Horizonte de lujuria de Ellen Willis
Horizonte de lujuria.
¿Es el movimiento de mujeres prosexo?
Ellen Willis
No More Nice Girls, Countercultural
Essays
Chapter, Lust Horizons. Is the women’s
Movement pro-Sex?
University of Minesota press. 2012
Trad. emma song
Mis interpelaciones de las preguntas
que poseen mayores probabilidades de provocar una discusión indecorosa entre un
grupo de personas, donde todas ellas simpatizan entre sí y odian a Ronald
Reagan, ¿existe algún criterio objetivo para obtener relaciones sexuales
saludables o satisfactorias? En caso afirmativo, ¿cuáles son? ¿Es importante
una buena vida sexual? ¿Qué tan importante? ¿La abstinencia es mala? ¿Tiene el
sexo alguna relación intrínseca con el amor? ¿Es la monogamia demasiado
restrictiva? ¿Son las sexualidades masculinas y femeninas intrínsecamente
diferentes? ¿Somos todas básicamente bisexuales? ¿Existen los orgasmos
vaginales? ¿Importa el tamaño? Se entiende la idea. A pesar del interminable
debate público sobre el sexo, a pesar de las estadísticas de los
"expertos" y de los abundantes testimonios personales sobre nuestros
deseos, fantasías y hábitos sexuales; hemos logrado muy poca claridad -y mucho
menos acuerdo- sobre lo que significa. Al mismo tiempo, no hay ningún tema
sobre el cual la gente tenga opiniones más apasionadas, ciegas y obstinadas.
Lo que resulta especialmente
desconcertante, para quienes creemos que comprender la sexualidad es crucial
para un análisis feminista, es que las feministas están tan ambiguas, divididas
y dogmáticas acerca del sexo como todos los demás. Esta sensación de ser un
tema resistentemente intratable y siempre doloroso, impregna dos antologías
recientes que, en otros aspectos, difícilmente podrían ser más dispares. Women - Sex and Sexuaiity, una colección
de artículos de la revista académica feminista Signs, es una mezcla sobria de ensayos teóricos, reseñas, informes
sobre investigaciones y documentos históricos. La sección de teoría es la más
interesante; la mayoría de los ensayos, incluidos algunos con los que estoy
violentamente en desacuerdo, plantean preguntas provocativas o puntos de vista que
valen la pena pensar. (Recomiendo especialmente a Judith Walkowitz sobre la
política de la prostitución, Rosalind Petchesky sobre la libertad reproductiva,
Ann Barr Snitow sobre el sexo en las novelas femeninas, Alix Kates Shulman
sobre la génesis de las ideas feministas radicales sobre el sexo; debo añadir
que las dos últimas y yo pertenecemos al mismo grupo de mujeres.) Por lo demás,
el libro es desigual, con información valiosa, reflexiones saturadas de reseñas
que son un poco más que resúmenes, e investigaciones que rayan en lo trivial.
La prosa académica forzada es un problema incesante, aunque en menor medida que
en la mayoría de las colecciones académicas.
El número sobre sexo de Heresies, una revista iniciada por artistas
feministas y que ha publicado 12 números, cada uno dedicado a un solo tema y
editado por un colectivo diferente, es más divertido de leer. Es vivaz,
obsceno, irreverente; intercala arrebatos teóricos ("Pornografía y
placer", "Una mirada histórica a algunos aspectos de la sexualidad
negra", "El narcisismo, el feminismo y el vídeo") con cuentos,
poemas, sátiras, dibujos y gráficos ingeniosos. La antología de Sign define el tema en términos más
inclusivos; Heresies se centra en el aspecto
sexual donde las feministas han tenido más problemas para discutir; el deseo
("¿De dónde vienen nuestros deseos? ¿Cómo se manifiestan en sus infinitas
variaciones? ¿Y qué nos dicen, en todo caso, sobre lo que significa ser
mujer?"). Las editoras de Women -Sex
and Sexuality ven la falta de una teoría sexual coherente por parte del
movimiento, como un eclecticismo saludable: "Dado que la sexualidad
femenina existe dentro de contextos específicos, dentro de matrices del cuerpo
y del mundo, ninguna perspectiva única, ninguna disciplina única, puede hacerle
justicia". El colectivo Heresies simplemente
admite que no pudieron ponerse de acuerdo en mucho; a lo largo del número se
encuentran editoriales divergentes de editoras individuales (pero anónimas).
