Encuentro con el universo a mitad del camino (CAP1)
CAPITULO 1 (Encontrar al universo a mitad de camino. La fisica cuantica y el eniedo de materia y significado de Karen Barad. Trad. emma song)
Encuentro con el
universo a mitad del camino
Porque
las verdades que no sospechamos la están pasan mal
Nos
hacen sentir como esas trece especies
de
lagartijas cola de látigo, todas y cada una hembras
estando sin ser descubiertas gracias al sesgo
en contra
de cosas que existen,
tenemos
que encontrarnos con el universo a mitad del Camino.
Nada
se desplegará para nosotr*s a menos que vayamos hacia lo
que
nos parece nada, la fe es una cascada.
El denso
cielo alto es cualquier cosa
pero,
el sol poniéndose no ha
cambiado,
y si la muerte despoja el yo
es
el único evento en la naturaleza
que
parece exactamente lo que es.
Alice Fulton, Cascade Experiment
Una mañana después de dar una conferencia como invitada sobre la construcción
de la naturaleza en el conocimiento científico, tuve el privilegio de ver cómo
un operador de STM[1]
(microscopio de efecto túnel) hacia zoom sobre una muestra de grafito y nos
acercábamos a una escala de miles de nanómetros... cientos de nanómetros...
decenas de nanómetros... hasta fracciones de un nanómetro, átomos de carbono
individuales fueron fotografiados ante nuestros propios ojos. La experiencia
fue tan sublime que me produjo escalofríos; y me quedé dura, como física
teórica, como la mayoría del de tipo que soy, que rara vez se aventura en los
sótanos de los edificios de la física que l*s colegas experimentales llaman
"hogar", consciente de que éste era uno esos momentos de la vida en
que el revoltijo amorfo de la historia parece cristalizarse en un solo
instante. ¿Cuántas veces les había contado a mis estudiantes la evidencia de la
existencia de los átomos? Y ahí estaban, de los tamaños exactos y agrupados en
una estructura hexagonal con los espacios interatómicos predichos por la
teoría. "¡Si tan solo Einstein, Rutherford, Bohr y especialmente Mach hubieran
podido ver esto!" grité. Y mientras los estudiantes de grado que operaban
el instrumento (que acababan de estar todo el día anterior eliminando
cuidadosamente las fuentes de interferencia vibratoria, estamos hablando de
nanómetros) desarmaron la cámara que contenía la muestra para que pudiera ver
por mí misma el delicado posicionamiento de la sonda sobre la superficie de
grafito, cortada por expertos con un trozo de cinta adhesiva; pensé en voz alta
que "ver" los átomos se convertirá rápidamente en una rutina para los
estudiantes (como examinar las células con microscopios en el espectro de la
luz visible, como la estructura de las moléculas bajo los microscopios de
electrones, se convirtió en una rutina para las generaciones anteriores) y que
estaba agradecida de haber sido criada en una era científica sin alguna
expectativa en particular[2].
En este punto de mi relato, imagino que habrá colegas científicos
que se preguntarán si esto representó un momento de vergüenza intelectual para quien
narra, quien la noche anterior había insistido en la naturaleza construida del
conocimiento científico. De hecho, aunque estaba profundamente conmovida por el
evento que acababa de presenciar, de pie frente al altar de la eficacia de la
organización científica, no me arrepentí. Como los constructivistas han tratado
de explicar, la adecuación empírica no es un argumento que pueda usarse para
silenciar las imputaciones de constructivismo. El hecho que el conocimiento
científico se construya no implica que la ciencia no "funcione", y el
hecho que la ciencia "funcione" no significa que hayamos descubierto
hechos independientes de los humanos sobre la naturaleza. (Por supuesto, el
hecho de que la adecuación empírica no sea una prueba de realismo no es el
punto final, sino un punto de partida para los constructivistas, quienes deben
explicar cómo funcionan tales construcciones; una obligación que parece aún más
urgente frente a la creciente convincente evidencia de que la práctica social
de la ciencia está aliada conceptual, metodológica y epistemológicamente a lo
largo de vectores
particulares de poder.)[3]
Por otro lado, simpatizo con mis colegas científicos que añoran que
los estudios sobre las ciencias recuerden que existen causas culturales y
naturales para las aseveraciones del conocimiento. Mientras que la mayoría de
los constructivistas hacen todo lo posible para intentar disipar los temores de
que se están negando la existencia de un mundo independiente de los humanos; o
la importancia de los factores naturales, materiales o no humanos en la
construcción del conocimiento científico, la mayor parte de la atención se ha
centrado en si han sido factores sociales o humanos. Para ser justas, aquí es
donde se ha puesto la carga de la prueba: los constructivistas han estado argumentando
en el desafío por demostrar la falsedad de la visión del mundo que entiende a
la ciencia como el espejo de la naturaleza. No obstante, a medida que han
crecido, tanto el alcance como la sofisticación de los argumentos
constructivistas, la imputación que adoptan una posición igualmente extrema
-que la ciencia refleja la cultura- se ha impuesto con mayor fuerza. Si bien
pocos constructivistas en realidad toman una posición tan extrema, los estudios
de la ciencia serían negligentes si simplemente descartaran este cargo como una
sobre simplificación y un malentendido trivial de las posiciones variadas y
complejas que se encuentran bajo la rúbrica del constructivismo. La ansiedad
que se expresa, aunque reconocido su desplazamiento, toca la legítima
preocupación por privilegiar los temas epistemológicos sobre los ontológicos en
la literatura constructivista. Los temas ontológicos no han sido totalmente
ignorados, pero no se les ha prestado suficiente atención.
La ontología del mundo es un asunto de descubrimientos para el
realismo tradicional. La supuesta correspondencia uno a uno entre teorías
científicas y realidad se utiliza para reforzar la suposición adicional que quienes
descubren, no marcan las entidades científicas. Se piensa que la naturaleza es
revelada por las prácticas teóricas y experimentales, aunque sea independiente
de ellas, es decir, ofrecidas transparentemente. Reconociendo la importancia
del análisis filosófico de Cartwright (1983) que desmonta estos supuestos y su
posterior separación del realismo científico en dos posiciones independientes -
realismo sobre teorías y realismo sobre entidades-, Hacking (1982) como
Cartwright, abogan por el realismo de las entidades. Cambiando el enfoque en
los estudios de la ciencia sobre el énfasis tradicional en la construcción de
teorías al examen de la práctica experimental, Hacking basa su posición en la
capacidad del experimentador para manipular entidades en el laboratorio. Lo que
existe es lo que podemos usar para intervenir en el mundo para afectar algo
más: los electrones se cuentan como reales porque son herramientas
experimentales efectivas, no porque hayan sido "encontrados". Galison
(1987) también centra la práctica experimental en su análisis histórico
comparando tres períodos diferentes de experimentación física del siglo XX,
donde generaliza el criterio de Hacking para la realidad de las entidades
subrayando la importancia de las nociones de estabilidad y franqueza[4].
Otros enfoques van más allá al cuestionar la presencia inmediata de la
naturaleza. Latour (1993) prioriza la estabilidad, planteándola como una
variable de una geometría bidimensional cuyo otro eje conecta los polos de
Naturaleza y Sociedad. La esencia se convierte así en la trayectoria de
estabilización dentro de esta geometría que pretende caracterizar las
ontologías variables de los cuasi-objetos. En contraste, Haraway (1988)
enfatiza la inestabilidad, pues es la inestabilidad de los límites que definen
los objetos el punto central de su explícito desafío, no solo a las
concepciones de la naturaleza que afirman estar fuera de la cultura, sino
también a la separación de la epistemología de la ontología. La inestabilidad
de los límites y la insistencia de Haraway en que los objetos de conocimiento
son agentes en la producción de conocimiento caracterizan sus nociones de
cyborgs (1985) y actores materiales-semióticos (1988), que entablan resonancias
disonantes y armónicas con los híbridos y cuasi-objetos de Latour. (1993). Pasando
a lo que algunos consideran el polo opuesto de la posición realista
tradicional, se encuentran las posiciones semióticas y deconstruccionistas.
Para muchos científicos y estudiosos de las ciencias, las teorías de la
semiótica y la deconstrucción, que cuestionan la supuesta congruencia del
significante y el significado, insistiendo en la arbitrariedad intrínseca del
signo o la representación, le parecen lo último en narcisismo lingüístico. Sin
embargo, mientras insisten en que siempre estamos en el "teatro de la
representación", Hayles (1993) se oponen a los puntos de vista extremos
que sostienen que el lenguaje es un juego sin fundamento, y aunque no nos
brinda acceso a lo real, sí intenta poner el lenguaje en contacto con la
realidad reconceptualizando la referencialidad. La teoría constructivista restringida de
Hayles se basa en la consistencia (en oposición a la noción realista de
congruencia) y la noción semiótica de negatividad para reconocer la importancia
de las restricciones que ofrece una realidad que no puede verse en su
positividad; ella lo expresa así: "Aunque hay puede que no hay algo que podamos conocer, existe un límite" (40; cursiva en
el original).
Estos intentos de decir algo sobre la ontología de nuestro mundo son
excepciones más que la regla en los textos de estudios científicos.[5]
Se necesita una comprensión más profunda de las dimensiones ontológicas de la
práctica científica. Es crucial que entendamos las tecnologías mediante las
cuales interactúan la naturaleza y la cultura. ¿Proporciona la naturaleza
alguna planilla que se completa con la cultura de manera que sea compatible con
los discursos locales? ¿O son los discursos específicos lo que proporcionan los
lentes a través de lo cual vemos las capas de la cultura sobre la naturaleza? ¿Atraviesa
la "textura" completa de la naturaleza, o es parcialmente borrada o
distorsionada en el proceso? ¿Es la realidad una mancha amorfa estructurada por
discursos e interacciones humanas? ¿O tiene alguna forma compleja e irregular
que está muestreada de manera diferente por marcos variables que
"encajan" en regiones locales como segmentos coincidentes de piezas
de rompecabezas entrelazadas? ¿O es imposible que las teorías coincidan con la
realidad incluso localmente, o es geometría fractal? ¡A qué nivel de detalle!,
¿pueden responderse alguna de estas preguntas, si es que hay respuesta? ¿Y qué
significa? ¿Es posible tomar en serio alguna de estas preguntas en la academia
a principios del siglo XXI? ¿No sonará esto demasiado a metafísica para
aquellos de nosotras formadas durante los diversos estados de decadencia de la
cultura positivista? ¿Y si no hacemos estas preguntas, cuáles serán las
consecuencias? Como nos recuerda Donna Haraway, "Lo que cuenta como un objeto es precisamente de lo
que se trata la historia mundial" (1988, 588). Busco alguna forma
de tratar de entender la naturaleza de la naturaleza, la interacción de lo
material y lo discursivo, lo natural y lo cultural en las prácticas científicas
y sociales. En consecuencia, pondré mucho más énfasis en las cuestiones
ontológicas de lo que suele ser común en los estudios científicos, aunque
tampoco ignoraré las cuestiones epistemológicas, ya que hay buenas razones para
cuestionar la creencia filosófica occidental tradicional donde ontología y epistemología
son preocupaciones distintas.
