La soledad del nombre
ANTOLOGÍA DEGENERADA Una cartografía del lenguaje “inclusivo” Selección y prólogo: Sofía De Mauro
La letra habitual
Lo pronuncias con una pasión desmedida
una calculada forma de lo ajeno
Cuando decimos lenguaje, cuando creemos que podemos decir algo sobre el lenguaje, parece que alguien nos hace una broma. Un delicado juego, que muchas veces se parece al insulto y otras se parece al rescate, una letra que nos incluya a tod*s.
Recuerdo cuando mi nombre era una letra en la pantalla, también algo así como una broma, privada de toda risa, pequeña como las decisiones importantes. Enmascaraba una vida por venir en la intersección del suspiro que venía. No fue nunca el deseo. Y mucho menos fue la posibilidad de anidar un adentro de una misma que nadie pudiera tocar. Solo las letras habituales de lo ajeno.
Adriana Cavarero, feminista y filosofa de aquel lugar que nombran como Italia, nos cuenta como una cigüeña, que robó a otra autora, que robó de otras experiencias; las historias que dicen historias sobre quiénes somos y como somos. Alguien las dice, y alguien las dice sobre otr*s. Habla de la metáfora de la cigüeña, y el cuento cuenta algo como lo siguiente:
Alguien tiene una casa en el campo, en ese campo hay un estaque sobre la tierra, el agua de ese estanque es vital para ese campo, y para ese alguien. Una noche, algo se rompe. Ese alguien se despierta por el ruido de hace una pérdida de agua en el estanque. Impaciente y con preocupación por el agua que se va perdiendo, mira desde la planta alta de su casa una perdida al costado del estaque. Apenas con una linterna tenue como la luna se pone en la tarea de reparar la perdida. Va y vuelve de diferentes lugares, tratando de encontrar los mejores objetos para detener la perdida. Las horas pasan y el sol se acerca. Finalmente logra detener la perdida. Sube hasta su habitación en la planta alta, así descansar de tanta pérdida de agua, mira por la ventana y allí esta: una cigüeña dibujada por sus pies llenos de barro durante la noche mientras intentaba reparar el estanque.
¿Por qué aparece una cigüeña? El dibujo no es de ninguna manera intencional, las intenciones de aquel alguien eran otras muy distintas. Sin embargo, desde cierta perspectiva y con otra luz, la forma aparece clara. Pareciera que el azar hizo algo con las pisadas llenas de barro. Cavarero nos recuerda que la historia nos enseña como el sentido de una historia no está en la misma narración sino en cómo la leen otros. No solo eso, la sola lectura de las otras –no la interpretación- es crucial para que la cigüeña aparezca. Ser otro problema si leer es interpretar. Este cuento de roturas, barro y dibujos exalta la posibilidad misma de sentido dependiente de las miradas de los otros, de las lecturas de los otros, independiente de nuestras intenciones y preferencias. Esa radicalidad de la atadura a las otras, del enredo con las otras, es central a la hora de dar cuanta de una misma.
preguntas por las preguntas de otras
en dos porciones de distancias
¿Quiénes hemos elegido otro nombre y otro género que el asignado al nacer?
Un silencio austero recorrió una mañana fría de octubre, sobre el césped de la adolescencia en Jujuy, las montañas no hablan de nombres. Hablan de ti. Parecía un refugio en aquel entonces, un patio detrás del desasosiego y frente a una pared morada de tres mil metros. Nadie me llamaba por mi nombre, ese era el refugio. A la hora del sobre la frente, perpendicular a la frente casi como pidiendo explicaciones, solía mirar el rio y escuchar la brisa salvaje de una soledad austera sin nombres. Esa misma noche de aquel día fresco de octubre alguien me llama por mi nombre. Un mensaje de texto, simple. emma. No respondo. No habría podido en aquel momento. ¿Quién dice mi nombre?