El fracaso de las feministas a la
hora de entender, por así decirlo, este tema tan importante es singularmente
decepcionante, dadas nuestras (ingenuas) esperanzas al comienzo. En "Sexo
y poder: bases sexuales del feminismo radical", la contribución a la
colección Signs de Alix Kates Shulman,
explica la premisa de la conciencia feminista radical: "Los llamados
expertos en mujeres habían sido tradicionalmente hombres que, como parte de la
estructura de poder supremacista masculina, se beneficiaban de la perpetuación
de ciertas ideas... Queríamos llegar a la verdad sobre cómo se sentían las
mujeres... No cómo se suponía que debíamos sentirnos, sino cómo nos sentíamos
realmente". Al final resultó que era más fácil decirlo que hacerlo,
especialmente cuando los sentimientos en cuestión eran sexuales. Cuestionar la
"experiencia" masculina sobre lo que es o debería ser el buen sexo,
lo que las mujeres sienten o deberían sentir, es sólo un requisito previo para
comprender "cómo nos sentimos realmente". La experiencia sexual de
las mujeres es diversa y a menudo contradictoria. Los sentimientos sexuales de
las mujeres han sido sofocados y distorsionados, no sólo por los hombres y las
ideas de los hombres, sino también por nuestras propias y desesperadas estrategias
para vivir en y con una cultura sexista, sexualmente represiva. Nuestras
convicciones más apasionadas sobre el sexo no reflejan necesariamente nuestros
deseos reales; y es muy probable que tengan como objetivo reprimir el dolor de
los deseos, que hace mucho tiempo decidimos que eran demasiados peligrosos para
reconocerlos, incluso para nosotras mismas. Si la teoría feminista ha de basarse
verdaderamente en la realidad de la vida de las mujeres, las feministas deben
examinar las creencias y sentimientos que profesan con tanto escepticismo, como
los que aplican a los enunciados masculinos. De lo contrario corremos el riesgo
de simplemente reemplazar los prejuicios y racionalizaciones masculinas por las
nuestras. Pero ¿qué criterios aplicamos a tal examen? ¿Cómo distinguimos entre
sentimientos inauténticos y reales?
Una corriente influyente en un temprano
pensamiento feminista radical, suponía que las mujeres tenían una especie de
sabiduría colectiva, extraída de su experiencia, que surgiría espontáneamente
cuando la existencia de un movimiento las alentara a creer que el cambio era
posible y admitir la verdad de tal situación, en lugar de aceptar
fatalistamente (o pretender aceptar) las mentiras de los supremacistas hombres.
En la práctica, esto llevaba a encarnar era una fe en la autenticidad por
consenso, particularmente cuando el consenso de un grupo feminista parecía
encajar con las quejas y demandas tradicionales (las "luchas
individuales") de las mujeres "apolíticas". No es casualidad que
el consenso entre las defensoras de este punto de vista fuera que las mujeres
realmente quieren el matrimonio y la monogamia, aunque bajo la igualdad no como
existe ahora. (En la medida que se discutió el lesbianismo, se asumió que las
lesbianas eran excepciones o que el lesbianismo era una respuesta a la opresión
masculina, más que una elección positiva.) La ideología del "amor libre"
de los hombres de izquierda y artistas era, argumentaban, nada más que un medio
de explotación sexual de las mujeres, al evitar el compromiso y la
responsabilidad; la "revolución sexual" no había beneficiado a las
mujeres, sino que simplemente nos había robado el derecho a decir no. Sí, no
obstante, algunas mujeres preferían el "amor libre", era sólo porque
en las condiciones actuales el matrimonio también era opresivo. No se consideró
la posibilidad opuesta: que las mujeres realmente quieran el amor libre, en
términos de igualdad que ahora no existe. Y prefieran dejar que el Estado patrulle
sus relaciones sexuales, sólo porque la actual "revolución sexual",
definida y dominada por los hombres, tiene muy poco que hacer con la libertad y
el amor genuinos.