Después de articular un nuevo marco "ontoepistemológico",
exploraré su tenor realista[6].
Después del resurgimiento del interés por el realismo científico en la década
de 1980, su popularidad parece haber decaido otra vez, quizás no debido a la
sentencia de muerte pronunciada por la perspicaz explicación de Fine (1984) del
fracaso metateórico de los argumentos a favor del realismo; sino debido a la
tendencia común de los constructivistas a presentar el realismo científico como
ingenuo, irreflexivo y políticamente investido de la pretensión de una postura
apolítica. De hecho, el emparejamiento del constructivismo con alguna forma de
antirrealismo se ha vuelto casi axiomática: si reconocemos la especificidad
cultural de la construcción del conocimiento científico, ¿no estamos obligados
a renunciar a la esperanza de construir teorías que sean verdaderas
representaciones de una realidad independiente? Por ejemplo, al ofrecer un caso
concreto de la tesis de la subdeterminación, Cushing (1994) argumenta el hecho que
distintivas teorías puedan dar cuenta de la misma evidencia empírica significa
que los realistas se ven en aprietos para presentar un argumento a favor del
acceso teórico a la ontología de nuestro mundo[7].
En su mayor parte, los constructivistas han expresado abiertamente su desdén, o
al menos suspicacia, hacia el realismo; y han adoptado posiciones
explícitamente antirrealistas, o han rechazado por completo el debate entre
realismo y antirrealismo porque se sienten limitados por esa misma oposición
(ver ejemplo, para más información, Fine 1984; Pickering 1994) o porque han
considerado más fructífero centrarse en otros temas. Debo confesar que
simpatizo particularmente con las últimas posiciones, pero también creo que el
realismo ha sido descartado demasiado rápido. Se ha invocado al realismo para sostener
posiciones y proyectos, tanto opresores como liberadores; mi esperanza es que
en esta coyuntura histórica, el peso del realismo -un asunto muy serio y la relación
de responsabilidad imbricada en búsqueda de la verdad- pueda ofrecer una
posible barrera contra la persistente ciencia positivista y la cultura
posmodernista que con mucha facilidad confunden la teoría con el juego[8].
Al darme cuenta
de la multiplicidad de significados que connota el realismo, en esta coyuntura,
quiero aclarar cómo pienso el realismo en primera instancia. Como punto de
partida, sigo el ejemplo de Cushing:
Supongo, quizás sin razón, que un realista
científico cree que las teorías científicas exitosas son capaces de brindar un
acceso confiable y comprensible a la ontología del mundo. Si uno debilita
demasiado esta demanda, no queda mucho, excepto la creencia en la existencia de
una realidad objetiva a la que tenemos poco acceso y cuya representación por
nuestras teorías es brumosa más allá de una significativa comprensión. En tal
situación, ¿merece la pena preocuparse por si uno es realista o no? (Cushing
1994, 27)
Aunque en última instancia añadiré salvedades sustantivas a esta
definición, no pretendo debilitar lo que considero el espíritu de la postulación
de Cushing, y por lo tanto he seleccionado este punto de partida para aclarar
el sentido de realismo con el que pretendo comprometerme; como separado de
algunos otros usos más generales en los textos de los estudios de la ciencia,
incluidas las discusiones que oponen realismo a relativismo, o realismo a
monismo lingüístico, o realismo a subjetivismo. Mi primera inquietud no es el
realismo en tales sentidos, admito que hay formas de antirrealismo que no son
relativistas, que no niegan la existencia de una realidad extralingüística y
que son compatibles con varias nociones de objetividad. Es decir, en el espíritu
de la pregunta de Cushing, quiero limitar la elasticidad del significado de
realismo para mis propósitos iniciales. Académic*s del estudio de la ciencia
han trabajado mucho y arduamente para articular posiciones constructivistas
moderadas que rechazan los extremos de las posturas objetivistas,
subjetivistas, absolutistas y relativistas, pero tal vez sea inapropiado
etiquetarlas como realistas solo por eso. Es decir, no quiero dejar de lado
estos logros instaurando el realismo como el papel de aluminio de toda una familia de apariciones, incluidas
algunas que los científicos encuentran más inquietantes. En este
sentido, tal vez sea importante reconocer que las académicas feministas de la
ciencia en particular se oponen firmemente al relativismo epistemológico, con una
intensidad compartida por científicos (un hecho que puede sorprender a los
científicos y a otras personas que no han estudiado los textos feministas),
aunque pocos han adoptado posiciones realistas.[9]
Al ver el relativismo epistemológico como el gemelo espejado del objetivismo, y
ambos como intentos de negación de la encarnación de las afirmaciones del
conocimiento; las teorías feministas de la ciencia, incluida la teoría de los
conocimientos situados de Haraway (1988), la objetividad fuerte de Harding
(1991), la objetividad dinámica de Keller (1985), y el empirismo contextual de
Longino (1990), articulan posiciones antirrealistas no relativistas. En
consecuencia, aunque mi discusión sobre el realismo se ocupa del sentido donde
es posible un compromiso directo con la ontología de nuestro mundo, también
intentaré satisfacer los altos estándares que ya se han establecido,
especificando las maneras donde la nueva forma de realismo que propongo rechaza
otras oposiciones extremas[10].
Llamo a mi
marco ontoepistemológico "realismo agencial".[11]
(Mi motivación para usar
una forma adjetivada de "agencia" como modificador se aclarará más
adelante). Es importante destacar que el realismo agencial rechaza la
noción de una relación de correspondencia entre las palabras y las cosas, y
ofrece en su lugar una explicación causal de cómo las prácticas discursivas se
relacionan con los fenómenos materiales. Lo hace cambiando el enfoque de la
naturaleza de las representaciones (científicas y otras) de la naturaleza en
las prácticas discursivas (incluidas las tecnocientíficas), dejando atrás todo
el debate irrelevante entre las formas tradicionales de realismo y el
constructivismo social. Es crucial para este marco teórico un fuerte compromiso
para dar cuenta de la naturaleza material de las prácticas y cómo llegan a importar.
La naturaleza de la
naturaleza y las posibilidades de cambio
Las ciencias y
los estudios de la ciencia no son el único conjunto de prácticas
(inter)disciplinarias que tienen interés en comprender la naturaleza de la
naturaleza. La naturaleza de la naturaleza ha sido una preocupación central de
los teóricos políticos durante siglos. Aristóteles no solo afirma la creencia que
a las mujeres y los esclavos se les deben asignar posiciones sociales
subordinadas en virtud de su presunta e inherente naturaleza inferior, sino que
postula la noción misma del estado -un cuerpo intrínsecamente político- como
una entidad natural. La renombrada filósofa feminista Simone de Beauvoir, que
se opone a una serie de teorías biológicas deterministas, tanto nuevas como de
larga data; desarticulando las nociones de sexo y género en un esfuerzo por
desterrar la creencia equivocada que el estatus social inferior de las mujeres
está concordancia con la naturaleza. Según Beauvoir, las mujeres en su devenir,
como miembros de la especie humana, deben entenderse como seres sociales, como
sujetos humanos trascendentales, constreñidos pero no determinados, por sus
naturalezas (en contraste con las criaturas no humanas que son esclavas de su
biología.)[12]
Al igual que
otras filosofías políticas existencialistas, la teoría del sujeto de Beauvoir
ha sido fuertemente criticada por sus defectos humanistas, en particular por su
confianza en las concepciones esencialistas de lo humano y, de los hombres y
las mujeres. Las críticas de feministas y otros teóricos sociales críticos
incluyen una acusación a la teoría de Beauvoir por no tener en cuenta aspectos
estructurales importantes del funcionamiento del poder y sus presupuestos no
examinados sobre la naturaleza de la categoría "mujer" (a pesar del
reconocimiento de su situación social). Desafiando la noción del sujeto
humanista como radicalmente libre y constituido por la autodeterminación y el
acceso transparente a su propia conciencia, el estructuralismo argumenta que el
sujeto es un producto de estructuras, ya sean las de parentesco, las del lenguaje,
del inconsciente, de estructuras cognitivas de la mente, o las de estructuras
económicas, sociales y políticas de la sociedad y; por lo tanto, debe
entenderse como un efecto más que como una causa. Las explicaciones
estructuralistas de la determinación del sujeto han sido cuestionadas aún más
por los enfoques postestructuralistas, que cuestionan la idea de que hay
estructuras unitarias que existen fuera del sujeto determinándolo.[13]
Rechazando ambos palos, que la subjetividad se genera internamente o se impone
externamente, los postestructuralistas evitan no solo los términos mismos de
los debates sobre agencia versus estructura y libre albedrío versus
determinismo, sino también la concepción geométrica de la subjetividad, que
validaría "internalidad" y " externalidad" como términos
significativos en el debate.[14]
Por una serie
de razones que solo se sugieren en esta breve recapitulación, no sorprende en
absoluto que feministas, postestructuralistas y otras teóricas críticas estén
profundamente interesadas en la naturaleza de la naturaleza.[15]
Preguntas urgentes sobre la naturaleza de la encarnación, la subjetividad, la
agencia, y la del futuro que penden de un hilo. Lo que está en juego es nada
menos y nada menos que las posibilidades de cambio.
De la representación a la
performatividad
Mientras nos ajustemos a
las cosas y las palabras, podemos creer que estamos hablando de lo que vemos,
que vemos de lo que estamos hablando, y que las dos están vinculadas.
Gilles Deleuze, Foucault.
“palabras y cosas” es el
título de todo un serio problema.
Michel Foucault, La arqueología del saber
Tanto las
teorías sociales y políticas liberales como las teorías del conocimiento científico
deben mucho a la idea que el mundo está compuesto de individuos -supuestamente
existentes antes de la ley, o del descubrimiento de la ley- que esperan o incitan
a la representación. La idea de que los seres existen como individuos con
atributos inherentes, anteriores a su representación, es un presupuesto
metafísico que subyace en las creencias de formas políticas, lingüísticas y
epistemológicas de representacionalismo. O, podemos decirlo al revés, el
representacionalismo es la creencia en la distinción ontológica entre las representaciones
y lo que pretenden representar; en particular, lo representado se considera
independiente de todas las prácticas de representación. Es decir, se supone que
hay dos tipos distintos e independientes de entidades: representaciones y
entidades a representar. El sistema de representación a veces se teoriza
explícitamente en términos de un arreglo tripartito. Por ejemplo, por un lado
esta el conocimiento (es decir, las representaciones), y lo conocido (es decir,
lo que se supone que se representa); además está la existencia de un conocedor
(es decir, alguien que hace la representación) que veces se hace explícito. Cuando
esto sucede, queda claro que se supone que las representaciones cumplen una
función de mediación entre entidades que existen de forma independiente. Esta
brecha ontológica que se da por sentada genera preguntas sobre la precisión de
las representaciones. Por ejemplo, ¿el conocimiento científico representa con
precisión una realidad existente de forma independiente? ¿El lenguaje representa
con precisión su referente? ¿Un representante político, un asesor legal o una
ley determinada representan con precisión los intereses de las personas
supuestamente representadas?
