Usar a las personas. Kant con Winnicott. De Barbara Johnson

 

Usar a las personas

Kant con Winnicott

(“Using People: Kant with Winnicott.” From The Turn to Ethics, Marjorie Garber, Beatrice Hanssen, and Rebecca Walkowitz, eds. (New York: Routledge, 2000). Reproduced with permission of Taylor & Francis Group LLC. Permissions conveyed through Copyright Clearance Center.)

Traducción emma song

 

Utilizar personas, transformar a otros en un medio para obtener un fin para una misma, generalmente se considera la antítesis misma del comportamiento ético. Y con razón. Frente a la violencia de la apropiación colonial, sexual e incluso epistemológica, los teóricos éticos han buscado reemplazar la dominación por el respeto y el conocimiento por la responsabilidad. Pero a menudo parece que un pensamiento que comienza en la intersubjetividad o la reciprocidad acaba sonando como una mera defensa del Otro frente a la potencial violencia del Sujeto. Con demasiada frecuencia, estos teóricos concluyen, al igual que la siguiente traducción de Emmanuel Levinas: “La ontología se convierte en deudora de lo que es, una escucha tranquila y vigilante de su propia interferencia, cautelosa de sus propias intervenciones, cuidadosa de no perturbar”[1]. Pero si la ética se define en relación con los excesos potencialmente violentos del poder del sujeto, entonces ese poder en realidad se presupone y se refuerza en el intento mismo de socavarlo. Lo que se niega desde el principio es la falta de poder del sujeto, su vulnerabilidad y dependencia. El respeto y la distancia son ciertamente mejores que la violencia y la apropiación, pero ¿es la ética solo una forma de moderación? En este capítulo doy por sentada la necesidad de las críticas al sujeto imperial, pero, no obstante, me gustaría cuestionar el modelo de integridad en el que suelen apoyarse tales críticas. ¿No podría haber, al menos en el nivel psicológico, otra forma de utilizar a las personas?

La formulación clásica de la restricción contra el uso de personas se da en la Segunda Crítica de Kant: “Se sigue de sí mismo que, en el orden de los fines, el hombre (y todo ser racional) es un fin en sí mismo, es decir, nunca ha de ser utilizado simplemente como un medio para alguien (incluso para Dios) sin que al mismo tiempo sea él mismo un fin … Esta ley moral se fundamenta en la autonomía de su voluntad como libre albedrío, que por sus leyes universales debe necesariamente estar de acuerdo con aquello a lo que se somete ”[2]. Kant, por supuesto, advierte contra el trato a las personas como un medio sin tratarlos como un fin, lo que no es lo mismo que excluir por completo el uso de personas. Sin embargo, usar personas ha adquirido una connotación completamente negativa (“¡Me siento tan usado!”).

El uso de personas puede entenderse simplemente como explotación, como cuando una persona con poder o recursos hace uso del trabajo infra compensado de otr*s para aumentar su poder o sus recursos. O, de manera interpersonal, el uso de personas se asocia comúnmente a un escenario en donde una persona profesa estar interesada en otra para obtener algo para sí misma. De manera menos instrumental, pero con la misma frecuencia, las personas también pueden utilizar a otras personas al servicio de su propia consolidación narcisista, como cuando, en palabras de Heinz Kohut, “el control esperado sobre el objeto investido narcisistamente. . . está más cerca del concepto que un adulto tiene sobre sí mismo y del control que espera sobre su propio cuerpo y mente que el de la experiencia del adulto sobre los demás y de su control sobre ellos (lo que generalmente conduce al resultado que el objeto de tal 'amor' narcisista  se siente oprimido y esclavizado por las expectativas y demandas del sujeto) ”[3]. La elaboración literaria de esta esclavitud narcisista toma la forma de idealización y cosificación, desde la amada niña de marfil de Pigmalión hasta los cuerpos femeninos convertidos en leche, cerezas, perlas y oro gracias a la magia de la poesía. Una de las ideas fundamentales de la crítica feminista ha sido señalar que la mujer amada e idealizada a menudo se describe como un objeto, una cosa, más que como un sujeto. Pero quizás el problema de ser utilizada surja de una deficiencia de poder más que de algo inherentemente malo al jugar voluntariamente el papel de una cosa. De hecho, ¿y si la capacidad de convertirse en sujeto fuera algo que se pudiera aprender mejor de un objeto? ¿No es un objeto idealizado acaso, digamos, una manta olorosa con un borde deshilachado?