Para otra facción del movimiento
-que también surgió desde el comienzo- el estándar de autenticidad se convirtió
en el grado de antagonismo hacia los hombres y las actitudes masculinas,
particularmente las actitudes sexuales. Según este criterio, el matrimonio y el
"amor libre" son igualmente repugnantes. Las relaciones
heterosexuales son por definición una violación de los verdaderos sentimientos
de las mujeres; las únicas opciones auténticas son el lesbianismo o el
celibato. Aquí hubo cierta confusión, ya que las separatistas tendían a hablar
como si el lesbianismo y el celibato fueran al mismo tiempo alternativas
libremente elegidas, y respuestas necesarias al comportamiento opresivo de los
hombres. Pero esta contradicción fue resuelta por un determinismo biológico
implícito: los hombres son inherentemente violentos y depredadores; las mujeres
son inherentemente amorosas y protectoras; y la esencia de la opresión de los
hombres es su insistencia en imponer su masculinidad, especialmente su
sexualidad, a las mujeres que no lo desean. (El artículo de Adrienne Rich en Women -Sex and Sexuality, "heterosexualidad
compulsiva y existencia lesbiana", es un ejemplo clásico de esta línea de
razonamiento. Su premisa es; tanto hombres como mujeres desean a las mujeres,
esto ha impulsado a los hombres a erigir toda una estructura de relaciones
patriarcales con el propósito específico de asegurar su acceso a las vaginas de
las mujeres. No está claro dónde encajan los hombres homosexuales en este
análisis). Esta ala del movimiento ha sido la principal responsable de dar un
visto bueno feminista a ciertas ideas ya conocidas, que los hombres están
demasiado orientados a sus genitales, que las mujeres están más interesadas en maneras
no genitales de erotismo; que el impulso sexual supuestamente irreprimible es
un problema masculino (o un mito masculino), que las mujeres pueden tener
relaciones sexuales o abandonarlas completamente.
Estas perspectivas aparentemente
opuestas se encuentran en el terreno común del conservadurismo sexual. Las
monógamistas defienden los valores "oficiales" de la esposa
tradicional, el compromiso emocional es inseparable de una obligación legal/moral
de permanencia y fidelidad, los hombres siempre están tratando de deshacerse de
tales deberes, y es de nuestro propio interés hacerlos alinearse a eso deberes.
Las separatistas aprovechan el lado oculto de la feminidad tradicional, la
furia amarga y moralista que impulsa la acusación a los hombres como bestias
lujuriosas que arrasan a sus castas víctimas. Éstas son las dos caras de la
ideología femenina en una cultura patriarcal: inducen a las mujeres a aceptar
una superioridad moral espuria como sustituto del placer sexual, y limitan la
libertad sexual de los hombres como sustituto del poder real.