El
representacionalismo ha recibido un desafío significativo por parte de
feministas, postestructuralistas y teóric*s queer. Los nombres de Michel
Foucault y Judith Butler se asocian a menudo con este cuestionamiento. Butler
resume la problemática del representacionalismo político de la siguiente
manera:
Foucault señala que los sistemas jurídicos de poder producen los
sujetos que posteriormente llegan a representar. Las nociones jurídicas de
poder parecen regular la vida política en términos puramente negativos... Pero
los sujetos regulados por tales estructuras son, en virtud de estar sujetos a
ellas, formados, definidos y reproducidos de acuerdo con los requisitos de esas
estructuras. Si este análisis es correcto, entonces la formación jurídica del
lenguaje y la política que representa a las mujeres como "el sujeto"
del feminismo es en sí misma una formación discursiva y un efecto de una
versión dada de la política representacionalista. Y el sujeto feminista resulta
ser discursivamente constituido por el mismo sistema político que se supone
debe facilitar su emancipación. (Butler 1990, 2)
En un intento de remediar esta dificultad, los teóricos sociales se
esfuerzan por reformular comprensiones claras de las posibilidades de
intervención política que van más allá del marco de la representación.
El hecho de que
el representacionalismo termino bajo sospecha dentro de los estudios de la
ciencia es bien conocido, pero no menos significativo. El examen crítico del
representacionalismo no surgió hasta que los estudios de la ciencia cambiaron
su enfoque de la naturaleza y la producción del conocimiento científico con el
estudio detallado de la dinámica de la práctica efectiva de la ciencia. Este
cambio significativo es una forma de caracterizar en términos generales la
diferencia de énfasis entre los estudios disciplinarios separados de la ciencia
(por ejemplo, historia de la ciencia, filosofía de la ciencia, sociología de la
ciencia) y los estudios de la ciencia. Esto no quiere decir que todos los
enfoques de los estudios de la ciencia sean críticos con la representación; incluso
muchos de estos estudios aceptan el representacionalismo sin cuestionamientos. Por
ejemplo, innumerables estudios sobre la naturaleza de las representaciones
científicas (incluyendo cómo los científicos las producen, las interpretan y
hacen uso de ellas) dan por sentado el punto de vista filosófico subyacente que
da paso a este enfoque, a saber, la representación[16].
Por otro lado, algunos investigadores de los estudio de la ciencia han hecho un
esfuerzo concertado para ir más allá del representacionalismo.
Representar e intervenir (1983) de Ian
Hacking puso en primer plano la cuestión de las limitaciones del pensamiento
representacionalista sobre la naturaleza de la ciencia. La crítica más
sostenida y profunda del representacionalismo en la filosofía de la ciencia y
en los estudios de a ciencia proviene del filósofo de la ciencia Joseph Rouse;
tomó la iniciativa al cuestionar las limitaciones que impone el pensamiento
representacionalista a la teorización de la naturaleza en las prácticas
científicas.[17] Por
ejemplo, Rouse (1996) señala que el trillado debate entre realismo científico y
constructivismo social pasó sin más de la filosofía de la ciencia a los
estudios de la ciencia, y estas posiciones antagónicas tienen más en común de
lo que reconocen sus defensores. De hecho, comparten supuestos
representacionistas que fomentan debates interminables: tanto los realistas
científicos como los constructivistas sociales creen que el conocimiento
científico (en sus múltiples formas de representación, como conceptos teóricos,
gráficos, trayectorias de partículas e imágenes fotográficas) media nuestro
acceso al mundo material; donde difieren es en la cuestión del referente; si el
conocimiento científico representa las cosas del mundo como realmente son (es
decir, la naturaleza) u objetos que son el producto de las actividades sociales
(es decir, la cultura), ambos grupos suscriben a la representación.
La
representación está tan profundamente arraigada en la cultura occidental que se
ha convertido en un atractivo al sentido común. Parece ineludible, si no
llanamente natural. Pero el representacionalismo (como la "naturaleza
misma", no simplemente son nuestras representaciones de ella) tiene una
historia. Hacking remonta el problema filosófico de las representaciones al
sueño de Demócrito de los átomos y el vacío. De acuerdo con la filosofía
antropológica de Hacking, las representaciones no eran problemáticas antes de
Demócrito: "La palabra 'real' primero significaba simplemente semejanza
absoluta" (1983, 142). Con la teoría atómica de Demócrito surge la
posibilidad de una brecha entre las representaciones y lo representado, la
"apariencia" hace su primera aparición. ¿Es la mesa una masa sólida
hecha de madera o un agregado de entidades discretas que se mueven en el vacío?
El atomismo plantea el problema de cual representación es real. El problema del
realismo en filosofía es un producto de la cosmovisión atomista.
Rouse
identifica el representacionalismo como un subproducto cartesiano, una
consecuencia particularmente discreta de la división cartesiana entre
"interno" y "externo" que se rompe a lo largo de la línea
del sujeto cognoscente. Rouse saca a la luz la fe asimétrica en la palabra
sobre el mundo que subraya la naturaleza de la duda cartesiana:
Quiero alentar la perplejidad sobre [la] presunción de que las
representaciones (es decir, su significado o contenido) son más accesibles para
nosotros que las cosas que supuestamente representan. Si no existe un lenguaje
mágico a través del cual podamos llegar directamente a sus referentes de manera
infalible, ¿por qué deberíamos pensar que, sin embargo, existe un lenguaje que
mágicamente nos permite llegar directamente a su sentido o contenido
representacional? La presunción de que podemos saber lo que queremos decir, o
lo que dicen nuestras representaciones verbales, más fácilmente de lo que
podemos saber los objetos sobre los que se refieren esos dichos, es un legado cartesiano;
una variación lingüística de la insistencia de Descartes en que tenemos un
acceso directo y privilegiado a los contenidos de nuestros pensamientos que es
lo que nos faltan con respecto al mundo "externo". (Rose 1996, 209)
En otras palabras, la fe asimétrica que depositamos en nuestro
acceso a las representaciones sobre las cosas es una creencia histórica y
culturalmente contingente que forma parte del legado de la filosofía occidental
y no una necesidad lógica; es decir, es simplemente un pensamiento cartesiano.
Se necesita un escepticismo saludable hacia la duda cartesiana para poder comenzar
a ver una alternativa.[18]
Es posible
desarrollar posiciones filosóficas coherentes que nieguen las premisas básicas
del representacionalismo. Una comprensión performativa de las prácticas naturoculturales
es una alternativa. Los enfoques performativos
cuestionan la afirmación del representacionalismo donde existen
representaciones, por un lado, y entidades ontológicamente separadas que esperan
representación, por el otro; centran la investigación en las prácticas o actuaciones de
representación, así como los efectos productivos de tales prácticas y las
condiciones para su eficacia. Una comprensión performativa de las prácticas
científicas, por ejemplo, tiene en cuenta el hecho de que el conocimiento no
proviene de estar a distancia y representarlo, sino de un compromiso material directo con el mundo.[19]
Es importante destacar que lo que está en cuestión es precisamente la
naturaleza de estas afirmaciones. Ninguna concepción arbitraria de hechos o
actuaciones califica como performativa. Y los humanos no son los únicos que
participan en recreaciones performativas (que no es lo mismo que
representaciones teatrales). Un recuento performativo produce una ruptura
abrupta con el representacionalismo que requiere un replanteamiento de la
naturaleza en una serie de nociones fundamentales como ser, identidad, materia,
discurso, causalidad, dinámica y agencia, solo por nombrar algunas. En lo que
sigue, articularé una comprensión de la performatividad que va más allá de las
explicaciones escindidas que ofrecen los estudios de las ciencias y los teóricos
sociales y políticos, incorporando ideas de cada uno. Los recuentos
performativos en estos dominios han llevado vidas paralelas con un sorprendentemente
escaso intercambio, reforzando así la percepción que las preocupaciones
científicas, sociales y políticas están separadas, y que cada conjunto de académicos
las rechazaría rápidamente. Comienzo ofreciendo algunos antecedentes sobre cada
uno de estos discursos que circulan por separado y luego desarrollo mis ideas
en los capítulos siguientes.
Realismo sin
representación
Contará como real lo que podemos usar para intervenir en el mundo
para afectar algo más, o lo que el mundo puede usar para afectarnos.
Mi ataque al
antirrealismo científico es análogo al ataque de Marx al idealismo de su época.
Ambos dicen que el asunto no es entender el mundo sino cambiarlo.
Ian
Hacking, Representar e intervenir.
Aun a fines del siglo XIX, los físicos eran predominantemente
antirrealistas en sus actitudes hacia los átomos. Se pensaba que los átomos
eran "ficciones representativas", no fracciones de materia.[20]
Hoy la situación es muy diferente. A los átomos individuales se los imagina (se toma
imagenes) regularmente utilizando microscopios de efecto túnel (STM,
scanning tunneling microscopes). Además, esta tecnología se puede utilizar no
solo para ver átomos individuales, sino también para recogerlos y moverlos,
¡uno a la vez![21]
El filósofo Ian
Hacking utiliza la manipulabilidad
-es decir, la capacidad de intervenir con eficacia- como criterio para
determinar qué es real. Hacking afirma que independientemente de lo que los
físicos experimentales individuales puedan creer acerca de si las teorías
científicas son verdaderas explicaciones del mundo o simplemente modelos útiles
para pensar, no tendría sentido que fueran otra cosa que realistas hacia las
entidades que utilizan como herramientas: "Experimentar con una entidad no
te compromete a creer que existe. Solo es necesario manipular una entidad para experimentar otra cosa... [Por ejemplo,]
los electrones ya no son formas de organizar nuestros pensamientos o salvar los
fenómenos que han sido observados. Ahora son formas de crear fenómenos en algún
otro dominio de la naturaleza. Los electrones son herramientas" (Hacking
1983, 263). Así, Hacking explica su criterio de la siguiente manera:
"Contaremos como real lo que podemos usar para intervenir en el mundo para
afectar algo más, o lo que el mundo puede usar para afectarnos" (146).
La reflexión es
insuficiente; la intervención es clave: "No se limite a mirar, interfiere"
(189). Según Hacking, nuestra capacidad para intervenir de manera efectiva
proporciona el caso más sólido para el realismo. En este sentido, distingue
entre dos tipos de realismo: realismo hacia las entidades, lo que podría
llamarse "realismo ontológico", y realismo hacia las teorías, o "realismo
epistemológico".[22]
Hacking se suscribe a lo primero pero no a lo segundo: en su explicación,
intervenir (es decir, experimentar) en lugar de representar (es decir,
teorizar) es la base del realismo.
La intervención
de Hacking es particularmente notable por su intento de desenredar el realismo
de la formulación representacionalista tradicional. Hacking está en desacuerdo
con la tradición filosófica de larga data que considera que las teorías y las
representaciones son la materia de la ciencia, mientras que la experimentación
se ignora por completo o se ve como el complemento de la teoría (en tal duro
relato, proporciona la lente a través de la cual los experimentos son diseñados
e interpretados). Por el contrario, argumenta que la experimentación debe
entenderse como una práctica compleja bajo sus propios términos.
