Deseo/amor de Lauren Berlant (texto completo)



Deseo/amor

Lauren Berlant


Traducción emma song

Prefacio: querid* lector*

Me asignaron escribir la entrada sobre “Deseo” para el volumen Critical Terms for the Study of Gender de la University of Chicago Press en 1998. Leí durante dos años y escribí lo que sigue. Ese volumen recién ahora se publica, en 2013, editado por Gilbert Herdt y Catherine Stimpson. Agradezco a la Editorial el permiso para publicar también esta entrada como un pequeño libro.

Por otro lado, Punctum Books anunciaba el sello de Dead Letter Office, para obras inéditas que se había dejado durante mucho tiempo en un cajón; y me preguntaba si estarían interesadas en esta cosa vieja, en este manuscrito que, en su primer borrador, se había convertido en dos entradas, una doble entrada sobre el deseo y el amor duplicada porque mi práctica siempre es presentar enfoques inconmensurables a un problema/objeto para atender su inestabilidad, densidad y apertura. Ese es el método de lo que sigue dentro y entre las secciones. Agradezco a Eileen Joy, Carmen Merport y Cindy Bateman por ayudarme tan meticulosamente a llevar a cabo esta versión.

No pase años de mi vida escribiendo este libro ahora, y si me viera obligada de nuevo a hacerlo, no lo escribiría de esta manera. Hay demasiado psicoanálisis Mami-Papi-Yo en relación con otras mediaciones del apego. Habría muchos temas, situaciones y mucho más sobre la relación de la ley con las atmósferas vívidas de la experiencia. Además, los ejemplos serían diferentes. Pero he aprendido algo sobre el amor al preocuparme por el problema de conseguir un ejemplo correcto. El ejemplo es siempre el problema del deseo/amor. El poder de cualquier caso particular de deseo/amor tiene que ver con las formas en que se conecta, encarna o parece trascender, las fantasías conscientes e inconscientes. Otra forma de decirlo es: en lo que respecta al amor y al deseo, no hay ejemplos adecuados; y todos nuestros objetos deben soportar la carga de ejemplificar y fracasar lo que estimula nuestro apego a ellos. Por eso sumé un poco al archivo pero fútilmente terminé sin buscar sustitutos perfectos. Espero que los conceptos generados a partir de estas lecturas induzcan a nuevas formas de encontrar el deseo/amor, ya sea que las conozcas, que te identifiques o te gusten los textos con los que estoy escenificando estas derivaciones conceptuales.

La teoría, como escribe Gayatri Spivak, es en el mejor de los casos una generalización provisional: estoy rastreando patrones para permitir que mis lector+s los vean también en otras partes, o no e inventar otras explicaciones. Me interesan las líneas de continuidad y las elipsis, con sus dobles sentidos de lo que no hace falta decir y de lo que aún no se ha sido pensado. Pero, en general, todavía me siento forzada por las descripciones que se presentan aquí; y con cierta distancia, me confunde decir que cuando leo este libro aun aprendo de él. Cuando se trata de género y sexo, no hay presentaciones, incluso si eso es lo que este libro busca. Solo hay reintroducciones, después de todo, reencuentros que producen incitaciones a soltar, descartar o agarrar con más fuerza algunas anclas en el tono que ofrece la fantasía.

 

Introducción

En el estudio de género y sexualidad, una podría esperar que el compromiso con el deseo y el amor se refiera a la identidad y la intimidad, la elección del objeto sexual y la práctica erótica, los dramas dispares vividos por los géneros y la centralidad de las inclinaciones, emociones y hechos íntimos para la evaluación de la felicidad de una persona. Tal estudio confirmaría lo que una ya sabe sobre el deseo y el amor, idealmente, ya que no hay nada más alienante que tener los placeres de una en disputa con alguien por una teoría. Sin embargo, las formas en que vivimos la sexualidad y la intimidad han sido profundamente moldeadas por teorías, especialmente las psicoanalíticas, que han ayudado a colocar la sexualidad y el deseo en el centro de la historia moderna sobre lo que es una persona y cómo debe leerse tal historia personal. Al mismo tiempo, la estética, la religión y las fantasías de las culturas populares y masivas han ofrecido otros modos de explicación, que no suelen ser realistas pero que a menudo afirman haber extraído verdades emocionales sobre la naturaleza y la fuerza del amor. En estos ámbitos el deseo sexual no se considera la historia central de la vida, sino que se mezcla con el romance, una versión particular de la historia del amor.

