por sociólogos y geógrafos contemporáneos interesados en las conexiones entre espacio urbano, producción capitalista, Estado y el sistema internacional.[15] Me refiero a algunas de estas contribuciones en la sección final, pero aquí basta con señalar la deuda más reciente con la conceptualización del espacio de Lefebvre. El espacio, en este sentido, no denota un vacío ni el entorno físico dado en el que viven los seres humanos, el espacio es más bien el espacio social producido por las prácticas materiales de los seres humanos. Para Lefebvre, el análisis de la producción social del espacio se basa en tres conceptos relacionados. Primero, el concepto de prácticas espaciales: es decir, la práctica general de la organización del espacio en un entorno social particular, dada la tecnología productiva de una sociedad, sus relaciones de producción, sus creencias religiosas, convenciones culturales, etc. La práctica espacial de la antigua ciudad-estado, por ejemplo, es muy diferente a la de la ciudad del medioevo o la moderna. En segundo lugar, las representaciones del espacio: es decir, el espacio tal como se conceptualiza técnicamente en el conocimiento y las prácticas de científicos, arquitectos, planificadores, etc. Una vez más, la forma de estas representaciones variaran según los diferentes tipos de formación social. En tercer lugar, los espacios representacionales: el espacio vivido que las personas experimentan en su vida diaria, un espacio que en general es "experimentado pasivamente" y que "[tiende] a sistemas más o menos coherentes de símbolos y signos no verbales"[16].

                El trabajo de Lefebvre sobre la experiencia de la vida cotidiana y la producción del espacio a través de prácticas materiales y representacionales múltiples e interdependientes es crucial para el funcionamiento de un materialismo histórico en la actualidad significativo. Mientras que algunos marxistas han intentado revivir el marxismo buscando nuevos criterios filosóficos para una posición científica, reduciéndolo a un conjunto de hipótesis explicativas discretas, o transformándolo en una teoría puramente normativa de justicia distributiva; el énfasis de Lefebvre en la vida y el espacio cotidiano proporciona una perspectiva desde la cual poder explorar mejor el problema central del materialismo histórico. Es decir, cómo las relaciones de producción sostienen y reproducen ciertas formas históricamente determinadas de producción y consumo. El materialismo histórico desde esta perspectiva no es una meta teoría del desarrollo sucesivo de los modos de producción, sino que nos lleva hacia una densa pero abierta totalidad de prácticas materiales que constituyen y reproducen una formación social dada.

                Esto no significa negar que algunos aspectos del materialismo histórico de Lefebvre sean profundamente problemáticos. No es exagerado decir que su némesis intelectual fue Althusser. La objeción central de Lefebvre al tipo de marxismo "estructural" que desarrollaron Althusser y sus colaboradores fue la subordinación del individuo -o sujeto- a la estructura, de tal modo que los sujetos parecen ser un poco más que portadores de la estructura social. El rechazo de Lefebvre de este tipo de subordinación directa de los sujetos a la estructura social es crucial para su argumento, puesto que la experiencia subjetiva es una categoría central para comprender el carácter de la vida cotidiana. En consecuencia, en algunos de sus trabajos intentó trazar una orientación entre las dos principales corrientes filosóficas que dominaron la escena intelectual francesa de posguerra; el estructuralismo y la fenomenología. Gran parte de su análisis buscó demostrar cómo las normas y representaciones de la vida cotidiana operan dentro de la experiencia de los individuos[17]. Y al mismo tiempo, sostuvo que la "alienación" es "la noción central de la filosofía"[18]. A pesar de su rechazo explícito a la presunción que un concepto de alienación depende de una antropología filosófica que postule una naturaleza humana sustantiva y presocial, su constante retorno a esta noción es problemática. Porque mantiene un análisis de la vida cotidiana y de la organización contemporánea del espacio que es de carácter negativo, en gran medida. Implica que los individuos están alienados en los procesos combinados de producción y vida cotidiana, y que la alienación sólo puede superarse mediante la transformación. Lo que tal enfoque todavía presupone es la visión utópica de formas no alienantes de producción y vida cultural con las que se comparan las formas actuales. Y simultáneamente da lugar a una idea políticamente subrepticia que los cambios en la producción y la vida cotidiana deben lograrse desde afuera de ella, mediante actos externos de transgresión y rechazo. Esto explica el atractivo de la obra de Lefebvre para los revolucionarios situacionistas[19].