Tomemos el
ejemplo de la microscopía. En el relato de Hacking, "ver" átomos u
otras entidades con la ayuda de un microscopio no es una cuestión de
simplemente mirar -de contemplar pasivamente algo como un espectador- sino un
logro que requiere un conjunto complejo de prácticas para lograrlo. Para
"ver", una debe intervenir activamente: "Se aprende a ver a
través de un microscopio haciéndolo, no solo mirando" (189). Para empezar,
obtener una imagen fiable y libre de todo artefacto implica conocimientos
experimentales, intuición, ingenio (los tres se adquieren con la práctica),
mucho trabajo manual, el perfeccionamiento de técnicas táctiles en sintonía con
las especificidades de la instrumentación (incluyendo cualquiera de sus
idiosincrasias), aprendiendo a discriminar entre ruido no deseado y señal
deseada, entre hechos y artefactos, y todo tipo de manipulaciones no basadas en
teorías.[23] Y
también, parte de ver es estar convencida de lo que una ve. Hacking argumenta
que si uno usa diferentes prácticas, basadas en diferentes principios físicos
(por ejemplo, usa diferentes tipos de microscopios) y termina viendo lo mismo,
entonces sería difícil explicar esta coincidencia sin invocar algún tipo de
conspiración de procesos físicos no relacionados. Y cuando lo que aprendemos a
ver usando este instrumento y su conjunto de habilidades adjuntas se ajusta a
los conocimientos de otros campos de la ciencia, nuestra confianza se hace más
profunda. "No estamos convencidos por una teoría deductiva de alto poder
sobre la [entidad que se está fotografiando] -no hay ninguna- sino por el uso
de un gran número de generalizaciones entrelazadas de bajo nivel que nos
permiten controlar y crear fenómenos en el microscopio" (209).
El STM es un
ejemplo particularmente interesante en este sentido. Dado que funciona con un
conjunto diferente de principios físicos a los microscopios ópticos, socava
cualquier ilusión de que la imagen representa la mera ampliación de lo que
vemos con nuestros ojos. De hecho, como señala correctamente Hacking, los
microscopios ópticos tampoco funcionan como lupas; mientras que la óptica del
ojo y las lupas se pueden explicar utilizando los principios de la óptica
geométrica (por ejemplo, las leyes de la refracción), las meticulosas
investigaciones de Ernst Abbe sobre el funcionamiento del microscopio revelan
que el fenómeno de la difracción es fundamental para el funcionamiento del
microscopio óptico. La óptica geométrica no es suficiente para explicar el
funcionamiento del microscopio; se deben contar con las leyes de la óptica
física. Pero el ejemplo del STM hace que la diferencia sea bastante marcada.
Si nos
acercamos a las prácticas de formación de imagen por medio de un microscopio de
efecto túnel, queda muy claro que sería una distorsión de los hechos comparar
la formación de imágenes con la fotografía de una cámara de apuntar y disparar.[24]
"Representar" no es simplemente cuestión de retroceder a cierta
distancia y abrir los ojos, o apretar un botón. Por el contrario, los expertos
en STM como Don Eigler han sugerido que la formación de imágenes utilizando un
microscopio de efecto túnel se asemeja más a un encuentro que involucra el
sentido del tacto en lugar de la vista; el STM dice, "forma una imagen de
una manera que es similar a la forma que una persona ciega puede darse una
imagen mental de un objeto sintiéndolo" (Eigler 1999, 427).[25]
Al igual que una persona ciega que usa un bastón para examinar la topografía de
un paisaje, el sistema operativo STM maniobra la punta del microscopio a través
de la superficie de la muestra que se está fotografiando. (La punta del
microscopio, que es un alambre de tungsteno finamente afilado, termina en un
solo átomo.) Pero en lugar de tocar físicamente el bastón con la superficie de
la calle en busca de baches o hendiduras en la calzada, el STM funciona
escaneando la superficie usando una "corriente de túnel" para "sentir"
la superficie.[26]
El
"túnel", un fenómeno mecánico cuántico único, permite que las
partículas atraviesen barreras de energía que deberían ser, al menos según las
leyes de la física newtoniana clásica, imposibles de cruzar.[27]
En este caso, las partículas en cuestión son los electrones. La capacidad de
los electrones (mecánica cuántica) para cruzar la barrera depende de la
distancia entre la punta del microscopio y los átomos de la superficie de la
muestra que se está midiendo. Cuando la punta está lo suficientemente cerca de
la superficie de la muestra, los electrones fluyen a través de la barrera,
formando una pequeña corriente eléctrica. La corriente así formada entre la
punta y la superficie proporciona una medida de la estructura detallada de la
superficie.
Así es como
funciona. Se aplica un pequeño voltaje a la punta del microscopio. Si la punta
se coloca lo suficientemente cerca de la superficie de la muestra (generalmente
de unos pocos nanómetros), una pequeña cantidad de electrones unidos a la
superficie de la muestra (por la fuerza electromagnética) atravesarán la brecha
formando un túnel, por lo tanto forma una muy poca corriente entre la
"nube" de electrones de los átomos de la superficie de la muestra y
la punta. La cantidad de corriente que fluye está relacionada con las
características de la barrera de energía, que está directamente relacionada con
la disposición específica de los átomos en la superficie. Usando un cristal
piezoeléctrico para colocar delicadamente la punta del microscopio unos pocos
nanómetros por encima de la superficie de la muestra, es posible escanear la
punta y cruzar a una distancia muy cercana. Los datos medidos de la corriente
de tunelización pueden mapear en una imagen en una pantalla de computadora. En
otras palabras, el STM proporciona una imagen de la disposición atómica de una
superficie mediante la detección de ondulaciones en la "nube" de
electrones de los átomos de la superficie de la muestra.[28]
Entonces,
"ver" usando un microscopio de efecto túnel opera bajo principios
físicos muy diferentes a lo visual. Y además, como Hacking se apresuraría a
recordarnos, "ver" requiere mucha práctica; el operador STM no
simplemente inserta una muestra y presiona un botón y listo, aparece una
imagen. La muestra debe prepararse y colocarse con cuidado en el cabezal de
exploración; se debe cortar una nueva punta para cada espécimen; la punta debe
colocarse con cuidado sobre la superficie de la muestra; las coordenadas de
inclinación de la muestra deben ajustarse correctamente; el sistema debe estar
aislado de la luz directa, las vibraciones, las corrientes de aire y las
fluctuaciones de temperatura durante la sesión, de lo contrario, la imagen se verá
comprometida; se debe seleccionar un rango de escaneo; y el operador debe
decidir si la imagen producida constituye una "buena imagen". La
separación del hecho y del artefacto depende de la correcta ejecución de cada
uno de estos pasos y, requiere habilidad y conocimientos adquiridos a través de
la experiencia.
Ejemplos como
este ponen en claro que el representacionalismo es una práctica que pone entre
paréntesis el significado de las prácticas; es decir, el representacionalismo
falla en tomar en cuenta las prácticas por las cuales se producen las representaciones.
Las imágenes o representaciones no son instantáneas o representaciones de lo
que nos espera, sino condensaciones o huellas de múltiples prácticas comprometidas.
Una imagen STM, por sí sola, no hace ni deshace nuestra creencia en la realidad
de los átomos; es sólo una evidencia más -un despliegue espectacular, sin duda-
en una red de evidencias y prácticas que producen lo que tomamos como
evidencia.
La intervención
de Hacking en los debates realismo-antirrealismo gira en torno a su insistencia
que la experimentación no es una práctica cargada de teoría (en el sentido
kuhniano) sino un conjunto complejo de prácticas con derecho propio. Pero
conceder a la experimentación su debido lugar no implica necesariamente dejar
atrás la teoría atrapada en la trampa del representacionalismo. Esta asimetría
en la conceptualización de la
experimentación versus la teorización está implicada en una postura realista
asimétrica; realismo hacia entidades, pero no hacia las teorías. Pero, ¿cuán
realista es el relato de Hacking sobre la teorización?
El físico Niels
Bohr está en desacuerdo con la noción de teorizar como representación. En la
descripción proto-performativa de Bohr (que discuto en detalle en el capítulo
3), la teorización debe entenderse como una práctica encarnada, más que como un
deporte de espectador donde hacer coincidir representaciones lingüísticas con
cosas preexistentes.[29]
Los conceptos, en la explicación de Bohr, no son meras ideaciones sino
compromisos físicos específicos. En ausencia de una debida consideración a este
punto decisivo, Bohr advierte que los científicos sólo pueden especular sobre
meras abstracciones y, al hacerlo, no pueden proporcionar una explicación
objetiva de los fenómenos que están estudiando. (Por cierto, la falta de
identificación correcta del referente objetivo explica muchas de las
características paradójicas de la teoría cuántica).
Si bien Hacking
distingue entre intervenir y representar, asociando la primera con la práctica
experimental y la segunda con la producción de teorías, sostengo que la
descripción proto-performativa de Bohr sugiere que las prácticas científicas
pueden entenderse más adecuadamente como una cuestión de intervenir en lugar de
representar, en todos sus aspectos; es decir, respecto a todas las dimensiones
de esta compleja red de prácticas. O tal vez "intervenir" no sea el
verbo apropiado para describir tal actividad, en cualquiera de tales casos,
como veremos más adelante.
Irónicamente,
se podría acusar a Hacking de hacer una caricatura de la teorización, de la
misma manera que señala que algunos filósofos son reduccionistas en sus
consideraciones sobre la compleja práctica de experimentar. Un contrapunto peculiarmente
interesante a la noción de teorías científicas de Hacking es la descripción
basada en la práctica de la teoría científica que ofrece Peter Galison, un
historiador de la ciencia, en su estudio sobre cómo llegó Einstein a su teoría
especial de la relatividad. Galison argumenta que la teoría de la relatividad
especial no surgió de la cabeza de Einstein, el resultado de una mente
solitaria ocupada con una ráfaga de ideas abstractas.
Más bien, la idea central de la coordinación del reloj fue un problema
importante de muy significativo en términos prácticos
en la Europa a principios del siglo XX, y el lugar de Einstein en la oficina de
patentes le ofreció una visión de primera mano de una multitud de nuevas
soluciones tecnológicas propuestas para el problema:
Cuando Einstein
llegó a la oficina de patentes de Berna en 1902, entró en un mundo en el que el
triunfo de lo eléctrico sobre lo mecánico ya estaba vinculado simbólicamente a
los sueños de la modernidad. Encontró un mundo en el que la coordinación de los
relojes era un problema práctico (trenes, tropas y telégrafos) que exigía
soluciones viables y patentables exactamente en el área de su mayor preocupación
y ocupación profesional: la instrumentación electromecánica de precisión. La
oficina de patentes era cualquier cosa, no un faro de buque en aguas profundas.
No, la oficina era un asiento en la tribuna para el gran desfile de tecnologías
modernas. Y a medida que pasaban los relojes coordinados que no venían solos;
la red de coordinación eléctrica significaba la unidad política, cultural y
técnica a la vez. Einstein se apoderó de esta nueva máquina de convencional
simultaneidad y la instaló al principio del comienzo de su nueva física. En cierto sentido, había
completado el gran proyecto de coordinación del tiempo del siglo XIX, pero al
eliminar al reloj maestro y elevar el tiempo establecido convencionalmente a un
principio físico, había lanzado una física de la relatividad
característicamente moderna del siglo XX. (Galison 2000, 388-89)
Las prácticas sociales, tecnológicas y científicas que incluían los
aparatos entrelazados de la conquista colonial, la democracia, la ciudadanía
mundial, el antianarquismo, los trenes, los telégrafos, los relojes y otros
dispositivos electromecánicos compuestos por cables y engranajes, hicieron su
papel en la producción de la teoría especial de la relatividad. Lo que estaba
en juego, según Galison, era "siempre práctica y más que práctica, a la
vez que una necesidad económica material y un imaginario cultural" (367).