Esa manta olorosa ha jugado un papel protagónico en la teoría de los objetos transicionales elaborada por D. W. Winnicott. La objetividad del objeto es fundamental para su función, sin embargo, Winnicott tiene cuidado al advertir contra la simpleza de equiparar el objeto transicional con la manta, el pulgar o el osito de peluche que puede asumir tal papel. Los objetos transicionales, explica, son las primeras posesiones "no-yoicas", objetos que no son ni "internos" del bebé (es decir, alucinatorios, como, al principio, el pecho de la madre) ni "externos", como la realidad, de que al principio el bebé no tiene conocimiento, sino algo intermedio. El objeto de transición no es un objeto narcisista; no ofrece una imagen de la totalidad del cuerpo como la imagen en el espejo de Lacan. No es una imagen, sino una cosa[4]. La propiedad más valiosa del objeto transicional es probablemente su falta de perfección, su irrelevancia para la cuestión de la perfección.

Como su nombre lo indica, el objeto transicional es un "entre". A menudo se asocia con la manta o el osito de peluche al que un niño se apega, pero Winnicott trata de seguir abriendo un espacio diferente entre, por ejemplo, el pulgar y el osito de peluche. La tarea de Winnicott es poner algo en palabras que sea difícil de poner en palabras. En la introducción a El juego y la realidad, explica que lo que se está tratando de mantener no es un objeto sino una paradoja:

Creo que generalmente ahora se reconoce que a lo que me refiero en esta parte de mi trabajo no es a la tela o al osito de peluche que usa el bebé, no tanto al objeto usado como al uso del objeto. Estoy llamando la atención sobre la paradoja implícita en el uso por parte del infante de lo que he llamado el objeto transicional. Mi contribución es solicitar que una paradoja sea aceptada, tolerada y respetada, y que no se resuelva. Es posible resolver la paradoja mediante una acrobacia para escindir el funcionamiento intelectual, pero el precio de esto es la pérdida del valor de la paradoja misma. Esta paradoja, una vez aceptada y tolerada, tiene valor para todo individuo humano que no solo está vivo y vive en este mundo, sino que también es capaz de enriquecerse infinitamente mediante la explotación del vínculo cultural con el pasado y con el futuro[5].

Este es un movimiento típico en el texto de Winnicott, pasar en una oración o dos de establecer la distinción más fina posible a hacer las afirmaciones culturales más amplias posibles. De hecho, esta es una afirmación enorme, aceptar y tolerar la paradoja que todavía no se explica realmente abre el camino para toda la vida cultural. La paradoja del objeto transicional funciona como el objeto transicional mismo, como un dominio de juego e ilusión que permite a un intérprete, como un bebé, aceptar y tolerar la frustración, y la realidad. Intelectualizar demasiado pronto es pensar en el objeto de transición como un objeto más que como una paradoja.

La teoría de Winnicott de los fenómenos transicionales es en sí misma un fenómeno transicional en teoría. Describe que el desarrollo tiene un principio, un medio y un final, y dice que los teóricos no han dicho lo suficiente sobre el medio. Gran parte de su escritura implica crear el espacio adecuado para sí mismo ("preparar el terreno para mi propia contribución positiva"), situando exactamente lo que está diciendo entre dos cosas que no está diciendo. Este medio expandido es donde se ubica la sutileza incomparable de Winnicott, entre dos crudezas: la crudeza de la forma en que describe la tarea de la madre de estar perfectamente disponible y óptimamente frustrante como una tarea que solo se ve desde el punto de vista del infante; y la manera en que privilegia la reproductividad heterosexual como signo de salud adulta (la plaga, por ejemplo, de aquellos a los que pronuncia “no casados”). El principio y el final de Winnicott no arrojaron nueva luz analítica sobre los estereotipos normativos de la buena madre y el adulto sano (felizmente casado y con hijos). Pero en su propio dominio —en algún lugar entre el que la buena madre se convierte en una madre lo suficientemente buena y el que el adulto sano puede jugar— está a la altura de la ocasión para "poner en palabras" algo que el lenguaje ordinario tiene que esforzarse para traducir.