De una forma u otra, el
conservadurismo sexual todavía impregna el movimiento. En su introducción, las
editoras de Women -Sex and Sexuality,
Catharine Stimpson y Ethel Spector Person, abordan la cuestión de la libertad
sexual con cautelosa ambigüedad, pero rápidamente delatan un conservadurismo
subyacente. Preguntan: "¿Es la sexualidad femenina similar a la sexualidad
de pareja, u obedece a sus propias leyes?" y luego señalan que
investigadores con un "sesgo igualitario", que prefieren "ver
las sexualidades como esencialmente idénticas", han encontrado apoyo en
investigaciones y estudios científicos recientes. Pero "tal creencia sólo
puede ser aparentemente feminista. Con demasiada frecuencia, el igualitarismo
masculiniza el modelo de la sexualidad. Creen que la sexualidad masculina
encarna con mayor precisión una sexualidad humana, que ni las limitaciones
culturales ni psicológicas han corrompido". Quizás. Por otro lado, algunas
igualitarias, incluyéndome a mí, tendemos a creer que si bien la sexualidad
masculina y femenina "incorrupta" serían bastante parecidas, las
limitaciones culturales y psicológicas han corrompido la sexualidad de ambos
sexos de diferentes maneras. Pero en la frase siguiente vemos a qué ha
conducido todo esto: "También tienden a estimar una sexualidad pura y sin
restricciones como una clave invariable para la autovalidación y la
autonomía". Traducción: ser "iguales" es legitimar la lujuria
masculina desenfrenada (para ambos sexos). Es más seguro si la sexualidad
femenina es diferente; tal vez no queramos liberarnos.
Person, psicoanalista, escribe sobre
este tema un artículo titulado "La sexualidad como pilar de la identidad:
perspectivas psicoanalíticas". Primero, nos recuerda que la teoría de la
libido de Freud -el concepto de excitación sexual como energía que presiona
para liberarse, y si no se satisface directamente (en el orgasmo) buscará una
salida indirecta o enmascarada- no está probada. Es cierto, pero tampoco ha
sido refutada. Por el contrario, sigue siendo la explicación más plausible para
toda una gama de fenómenos, desde la forma en que se siente la excitación
sexual, pasando por la correlación obvia entre la inhibición sexual y ciertos
síntomas neuróticos o rasgos de carácter, hasta la centralidad de las
restricciones sexuales en la moral patriarcal. De todos modos, una podría
pensar que cualquiera que sea su hostilidad hacia otros aspectos del
pensamiento de Freud, las feministas darían la bienvenida a la teoría de la
libido, ya que apoya la afirmación de que la supresión de la sexualidad genital
de las mujeres por parte de los hombres es una negación intolerable de nuestras
necesidades. Pero la suposición de que las mujeres tienen necesidades genitales
es precisamente lo que es inaceptable desde el punto de vista de Person.
Sostiene que la actividad sexual y el orgasmo son indispensables para la salud
mental de los hombres, pero no para la de las mujeres; específicamente, los
hombres necesitan sexo para sentirse hombres, mientras que en las mujeres
"la identidad de género y la autoestima pueden consolidarse por otros
medios".
Este argumento refuerza un
estereotipo social, y al mismo tiempo ignora por completo la realidad social.
En esta cultura, donde todavía se supone que las mujeres son menos sexuales que
los hombres, la inhibición sexual es tan integral a la identidad de la mujer
"normal" como la agresión sexual lo es a la de un hombre; son los
deseos genitales "excesivos" los que a menudo las mujeres masculinas
sienten "poco femeninos" e indignos. Al rechazar la idea de que una
sexualidad activa y autónoma sea un aspecto necesario de la autonomía femenina
en general; Person también rechaza la posibilidad de que la inhibición social
sistemática de la sexualidad femenina, sea una forma de inhibir nuestra
autoafirmación en otras áreas, que es la principal función social de nuestro
entrenamiento antisexual. Señala la "evidencia en la literatura clínica que
la masturbación en las adolescentes está relacionada con una alta autoestima y
con la consiguiente búsqueda de objetivos profesionales", pero descarta
rápidamente la inferencia obvia: "... es poco probable que la masturbación
en sí misma sea tan beneficiosa; lo más probable es que alguna asertividad
general desempeñe un papel en la exploración tanto de la sexualidad como de la
experimentación de roles".