Al otro día me despierta un canto desbocado, casi milagroso, de un tucán que nadie sabe cómo llego ahí. O no queremos saberlo. Y canta su canto como el rapsoda de Ulises, pero no lloro. No entiendo, ignoro. La brisa de esa mañana pregunta por nombres, por palabras que digan lo sustancial. Sin embargo la pregunta permanece. Sabemos quienes somos pero no podemos dar cuenta de nosotras mismas porque al final nuestras vidas otras dirán como fue nuestra vida. La imposibilidad radical de la vida que se vive. Un artículo puede ser a diferencia entre el abrazo y la expulsión de toda conexión con los demás. Quizás si citara a lingüistas y expertos en filosofía del lenguaje podría robar lo que quiero decir. Sin embargo, algo se escapa, algo no está siendo inclusivo con la radical desesperanza de la corrección política. Esos días verdes y frescos de octubre se fueron con el tiempo, pero redefinieron un nombre, una identificación y una pequeña alegría de estar cómoda en la incoherencia. Incluirme en mi propia decisión fue más arduo que dejar de nombrarme en la mirada de l*s otr*s. Un nombre propio se había vuelto una hazaña, un climax continuo de desaciertos y confusiones. Meses después alguien vuelve a llamarme por mi nombre, me siento incluida en la articulación de sus afectos y sus importancias. Descanso de mis misma. El áspero piso de la agencia me entrega a ustedes. Sonrió de toda risa.
Parece que no alcanza con elegir ser quien una quiso. No alcanza con el nombre de la historia, ni con la autobiografía, ni con el descubrimiento de la articulación normativa de los poderes. Y no va a alcanzar. El problema no es la magia que las palabras pueden llevar a cabo, sino quien dice el conjuro. La radicalidad de la existencia que nos ata a l*s otr*s, queramos o no, y se intensifica en los relatos de l*s otr*s. El canto del rapsoda que relataba todos los conflictos, hazañas y sufrimientos de Ulises, produjo la emoción hasta llegar al llanto, el mismo solo podía emocionarse sobre su peripecias cuando otro artículo el relato; conto su historia. Porque para Ulises no hay historia, es solo vida vivida. Mi nombre no es un relato es mi vida, dependerá de otras como me sostengan el nombre, me sostengan la vida. Y, así mismo, dependerá de mi los relatos que hago de l*s otr*s. Y claro, decir relato pone nervioso a más de uno.
preguntas por la incomodidad
por los pronombres que no tienen mayor explicación
una cama desatendida también persiste en mirar
¿Qué figura dibuja nuestra vida, nuestros nombres, nuestros pronombres? Recorro las miradas de las otras cuando digo: el pronombre que me gustaría que usen conmigo es el femenino, otras veces ese “me gustaría” es el deseo de un “deben usar”. El momento no tiene mayor trascendencia, pero si he notado que en un grupo mayor de personas la incomodidad se resuelve con movimientos corporales en las sillas; como si buscaran volver a acomodar no pensar en esa asignación sexo genérica que se les acusa. Ese acusativo en primera persona despliega la pregunta, realiza un movimiento pequeño, intenta barrer una lectura visual coherente de la identidad genérica. Muchas veces un gesto activista cuir y disidente de la incomodidad, de la acusación mutua, y la posible inclusión de un nosotr*s que todo el tiempo se diluye. Muchas otras es un lugar que me protege de la inclusión en un nosotros de que no quiero ser parte, diluyendo toda posibilidad de reconectar.
Nuestros nombres no están en el diccionario. El espacio se abre entre las palabras como un deseo que se pare el tiempo, como las despedidas, para que antes de la vida un nombre te nombre como abrazo que nos restituya en la imaginación del mundo. Me condeno a la cárcel sin puertas de un pronombre que deseo como propio.
La narración del deseo parece tener el carácter de lo que consideramos como lo más propio, localizándola en el propio cuerpo, o en esos otros cuerpos; el deseo parece otorgarle el sentido último, lo/me marca con un seo y un género; lo/me hace reconocible en cuerpos, alma, ciudadanía, personalidad. La acusación de todo acusativo. Un lugar entendido como natural o como lo más propio donde repara, en última y primera instancia, la narración del yo y su identidad subjetiva. Nos hemos inventado un cuerpo, se nos lo ha inventado y además participamos activamente. El aparato de producción corporal es el universo estructurado en el que habitamos, donde nuestros cuerpos no están dados de antemano. No se nace un cuerpo sexuado, se llega a nombrarlo. Esa marca es el lugar crítico de contestación y disputa política de la experiencia de nuestra cultura, fundamental para el lenguaje de las políticas emancipatorias de la identidad forzada y para los sistemas de dominación basados en lenguajes ampliamente compartidos los de naturaleza donde se articula el recurso para la apropiación misma. Sobre, en y contra el cuerpo atamos nuestros deseos. El nódulo de mi pronombre dibuja una sonrisa para linearse a otras como yo en mis deseos. Mi entrada a la comunidad dependerá del rostro hospitalario de esa sonrisa significante devuelta, dependerá de un gesto que me llame por mi nombre.