“Espero que se entienda que no me refiero exactamente al osito de peluche del niñ* o al primer uso que hace el bebé del puño (pulgar, dedos). No estoy estudiando específicamente el primer objeto en las relaciones de objeto. Me preocupa la primera posesión, y la zona intermedia entre lo subjetivo y lo objetivamente percibido” (3). Winnicott dice que es "reacio a dar ejemplos". Las funciones de nombrar y ejemplificar del lenguaje son las que se deben dejar en suspenso, para dar lugar a algo que no se debe formular. “Del objeto de transición se puede decir que es una cuestión de acuerdo entre nosotros y el bebé que nunca preguntaremos: '¿Inventaste esto o te lo presentaron desde afuera?' El punto importante es que no se espera una decisión sobre este punto. La pregunta no debe formularse” (12). Ésta, entonces, es la paradoja, que explica en un ensayo posterior en términos similares: “El bebé crea el objeto, pero el objeto estaba ahí esperando a ser creado y convertirse en un objeto catectizado” (89). Winnicott visualiza explícitamente al objeto transicional como una especie de centro artístico, que no incluye sólo objetos, sino también palabras, patrones, melodías y gestos en sus listas de cosas que pueden funcionar como objetos transicionales.

Esta paradoja de la no ubicabilidad es también, de hecho, similar a la paradoja de la ley moral en Kant, como se afirma en una nota en la Fundamentación de la metafísica de la moral: “El único objeto de respeto es la ley, y de hecho solo la ley que nos imponemos a nosotros mismos y, a la vez, reconocer como necesario en sí mismo”[6]. Esto no quiere decir que la ley moral sea el objeto de transición, sino sólo sugerir que manifiesta el mismo tipo de paradoja.

Entonces la función del objeto transicional en Winnicott es abrir un espacio para la experiencia: el objeto transicional es aquel a través del cual el bebé adquiere la experiencia de un estado entre la ilusión de la total adaptación de la madre a sus necesidades y la total indiferencia de la realidad hacia ellas. El objeto ayuda al bebé a aprender a tolerar la frustración, la pérdida de omnipotencia y la separación.

El objeto trancisional no es solo algo que no se puede entender en términos de una dicotomía entre sujeto y objeto, ya que ayuda a hacer realidad esa dicotomía, sino que es también algo sobre lo que hay acuerdo en cuanto a lo que no se cuestionara. Se crea un espacio para el objeto dentro del lenguaje. El objeto trancisional es parte de un contrato de no formulación. La aparente relación uno a uno entre el bebé y la cosa se establece en una dimensión social, casi legal, concertada por los adultos. En una de las muchas listas de Winnicott, llamó a una "Resumen de cualidades especiales en la relación", la primera cualidad especial es una cuestión de derechos: "El infante asume derechos sobre el objeto". Me gustaría mirar de cerca esta lista de cualidades. Prestando atención a los roles gramaticales del infante, el objeto,  "nosotros", y las relaciones entre los verbos activos y pasivos[7].

1.       El infante asume derechos sobre el objeto y nosotros estamos de acuerdo con este supuesto. Sin embargo, una cierta abrogación de la omnipotencia es una característica desde el principio.

En este primer punto, el infante es el sujeto, y el objeto de un objeto. La palabra asunción juega aquí un papel complicado: ¿estamos de acuerdo con la asunción de derechos del bebé o estamos de acuerdo con la asunción de que el bebé tiene derechos? ¿Estamos de acuerdo con los derechos o con la idea? En la segunda oración, "bebé", "objeto" y "nosotros" han desaparecido gramaticalmente. En cambio, encontramos una descripción de una característica: la abrogación de la omnipotencia. ¿Quién está abrogando la omnipotencia? ¿El infante cuyos derechos no son absolutos? O "nosotros", cuyo acuerdo no es completamente la ley aquí. Una lectura obvia diría que, aunque se le permite al infante tener poder sobre el objeto, la naturaleza de este poder es desde el comienzo un alejamiento del tipo de poder que un infante experimenta sobre un objeto interno. Sin embargo, la sentencia describe la abrogación de la omnipotencia como si tuviera una existencia separada, como si estuviera funcionando como un objeto transitorio por derecho propio.