-

En este ensayo incluyo el deseo y el amor en entradas separadas: la primera sobre el deseo, la segunda sobre el amor. A primera vista, tiene sentido separarlos. El deseo describe un estado de apego a algo o alguien, y la nube de posibilidad que es generada por la brecha entre la especificidad de un objeto y las necesidades y promesas proyectadas sobre él. Esta brecha produce una serie de convulsiones extras. El deseo llega como un impacto del exterior y, sin embargo, excitando un encuentro con tus afectos, te hace sentir como si viniera de tu interior; esto significa que tus objetos no son objetivos, sino cosas y escenas que has transformado para apuntalar tu mundo, y entonces lo que parece objetivo y autónomo en ellos es mucho lo que tu deseo ha creado y por lo tanto es un espejismo, un ancla vacilante. Tu estilo de abordar esos objetos le da forma al drama con el que te permiten reencontrarte contigo misma. En contraste, el amor es el sueño abrazador de la reciprocidad del deseo: en lugar de ser una clausura, el amor proporciona una imagen del yo expandido, cuya versión normativa es la intimidad de dos-uno, la forma de pareja. En la imagen idealizada de la relación, el deseo conducirá al amor, que creará un mundo para la persistencia del deseo.

Pero hay una sombra en torno a esta imagen: ¿quién puede decir si una relación amorosa es real o es realmente otra cosa, una fantasía pasajera o un truco que alguien se hace (a sí misma, o a otra) para sostener una fantasía? Esta es una pregunta psicológica sobre la confiabilidad del conocimiento emocional, pero también es una pregunta política sobre las formas en que las normas producen apegos para vivir a través de ciertas fantasías. ¿Qué significa que sobre el amor las expresiones tienden a ser tan convencionales, tan ligadas a instituciones como el matrimonio y la familia, las relaciones de propiedad, y a las expresiones y tramas más comunes? Esta es también una cuestión de subjetividad, por lo tanto, también de ideología. La dificultad de determinar la autenticidad del amor ha generado un repositorio de signos, historias y productos dedicados a verificar que lo "real" existe tanto entre las personas como en otras relaciones, por ejemplo, entre las personas y sus naciones, sus dioses, sus objetos, o sus mascotas. Pero estos signos de amor no son universales, y además su convencionalismo sugiere que el amor puede ser a la vez genuino y falso, compartido y atesorado, aprensible y enigmático. Por lo tanto, leídas juntas, las siguientes entradas enmarcan la relación entre el deseo y el amor como una serie de paradojas que cambian de acuerdo con cómo se formulen las preguntas sobre el apego. A veces se refieren a personas que se mueven dentro de una amplia gama de géneros y sexualidades, pero a menudo tratan de explicar estructuras o convenciones de identidad y no la experiencia sociológica o empírica de estar en el deseo o sentir amor.