De su dudosa hipótesis, Person llega
a las siguientes conclusiones: "Muchas mujeres tienen la capacidad de
abstenerse de tener relaciones sexuales sin consecuencias psicológicas
negativas. (El problema para las mujeres es que a menudo se les niega el
derecho legal de negarse a tener relaciones sexuales)." "No se debe
dictar una tiranía de la sexualidad activa como algo fundamental para la
liberación femenina". "Dado el actual clima de pensamiento liberal sobre
la sexualidad, existe un peligro, no tanto en una actitud antierótica, sino en
demasiada insistencia en la expresión de la sexualidad como condición sine qua
non de la salud mental y la autorrealización". Espero que en el actual
clima conservador Person lo piense mejor, pero no cuento con ello. Continúa
diciendo que una discusión "neutral" sobre la sexualidad debe
sopesar, no sólo las ventajas de la actividad sexual, sino también "las
ventajas adaptativas de la capacidad de abstinencia, represión o
supresión". No hay duda, cuando uno debe soportar la abstinencia, la
represión o la represión, la capacidad de adaptarse resulta útil. Pero de
alguna manera siempre imaginé que el feminismo se trataba de rebelarse, no de
adaptarse.
Han pasado años desde que el
conservadurismo sexual feminista (una contradicción en los términos, en
realidad) tuvo que enfrentarse a una oposición sostenida u organizada, pero eso
está empezando a cambiar. Ambas colecciones -particularmente Heresies- reflejan los primeros y
vacilantes indicios de un revivido debate feminista sobre la sexualidad, que es
a su vez una respuesta al reaccionismo de derecha. La derecha tiene una
perspectiva coherente sobre el sexo, que une una la moral sexual represiva con
la subordinación de las mujeres. Dado que las feministas son, en el mejor de
los casos, ambivalentes respecto de la libertad sexual, no han podido realizar
un contraataque eficaz. De hecho, los ataques del movimiento a la explotación y
las violencias sexuales, la irresponsabilidad masculina, la pornografía, etc.;
a menudo han reforzado la propaganda de derecha, al dar la impresión de que las
feministas consideran que la perdida de los controles sobre el comportamiento
sexual es una amenaza más peligrosas para las mujeres que la represión. Si bien
los liberales parecían estar seguros en el poder, las feministas tal vez
podrían darse el lujo de definir a Larry Flynt o Roman Polanski como los
enemigos número uno. Ahora que tenemos que lidiar con Jerry Falwell y Jesse
Helms, parece necesario repensar las prioridades.
Por eso estoy agradecida por el número
sexual de Heresies. Tanto de lacónico
de piezas individuales como la lucha general de estilo y tono suponen que el
propósito de la liberación de la mujer es liberar a las mujeres, no defender
nuestra capacidad superior para la abstinencia. (El número incluye un artículo
de una mujer que ensalza los placeres del celibato, pero incluso ella admite
haberse masturbado. Esto técnicamente puede ser celibato, pero abstinencia no
lo es). Como lo expresa una de las editoriales anónimas, "El trabajo de
esta revista nos anima a reflexionar sobre nuestra relación individual y
colectiva con nuestros deseos por y de la carne... En un sistema donde las Mujeres
hacen el amor pero no cogen, donde las Mujeres pedimos pero no exigimos, las Mujeres
que activamente elaboran estrategias para su propio placer se confunden... Si
no somos Mujeres como hemos sido diseñadas, entonces ¿quiénes somos? Muchas de
nosotras tememos por nuestra identidad femenina... A medida que avanzamos en
este proyecto de crear una comprensión feminista de nuestras elecciones
sexuales, nuestros deseos cambiantes y nuestras posibilidades eróticas,
preparamos el camino para una política sexual que tenga el placer como
objetivo. En "Pornografía y placer", Paula Webster sostiene que el
movimiento antipomografía "ha elegido organizarse y teorizar en torno a nuestra
victimización, nuestra alteridad, no por nuestra subjetividad y autorealización.