                Hasta ahora he defendido la idea que un análisis materialista de la organización de la vida cotidiana y el espacio en las sociedades capitalistas puede y debe proceder sobre la base de una comprensión de la totalidad de las prácticas materiales que son necesarias para la reproducción de las relaciones de producción capitalistas. Hacerlo sería pintar el tipo de visión incesantemente sombría de la modernidad expuesta en la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer. Tal  imagen no reconoce que las prácticas materiales constitutivas de la vida moderna son las únicas bases desde las cuales podemos esperar y anhelar lograr transformaciones políticas y sociales importantes. De hecho, en su último libro publicado, Rhythmananlysis, el propio Lefebvre aborda este tema a través de una reflexión sobre los ritmos de la vida cotidiana, particularmente en el contexto del espacio urbano. "Ritmo”, a este respecto, denota el carácter repetitivo de la vida cotidiana, pero no puede haber "una repetición absoluta e idéntica indefinidamente, de ahí la relación entre repetición y diferencia. Cuando se trata de lo cotidiano, de los ritos, de las ceremonias, de las fiestas, de reglas y leyes, siempre hay algo nuevo e imprevisto que se introduce en la repetición: la diferencia."[20] En consecuencia, incluso dentro de las prácticas urbanas contemporáneas que parecen altamente repetitivas -ya sea viajar al trabajo en la misma ruta todos los días, ir al mismo tipo de bares, restaurantes o discotecas con amigos, navegar por Internet para ampliar la red de contactos o jugar videojuegos que implican algún tipo de interacción virtual con el espacio de la vida urbana- existe una diferencia y el potencial por el cual tales prácticas se conviertan en sitios de resistencia y transformación política. Si bien el materialismo histórico ha tendido tradicionalmente a ignorar los actuales tipos de prácticas, su análisis es fundamental tanto para comprender la reproducción de las sociedades capitalistas a lo largo del tiempo como para considerar cómo se pueden transformar las relaciones sociales. Sin embargo, por importante que pueda ser este enfoque hacia la vida cotidiana y la organización del espacio vivido, debe estar conectado con un análisis de la relación entre la producción económica, el Estado y el sistema internacional actual.

Una geopolítica materialista

                En la última década se ha visto un resurgimiento considerable (al menos desde la perspectiva de principios de 1990) de los análisis marxistas del sistema económico y político internacional. Quizás el más destacado de ellos sea el trabajo de Michael Hardt y Antonio Negri sobre el Imperio[21]. La tesis de Hardt y Negri sobre el declive del Estado-nación y una nueva forma de soberanía basada en un "poder en red" de estados dominantes, organizaciones supranacionales y corporaciones capitalistas –o el Imperio- es ya bien conocido. Pero por muy problemática que sea esta tesis, lo más sorprendente de la obra es la manera que gira en torno a los conceptos de biopolítica y desterritorialización, tal como están tomados de la obra de Foucault y, de Gilles Deleuze y Felix Guatrari respectivamente[22]. Claramente, ambos conceptos son materialistas en el sentido que se ocupan, en primer lugar, del gobierno de los cuerpos y las poblaciones humanas, y en segundo lugar, de la organización del espacio físico. Pero, de hecho, lo que Imperio nos presenta no es, como cabría esperar, un descubrimiento de cómo la biopolítica y el proceso de desterritorialización funcionan y transforman la vida cotidiana y el ordenamiento del espacio vivido, sino más bien un argumento altamente conceptual y abstracto que parte de la asunción de estos conceptos y luego deriva el Imperio de ellos.