"Deseo”, la primera entrada describe principalmente el sentimiento que una persona tiene por otra cosa: está organizado por relatos psicoanalíticos de apego y da cuenta brevemente de la historia reciente y de su importancia en la teoría y la práctica crítica. La segunda entrada, sobre el amor, comienza con una excursión a la fantasía, alejándose de la escena del psicoanálisis entre padres e hijos y mirando en cambio la centralidad del deseo de contexto, entorno o historia: examina las formas en que la estructura teatral o escénica de la fantasía alude a su carácter fundamentalmente social, su importancia como un lugar en el que las relaciones de una persona con la historia, el presente, el futuro y ella misma se realizan sin ser representadas necesariamente de manera coherente o directa. Ya sea visto psicoanalíticamente, institucionalmente, o ideológicamente; el amor siempre se considera un resultado de la fantasía. Sin fantasía, no habría apego ni amor. Pero la fantasía significará muchas cosas inconmensurables, desde investimentos inconscientes en objetos de todo tipo hasta sueños grabados en entornos colectivos. La entrada sobre el amor describe varios trabajos sobre el romance en la vida personal y la cultura mercantilista, lugares donde los sujetos aprenden a habitar la fantasía en el curso ordinario de sus vidas reales.

Comenzamos con la imagen que abre la película Imitación de la vida (Dir. John Stahl, 1934). A medida que los créditos se desvanecen, la cámara pasa a una bañera blanca llena de agua, donde flota un pequeño patito de goma. Sería más exacto decir que el pato se balancea y se mueve, y que está fijo a la mirada de la cámara e inestable en el agua. Fuera de cámara, escuchamos la voz triste de una niña que dice: “¡Quiero a mi cuac cuac!” El llanto de la niña es respondido por lo que debe ser la amorosa voz disciplinaria de una madre, que responde: “Ahora, Jessie…” La cámara permanece todo el tiempo fija en el pato que se balancea. A medida que la historia se desarrolla y los cuerpos se pegan a las voces, descubrimos que la bebé Jessie tiene una madre que trabaja y que la niña está siendo llevada a la guardería para que la madre pueda ir a vender sus productos. Cuando la hija se resiste a que la lleven, ahí mismo adopta un lenguaje contractual para recordarle a su madre lo que el amor obliga: “¡Te amo y tú me amas, no quiero ir a la guardería!” Pronto suena el teléfono, la madre Bea Pullman baja las escaleras para contestar, mientras deja a su hija en el baño.

De camino al teléfono, Bea ve que el desayuno se está quemando. Baja la calefacción y toma el teléfono, donde hace algunas transacciones; vende jarabe de arce después de haberse hecho cargo de la zona de distribución de su difunto esposo. En ese momento, una mujer afroamericana llega a la puerta pensando incorrectamente que Bea ha publicado requiriendo una asistenta; la mujer, Delilah Johnson, está buscando también una vivienda para ella y Peola, su pequeña “de piel clara”. Delilah ofrece a Bea sus servicios de todos modos. Bea se resiste a la oferta de Delilah porque no tiene el dinero para pagar el salario; en ese momento Jessie se siente demandada por el deseo por el "cuac cuac" e, imaginándolo a su alcance, lo agarra y cae en la bañera. La madre blanca corre para salvar a su hija, la madre negra vuelve a entrar en la casa, salva el desayuno y nunca se va. El “cuac cuac”  rescata a todas de sus caóticos e imposibles escenarios domésticos.

El deseo de la hija blanca por el pato que se menea, teje y tienta pero  siempre fuera de su alcance; así da inicio la trama que une la vida de las dos familias. Durante casi dos décadas las mujeres y sus hijas viven juntas. Al comercializar una receta de panqueques que brinda la mujer afroamericana, todas se enriquecen. Sin embargo, la familia blanca siempre tiene primacía económica y espacial sobre su “pareja”, la familia negra; y todas terminan atormentadas por el anhelo de objetos particulares que dolorosamente no logran asegurar. El mundo no proporciona ni descanso ni libertad a las mujeres afroamericanas; la madre desea “encaminarse” y educar a su hija pero no lo logra. La hija quiere ser “blanca, tal como me veo” y ser libre en habitar cualquier espacio de los Estados Unidos, pero ella tampoco logra plasmar ese deseo. Despues Imitation of Life cierra con la adinerada y hermosa madre blanca y su hija saliendo de la pantalla tomadas del brazo, cada una anhelando secretamente un amante masculino al que han renunciado por el bien de la otra, mientras la película recuerda externamente los primeros momentos de deseo, caos, pobreza y plenitud. A medida que la escena final se desvanece, Bea recuerda el día en que las cuatro mujeres se conocieron y le dijo a su hija: “y tú estabas diciendo '¡Quiero a mi cuac cuac! Quiero a mi cuac cuac…’" Es un momento final extremadamente agridulce y definitorio, porque la expresión inicial del deseo de la niña presagia algo general sobre el destino traumático del deseo en todas sus vidas.