El deseo de ser nombrada parece solo poder ser localizado en su accionar, anclado a hacer del nombrar, pero es articulado bajo una doble significación: ver y situar lo visto. El deseo natural como tropo, como lugar común, como ese lugar retorico desde el cual se ordena el discurso. Todo se cierne sobre la agria articulación política de decirme, situar como quiero ser vista; y leer como estoy siendo dicha, vista. “Inclúyanme afuera” nos divierte la incomodidad de toda obligación con l*s otr*s que me nombran y me excluyen, lo quieran o no. Entonces ¿será que una normativa ortográfica gramatical resolverá la pesadilla de una lengua binaria?
Una pregunta cuir de las imágenes de los asteriscos dentro de una palabras compromete ineludiblemente con torcer toda una manera de conocer y reconocer, si es que no se siente como una amenaza con lo que ya se sabe. Torcer el cómo se dispone en el espacio común del discuros ampliamente compartido del conocimiento colectivo. Las metáforas de la metáfora de la inclusión de tod*s dentro de una sola letra deja más interrogantes que celebraciones a la diferencia. Y este es un asunto de vida o muerte. La figura de “*” o la “e” nos compromete con el espacio común en otro orden político. Hay una aventura radical en esas marcar que señalamos como inclusivas. la radical incomodidad de pensar una política, una epistemología y una ontología junto con es*s compañer*s diferentes de toda igualdad human*s y no human*s. Enrarecer nuestra letra juntas, produce figuras de una ontología relacional, en las cuales las historias importan, es decir, son materiales, son significativas, procesuales, emergentes y co-constitutivas. La promesa ética de una historia co-constitutiva, y no una historia común.
aquellas miradas persistentes
la luz cegadora habitual
Las políticas afectivas de lo común, de la comunidad que se inaugura en una intervención de los plurales, sobre el “todos”; la pequeña intervención sobre el rechazo del conservacionismo dominante o la ciega igualdad de la corrección política de la diversidad. La primera bajo los argumentos inverosímiles sobre la no arbitrariedad de las lenguas negando sus historias y usos, la segunda que rápidamente borra las diferencias es un solo dispositivo con las mejores intenciones. Pero las diferencias importan. Insistimos en las diferencias. La inclusión como política afectiva dominante en nuestros vínculos con las otras, humanas y no humanas, supone la apropiación en términos de pertenencia y propiedad, un borramiento de la historia y el sufrimiento de la diferencia; no puedo hablar por mi diferencia, solo añoro el abrazo sencillo del relato que sostiene mi diferencia de ustedes, en el relato de nosotr*s de aquell*s otr*s. La pregunta que permanece es simple, ¿Cómo damos cuenta de aquell*s que no entran en la lógica del nosotros vs ellos? ¿Cómo devolvemos un respuesta amable a aquell*s otr*s, inapropiados e inapropiables? ¿Que marcas inventaremos para que la diferencia tenga una indicación significante que genere una respuesta ética y afectiva que sostenga las vidas inapropiables e inapropiadas?
Las políticas afectivas que amalgaman lo común necesitan una lengua común, y allí parece radicar la disputa. ¿Quiénes son todos? ¿Quiénes todas? ¿Cuáles ese todes? ¿Cuántos tod*s? no me gustaría que se lee un ingenua democracia, pero si quizás la posibilidad de imaginar una lengua compartida que abrace la diferencia para sostenerla y no para ocultarla en una igualdad que jamás será.
Rápidamente solemos pensar que nuestras identidades, deseos y cuerpos no tienen ni pies ni cabezas para que las formas de las lenguas puedan dar cuenta de ello, no se parecen al orden, se atraviesan, se confunden, se separan y pasan unos por otros. Parecemos siempre extranjeras en la encarnación del nombrar, es decir parecemos estar fuera de nosotras mismas al momento mismo de nombrarnos, como si fuéramos otra extraña (quizas inapropiables) para nuestro cuerpo. La operación del lenguaje (que es nuestra posibilidad de nombrarnos) es entonces el extranjero adentro nuestro. El afecto no dice yo, sino aquello inestable, que apenas puede ser nombrado, una indicación que se vuelve objeto, extraño y propio a la vez. Si la palabra nos hace responsable de la historia de l*s otr*s, demasiados habladoras, quizás solo podamos ser capaces de la verdad de la diferencia en y por el lenguaje. El cuerpo no es ni el “significante”, ni el “significado”, bajo las sabanas estériles del sexo imposible de lo aprehendido, objetivado; la diferencia aparece como ausencia. Nuestro de deseo de narrarnos a nosotras mismas parece alterarse por el deseo del cuerpo a ser reconocido bajos los términos de nuestra propia narración, o de un cuerpo en particular, como un vampiro que quiere reinventar su cuerpo vampiro, y junto con ello el deseo vampiro mismo. Si el sexo es el nombre estrella del cuerpo, lo que queremos reinventar es el sexo (género) mismo. Parece haber una ansiedad epistemológica de “ver” en las narraciones, y entiéndase “visto” bajo una doble significación que puntualiza Haraway: ver y situar lo visto, por un ropaje que lo hace y lo ausenta a la vez.