                Por muy influyente que haya sido el trabajo de Hardt y Negri, es difícil ver en qué sentido cuenta como un análisis materialista, aparte apunta hacia la importancia general de la organización de los cuerpos y el espacio para el funcionamiento del poder político y económico en el mundo contemporáneo. Su argumento proporciona poco al análisis de los tipos específicos de prácticas materiales -ya sean económicas, culturales o políticas- que sustentan el capitalismo internacional. Sólo cuando se examina el segundo libro de Hardt y Negri puede observarse una clara motivación detrás del primero. Porque ahi vemos una explicación desarrollada de la potencial alternativa al Imperio en el mundo actual: la "multitud". Un cuerpo que, siendo "múltiple e internamente diferente, es capaz de actuar en común y regula sí mismo" y que es "carne viva que se regula a sí misma"; "la multitud es el único sujeto social capaz de ejecutar la democracia, ésa es la regulación de todos para todos”[23]. La lente por la cual Hardt y Negri ven la multitud está determinada por el compromiso con Spinoza, como autor de una filosofía de la libertad absoluta, y es esta "facultad por la libertad y la propensión a rechazar la autoridad, [las que] se han convertido en los instintos humanos más sanos y más nobles, verdaderos signos de la eternidad”. Esta concepción de libertad da forma a una multitud "ontológica", sin la cual "no podríamos concebir nuestro ser social"[24].

                Entonces, para lo que sea, Imperio y Multitud son libros construidos sobre el intento de proporcionar una base ontológica más que sobre el análisis de prácticas materiales, en una cierta lectura de Spinoza, para el marxismo contemporáneo también[25]. En efecto, Hardt y Negri están interesados en el resurgimiento de un discurso filosófico, de un materialismo donde se encuentra la unidad en la multiplicidad de "singularidades" que caracterizan un mundo que, según ellos, se ha vuelto cada vez más fluido y "conectado" a través del proceso de desarrollo globalizado económico y surgimiento del imperio. Pero en este análisis se pasa por alto la naturaleza profundamente discutible de los procesos que afirman haber dado forma al mundo del imperialismo posmoderno y de la multitud. "Globalización" se refiere a una serie de procesos precisos cuyo carácter y consecuencias varían bastante. Como mínimo, se exagera mucho con la idea de la muerte del Estado soberano. Si bien la creciente internacionalización de la economía puede haber proporcionado más influencia a las organizaciones supranacionales y a las corporaciones multinacionales en el transcurso de los últimos veinte años; aun es cierto que las instituciones tradicionales siguen dependiendo en gran medida de la capacidad del Estado soberano para vigilar a las poblaciones y sus fronteras, proporcionar seguridad interna y regulación económica y, cuando sea necesario, utilizar el poder militar para eliminar amenazas percibidas y reales al orden los mercados y el orden internacional. El poder político y la producción económica continúan organizándose dentro de territorios distintos -principalmente la nación y la región- y siguen siendo gobernados por jerarquías cuya autoridad se deriva del Estado soberano legalmente reconocido.

                Afortunadamente, el enfoque de Hardt y Negri no agotan las posibilidades de un análisis materialista histórico del capitalismo en el contexto del Estado moderno y del sistema internacional actual. Otros autores han intentado trazar los vínculos entre las prácticas materiales involucradas en la vida cotidiana, la experiencia del espacio, y la organización más amplia del poder económico y político. Los geógrafos preocupados por cómo el neoliberalismo ha reestructurado la forma de acumulación de capital, que ha trazado la forma, por ejemplo, de las políticas de ajuste estructural que han afectado el carácter del crecimiento urbano en la actualidad. Como afirma Mike Davis, el neoliberalismo en América Latina, Asia y África ha tenido el efecto de crear megaciudades que están compuestas en gran medida por viviendas marginales. Las condiciones impuestas a los países para obtener préstamos del FMI desde fines de la década de 1970, incluida la liberalización del comercio y la reducción del déficit, destruyeron los medios de vida de muchos pequeños productores rurales, obligando el translado a las ciudades junto a los marginales de la población urbana, que eran las principales víctimas de la reducción del gasto estatal en servicios públicos. Sin embargo, las respuestas por vivir en los barrios marginales de las megaciudades varían y dependen de circunstancias contingentes: "Incluso dentro de una sola ciudad, las poblaciones de barrios marginales pueden soportar una variedad desconcertante de respuestas al abandono y la privación estructural, que van desde iglesias carismáticas y cultos proféticos hasta milicias étnicas, pandillas callejeras, ONG neoliberales y movimientos sociales revolucionarios.[26]"