Entonces, ¿qué es lo que realmente quiere Jessie cuando dice que quiere a su “cuac cuac”, a su madre trabajadora que no está disponible, o a su padre muerto o a algo que siente pero que no puede nombrar? ¿Es tan importante que no llame pato a su juguete sino lo que un pato tiene para decir, como si lo que busca sea algo íntimo para imitar, algo que le hable con deseo y que pueda llegar a poseer a través de la reciprocidad del idioma, y en particular, del que hablen ambos? ¿O sugiere que el deseo solo tiene que ver sólo con la forma secundaria de las relaciones entre los cuerpos, pero principalmente tiene que ver con las voces y los lazos íntimos que engendran? ¿Y qué hay del deseo de la hija por el pato? ¿Sería exagerado llamarlo erótico? ¿Cuál es la relación entre los objetos de deseo de alguien y su "identidad" sexual? ¿Significa algo que después Jessie se enamora de un hombre que se gana la vida estudiando los peces?

¿Y qué quiere decir la madre cuando recuerda la escena del deseo de su hija? Si aquí la bebé (pato) habla y es el lenguaje puro del deseo; entonces al final quizás Bea se refiera a las formas en las que una nunca parece moverse más allá de la lógica de los comienzos, de los primeros momentos de la película y de la vida. Imitation of Life enmarca estas preguntas con la voz del deseo infantil; sin embargo la narrativa también desarrolla otro tipo de lenguaje, uno que cuenta la historia sobre los contextos sexuales, raciales y económicos en los que las fantasías de placer y libertad de las mujeres afroamericanas y blancas siguen siendo solo fantasías, intuiciones de un mundo de satisfacciones que aún no existe para ellas. Como sea, al ventriloquizar el llamado por la aparición del "cuac cuac", la madre de Jessie subtitula la imagen de toda la película de pesimismo, optimismo, lenguaje y deseo: el objeto del deseo, que no tiene nombre propio, pero que en la fantasía habla apasionadamente hacia ti y enmarca tu vida, se balancea, entrelaza y te golpea más como un boxeador que como un pato cuando te acercas a poseerlo; todo para descubrir que nunca puedes agacharte a tempo sin que seas abollada por él accidentalmente, entrelazada, recuperada, y tal vez buscarlo de nuevo desde dentro de la relación que, a la vez te posee y desposee, obligándote a buscar la supervivencia mientras recuerdas que hay un mejor más allá en eso. El impacto del objeto, y el impulso que involucra al patrón del apego, son los materiales de la sexualidad y del optimismo (al menos para el alivio afectivo) que debe acompañar a la toma de posición de tal objeto. Un objeto que te proporciona optimismo, luego llueve en tu marcha, aunque ese nunca es el final de la historia.

-

Incluso en su forma más convencional, como en el "amor", el deseo produce paradojas. Es un relevo primario para la identidad social individualizada, como en el emparejamiento, la familia, la reproducción y otros sitios de la historia personal; pero sin embargo también es el impulso que más desestabiliza a las personas, poniéndolas en conspiraciones fuera de su control, ya que une vidas diferentes y crea situaciones únicas (Por esto el doloroso género de la “comedia de situación” depende de la asociación del deseo con el desastre). El deseo, fundamental para el desarrollo de narrativas que vinculan la vida personal con historias más amplias y con prácticas e instituciones de intimidad, pero también mide territorios de diferencia y distancia. Construye y rompe las distinciones entre lo público y lo privado: reorganiza mundos[1]. Ésta es una de las razones por las que el deseo se representa tan a menudo como político; es decir; lleva las personas a la vida pública o colectiva, el deseo crea las escenas en las que se juegan las convenciones sociales de valor y poder mismas obre obstáculos y oportunidades para la realización erótica (Pienso en Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, La letra escarlata, Lo que el viento se llevó o Titanic).