El tiempo no es una idea abstracta para Einstein; el tiempo es con lo que medimos con una deducción.
Como argumenta Bohr y el ejemplo de Galison lo ilustra bellamente, las ideas
que marcan una diferencia en el mundo no vuelan libres del peso de su instanciación
material. Teorizar no es dejar atrás el mundo material y entrar en el dominio
de las ideas puras donde un espacio elevado de la mente hace posible la
reflexión objetiva. Teorizar, como
experimentar, es una práctica material.
Es más, una vez
que la teoría y el experimento ya no se entienden en sus formas cosificadas,
sino que se ven como prácticas dinámicas de compromiso material con el mundo,
podemos ver que estos conjuntos de prácticas están complejamente entrelazados
de tal manera, que las visiones representacionalistas de la ciencia elude (que
tratan la teoría y la experimentación como dominios separados con uno u otro
como dominante o primario). De hecho, la mayoría de las formas de realismo
presuponen una metafísica que da por sentada la existencia de entidades
individuales, cada una con su propia trama de propiedades no relacionales.[30]
Como tal, el realismo a menudo está cargado de esencialismo. Pero el realismo
no necesita suscribirse a una metafísica individualista o cualquier otro
principio representacionalista (de hecho, diría que cualquier explicación
realista que se precie como tal no debería respaldar tales creencias idealistas
o mágicas). La realidad no implica necesariamente "coseidad": lo que
es real puede no ser una esencia, una entidad o un objeto existente de forma
independiente de atributos inherentes. El supuesto de la coseidad permanece en
la base del realismo de la entidad de Hacking; las palabras y las cosas siguen
estando a la orden del día.
Al igual que
Hacking, estoy interesada en una explicación realista no representacionista de
las prácticas científicas que tome en serio la naturaleza material de las
prácticas. No un realismo de Hacking hacia las entidades, sino más bien un
realismo hacia los fenómenos y las prácticas
materiales enredadas de conocer y devenir. Los fenómenos, de acuerdo con mi explicación de realismo agencial, no
son entidades individuales ni impresiones mentales, sino agencias materiales
entrelazadas (la que discutiremos más detalle más adelante).[31]
La comprensión del realismo agenical que propongo es una forma de realismo no
representacionalista basado en una ontología que no da por sentada la
existencia de "palabras" y "cosas"; y en una epistemología
que no suscribe una noción de verdad basada en su correcta correspondencia. El
realismo agencial ofrece la siguiente elaboración de la crítica al representacionalismo
de Hacking; experimentar y teorizar son
prácticas dinámicas que desempeñan un papel constitutivo en la producción de
objetos y sujetos, materia y significado.[32]
Como explicaré, teorizar y experimentar no consisten en intervenir (desde fuera) sino es la intra-acción desde dentro y como parte de los fenómenos producidos.[33]
El realismo agencial se explica en el capítulo 4 y los capítulos subsiguientes;
por ahora, quiero volver a una cuestión metafísica.
Es importante
destacar que precisamente en este mismo punto con el que una se encuentra al
cruzar el umbral entre la representación y el performativo, a saber, la metafísica
del individualismo, con lo que muchos otros estudios científicos también
tropiezan, aunque el problema con el que tropiezan suele ser bastante
diferente. Al igual que Hacking, la mayoría de los estudios de las ciencias no
suelen dar por sentados los objetos de las prácticas científicas; más bien,
ellos también están interesados en investigar los detalles de las prácticas de
laboratorio que los producen. Sin embargo, a diferencia de Hacking, los
teóricos en esa red, entre otros, han desmantelado la creencia de que lo que
los científicos hacen evidente a través de sus prácticas es la existencia de
objetos discretos; por el contrario, han enfatizado que la eficacia del
esfuerzo científico depende de procedimientos específicos para hacer redes o
ensamblajes de humanos y no humanos. Es decir, las "cosas" (en el
sentido tradicional) seguramente no están a la orden del día.[34]
Irónicamente, sin embargo, los enfoques de los estudios de la ciencia de la
corriente principal, e incluso algunos enfoques de los estudios de la ciencia
feministas, dan por sentado que las variables sociales como el género, la raza,
la nacionalidad, la clase y la sexualidad son propiedades de las personas
individuales, reinstalando así la metafísica del individualismo. La naturaleza
objetiva de las cosas -que se da por sentada, se proscriben, pero las
cuestiones relacionadas con las prácticas discursivas, especialmente aquellas
que Foucault consideraría como el quid del nexo discurso-poder-conocimiento,
como la constitución discursiva del sujeto- se descuidan. Para que este
importante asunto no se malinterprete de una manera particularmente irónica,
tal vez valga la pena enfatizar que esto no
quiere decir que la producción del sujeto tenga que ver solo con el
lenguaje; de hecho, ese es precisamente el punto de Foucault al alejarse de las
cuestiones de representación lingüística y centrarse en cambio en los aspectos
constitutivos de las prácticas discursivas en su materialidad.
Sobre la base
de la crítica de Foucault al representacionalismo, la influyente teoría de la
performatividad de género de Judith Butler piensa la constitución de género del
sujeto. Como enfatiza Butler, el género no es un atributo de los individuos.
Más bien, el género es un hacer, no en el sentido de que haya una persona
pregénero que ejecuta un género, sino el entendimiento que el generizarse "es, entre otras cosas,
las relaciones diferenciantes por las cuales... los sujetos llegan a ser"
y " la matriz a través de la cual todo querer se hace posible por primera
vez" (1993, 7). El género, argumenta Butler, es un proceso temporal que
opera a través de la reiteración de normas.[35]
En otras palabras, Butler está diciendo que el género no es una característica
inherente de los individuos, una esencia central que se expresa de diversas
formas a través de actos, gestos y representaciones, sino un hacer iterado a
través del cual los sujetos cobran existencia. Esto es lo que una pensaría a lo que los teóricos de la
red de actantes y otros académicos en sintonía con la búsqueda de formas donde
los "objetos" emergen a través de las prácticas científicas estarían
particularmente atentos. Y, sin embargo, hubo una sorprendente muy poca
polinización cruzada entre la teoría posestructuralista feminista y los
estudios de la ciencia.[36]
Incluso en los textos de los estudios de la ciencia feministas, es difícil
encontrar otros compromisos directos con el trabajo de Butler sobre la
performatividad.
Los enfoques en
los estudios de las ciencias que no tienen en cuenta estos conocimientos, no
están simplemente dejando de lado una o dos variables que pueden agregarse
fácilmente al análisis en una fecha posterior; más bien, cometen el mismo tipo
de error que los enfoques representacionalistas que rechazan, no toman en
cuenta la naturaleza constitutiva de las prácticas. De hecho, como enfatizan
Butler y Bohr, lo que se excluye en la publicación de prácticas de
conocimiento-discurso-poder juega un papel constitutivo
en la producción de los fenómenos, las exclusiones importan tanto para los
cuerpos que llegan a materia como para los excluidos de la materia. Es crucial,
hay cuestiones epistemológicas, ontológicas y éticas en juego. Esto se aplica
tanto a las prácticas que se están observando (p. ej., prácticas de
laboratorio) como a las prácticas de creación de conocimiento que contribuyen a
los textos de los estudios de la ciencia. Pero el mero reconocimiento del hecho
que los académicos de las ciencias son actores involucrados en la realización
de su propio conjunto de prácticas no es suficiente. Volver el espejo hacia uno
mismo no es el problema, y la reflexividad no puede servir aquí de correctivo. Más
bien, el asunto aquí es que estas las prácticas
enredadas son
productivas, y quiénes y qué son excluidos a través de estas prácticas enredadas importan;
diferentes intra-acciones producen diferentes fenómenos.[37]
O al menos eso argumentaré, pero me estoy adelantando. El punto es este: una no
puede simplemente poner entre paréntesis (o ignorar) ciertos temas sin asumir
la responsabilidad y rendir cuentas por los efectos constitutivos de tales
exclusiones. Dado que los estudios de las ciencias deberían tener en cuenta el
género y otras variables sociales cruciales (en aras de la coherencia, como
mínimo) recurriendo a los relatos performativos de género para descubrir qué
tienen para ofrecer; al menos parece un buen lugar para comenzar, y mas si
quieren evitar reinstalar la metafísica individualista u otros restos representacionalistas
en sus teorías, sus métodos, y sus resultados.
Quiero
enfatizar bajo los términos más enérgicos posibles que sería un error pensar
que lo principal es si el género, la raza, la sexualidad y otras variables
sociales se incluyen o no en el análisis. El asunto no es simplemente una
cuestión de inclusión. El punto principal tiene que ver con el poder. ¿Cómo se
entiende el poder? ¿Cómo se teoriza lo social y lo político? Algunos
investigadores de los estudios de las ciencia respaldan la propuesta de Bruno
Latour de una nueva estructura gubernamental parlamentaria que invita tanto a humanos
como a no humanos; pero ¿qué hace esta propuesta, si es que hace algo, para
afrontar el tipo de preocupaciones que feministas, queers, poscoloniales,
(post) marxista y teóricos y activistas contra el racismo han puesto sobre la
mesa?[38]
Los no humanos están dentro, pero las preocupaciones de este diverso grupo de
teóric*s y activistas parecen no haber sido escuchadas, y mucho menos tomadas
en cuenta. De hecho, su presencia apenas ha sido reconocida. No es que
ell*s/nosotr*s estemos esperando haciendo una cola para concedernos la entrada
a los Salones del Poder.
En su libro Políticas de la Naturaleza, Bruno La Tour expone hábilmente
la constitución moderna de las ilícitas asambleas bicamerales -la Casa de las
Ciencias, que pretende representar las cosas tal como son, y la Casa de la
Política, que pretende representar las preocupaciones de los humanos- y las
respectivas nociones defectuosas de representación que evocan. No podría estar
más de acuerdo en que se rompa el viejo bicameralismo que divide las casa de
gobierno en poderes separados, con la naturaleza de un lado y lo social del
otro. Pero simplemente no se puede corregirlo creando un nuevo bicameralismo, una
nueva forma representacionalista de gobierno. El campo político no se limita a
la cámara estatal. Y los gobiernos representacionistas tienen una historia muy larga
apuntalando sus "propias" fronteras, mientras asaltan y devastan
otras tierras. ¿Qué concepción del poder, qué modelo de ciudadanía, qué
política de inmigración se está construyendo cuando se propone una nueva
democracia representacionalista que sólo reconoce dos tipos de ciudadanos y su
descendencia, los plenamente humanos (aquellos que ya han obtenido la
ciudadanía) y los plenamente no humanos, y sus hibridaciones? Haraway (1985)
enfatizó hace mucho tiempo que esto no sería suficiente, la política cyborg no
se trata simplemente del cruce entre humanos y máquinas, sino también de la
tecnobiopolítica de los humanos diferenciales y sus parientes heterogéneos.