 

2.       El objeto es abrazado afectuosamente, así como entusiastamente es amado y mutilado.

En este segundo punto, y en los cinco puntos restantes, el objeto es el sujeto de la oración. Aquí, el infante es el agente implícito de los verbos en la voz pasiva. ¿Por qué no se menciona al bebé? Es como si la oración tuviera que escribirse desde el punto de vista del objeto, como si las acciones de abrazar, amar y mutilar tuvieran que ser experimentadas por el objeto y no por el niñ*. Como si no se pudiera permitir que el bebé tenga tanta agencia sin violar la naturaleza del fenómeno transicional.

 

3.       Nunca debe cambiar, a menos que lo cambie el infante.

Esta es una ley, pero ¿de quién? ¿Es una advertencia para los padres de no lavar la manta? ¿Es una condición para que se considere el objeto como un objeto transicional en el niño? ¿Es una regla que debe obedecer el objeto o los adultos? ¿O un aprendizaje de la agencia que debe ser practicado por el infante?

 

4.       Debe sobrevivir al amor instintivo, al odio y a la agresión pura, si es que esa es su propiedad.

¿Es esto una ley o una prueba? La diferencia entre este punto y el segundo es el énfasis en la supervivencia, sobre lo cual diremos algo más adelante.

 

5.       Aun al infante le debe parecer cálido, o que se mueve, o que tiene textura, o que hace algo que parecería demostrar que tiene vitalidad o realidad propia.

¿Por qué este "le debe" comienza con "aun"? Este rasgo tiene una relación lógica de contraste con el anterior, pero ¿cuál es el contraste? Debe sobrevivir… aun debe parecer que vive. ¿No es acaso la supervivencia una apariencia de vida? Quizás la supervivencia del objeto en el punto cuatro sea un signo de su inanimidad; su coseidad resiste la destrucción como no podría hacerlo un ser vivo. Y, sin embargo, tiene la vitalidad en la medida en que tiene realidad.

 

6.       Desde nuestro punto de vista proviene desde fuera, pero no desde el punto de vista del infante. Tampoco viene desde adentro; no es una alucinación.

Este punto vuelve de muchas maneras al primer punto. Se mencionan los puntos de vista del bebé y del adulto, esta vez con más contraste. Se trata de un dentro y un fuera de dos maneras: dónde está el objeto (dentro o fuera del infante); y dónde está el punto de vista (dentro o fuera del infante). La segunda oración es un retorno a la revocación de  la omnipotencia: el objeto no es una alucinación. Por lo tanto, el punto de vista del infante no es descripto, solo lo que no es (el objeto no viene ni de afuera ni de adentro; esta era la pregunta que no debía formularse, y aun así, en cierto sentido, no está formulada aquí).

La séptima característica comienza como las demás, pero inmediatamente asume la voz el teórico, con una celebración de la cultura que se lee como un epitafio del objeto:

 

7.       Su destino es dejar decartarse gradualmente, de modo que con el transcurso de los años no se lo olvide tanto como que se lo relegue a un limbo. Con esto quiero decir que en la salud del objeto transicional no “va adentro, ni tampoco el sentimiento sobre él necesariamente sufre represión. No se olvida y no se llora. Pierde sentido, y esto se debe a que los fenómenos transicionales se vuelven difusos, se han extendido por todo el territorio intermedio entre la “realidad psíquica interior” y “el mundo exterior percibido por dos personas en común”, es decir, en todo el campo cultural.