La primera sección del libro se moverá a través del análisis de diferentes formas en la que el deseo ha sido dividido en zonas por diferentes tipos de ciencias humanas. Utilizo un lenguaje de zonificación porque el deseo tiende a asociarse con espacios específicos[2]. En parte esto tiene que ver en cómo el deseo se materializa en hechos que se convierten en eventos y, a veces, en memoria. La perturbación que provoca el deseo suele ser olvidable y, sin embargo, incluso el proceso de olvidar detalles específicos puede transformar los lugares en escenas, espacios cargados de afectos y sentimientos donde ha sucedido algo significativo. Pero la zonificación del deseo es menos personal, más normativa. Consideremos, por ejemplo, las zonas erógenas, los distritos de zona roja, dormitorios principales, y "partes privadas". Además, una relación de deseo crea un "espacio" en el que las trayectorias y complejidades se experimentan y representan repetidamente; y como el movimiento crea pistas que podemos seguir en "el cuerpo" y en "el mundo", crea una necesidad de mapeo.

Tanto las teorías como la profesión del psicoanálisis han sido cruciales para el desarrollo de las convenciones y las formas modernas del deseo, al menos en Estados Unidos y Europa. El modelo psicoanalítico que ubica la verdad de una persona en la sexualidad ha sido fundamental para muchas de las narrativas y normas modernas que organizan la vida personal e institucional. Además, durante el siglo XX en los EE. UU. se ha desarrollado una cultura terapéutica o más general de "autoayuda", en la que se presume que los individuos pueden y necesitan componerse por sí mismos.

 

 

{…}

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deseo

El psicoanálisis y el formalismo del deseo

 

Los psicoanalistas no están de acuerdo sobre cuál es el concepto o la entidad del "deseo": asociado convencionalmente con conceptos románticos como el amor o la lujuria, el deseo también se asocia con las categorías freudianas de "pulsión" y "libido" que  refieren a un flujo de energía sexual; donde suele decirse que ejerce presión sobre el individuo (o “sujeto”, alguien con subjetividad) para pasar de la autonomía sensual a una relación con el mundo. En este modelo, el "deseo" articula las pulsiones, o la excitación infantil que opera a lo largo de la vida del sujeto, con relación hacia los objetos; es decir, objetos primarios en el entorno original del cuidado, como las tetas o la madre, y secundarios a través de los cuales el sujeto puede repetir la experiencia de desear en su vida adulta. En cambio, un modelo lacaniano llamaría al deseo menos una pulsión que está organizada por objetos y mas una que se mueve más allá de sus objetos, operando siempre con ellos y en exceso hacía con ellos, con el objetivo tanto de preservarlos como de destruirlos. Las diferentes escuelas psicoanalíticas ofrecen muchos motivos para esta duplicidad, todas las cuales tienen que ver con la inevitabilidad de la ambivalencia, a la que volveremos más adelante.

Estos puntos sobre el deseo son cruciales: el deseo es memorable sólo cuando alcanza algo a lo que puede adherirse; y la escena de esta aspiración debe estar en relación a repetirse con otra escena. La repetición es lo que te permite reconocer, incluso inconscientemente, tu deseo como una cualidad propia. El formalismo del deseo, su impulso por encarnarse y reiterarse, lo abre a la ansiedad, la fantasía y la disciplina.