Como dice Butler: "No es suficiente afirmar que los sujetos humanos están
construidos, ya que la construcción de lo humano es una operación diferencial
que produce lo más y lo menos 'humano', lo inhumano, y lo humanamente
impensable" (1993, 8). Cualquier propuesta de un nuevo colectivo político
debe tener en cuenta, no sólo las prácticas que producen las distinciones entre
lo humano y lo no humano, sino también las
prácticas a través de las cuales se produce su constitución diferencial.
Todos los esfuerzos por derrocar al representacionalismo epistemológico (de la
Casa de la Ciencia) se verán carcomidos si el campo político y social se teoriza
(una vez más) las formas políticas y lingüísticas bajo los términos del
representacionalismo. El representacionalismo (con su metafísica individualista)
simplemente será reinstalado a la orden del día. Esta es una de las razones por
las que los estudios de la ciencia no pueden darse el lujo de ignorar las ideas
que nuestras mejores teóric*s políticos y sociales tienen para ofrecer.[39]
El
postestructuralismo ofrece una notable alternativa al representacionalismo. El
posestructuralismo no es solo un juguete de alta tecnología que la academia en
humanidades usa para entretenerse. Los enfoques postestructuralistas pretenden
tomar en serio las preocupaciones de la "tripulación diversa", al
tiempo que ofrecen interpretaciones alternativas del poder y la formación del
sujeto (desplazando la obsesión modernista por el problema de la representación),
además de incluir un examen del efecto constitutivo de las exclusiones.
Performatividad y agencia
social y política
La naturaleza tiene una
historia, y no solamente una social.
Cuerpos que importan,
Judith Butler.
En la búsqueda
de alternativas al constructivismo social se han impulsado enfoques
performativos para el estudio de los fenómenos sociales, políticos, económicos
y culturales. La teoría de la performatividad de género de Judith Butler ha
tenido una enorme influencia, abriendo un abanico de diferentes investigaciones
sobre las prácticas que producen sujetos e identidades.[40]
Los enfoques performativos sobre raza, economía y política transnacional son
cada vez más frecuentes. "Performatividad" se ha convertido en un
término omnipresente en los estudios literarios, los estudios teatrales y
también en el área interdisciplinaria naciente de los estudios de la
performances. L*s teóric*s que adoptan enfoques performativos a menudo se
apresuran en señalar que la performatividad no es lo mismo que la practica, y que
simplemente hablar de practica no necesariamente hace que un enfoque sea performativo.
En su innovador
e influyente libro El género en disputa,
Butler problematiza el modelo constructivista social que representa al género
como una inscripción cultural en el cuerpo naturalmente sexuado. Asumir que el
cuerpo es una sustancia muda, una pizarra en blanco pasiva en la que la
historia o la cultura deja la marca del género, es privar a la materia de su
propia historicidad, limitar las posibilidades de su agencia e instaurar la
distinción sexo-género no simplemente en términos de un problemático dualismo
naturaleza-cultura, sino como la
distinción.
Butler dibuja
sobre el fecundo estudio, la historia de la sexualidad de Foucault, para disputar
la naturaleza misma del "sexo": "¿Qué es el 'sexo' de todos
modos? ¿Es natural, anatómico, cromosómico u hormonal, y cómo se debe evaluar
una crítica feminista a la discursos científicos que pretenden establecer tales
'hechos' para nosotras?" (Butler 1990, 6-7).[41]
La genealogía del sexo de Foucault expone el hecho de que la categoría de sexo
es un mecanismo para unificar un conjunto discontinuo de elementos y funciones
al servicio de la regulación social y el control de la sexualidad, que se
efectúa mediante el ocultamiento de tal construcción y la presentación del sexo
como un hecho corporal. Como Butler apunto:
No sólo es sospechosa la reunión de atributos bajo
la categoría de sexo, sino también la discriminación misma de las
"características" mismas. Que el pene, la vagina, los senos, etc., se
denominen partes sexuales es tanto una restricción del cuerpo erógeno a esas
partes como una fragmentación del cuerpo como un todo. De hecho, la
"unidad" impuesta al cuerpo por la categoría de sexo es una
"desunión", una fragmentación y compartimentación, y una reducción de
la erotogeneidad. (Mayordomo 1990, 114)
Dada esta sutura artificial de características y funciones dispares,
tal vez no sea sorprendente que el intento de proporcionar una prueba
científica determinada para "la verdad del sexo" revele más sobre la
naturaleza indeterminada del sexo y la naturaleza de las prácticas que buscan
anular las indeterminaciones intrínsecas a esta unidad disparatada, de lo que
parecería sugerir la mera revelación de su fracaso. Butler examina el trabajo
de un grupo de biólogos moleculares que identifican el TDF (factor determinante
de los testículos) como "el
interruptor binario sobre el que giran todas las características sexualmente dimórficas".[42]
Para su estudio, los investigadores eligieron individuos que "estaban
lejos de ser inequívocos en sus constituciones anatómicas y
reproductivas", incluidos los hombres xx y las mujeres xy. Pero surge
entonces la pregunta de cómo se hacen estas mismas determinaciones cuando es
precisamente la misma pregunta la que está en juego. Confiando en los genitales
externos para esta determinación que parece arraigar ideas particulares sobre
la sexualidad en los cimientos mismos de un estudio que busca investigar la
naturaleza del sexo. Los investigadores también reducen la noción de
determinación sexual a una de determinación masculina de una de determinación
testicular, revelando un conjunto de suposiciones de género en el trabajo que
permiten esta combinación. Sobre la base de estas y otras consideraciones,
Butler concluye que
los supuestos culturales sobre el estatus relativo
de hombres y mujeres y la relación binaria del género mismo enmarcan y enfocan
la investigación sobre la determinación del sexo. La tarea de distinguir sexo
de género se vuelve aún más difícil una vez que comprendemos que los
significados de género enmarcan la hipótesis y el razonamiento de aquellas
investigaciones biomédicas que buscan establecer el "sexo" para
nosotros como anterior a los significados culturales que adquiere. (1990, 109)
Pero si la noción misma de una "naturaleza sexuada" o
"un sexo natural" resulta ser "producida y establecida como 'prediscursiva'", es decir, se
la hace reposar como lo anterior a la cultura, como "una superficie neutra
donde actúa la cultura",
entonces el género no es la interpretación cultural del sexo sino "el
propio aparato de producción mediante el cual se establecen los sexos
mismos" (1990, 7). Pero, ¿esto sugiere que se trata de género todo? ¿La
cultura reemplaza a la naturaleza? Y si es así, ¿qué le sucede al cuerpo?
¿Dónde queda la pregunta por la materia? Para Butler, estas reflexiones no
sirven de base para negar al cuerpo su materialidad; por el contrario, revelan
las insuficiencias del modelo de inscripción del constructivismo social.
De hecho,
Butler no pretende negar la materialidad del cuerpo en absoluto. Por el
contrario, propone "un retorno a la noción de materia", como veremos
más adelante. Este "retorno" a la materia no es un simple regreso a
la noción de que la materia es lo dado, lo que ya está ahí. Sin embargo, es
crucial para el proyecto de Butler, porque lo que está en juego es la
naturaleza misma del cambio. La intervención de Butler cuestiona no solo el
binomio sexo-género, que ha sido fundamental para gran parte de la teoría
feminista y el análisis de género, sino también la naturaleza de la agencia que
está implícita en la inscripción al modelo de construccionista: "Cuando las teóricas
feministas afirman que el género es la interpretación cultural del sexo o que
el género se construye culturalmente, ¿cuál es la manera o el mecanismo de esta
construcción? Si el género se construye, ¿podría construirse de manera
diferente o su construcción implica alguna forma de determinismo, excluyendo la
posibilidad de agencia y transformación? (1990, 7). Como señala Butler,
la "controversia sobre el significado de la construcción parece hundirse
en la polaridad filosófica convencional entre el libre albedrío y el
determinismo" (8). Rápidamente rechaza ambas opciones, de hecho la misma
concepción binaria de la causalidad, e insiste en que lo que se necesita es un
replanteamiento radical de la naturaleza de la identidad.
Butler propone
que entendamos la identidad no como una esencia sino como un hacer. En
particular, sugiere que el género no es un atributo o propiedad esencial de los
sujetos, sino "un
tipo de devenir o actividad... una acción incesante y repetida de algún
tipo" (Butler 1990, 112). Butler advierte que esta afirmación -que
el género es actuado-
no debe entenderse como una especie de representación teatral realizada por un
sujeto voluntario que elige su género. Tal lectura errónea reintroduce
irónicamente al sujeto humanista liberal en escena, socavando así el
antihumanismo del postestructuralismo, que rechaza la suposición dada del
sujeto y busca centrarse en su producción. Fundamentalmente, el performativo "no es un acto singular
utilizado por un sujeto ya establecido, sino una de las formas poderosas e
insidiosas en las que los sujetos son llamados a la existencia social desde
espacios sociales difusos, inaugurados en la sociabilidad por una variedad de
interpelaciones difusas y poderosas" ( Butler 1997a, 160). Como
explica Butler, "el 'yo' ni precede ni sigue el proceso de esta
generización, sino que emerge sólo como y con la matriz de las relaciones de
género mismas" (1993, 7). Es decir, la performatividad de género
constituye (pero no determina completamente) el sujeto generizado. La negativa
de Butler a aceptar la concepción binaria de agencia versus estructura es
evidente aquí. En un esfuerzo por evitar concepciones problemáticas de agencia
y poder incrustadas en una serie de enfoques diferentes para la formación del
sujeto, Butler recurre a la interpretación posestructuralista de Foucault del
poder regulador y las prácticas discursivas para comprender la formación de
género del sujeto. Escribiendo en contra de los paradigmas filosóficos en
competencia del estructuralismo y la fenomenología (y la hermenéutica con sus
influencias fenomenológicas), Foucault rechaza tanto la idea que los sujetos
son meros efectos de estructuras externas de inteligibilidad ubicadas en
sistemas sociales a gran escala, como la idea que la realidad es una realidad
interna producto de la conciencia humana. Es decir, Foucault rechaza el
supuesto humanista que supone la existencia de un sujeto autónomo que se sitúa
frente a las prácticas del discurso-poder-saber; por el contrario, Foucault
está interesado en analizar las condiciones históricas que provocan ciertos
tipos de subjetividad. Al mismo tiempo, también rechaza las explicaciones
estructuralistas de la producción del sujeto a través de la imposición de un
sistema externo de poder, lenguaje o cultura. En particular, Foucault evita los
tratamientos marxistas de la ideología y la falsa conciencia, así como las
explicaciones humanistas que hacen referencia a la intencionalidad de un sujeto
unificado, dando al poder una ubicación interior dentro de la conciencia de un
sujeto cuyos intereses se consideran auto transparentes. De hecho, Foucault
atraviesa el dualismo agencia-estructura sostenido por el choque entre la
fenomenología y el estructuralismo. En la explicación de Foucault, el poder no
es la concepción familiar de una fuerza externa que actúa sobre un sujeto
preexistente, sino más bien un conjunto inmanente de relaciones de fuerza que
constituye (pero no determina completamente) al sujeto[43].