"Su destino es dejar descartarse gradualmente". ¿Cuál es el punto de vista de esta frase? Comienza desde el punto de vista del objeto enfrentando su destino. La capacidad de Winnicott para capturar el patetismo del objeto a medida que pierde significado, y hacerlo sin una personificación abierta, es de alguna manera muy conmovedora. Sin embargo, la oración no es enteramente desde el punto de vista del objeto: su destino es permitir gradualmente ser descartado. La temporalidad pertenece al infante, no al objeto. A menos, por supuesto, que el objeto siempre haya querido ser descartado y se vaya liberando gradualmente del interés del infante. El papel del infante en la experiencia del destino del objeto es dejarlo ir. Pero Winnicott no dice: "El infante gradualmente supera al objeto". El cambio en el infante se experimenta como un cambio en el objeto, pero solo si lo experimenta el objeto, ya que es un cambio que implica perder la capacidad del objeto para tener un punto de vista.

 

Después de estos siete puntos, Winnicott concluye: “En este punto, mi tema se amplía hacia el juego, la creatividad y la valoración artísticas, el sentimiento religioso y el sueño, y también al fetichismo, la mentira y el robo, el origen y la pérdida del sentimiento afectivo, la drogadicción, el talismán de los rituales obsesivos, etc. " (5). Winnicott, en su descripción de estas manifestaciones del juego, no juega tan libremente como para dejar de distinguir, añadiendo también esas palabras, entre el mal y el buen juego.

Pero, ¿qué pasa con la cuestión de usar a las personas? ¿No suena aún como algo poco ético "usara las personas"? Volvamos a Winnicott, esta vez a un ensayo titulado "El uso de un objeto y la relación a través de las identificaciones" (86-94). En este ensayo, Winnicott distingue entre relación de objetos y el uso de objetos. Algunos pacientes, al parecer, son incapaces de "utilizar" al analista. En cambio, se “relacionan” con el analista construyendo un falso yo idóneo para finalizar el análisis y expresar gratitud. Pero el trabajo real no se ha hecho. ¿Qué es ese trabajo real? Al comparar al analista con el objeto de transición, Winnicott sugiere que el problema del sujeto es la incapacidad de "usar a las personas". Ésta es la noción de "uso de personas" que deseamos explorar a través de Winnicott.

El análisis de Winnicott muestra que, en algunos pacientes, la incapacidad para usar a las personas los deja atrapados en un candado narcisista donde no se puede experimentar nada más que aprobación y validación, o desaprobación e invalidación. Todo el escenario de destrucción y excitado amor, al que el objeto transicional debe sobrevivir, no puede suceder. El objeto utilizado correctamente es aquel que sobrevive a la destrucción. La supervivencia del objeto demuestra que el bebé no es omnipotente, que el objeto no es exterminado por la destrucción, que el objeto no tomará represalias en respuesta si el infante ataca, que el objeto no se irá si el infante se marcha. La separación solo es posible si el infante cree que el objeto todavía estará allá para volver. El infante no puede usar el objeto para crecer si no puede separarse de él por temor a destruirlo o perderlo, —la relación de objetos se contrasta con el uso de objetos en donde el uso de objetos implica la confianza que la separación puede ocurrir sin daño, mientras que la relación de objetos significa que la atención al objeto debe mantenerse constantemente y el daño reparado, de lo contrario el objeto será destruido o se irá. Está en juego el lugar de la realidad: “Si todo va bien; el infante puede llegar a beneficiarse de la experiencia de la frustración, ya que la adaptación incompleta a la necesidad hace que los objetos sean reales, es decir, odiados y amados” (11) — es decir, la ambivalencia es un signo de que el objeto es real.