Sin embargo, en esta coyuntura es importante distinguir entre algunos tipos de ansiedad y otros. Las vías "normales" del deseo exponen a las personas a riesgos muy diferentes a los de los deseos no-normativos (tengan en cuenta la incómoda redacción: en la mayoría de los diccionarios, no hay términos suficientemente neutrales en valor para lo no-normativo. Se designa con palabras asociadas con lo inmoral o lo monstruoso). El deseo heterosexual tiene lugar en la cultura heteronormativa, es decir, un lugar donde se presume que la heterosexualidad no solo es un tipo de sexualidad, sino el tipo correcto y apropiado. A pesar de toda la inestabilidad, incoherencia y vulnerabilidad que engendra la heterosexualidad en los sujetos que se identifican con ella, el contexto en el que se desarrolla no solo la sustenta moralmente y organiza a su alrededor los recursos estatales, médicos, educativos y básicos, sino que la considera el forma genérica (la predeterminada, la natural) de la sexualidad misma. Una extraordinaria cantidad de disciplina, examen y amenaza hace que muchos heterosexuales se comporten de acuerdo con "lo correcto y lo forzado"[3], pero estas fuerzas institucionales también se distribuyen en la vida cotidiana a través de una vigilancia informal: comentarios agresivos, comentarios pasivos agresivos, murmullos, alejamientos y miradas, y bromas  por ejemplo.

En contraste, las sexualidades gay, lesbianas, trans e incluso las menos estándares tienen pocos espacios o instituciones de apoyo generalizados; en ninguna parte se da por sentada la palabra "sexualidad". Esto significa que junto con la vivencia de la vulnerabilidad que le sobreviene a todo aquel que se arriesga a desear los placeres de la intimidad, soporta el peso de experimentar una devaluación generalizada de sus deseos, generalmente considerados antitéticos al proyecto de reproducción social. Gays y lesbianas, por ejemplo, están constantemente expuestos a una amplia gama de consecuencias desagradables, desde el miedo al rechazo familiar y el aislamiento social hasta el subempleo y la brutalidad física, simplemente debido a su identidad sexual. Para los fóbicos, aquellos que temen las inestabilidades de los privilegios y abrazan lo social como un lugar de igualdad, las sexualidades no normativas amenazan las fantasías de la buena vida que están ancladas en imágenes de una monocultura racial, religiosa, clasista y nacionalista. Es por eso que desarrollar espacios de relativa saturación gay y lésbica ha sido tan importante para construir un mundo menos homofóbico; de lo contrario, las sexualidades no normativas durante el siglo XX, solo han de representar principalmente las formas negativas del valor social, estableciendo un límite a través del tabú y el terror que ha ayudado a apuntalar la cultura heterosexual con tanto éxito que la gente se suele sorprende con frecuencia de su propia normatividad[4]. Además, si en el momento en que lean esto, las parejas LGBTQ son un evento ordinario en la vida cotidiana, esto no significa que la heteronormatividad haya sido vencida. Podría significar que una de sus cualidades -la pareja o la forma familiar, por ejemplo- que es gobernar el gallinero moral, legal, económico y/o social de tal manera que las otras prácticas pueden ser despreciadas y/o ilegalizadas. ¡Aunque puede que no! La relación de privilegios incoherentes entre el miedo y la deferencia (dentro de la cotidianeidad de la proximidad social) sigue siendo uno de los grandes desafíos para el análisis político y social.

La teoría psicoanalítica freudiana popularizó y transformó drásticamente cómo se conceptualizaban y experimentaban la sexualidad normativa y no normativa, y los deseos sexuales a principios del siglo XX. Sería imprudente intentar aquí resumir todo el trabajo de Freud sobre estos temas[5]. Lo que sigue son algunas de las maneras que Freud pensó sobre las formas que adopta el deseo. Las preguntas sobre los diseños del deseo no solo tienen consecuencias para la forma en que pensamos sobre las prácticas sexuales íntimas, la identidad sexual, la identificación y el apego; sino también nos ayudan a rastrear la sexualidad en la esfera política y el entretenimiento masivo, ya que estos sitios públicos ayudan a designar cuales formas de deseo pueden darse por sentadas como legítimas, en contraste con aquellas formas de desear que parecen merecer compasión, miedo y antagonismo.