La analítica del poder de Foucault vincula las prácticas discursivas con la
materialidad del cuerpo. En Vigilar y
castigar, Foucault sostiene que la materialidad del cuerpo se regula a
través de los movimientos que ejerce. En particular, es a través de la
repetición de actos corporales específicos que los cuerpos son reelaborados y
que el poder se apodera del cuerpo. Foucault afirma que la configuración
material específica de la prisión (por ejemplo, la forma del Panóptico) apoya y
promueve prácticas discursivas específicas de castigo. Es crucial comprender
que, en la explicación de Foucault, las prácticas discursivas no son lo mismo
que los actos de habla o los enunciados lingüísticos. Las prácticas discursivas
son las condiciones materiales que definen lo que cuenta como declaraciones
significativas. Sin embargo, Foucault no es claro respecto del carácter material
de las prácticas discursivas. De hecho, la crítica de la analítica del poder de
Foucault y su teoría del discurso a menudo se centra en su fracaso para
teorizar la relación entre prácticas discursivas y no discursivas. Lo más cerca
que llega Foucault de explicar esta relación crucial entre prácticas
discursivas y no discursivas es a través de su noción de dispositivo,
generalmente traducida como aparato. De hecho, la crítica de la analítica del
poder de Foucault y su teoría del discurso a menudo se centran en el fracaso
para teorizar la relación entre prácticas discursivas y no discursivas. Lo más
cerca que llega Foucault a explicar esta relación crucial entre prácticas
discursivas y no discursivas es a través de su noción de dispositivo, generalmente traducida como aparato.
Foucault explica que el dispositivo es "un conjunto completamente
heterogéneo que consiste en discursos, instituciones, formas arquitectónicas,
decisiones regulatorias, leyes, medidas administrativas, declaraciones
científicas, proposiciones filosóficas, morales y filantrópicas, en resumen,
tanto lo dicho como lo no dicho". (Foucault 1980, 194). Pero esta lista no
constituye una afirmación positiva sobre la relación entre lo "dicho y lo
no dicho".
Butler recurre
a la sugerencia de Foucault que la repetición de prácticas reguladoras produce
una materialización específica de los cuerpos para vincular su noción de
performatividad de género con la materialización de cuerpos sexuados. En
particular, Butler lee la "cita iterativa" de la performatividad en
términos de esta repetición, vinculando así la cuestión de la identidad con la
materialidad del cuerpo, pero no como haría la inscripción el modelo cultural. Significativamente,
Butler propone "un retorno a la noción de materia" en lugar de las
concepciones incompletas de construcción que circulan en la teoría feminista y
en otros lugares, no como un sitio o una superficie (como en el modelo de inscripción)
sino como "un proceso de materialización que se estabiliza
con el tiempo para producir el efecto de límite, fijación y superficie que
llamamos materia" (1993, 9). No es sorprendente que lo que este
en juego en esta concepción dinámica de la materia sea una perturbación de la
supuesta fijeza de la naturaleza y, por lo tanto, una apertura de las
posibilidades de cambio. Butler amplía aún más el análisis de Foucault de la
formación de sujetos y cuerpos al prestar atención a las exclusiones
constitutivas que promulgan las prácticas regulatorias: "El esfuerzo de
Foucault por trabajar las nociones de discurso y materialidad a través de una
en otra no logra dar cuenta, no solo de lo que está excluido de las economías
de inteligibilidad discursiva que él describe, sino que deben ser excluida para que esas economías funcionen como sistemas
autosuficientes” (Butler 1993, 35; las cursivas son mías). El exterior
constitutivo marca los límites del discurso. Butler enfatiza que la existencia
de un afuera constitutivo marca la discrepancia de su teoría con respecto al
constructivismo social; ciertamente hay un afuera para el discurso, pero no un
afuera absoluto. (Ella evita así los cansadores debates entre constructivismo
social y esencialismo.) El exterior constitutivo juega un papel crucial para la
formulación de Butler de la noción de agencia.
Sin embargo, a
pesar de estas cruciales elaboraciones, no está del todo claro que Butler logre
acercar más lo discursivo y lo material. La brecha que permanece en la teoría
de Foucault parece dejar un signo de interrogación sobre la capacidad de Butler
para explicar cómo es que "la práctica reiterativa y citacional mediante
la cual el discurso produce los efectos que nombra" puede dar cuenta de
los cuerpos sexuados (1993, p. 2). Las preguntas sobre la naturaleza material
de las prácticas discursivas parecen flotar en el aire como la sonrisa
persistente del gato de Cheshire.
Si las
prácticas discursivas constituyen un campo social o cultural productivo,
entonces, ¿cuánto puede explicarse de la materia misma de los cuerpos, tanto
humanos como no humanos? ¿La materia de las cosas es de naturaleza
completamente social? ¿Debemos entender la materia como un fenómeno puramente
cultural, el resultado final de la actividad humana? Y si es así, ¿no es esto
otra recreación más de la tachadura de la naturaleza por la cultura? Y si no,
¿cómo podemos explicar qué es la naturaleza en relación con este campo
cultural? ¿Hay formas significativas en las que la materia es importante para
el proceso mismo de materialización? En otras palabras, aunque Butler clama
correctamente por el reconocimiento de la historicidad de la materia,
irónicamente, parece suponer que en última instancia se deriva (una vez más) de
la agencia del lenguaje o la cultura. No reconoce el dinamismo de la materia
misma.[44]
Este es un punto central en el que quiero profundizar un
poco más. Si Foucault, queerizando a Marx, posiciona el cuerpo como el lugar de
las fuerzas productivas, el sitio donde la organización del poder a gran escala
se vincula con las prácticas locales, entonces parecería que cualquier teoría sólida
de la materialización de los cuerpos tendría necesariamente en cuenta cómo la materialidad del cuerpo
(incluidas, por ejemplo, su anatomía y fisiología) y otras fuerzas materiales también (incluidas las no humanas) influyen activamente en los procesos de
materialización. Como Foucault deja muy claro en el último capítulo de La historia de la sexualidad, Volumen I,
no pretende negar la relevancia del cuerpo físico; por el contrario, apunta a
mostrar cómo los despliegues de poder están
directamente conectados con el cuerpo, con los cuerpos, funciones, fisiológica!
procesos, sensaciones y placeres; lejos de que el cuerpo deba ser borrado, lo
que se necesita es hacerlo visible a través de un análisis en el que lo
biológico y lo histórico no sean consecutivos.. . pero se unen de manera cada
vez más compleja de acuerdo con el desarrollo de las modernas tecnologías de
poder que tienen como objetivo la vida. Por lo tanto, no imagino una
"historia de las mentalidades" que tome en cuenta los cuerpos sólo a
través de la forma en que han sido percibidos y significados y valorados; sino
una "historia de los cuerpos" y de la manera en que se ha investido
en ellos lo más material y lo más vital. (Foucault 1978, 151-52)
Por otro lado, Foucault no nos dice de qué manera lo biológico y lo
histórico están "unidos" para que uno no sea consecutivo al otro.
¿Qué tiene la materialidad de los cuerpos que los hace susceptibles al hacer de
las fuerzas entrelazadas de la biología y la historia? ¿En qué medida la
materia de los cuerpos tiene historicidad propia? ¿Son las fuerzas sociales las
únicas susceptibles de cambio? Si las fuerzas biológicas son en algún sentido
siempre históricas, ¿podría ser que también, si es de alguna manera importante,
que las fuerzas históricas siempre son biológicas? (¿Qué significaría incluso
formular tal pregunta dada la fuerte corriente constructivista social en
ciertos círculos interdisciplinarios a principios del siglo XXI?) A pesar de
todo el énfasis de Foucault en la anátomo política del poder disciplinario, no
ofrece una explicación de la historicidad del cuerpo en la que su propia
materialidad desempeñe un papel activo
en el funcionamiento del poder. Esta reinscripción implícita de la pasividad de
la materia es una marca de los elementos existentes del representacionalismo
que rondan una explicación en gran medida pos representacionalista[45].
Pero esta no es su única limitación. Como señala acertadamente Haraway (1997),
la noción de campo biopolítico de Foucault está seriamente desfasada y es
incapaz de tener en cuenta las nuevas prácticas tecnocientíficas que reelaboran
continuamente los límites de lo "humano" y lo "no humano".
Lo central para
comprender el funcionamiento del poder es una comprensión de la naturaleza del
poder en la plenitud de su materialidad. Restringir la productividad del poder
al dominio limitado de lo social, por ejemplo; o imaginar la materia como un
mero producto final en lugar de un factor activo en futuras materializaciones,
es robarle a la materia la plenitud de su capacidad. ¿Cómo podemos entender que
no sólo se constituyen los contornos corporales humanos a través de procesos
psíquicos; sino también que incluso los mismos átomos que componen el cuerpo
biológico llegan a ser importantes y, de una manera general, cómo se hace
sentir la materia? Es difícil imaginar cómo las fuerzas psíquicas y
sociohistóricas por sí solas podrían dar cuenta de la producción de la materia.
Seguramente es el caso -incluso cuando el enfoque se restringe a la
materialidad de los cuerpos "humanos" (¿y cómo podriamos detenernos solo
ahi?)- que hay fuerzas "naturales", no meramente
"sociales", que importan. De hecho, hay una gran cantidad de fuerzas
discursivas materiales -incluidas las que se etiquetan como
"sociales", "culturales", "psíquicas",
"económicas", "naturales", "físicas",
"biológicas", "geopolíticas" y "geológica"- que
pueden ser importantes para procesos particulares (entrelazados) de materialización[46].
Lo que se necesita es una descripción sólida de la materialización de todos los
cuerpos -"humanos" y "no humanos"- incluyendo las
contribuciones de agencia de todas las fuerzas materiales (tanto
"sociales" como "naturales"). Esto requerirá una
comprensión de la naturaleza de la relación entre las prácticas discursivas y
los fenómenos materiales; una explicación de las formas de agencia "no
humanas" y "humanas"; y una comprensión de la naturaleza causal
precisa de las prácticas productivas que toman en cuenta la totalidad de las implicaciones
de la materia en su historicidad en
curso. (Hay que notar que la noción de una explicación "causal" no
necesita implicar causas singulares o relaciones lineales o incluso postular
causas separables de sus efectos). Mis contribuciones propuestas hacia el
desarrollo de una comprensión más sólida incluyen una nueva explicación del
dinamismo de la materia, la naturaleza de la causalidad y el espacio de agencia,
como así también una elaboración posthumanista de la noción de performatividad.
Mi explicación posthumanista cuestiona el carácter dado de las categorías
diferenciales de lo humano y lo no humano, examinando las prácticas a través de
las cuales estos límites diferenciales estabilizan y desestabilizan las
prácticas mismas a través de las cuales se diferencian.