Los pacientes analíticos que no pueden “usar” al analista están atrapados en una fantasía de omnipotencia (el analista no sobrevivirá a mi rabia), que se basa en una dependencia negada (no puedo sobrevivir si el analista no sobrevive). Por lo tanto, la relación implica un poder en igualdad tan exagerado como negado. Estas personas piensan que el analista no puede sobrevivir al uso, que podría implicar "amarlo y mutilarlo con entusiasmo". Pero si el paciente aprende a usar a las personas, escribe Winnicott: “en la práctica psicoanalítica, los cambios positivos que se producen en esta área pueden ser profundos. No dependen del trabajo interpretativo. Dependen de la supervivencia del analista de los ataques, lo que implica e incluye la idea de la ausencia de un cambio de calidad de la venganza. Estos ataques pueden ser muy difíciles de soportar para el analista” (92). En este punto, Winnicott deja caer una nota: "Cuando el analista sabe que el paciente lleva un revólver, entonces, me parece, este trabajo no se puede realizar". El paciente debe experimentar la magnitud infantil de su destructividad sin hacerla real. Lo que significa que el analista debe permanecer en la posición de poder, pero no realmente en peligro, para ejercer la inercia terapéutica. Utilizar al analista significa experimentar todos los sentimientos infantiles de omnipotencia y dependencia para aprender a tolerarlos e integrarlos en lugar de excluirlos mediante un falso sistema de prematuro respeto y preocupación. La posición ética del analista es abstenerse de tomar represalias y abstenerse de interpretar. En esto, el analista se encuentra en la clásica posición ética del poderoso que ejerce moderación. Es en la posición menos poderosa donde, paradójicamente, la moderación se ha convertido en el problema. Al permitirle al paciente el espacio y el tiempo para probar tanto los sentimientos —de omnipotencia e impotencia— como sus significados, el paciente entra en una relación más realista y creativa con sus verdaderas fortalezas y límites. El objeto se vuelve real porque sobrevive, porque está fuera del área de control omnipotente del sujeto. La cerradura narcisista de reparación y represalia se abre para dejar entrar al mundo.

Como es habitual en Winnicott, en su texto ocurre algo más que una mera descripción de estos procesos psíquicos en lenguaje. Permítanme citar un pasaje extenso de la mitad del ensayo. “Este cambio (de relación al uso) significa que el sujeto destruye el objeto. A partir de aquí, un filósofo de sillón podría argumentar que, por lo tanto, en la práctica no existe tal cosa como el uso de un objeto: si el objeto es externo, entonces el objeto es destruido por el sujeto” (90). El sillón del filósofo juega aquí el papel de intelectualizador alejado de la paradoja: el objeto está dentro o fuera, destruido o no destruido. Pero mire lo que le sucede al filósofo del sillón en la siguiente oración: “Sin embargo, si el filósofo se levanta de su sillón y se sienta en el piso con su paciente encontrará que hay una posición intermedia." La metáfora muerta del sillón cobra vida para impulsar al filósofo hacia el suelo, donde lo que encontrará es una posición intermedia. Algo acerca de esa posición intermedia es representado por este pasaje de la metáfora a la literalidad. La posición intermedia no está en el espacio sino en lo que se puede decir. “En otras palabras, encontrará que después de que 'el sujeto se relaciona con el objeto' viene 'el sujeto destruye el objeto' (ya que se vuelve externo); y luego puede venir "el objeto sobrevive a la destrucción del sujeto". La posición intermedia es el intermedio como un más allá. "Pero puede haber supervivencia o no". La realidad del objeto requiere que exista la posibilidad de que sea realmente destruido.

Llega así una nueva característica a la teoría de la relación objetual. El sujeto le dice al objeto: "Te destruí", y el objeto está ahí para recibir la comunicación. A partir de ahora el sujeto dice: "¡Hola, objeto!" "Te destruí". "Te quiero." "Tienes valor para mí porque has sobrevivido a mi destrucción". "Mientras te amo, estoy todo el tiempo destruyéndote en una fantasía (inconsciente)". (90)

El objeto está ahí para recibir la comunicación. La estructura de la comunicación anima al objeto como un "tú", un "tú" destruido, un amado porque “te” destruye. La supervivencia de la destrucción del objeto es lo que lo hace real. Si, la realidad de los demás depende de su supervivencia pero también de su destrucción (en la fantasía).

La dramatizada comunicación directa de Winnicott hacia el objeto parece excesiva con respecto a lo que requiere la descripción. Es decir, el idioma que comunica agrega algo. ¿Qué añade?