                David Harvey también ha trazado los efectos en la vida urbana de las políticas neoliberales aplicadas por los principales estados y organizaciones económicas internacionales desde la década de 1980. En contraste con las ciudades del "Tercer Mundo", muchos de los grandes centros metropolitanos del Occidente rico, empezando por Nueva York, sufrieron una transformación desde finales de 1970 en adelante que representa una recuperación del espacio urbano por parte de una élite económica y cultural[27]. En la explicación de Harvey, el neoliberalismo aparece en gran medida como una herramienta de una élite financiera que deseaba restablecer su preeminencia política, económica y cultural después de décadas de retroceso frente a las reformas socialdemócratas que habían reducido las desigualdades en la distribución de la riqueza. En consecuencia, hay un fuerte elemento de análisis de clase en este argumento. Pero en el sentido donde la clase sigue siendo importante para un análisis materialista histórico, no puede concebirse meramente como una relación abstracta con los medios de producción. La noción de una "clase en sí misma" debe ser descartada, porque una clase social es siempre una forma de identidad colectiva que sólo puede consumarse a través de prácticas y experiencias compartidas. En este sentido, la visión que la "multitud" alguna vez podría ser una agente de transformación social y política es una fantasía. Lo que une a un grupo como una "clase" y, por lo tanto, le proporciona la capacidad de agencia transformadora, es un conjunto de prácticas materiales involucradas en la vida cotidiana y la experiencia del espacio vivido. Es al menos posible, en relación a esto, hablar de un resurgimiento de la "clase capitalista" en los últimos tiempos, si por esto se entiende un grupo de personas que trabajan en grandes corporaciones financieras y comerciales de centros metropolitanos, como New York, Londres, Frankfurt y Tokio; que tienen vínculos explicitos con los responsables de la formulación de políticas, son defensores de la ideología neoliberal, y se han beneficiado materialmente de las reformas neoliberales. Por supuesto, cualquier análisis desarrollado también debería centrarse en otras características del actual sistema, entre ellas los efectos de la revolución en los asuntos militares, la doctrina Bush y la guerra contra el terrorismo. Es necesaria una orientación que analice el carácter ancho de la organización y los procesos geopolíticos si queremos comprender el carácter de la vida cotidiana y la estructuración del espacio en el mundo contemporáneo, que sirven para reproducir y proporcionar desafíos a las sociedades capitalistas. Sin duda, hay un número significativo de académicos que trabajan en las áreas del sistema político y económico internacional, y de la producción y reproducción del espacio y la vida cotidiana que adoptan este enfoque; algunos de los cuales reconocen explícitamente una afiliación al marxismo mientras que otros son más críticos y distantes. Sigue permaneciendo un sentido donde donde este enfoque es totalizador y busca vincular fenómenos aparentemente contingentes y locales con transformaciones sociales y políticas a gran escala. Pero en su crítica de la noción de "totalidad" como jerarquía, muchos autores posestructuralistas y posmodernos se movieron demasiado rápido hacia el modelo del mundo en red y fluido[28]. Para la mayoría de las personas, la vida cotidiana continúa experimentándose en forma de interacciones con una categorización jerárquica de prácticas materiales en un espacio vívido determinado que está regido por el Estado y el sistema geopolítico.