Al centrarse en lo que la pornografía masculina nos ha hecho, en lugar de en nuestros
propios deseos sexuales, tendemos a aceptar nuestra condición de privación
sexual y comenzamos a vigilar las fronteras de un estándar doble... De hecho,
estoy convencida que la pornografía, incluso en su forma actual, contiene
mensajes importantes para las mujeres. Como sugiere Angela Carter, no vincula
la sexualidad de las mujeres a la reproducción, ni a una pareja domesticada, ni
exclusivamente a los hombres. Es cierto que esta representación es creada por
hombres, pero quizás pueda animarnos a pensar cómo podrían ser nuestras propias
imágenes e imaginaciones".
En resumen, Herejías #I2 es, entre
otras cosas, un foro para disidentes en el debate sobre sexo, que reconoce
tácitamente ese papel al dar a conocer una reciente controversia dentro del
movimiento. El año pasado, NOW (National Organization for Women –Organización Nacional
de Mujeres-), siguiendo el consejo de su grupo de lesbianas, aprobó una
resolución que excluía específicamente de su definición de derechos de las
lesbianas ciertas formas de expresión sexual que habían sido
"correlacionadas erróneamente con los derechos de las lesbianas y los gays,
por parte de algunas organizaciones gay y por opositores de los derechos de las
lesbianas y gays que buscan confundir el asunto": pederastia, pornografía,
sadomasoquismo (todos los cuales supuestamente eran cuestiones de violencia o
explotación, no de preferencia sexual) y sexo en público ("una cuestión de
violación de los derechos a la privacidad de los no participantes"). Si
bien el impulso para la resolución parece haber sido la oposición al movimiento
del " boy love (amor a los niños)", su efecto es respaldar la
retórica moralista y la política sexual femenina convencional de la campaña
antiporno; también tiene inquietantes connotaciones de insistencia homofóbica
y/o de odio a sí misma donde "las lesbianas también son respetables".
La resolución inspiró una carta de
protesta que ha estado circulando como petición en los círculos de feministas,
lesbianas y gays y ha recogido alrededor de 150 firmas. Mi grupo de mujeres (un
farol de disidencia sexual) tenía un punto de vista algo diferente, así que
escribimos nuestra propia carta. Los tres documentos se reimprimen en Heresies bajo el título: "Noticias
de última hora: la gente se organiza para protestar contra la reciente
resolución de NOW sobre los derechos de lesbianas y gays". Las lesbianas
han destacado en ambos lados de la oposición entre feministas sexualmente
conservadoras y libertarias. Por un lado, son las separatistas lesbianas
quienes han abrazado más militantemente una visión empalagosamente romántica y
agradable de la sexualidad femenina, como una perspectiva feminista adecuada;
mientras que actitudes sexuales despectivas se consideran demasiado agresivas o
demasiado llanamente lujuriosas, como una "identificación con los
hombres" (Movimiento por lo "poco femenino"). Otras lesbianas, impulsadas
en parte por el reconocimiento de que no les conviene fomentar ataques
moralistas contra el comportamiento sexual no convencional, replican que las
feministas no tienen por qué establecer estándares de sexualidad políticamente
correcta; y que las mujeres que lo hacen están, como todos los intolerantes,
condenando por miedo lo que no entienden.
Una atención reciente a este
argumento dentro de la comunidad feminista lesbiana ha sido la cuestión del
sadomasoquismo (es decir, prácticas sexuales consensuadas que implican rituales
de dominación y sumisión, y ocasionar dolor o humillación). La línea feminista
lesbiana predominante ha sido que el S-M, como la pornografía, es un viaje de
los hombres, una forma de violencia más que sexual, una recreación de patrones
heterosexuales patriarcales opresivos. Las lesbianas no tienen relaciones S-M,
y si las tienen es porque son víctimas de un lavado de cerebro heterosexista.