Una manera de abordar esta cuestión, es permitiéndome volver un momento a Kant. Este punto en Winnicott recuerda un momento extraño de la Crítica de la razón práctica de Kant, donde de repente, y sin previo aviso, aborda directamente el deber en una larga oración:

¡Deber! Tu sublime y poderoso nombre que no abarca nada encantador o insinuante, sino que requiere sumisión y, sin embargo, no busca conmover la voluntad amenazando con nada que despierte una aversión natural o el terror, sino que sólo proclama una ley que por sí sola encuentra la entrada en la mente y aun así gana renuente reverencia (aunque no siempre obediencia); una ley ante la cual todas las inclinaciones son mudas, aunque secretamente actúen contra ella: ¿qué origen es digno de ti y dónde se encuentra la raíz de tu noble linaje que orgullosamente rechaza todo parentesco con las inclinaciones y de la cual es descendida  la condición indispensable del único valor que los hombres pueden darse a sí mismos?[8]

¿No es esta una versión de la pregunta que no debe formularse sobre el objeto transicional? ¿Fue creado por usted o lo encontró? ¿Podría existir una relación entre el deber y el osito de peluche, no porque el osito de peluche enseñe a preocuparse por los demás, sino porque en ningún caso es posible decir si el objeto está dentro o fuera del sujeto? ¿Y el hecho de dirigirse directamente a un objeto abstracto o inanimado representa de alguna manera la paradoja que debe ser tolerada para que haya una completa gama de vida cultural?

El lado lúdico de Kant suele estar bastante bien oculto. Sin embargo, aquí, en medio de una discusión sobre “los incentivos de la razón práctica pura”, después de comentarios desdeñosos sobre el fanatismo y el sentimentalismo, Kant siente de repente el impulso de jugar. En un largo suspiro, pronuncia un apóstrofe, jugando a animar al Deber, un nombre sublime y poderoso. En medio de la descripción del deber como aquello que "eleva al hombre por encima de sí mismo como parte del mundo de los sentidos", aquello que da "personalidad, es decir, la libertad y la dependencia del mecanismo de la naturaleza", el lenguaje de Kant genera de repente una personalidad más allá del mundo de referencia, una personificación para recibir la comunicación.[9]

En Winnicott, como hemos visto, la animación sutil del objeto, o al menos del punto de vista del objeto, es una característica constante. Que el lenguaje de Winnicott está a menudo en un espacio de juego delante de él, o un espacio encriptado dentro de él, es algo de lo que él mismo toma nota ocasionalmente. Al comenzar un ensayo titulado “La localización de la experiencia cultural” con un epígrafe de Tagore, escribe: “La cita de Tagore siempre me ha intrigado. En mi adolescencia no tenía ni idea de lo que podría significar, pero encontró un lugar en mí, y su impronta no se ha desvanecido” (95). Su capacidad para describir el lenguaje como si tuviera un lugar en vez de un significado ya es una estructura del uso de los objetos. En otro ensayo, Winnicott se encuentra citando un soneto de Shakespeare y deja que lo lleve a donde no necesariamente planeaba ir:

El objeto es repudiado, re aceptado y percibido objetivamente. Este proceso depende en gran medida de que haya una madre o figura materna preparada para participar y devolver lo que se reparte.

Esto significa que la madre (o parte de la madre) está en un “vaivén” entre ser lo que el infante tiene la capacidad de encontrar y (alternativamente) ser ella misma esperando ser encontrada.

Si la madre puede desempeñar este papel durante un período de tiempo sin permitir impedimentos (por así decirlo), entonces el infante tiene alguna experiencia de control mágico…

En el estado de confianza que crece cuando una madre puede hacer bien esta difícil tarea (no si es incapaz de hacerlo), el infante comienza a disfrutar de experiencias basadas en un “matrimonio” de la omnipotencia de los procesos intrapsíquicos con el control de lo real del infante. (47, énfasis propio)

El matrimonio supone no admitir impedimentos, no porque todos los caminos en Winnicott deberían conducir al matrimonio (aunque lo hacen), sino porque Winnicott es capaz de usar el lenguaje de la misma manera en que habla de usar objetos: usar el lenguaje para jugar el fort-da, y dejar que el lenguaje juegue. Sus interpretaciones reales a menudo devuelven el material a una ideología de familia frustrante, pero sus descripciones del lenguaje que actúa en él o sobre él de alguna manera escapan a ese cierre. (Incluso su ensayo contra el control de la natalidad, "La píldora y la luna", involucra la composición involuntaria de un poema).[10]