 

Conclusión

                En este ensayo he tratado de abordar qué constituye o debería constituir el materialismo del materialismo histórico. Ésta es una cuestión importante, ya que las poderosas críticas hechas por el postestructuralismo a los conceptos de sujeto y de teleología histórica proporcionaron un desafío incontestable al marxismo humanista e historicista que tendía también hacia el determinismo económico. Pero si consideráramos el materialismo histórico como una teoría de la totalidad de las prácticas materiales implicadas en la reproducción de las sociedades capitalistas contemporáneas, entonces yo diría que no sólo es posible, sino enteramente necesario, salvar esta teoría. Los intentos posestructuralistas y posmodernos de comprender el carácter del sistema geopolítico y económico internacional contemporáneo han resultado, en gran medida, en un privilegio poco realista de las redes y flujos globales. Los influyentes trabajos de teóricos de la globalización como Manuel Castells y Anthony Giddens[29] han resultado en una política de vida personal y superación personal, que muchas veces parece ciega o indiferente a las estructuras que limitan la vida de las personas. Pero incluso los autores que critican las tendencias de globalización, como Hardt y Negri, a menudo terminan abrazando soluciones idealistas -como el mito ontológico de la multitud-, que simplemente no logran captar el carácter de las sociedades capitalistas contemporáneas y el sistema de estados. Un materialismo histórico que se concentra en la multiplicidad de las prácticas materiales en sus dimensiones históricas y espaciales singulares -centrándose en el carácter de la vida cotidiana y del espacio vivido (como lo establece Lefebvre) y atendiendo a su relación con el ordenamiento de la ciudad, la región, el estado y el sistema internacional (como en el trabajo reciente de geógrafos críticos y teóricos sociales)- es el que puede ayudarnos en una evaluación realista de las soluciones a los principales problemas del cambio climático, la desigualdad global y la guerra que enfrenta el mundo actualmente.



[1] See Lenin, Materialism and Empirio-Criticism; Kolakowski, vol. 2 of Main Currents of Marxism, chap. 17;

Timpanaro, On Materialism; Brown, Fleetwood, and Roberts, eds., Critical Realism and Marxism.

[2] Marx, Capital, vol. I (Harmondsworth: Penguin, 1990).

[3] Marx, preface to An Introduction to the Critique of Political Economy.

[4] Cohen, Karl Marx’s Theory of History.

[5] Althusser, For Marx, 113; Althusser and Balibar, Reading Capital, part 2, chap. 4.

[6] Ver Hindess y Hirst, Mode of Production and Social Formation; Glucksmann, ''A Ventriloquist Structuralism."

[7] Derrida, "Structure, Sign and Play in the Human Sciences."

[8] Engels, The Condition ofthe Working Class in England; Smith, The Wealth of Nations, books 1-3.

[9] Mead, Mind, Self and Society; Goffman, The Presentation of Self in Everyday Life.

[10] Foucault, Discipline and Punish: The Birth of the Prison.

[11] Benjamin, The Arcades Project; Adorno and Horkheimer, Dialectic of Enlightenment; Adorno, The Culture Industry.

[12] Lefebvre, Critique of Everyday Life, vol. I; Eldon, Understanding Henri Lefebvre, 112.

[13] Lefebvre, Critique of Everyday Life, vol. 3, 4-S.

[14] Lefebvre, The Production of Space.

[15] Ver por ejemplo: Jameson, Postmodernism, or, The Cultural Logic of Late Capitalism; Harvey, Spaces of Capital; Davis, Planet of Slums; Massey, For Space; Hirst, Space and Power.

[16] Lefebvre, The Production of Space, 31-38, 39.

[17] Eldon, Understanding Henri Lefebvre, 113.

[18] Lefebvre, Critique of Everyday Life, voL 1,168.

[19] Ver Debord, Society of the Spectacle; Vaneigem, The Revolution of Everyday Life.

[20] Lefebvre, Rhythmanalysis: Space, Time and Everyday Life, 6.

[21] Hardt and Negri, Empire.

[22] Foucault, Discipline and Punish; Deleuze and Guattari, A Thousand Plateaus(London,1988 ).

[23] Hardt and Negri, Multitude, 100.

[24] Ibid., 221.

[25] Ver Negri, Subversive Spinoza.

[26] Davis, Planet of Slums, 201-2.

[27] Harvey, A Brief History of Neoliberalism, 44-48.

[28] Castells, The Informational City.

[29] Giddens, Runaway World.

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