Realismo agencial y Física cuántica
Una inspiración importante para el realismo agencial proviene de mi
lectura de la filosofía-física de Niels Bohr. (Utilizo esta estructura con
guión, en lugar de la habitual "filosofía de la física", para
enfatizar la falta de voluntad de Bohr para pensar en estos intereses como
distintos en algún sentido, contrario a los límites disciplinarios definidos
que son importantes para la cultura física contemporánea [Barad 1995].) La física-filosofía de Bohr es un punto de
partida especialmente adecuado para pensar los mundos naturales y sociales
juntos, y obtener algunas pistas importantes sobre cómo teorizar la naturaleza
de la relación entre ellos; porque las investigaciones de Bohr sobre la física
cuántica abrieron preguntas no solo sobre la naturaleza de la naturaleza, sino también
de la naturaleza de las prácticas científicas y otras prácticas sociales. En particular,
el compromiso naturalista de Bohr de comprender tanto la naturaleza de la
naturaleza como la naturaleza de la ciencia de acuerdo con lo que nos dicen
nuestras mejores teorías científicas que lo llevó a lo que consideró el núcleo
de la lección de la física cuántica: somos
parte de esa naturaleza que buscamos comprender.
Bohr comienza con un examen crítico de los procesos de medición. La
medición es un encuentro de lo "natural" y lo "social". Es
un momento potente en la construcción del conocimiento científico, es una
instancia donde la materia y el significado se encuentran en un sentido muy
literal. Esta es una de las razones por la que los estudios de las ciencias se
han interesado en estudiar el papel de los detectores (en la física de altas
energías). Son sitios para generar significado (Traweek 1988; Galison 1987;
Pickering 1984). Significativamente, en contraste con el papel intrascendente
que juega la medición en la física newtoniana, Bohr argumenta que la física
cuántica requiere un nuevo marco lógico que comprenda el papel constitutivo de
los procesos de medición en la construcción del conocimiento. Sostengo que, al
igual que las teorías postestructuralistas mencionadas anteriormente, que
también se preocupan centralmente por la relación entre la materia y el
significado, el nuevo marco de Bohr va más allá del representacionalismo y
propone en su lugar una explicación rica y compleja proto performativa.
Ahora bien, soy bastante consciente de que la apropiación difundida
de la teoría cuántica hace que sea un material peligroso para manipular en
estos días, y la adición de la teoría feminista a mi lista de preocupaciones
parece ser suficiente para detonar una mezcla explosiva, por lo que algunas
palabras preliminares de precaución pueden ser correctas. En cierto sentido,
para llevar a cabo mi tarea, necesito "rescatar" la teoría cuántica
de los problemáticos discursos de sus defensores demasiado entusiastas como de
sus practicantes irreflexivos. En la literatura popular, la física cuántica a
menudo se posiciona como el camino científico que lleva desde Occidente al
jardín del eden metafísico del misticismo oriental. En paralelo a estas
interpretaciones populares, una puede encontrar sugerencias en los textos que
la física cuántica es inherentemente menos androcéntrica, menos eurocéntrica,
más femenina, más posmoderna y, en general, menos regresiva que las tendencias
masculinistas e imperialistas que se encuentran en la física newtoniana. Pero
aquellos que ingenuamente abrazan la física cuántica como algún Otro exótico
que salvará nuestras almas occidentales cansadas, olvidan demasiado rápido que
la física cuántica subyace en el funcionamiento de la bomba atómica, que la
física de partículas (que se basa en la teoría cuántica) es la manifestación de
la última tendencia hacia el reduccionismo científico; y que la teoría cuántica
en todas sus aplicaciones continúa siendo competencia de un pequeño grupo de
hombres formados principalmente en Occidente. No es mi intención contribuir a
romantizar o mistificar la teoría cuántica. Por el contrario, como física,
estoy interesada en entablar un diálogo riguroso sobre los aspectos
particulares de discursos específicos sobre la física cuántica y sus
implicaciones. Por lo tanto, quien lea no encontrará aquí ninguna afirmación en
el sentido que Niels Bohr sea un feminista poco apreciado o encubierto, o que
su teoría sea inherentemente feminista. Tampoco es mi objetivo criticar la
física constriñéndola a una noción fija de género. Por el contrario, el
análisis que presento aquí cuestiona las nociones de identidad, agencia y
causalidad que tales críticas presumen.
Por otro lado, me alejo de mis colegas físicos con tendencias
neopositivistas que creen que las preocupaciones filosóficas son superfluas
para el tema real de la física. Más bien, simpatizo con la opinión de Bohr de
que la filosofía es parte integral de la física. De hecho, Einstein pensaba de la
misma manera y una vez bromeando: "Por supuesto, toda teoría es verdadera,
siempre que asocies adecuadamente sus símbolos con las cantidades
observadas". En otras palabras, la física sin filosofía solo puede ser un
ejercicio sin sentido en la manipulación de símbolos y cosas, de la misma
manera que la filosofía sin ninguna comprensión del mundo físico solo puede ser
un ejercicio para dar significado a los símbolos y cosas que no tienen ninguna
base en el mundo. Es por eso que Einstein y Bohr se dedicaron con todas sus
pasiones al significado de la teoría cuántica. Su debate de larga data sobre el
tema es legendario. En su mayor parte, sin embargo, la comunidad de físicos
dirigió su mirada hacia asuntos más "prácticos".
Los escritos "filosóficos" de Niels Bohr abarcan un
período aproximado de cuatro décadas. Se considera que Bohr es (uno de) los
principales autores de la llamada interpretación de Copenhague de la mecánica
cuántica[47].
Aunque se han propuesto interpretaciones alternativas desde la formulación de
la teoría cuántica en 1925, desde finales de la década de 1920 en adelante La
comunidad de la física ha demandado lealtad a la interpretación de Copenhague[48].
De hecho, la gran mayoría de los físicos tratan las cuestiones interpretativas
como si fueran "meramente filosóficas", prefiriendo centrarse en cambio
en las poderosas herramientas que proporciona el formalismo cuántico para fines
del cálculo. Esta circunscripción particular de lo que constituye la
"física" frente a lo que constituye la "filosofía" ha
supuesto un costo elemental para la comunidad de la física. Las cuestiones
fundamentales de esta teoría física básica siguen sin resolverse, décadas
después de su fundación, y la cultura de la física es tal, que la falta de
reflexión (léase "pragmáticos" o "antifilosóficos") se
premian en sus actitudes y enfoques; a pesar de que existen buenas razones para
creer que las persistentes dificultades en los ámbitos de la cosmología, la
gravedad cuántica y la teoría cuántica de campos se derivan de estos problemas
no resueltos[49]. La
simultánea centralidad y la marginalidad de los puntos de vista de Bohr son
particularmente interesantes; por un lado, era un héroe, líder de la comunidad
física por otro lado, era demasiado "filosófico" en su enfoque de la
física[50].
Bohr a menudo hace referencia a las lecciones epistemológicas de la
teoría cuántica, y considera que el marco que ofrece para la física cuántica
tiene una relevancia más allá de la física (Folse 1985). Ha habido una cantidad
sustancial de interés en las implicaciones filosóficas más amplias de la filosofía-física
de Bohr. Muchas de estas investigaciones dejan de lado las cuestiones
interpretativas de los fundamentos de la teoría cuántica. Mi interés, sin
embargo, no está sólo en las implicaciones filosóficas más amplias. Mi enfoque
será extraer los detalles de un marco bohriano consistente, basando el análisis
en la física y elaborando aún más el enfoque de Bohr, haciendo explícitas las
dimensiones ontológicas implícitas de su explicación. Una vez realizada esta
elaboración, volveré a las cuestiones interpretativas de los fundamentos de la
teoría cuántica[51].
La primera tarea es necesaria porque hay mucho desacuerdo en los
textos secundarios sobre cómo interpretar a Bohr. Por ejemplo, varios autores
han llamado a Bohr positivista, idealista, instrumentalista, (macro)
fenomenalista, operacionalista, pragmático, (neo) kantiano y realista. Una de
las dificultades para asignar una etiqueta tradicional al marco interpretativo
de Bohr es el hecho de que Bohr no es específico acerca de sus compromisos
ontológicos. Para rellenar esta grieta crucial, propongo una ontología que creo
es consistente con los puntos de vista de Bohr, aunque no afirmo que esto sea
lo que él necesariamente tenía en mente. Es decir, mi objetivo principal es
desarrollar un marco coherente. Trato de dar sentido a las cuestiones
ontológicas sobre la base de lo que nos dice Bohr, pero estoy menos interesada
en tratar de averiguar qué estaba pensando "realmente" Bohr que en lo
que tiene sentido para desarrollar una explicación coherente. Mi enfoque, por
tanto, es usar los escritos de Bohr para pensar sobre estos temas, pero no los
tomo como las escrituras[52].
Usando este análisis de la filosofía-física de Bohr como inspiración, presento
el realismo agencial como un marco que atiende tanto a las cuestiones
epistemológicas como a las ontológicas.
Luego ofrezco algunos ejemplos de aplicaciones del realismo
agencial. Considero algunos temas específicos de mucho interés para los
investigadores en los ámbitos de la teoría social crítica, la filosofía social
y política, la teoría feminista, la teoría queer, la economía política, la
física, la filosofía de la física, la ética, la epistemología, los estudios
científicos y algunos otros. Aquí difiero con Bohr en la estrategia pero no en
el espíritu. El enfoque metodológico de Bohr consistía en extraer las lecciones
epistemológicas de la teoría cuántica para otros ámbitos del conocimiento,
tratando esencialmente de adivinar cuáles serían las variables complementarias
relevantes en cada ámbito. Esta estrategia analógica fracasó muchas veces,
tanto porque propuso un conjunto de variables que resultaron no ser
complementarias, como porque las implicaciones extraídas sobre esta base
diluyeron la complejidad y riqueza de las "lecciones epistemológicas"[53].
Por el contrario, mi enfoque será examinar implicaciones específicas asumiendo
directamente un conjunto diferente de compromisos epistemológicos y
ontológicos. Es decir, no utilizaré la noción de complementariedad como
trampolín; en cambio, interrogo directamente los supuestos filosóficos
particulares de fondo que subyacen a preocupaciones específicas.
Finalmente, quiero enfatizar y hacer explícita la distinción entre
mi enfoque y una serie de (malas) apropiaciones analógicas de la teoría
cuántica que son más comunes en la literatura de lo que los físicos (incluida
esta) desearían. No propondré ningún argumento en el sentido de que la teoría
cuántica del micromundo sea análoga a las situaciones que nos interesan en el
macromundo, ya sean políticas, espirituales, psicológicas o incluso las que se
encuentran en los estudios de la ciencia. Mi atención se centra en el
desarrollo de cuestiones ontológicas y epistemológicas ampliamente aplicables
que pueden investigarse de manera útil mediante un examen riguroso de los
supuestos de fondo implícitos en ámbitos específicos. Preguntar si no es
sospechoso aplicar argumentos formulados específicamente para entidades
microscópicas al mundo macroscópico es, en este caso, confundir el enfoque con
la analógica. Los temas epistemológicos y ontológicos no están circunscritos
por el tamaño de la constante de Planck[54].
Es decir, no me interesan las meras analogías, sino las cuestiones filosóficas
ampliamente aplicables, como las condiciones para la objetividad, el referente
apropiado para los atributos empíricos, el papel de los factores naturales y
culturales en las prácticas tecnocientíficas y otras prácticas sociales, la
naturaleza de cuerpos e identidades, y la eficacia de la ciencia.