Quizás por esto el deseo de cambiar el género del plural en español genera tantas tensiones y disputas; por tiene que ser necesariamente separado, ausentado, no estar presente. Para toda la presencia posible de la disputa política. La exclusión de eso que no somos pero que necesariamente tenemos que construir para serlo. El nosotros es un nosotr*s de un deseo de reconocimiento. Aún seguimos disputando donde herir de toda herida esa respuesta afectiva que nos ampare.
La imaginación de la opresión, la imaginación de la experiencia opresiva que posibilita políticas emancipadoras, se vuelve central para los relatos de nuestra autonomía corporal. Es mi intención solo poner en tensión estas ideas, no pretendo dar respuestas, y hasta sospecho que las preguntas no son las mejores. Pero dentro de la experiencia de diferencia sexo-afectiva, nos movemos con sigilo y desconfianza activa y generadora. Las letras con las que pedimos que articulen el relato de nosotras mismas, ese espacio retorico de contención posible de nuestras experiencias de diferencia sexo afectivas. ¿Qué respuestas afectivas podrían reinventar para que nuestros artículos sean tanto tuyos como míos? ¿Y deberíamos seguir pensando en una relación univoca entre palabra y cosa? ¿Es solo un uso de la lengua? Es que acaso la materialidad de lo que indicamos como humano solo existe en tanto sea marcado sexo genéricamente, solo puede ser nombrado si existe la marca de su sexo-género.
si mi presentación se parece más a una herida
un recordatorio de lo mal que encajan los pronombres
¿Cuál es el equilibrio sustantivo de un plural que abarque toda singularidad? ¿Es eso deseable política, personal y culturalmente? Eve Kosofky Sedgwick nos recordaba en su Introducción a la Epistemología del Armario que lo paradójico de las construcciones de teorías que quieren explicar el fenómeno social humano, supuestamente se concentrar en dar explicación a la singularidad más específica de cada humano; pero terminan dando explicaciones universales y generales que obturar el conocimiento que se adquiere al atender a la singularidad. Esa relación de la identidad entre lo singular y lo universal, a pesar de todo el esfuerzo teórico por desarmarla desde el posestructuralismo hasta la teoría cuir, aun funciona como una esperanza de emancipación e ideal de ideal de igualdad que reúna a l*s human*s bajo un mismo signo. ¿Es ese el signo del lenguaje inclusivo? ¿Acaso queremos adoptar sin más todos los dispositivos de la gestión de lo humano?
El problema de la representación del nosotros (humanos con toda la diversidad sexo genérica) es todo el problema para Cavarero, la introducción de la totalidad de las experiencias singulares es siempre por lo menos compleja, sino trágica. En romeo y Julieta esto se puede ver de dos maneras. La primera como narrativa global de la introducción de un nombre desconocido. Introducir el nombre paterno por parte de Romeo a Julieta es ya una tragedia, es ya un reconocimiento de odio mutuo primordial de una palabra que ata identidad a un colectivo mayor que el individuo. La otra manera gira en torno a la escena de la rosa, alrededor del aroma de la rosa; si la flor seguirá teniendo el mismo aroma si no se llamara rosa. La marca significante parece caer como una espada que determina las relaciones materiales que tendremos con las cosas que nombramos. El nosotros después del lenguaje inclusivo no será el mismo, será es* nosotr*s (en mi versión) o nosotres que dibujarán la imaginación política posible. Los interrogantes que planteo me invitan a pensar que hacemos cuando hacemos un discurso de nosotras mismas. ¿Es el lenguaje inclusivo una narración de nosotras mismas? ¿El lenguaje inclusivo es la cigüeña que no podemos no querer? La historia que queremos que sea contada, la reclamamos porque sabemos que de otra manera seria una secuencia intolerable de eventos. La intención de otorgarnos unidad significativa en el lenguaje inclusivo dentro de una historia común, solo puede ser depositada por parte de quienes vivieron la vida como una historia posible de ser contada. Una forma del deseo de ser relatada.