Las disidentes han argumentado que las lesbianas efectivamente tienen este tipo
de relaciones, que el S-M es un gusto sexual tan legítimo como cualquier otro,
y que sus despreciadas practicantes son una minoría sexual oprimida.
Pat Califia continúa este debate en Heresies. En "Feminismo y
sadomasoquismo", sostiene que el S-M no es una forma de agresión sexual
sino una fantasía -"una puesta en escena o ritual"- realizada por el consentimiento
mutuo: "Quienes participan mejoran su placer sexual, no se dañan ni
aprisionan unos a otros. Un sadomasoquista es muy consciente de que el papel
adoptado durante una escena no es apropiado durante otras interacciones y que
un papel de fantasía no es la suma completa de su ser."
¿Cuál es entonces la función y el
significado de la puesta en escena? ¿Por qué el deseo de representar papeles en
la cama que en otros contextos sería desagradable? Las explicaciones de Califia
son poco satisfactorias. Sugiere que S-M implica una búsqueda de
"sensaciones intensas" y el "placer de lo prohibido", que quien
es sádico puede alentar a quien es masoquista "a perder sus inhibiciones y
realizar un acto que puede temer, o simplemente reconocer la vergüenza y la
culpa, y utilizarlas para mejorar el sexo en lugar de impedirlo". Pero no
continúa con estas observaciones y al final aprendemos un poco más que el S-M
le es excitante. Para Califia esto es suficiente; al comentar el término
"vainilla" (jerga S-M para personas no S-M), dice: "Creo que las
preferencias sexuales se parecen más a preferencias de sabor que a alianzas políticas-morales".
A la pregunta de si el sadomasoquismo sobrevivirá a la revolución, responde:
"Mi fantasía es que la perversión y la variación sexual se multiplicarán,
no desaparecerán, si ya no se imputan penalidades terribles por las aventuras
sexuales".
¿Es posible que sea así de simple?
Aquí está la lista de las actividades que Califia disfruta: "sexo vestido
de cuero, bondage, diversas formas de tortura erótica, flagelación (azotes),
humillación verbal, fist-fucking (penetración con el puño) y deportes acuáticos
(jugar con enemas y orina)". "Hay muchas maneras diferentes de
expresar afecto o interés", afirma. "La gente vainilla envía flores,
poesía o dulces, o intercambia anillos. La gente S-M hace todo esto, y también
puede lamer botas, usar un collar, o construirle a su ser querido un potro de
tortua en el sótano".
¿La necesidad de representar
fantasías de humillarse o a otra persona, realmente no requiere mayor
explicación? ¿No tiene nada que ver con emociones enterradas de ira o de odio al
sí mismo? ¿No tiene nada que ver con vivir en una sociedad jerárquica donde
alguien es "superior" a algunas personas e "inferior" a
otras, donde los hombres gobiernan y las mujeres sirven? ¿Puede la necesidad de
conectar el placer sexual con el dolor y la humillación no estar relacionada
con el hecho que nuestros órganos sexuales y su función todavía se consideran
malos, despreciables y vergonzosos, un reproche a nuestra naturaleza espiritual
superior? ¿Es irrelevante que nuestros primeros objetos eróticos fueran
nuestros todopoderosos padres, quienes con demasiada frecuencia nos hirieron y
humillaron sancionando nuestra sexualidad infantil?