Winnicott termina el párrafo de diálogo entre el infante y el objeto, y por implicación entre paciente y terapeuta, al concluir que “de esta manera el objeto desarrolla su propia autonomía y vida, y (si sobrevive) contribuye al sujeto, de acuerdo con sus propias propiedades” (90). Las mismas propiedades del objeto operan como un tercero en la relación entre el infante y el objeto, un tercero que hace posible experimentar el mundo, un tercero compuesto por la interacción misma. Winnicott termina su artículo sobre el uso de un objeto diciendo: “El estudio de este problema implica una declaración del valor positivo de la destructividad. La destructividad, más la supervivencia del objeto en la destrucción, coloca al objeto fuera del área de objetos establecidos por los mecanismos mentales proyectivos del sujeto. De esta manera se crea un mundo de realidad compartida que el sujeto puede utilizar y que puede retroalimentar al sujeto una sustancia diferente-de-mi” (94).

Quizás un sinónimo de “usar a las personas” sería, paradójicamente, “confiar en las personas”, creando un espacio de juego y riesgo que no depende de mantener la integridad y la separación. No es que la destructividad sea siempre o en sí misma buena, ni mucho menos. La destructividad desatada de la vulnerabilidad exagerada o de la grandiosidad sin empatía está ampliamente documentada. Pero la empatía excesiva es simplemente contra fóbica. Lo que pasa desapercibido es un peligro que surge no sólo de la destructividad infantil, sino del terror infantil de la destructividad; su represión exagerada y paralizante. Winnicott describe el proceso de aprender a superar ese terror, que le permite a una confiar, jugar y experimentar la realidad del otr* y del sí mismo. Todo esto me parece sugerir la importancia ética de "usar a las personas".



[1] See Emmanuel Levinas, Ethics and Infinity, trans. Richard A. Cohen (Pittsburgh, PA: Duquesne University Press, 1985). Levinas himself avoids thus grounding ethics in restraint by defining the subject not in isolation but always in relation to the Other, for whom and to whom the subject is responsible, without any prior

intactness or guarantee. My quarrel here is more with a sort of “Levinas effect” than with any particular writing, whether by Levinas or others.

[2] Immanuel Kant, Critique of Practical Reason, trans. Lewis White Beck (London: Macmillan, 1956), 136.

[3] Heinz Kohut, The Analysis of the Self (New York: International Universities Press, 1971), 33.

[4] To give you an idea of the horror of a transitional object that would be a mirror double, I refer you to My Twinn, a company that makes dolls “individually crafted to look like your daughter,” available online. The proud parent is invited to choose among skin tones, eye colors, hair color and style, and to diagram birthmarks, moles, and freckles. Re nais sance blazons that dismembered the female body were nothing compared to this parental dissection and commodifi cation of the living child. Suppose the girl gets one for her birthday, and the dog eats it? Wouldn’t the doll require a kind of protection that is the very model for enslavement to the ideal I? As if the daughter does not have enough trouble with the mirror stage, she must be haunted by this Dorian Gray– like perfect unchanging object as she herself grows up, gets pimples, falls into puberty.

[5] D. W. Winnicott, Playing and Reality (London: Tavistock, 1971), xi– xii. Los numerous entre parenthesis se refieren a esta edicion.

[6] Immanuel Kant, Foundation of the Metaphysics of Morals, section 1, note.

[7] “Summary of Special Qualities in the Relationship,” in Winnicott, Playing and Reality, 5.

[8] Kant, Critique of Practical Reason, 89.

[9] Kant, Critique of Practical Reason, 89.

[10] For an excellent feminist critique of Winnicott’s image of motherhood, see Carolyn Dever, Death and the Mother from Dickens to Freud (Cambridge: Cambridge University Press, 1998), chap. 2, “Psychoanalytic Cannibalism.”

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