Es para nosotras muy común poder vernos reflejadas en las narraciones que presentan muchos relatos acerca de sentimientos, emociones y afectos en relación con aquello*s otr*s que nos interpelan. Esa visualización, objetivación e imaginación apunta a relatarnos, a dar cuenta de esos afectos que nos unen, revelando su sentir y nombrando los afectos que descomponen la unidad significativa solo para volver a relatarlas bajo otro signo pero en unidad. Nuestros asteriscos y e también funcionan de la misma manera, no es menor para muchas de nosotras notar esta continuidad epistemológica, política y afectiva en la construcción de nuestra comunidad. En las narraciones sobre nosotras mismas de las relaciones que mantenemos con otr*s en algún momento vacilamos inexorablemente, en algún momento el relato ya no es nuestro, sino de las otr*s. nuestros afectos en su deseo ser relatados solo aparecen en tanto aparecen otr*s que los producen. Y esa radical sobre determinación de l*s otr*s hace que nos veamos desintegradas frente a las narraciones de l*s otr*s.
Nuestro lenguaje inclusivo dibuja una humanidad totalizante donde toda diversidad entra, el deseo de un relato de una totalidad de la diferencias, ¿es esa operación de reconocimiento positiva políticamente?
Sedgwick afirma que el conocimiento, después de todo, no es por sí mismo poder, aunque es el campo magnético del poder. La ignorancia y la opacidad actúan en connivencia o compiten con el saber en la activación de corrientes de energía, de deseos, de productos, de significados y de personas. Por tanto, los efectos de la ignorancia pueden ser utilizados, autorizados y regulados a gran escala para imposiciones, quizá sobre todo en torno a la sexualidad, que es la actividad humana de la cultura moderna occidental con una mayor carga significativa. Quizás por ello un todes levanta tantos niervos en mucha gente que se ve “junto a” a quell*s que tienen sexo lejos de la corrección heterosexual. La apuesta del leguaje inclusivo podría ser insistir en juntar lo impensado, quizás el lenguaje inclusivo termine con la obligación heterosexual del deseo de ser narrado en tanto heterosexual: binario, universal y totalizante de la experiencia. Hoy es imposible saber eso, y tampoco importa. La figura del lenguaje incluso es sin duda compleja y contradictoria. El relato ya se sabe, pero ¿quiénes lo saben? Aquellos otros que cuenten el relato de nosotras mismas, ell*s diran lo que somos. Esa es su responsabilidad. El deseo de ser relatadas es una sonrisa en rostro que demanda otr*s rotros para que devuelvan el gesto del reconocimiento.
La evidencia del lenguaje inclusivo es que no estamos fuera de los peligros de un signo otra vez totalizante, pero por algún giro de las circunstancias muchas no participamos del todo en esos tod*/e/os, el registro de la diferencia es una gestión de los efectos afectivos que articulan políticas de reconocimientos más o menos felices, pero necesarias. La figura del lenguaje inclusivo nos puede servir para hacernos de otras posibilidades de narrar nuestras identidades, afectos y compromisos con l*s otr*s; sin intentar habitar la conclusión definitiva de lo que debería representarnos. Porque una figura funciona precisamente así, como un escenario para el planteo de posibilidades, tanto futuras como pasadas. La copia de un original perdido en un sinfín de comentarios miméticos y de incontables hechos en la antigua y contemporánea experiencia de nuestras comunidades.
Nuestros cuerpos construidos por una constelación de discursos, narraciones, simbolismos, tecnologías, disciplinamientos y normativizaciones; constituyen un sentir, una constelación de sentimientos y sensibilidades morales, en relación con nosotras mismas y con respecto a las narraciones posibles de nosotras mismas y de l*s otr*s y otros. Nuestra propia opacidad es tan radical que el relato de nosotras mismas depende de l*s otr*s, nuestros cuerpos son nuestros y por eso la responsabilidad de su relato es de l*s otr*s. Deseamos ser relatadas en los términos que narraremos a otr*s.
y nunca fue mi cuerpo mis reglas
sino aquellas miradas persistentes
de la luz cegadora habitual
La tarea que quiero sostener por delante es reinaugurar las palabras que nos reúnan de nuevo en nuestras diferencias, que nos abracen en una separación que se parezca al hogar; que el esfuerzo por sostener tu diferencia sea mi acuciante responsabilidad para llevar nuestras vidas. Una respuesta afectiva ética frente a tu interpelación, frente al rostro inaporpiable de lo que no somos nosotr*s, quizás esa promesa podría ser el monstruo del lenguaje inclusivo.