El puritanismo no es el único obstáculo
para una comprensión feminista del sexo. Si las autoproclamadas árbitros de la
moral feminista reprimen una discusión honesta por sus juicios dogmáticos y mojigata
culpa, los libertarios sexuales a menudo evaden una discusión honesta negándose
a emitir juicio alguno. Creo que excluir a las mujeres del movimiento debido a
sus hábitos sexuales es escandaloso, y etiquetar el comportamiento de cualquier
mujer como "masculino" es un absurdo sexista. También creo que es
peligroso suponer que ciertos tipos de comportamiento desaparecerán
"después de la revolución" (tan peligroso como suponer que "la
revolución" es un acontecimiento discreto, que algún día terminará de una
vez por todas). Pero no creo que nuestros deseos sexuales sean simplemente
gustos arbitrarios. Sino que veo al sadomasoquismo como una manera de copiar las
dobles ligaduras sexuales de nuestra cultura, que hacen dolorosamente difícil a
las personas conciliar sus necesidades sexuales con la dignidad y la igualdad. Sin
duda, lo mismo puede decirse de muchas prácticas sexuales más convencionales. Después
de todo, no es el ritual de la persecución masculina y la ambivalencia femenina
(o, más común hoy, lo contrario), sino una forma disfrazada y, por tanto, respetable
de puesta en escena sadomasoquista? Probablemente ninguna de nosotras esté
libre de sentimientos sadomasoquistas. Sin duda, la hostilidad que genera el
sadomasoquismo es en gran parte un horror por vernos confrontadas directamente a
las fantasías que la mayoría de nosotras decidimos reprimir o expresar sólo
indirectamente. La cuestión es si tales fantasías, expresadas o negadas, son en
sí mismas producto de un deseo frustrado. La sola idea que "lo
prohibido" ofrece placeres unicos sugiere que la respuesta es sí.
Otra fuente de controversia entre
feministas, lesbianas y gays es la afirmación de los defensores del "boy
love", que es otro gusto sexual poco convencional, totalmente consensuado
y beneficioso para todos los interesados, y que es injustamente difamado por
homófobos puritanos como abuso sexual de menores. Ésta es mucho más complicada,
porque la cuestión no es sólo si la atracción sexual entre adultos y niños (la
mayor parte del sexo entre adultos y niños tiene lugar entre hombres y niñas) sea
comparable a un yen por el chocolate; sino si, dada la vulnerabilidad de los
niños al poder de los adultos, tales relaciones pueden llegar a ser
verdaderamente consensuadas. No creo que puedan. Los adultos pueden manipular
con demasiada facilidad las necesidades de afecto, protección y aprobación de
los niños; los niños son demasiado inexpertos para comprender todas las
implicaciones de lo que están aceptando (o incluso, en algunos casos,
iniciando). Y me parece que lo que atrae a los adultos hacia los niños es
precisamente su "inocencia", es decir, su relativa impotencia. Sin
embargo, queda la cuestión dónde dibujar la línea. ¿A qué edad un niño se
convierte en una persona joven y cuándo proteger a los niños de la explotación
se convierte en una negación de la autonomía sexual de los jóvenes? Algunos
jóvenes de 15 años son más maduros de lo que jamás serán muchos adultos. Y
estoy de acuerdo en que la disposición del público a equiparar todas las
relaciones sexuales entre adultos y niños con el abuso sexual infantil surge en
parte de la necesidad de negar que los niños tengan deseos sexuales activos. Aun
así, en este caso prefiero pecar de restrictiva, porque si los niños no pueden
confiar absolutamente en la protección de los adultos, no tienen donde
sostenerse.
El tipo de libertarianismo sexual
"yo estoy bien, tú estás bien" es una extensión lógica de la demanda
liberacionista feminista y gay por el derecho a la autorealización. Pero cuanto
más se extiende este principio, más agudas son sus contradicciones. Aunque la
autodefinición es el punto de partida necesario para cualquier movimiento de
liberación, sólo puede llevarnos hasta cierto punto. Para mí es axiomático que
las parejas que consienten tienen derecho a sus inclinaciones sexuales y que el
moralismo autoritario no tiene cabida en un movimiento por el cambio social.
Pero un movimiento verdaderamente radical debe mirar (para tomar prestada una
frase de Rosalind Petchesky) más allá del derecho a elegir y centrarse en las
cuestiones fundamentales. ¿Por qué elegimos lo que elegimos? ¿Qué elegiríamos
si tuviéramos una opción real?
Junio 1981