Puede parecer muy alejado de estos problemas sociales volverse sobre la sexualidad infantil, pero es aquí donde el psicoanálisis ha desarrollado históricamente sus formas de describir las formas "normales" de actividad, identificación y elección de objeto que organizan las experiencias primarias de placer, trauma y deseo del sujeto. De inmediato vemos que el modelo de Freud no solo revolucionó la sexualidad al ubicar los orígenes del desarrollo de la práctica sexual adulta en los actos y deseos de bebés y niños, sino que también produjo una idea de eros mucho más compleja y ambivalente que la que encontramos en nociones popularizadas del complejo de Edipo y la ideología romántica. Estas versiones del amor tienden a repudiar la ambivalencia erótica e instalan, en su lugar, una trama amorosa, una secuencia temporal en la que el antagonismo erótico o la ansiedad son superados por eventos que conducen a la consumación[6]. Pero en el modelo de Freud, la economía del amor que revalida y cuida, que implica tanto dar como recibir en el modelo de la plenitud materna, está ligada a una economía de agresión. En este modelo, amar un objeto es intentar dominarlo, buscar destruir su alteridad u Otredad. Aquí, la agresión no es lo opuesto al amor, sino que es parte integral de él; una forma de pensar en esto es que en el amor, el amante tiene hambre de tener su objeto justo donde puede amarlo. Es por eso que el sadismo, el masoquismo y la perversión no son excepciones a la regla del deseo en el modelo de Freud, sino parte integral del apego humano. El amor permite descargar la presión de la agresión del deseo dentro de un marco de decoro. En este punto de vista, Freud es apoyado por otras escuelas de pensamiento psicoanalítico que, a pesar de todas sus diferencias, coinciden en que la voluntad de destruir (la pulsión de muerte) y preservar (el principio del placer) el objeto deseado son dos lados del mismo proceso[7]. Algunos posfreudianos, sin embargo, discuten que el modelo de Freud produce una imagen de la sexualidad como fundamentalmente masoquista[8]. Esto se debe a que, independientemente de cómo lo experimente el sujeto que desea, el deseo puede abrumar el pensamiento, romper la intención, violar principios y perturbar la identidad. Es como si el deseo fuera una ley de perturbación en sí misma a la que el sujeto debe someterse para convertirse en sujeto de su propia improcedencia.

Hay intensos debates en la literatura psicoanalítica sobre si la forma primaria del deseo infantil es alosexual (dirigido hacia el otro, en este caso, la madre, la fuente de alimentación, su pecho, su leche) o autoerótico[9]. Pero sin límites o la capacidad de resistir los estímulos (la función del yo, que el infante aún no tiene), también se podría decir que el infante es incapaz de distinguir entre su propio cuerpo como zona erotogénica y la nutrición que parece estar organizada en torno a su misma necesidad corporal. Al principio, las zonas erógenas no están organizadas genitalmente. Todo el cuerpo del bebé, la piel y los sentimientos difusos de contacto y movimiento proporcionan la experiencia continua de placer. Esto es "perversidad polimorfa". Al mismo tiempo, el cuerpo del bebé está en una relación de intercambio con su entorno de cuidado, y la sensualidad de ese entorno comienza a producir excitación en el cuerpo del bebé, con sus zonas pulsantes de reiteradas necesidad, estimulación y gratificación. En algún momento, el bebé se da cuenta de que ella no es en continuo con el entorno de cuidado/madre/pecho en el que ella misma confía para la crianza y el placer. El reconocimiento de la separación por parte del bebé produce un trauma primario, y es el lugar donde la agresión reactiva y el amor se entrelazan en la actividad deseante. En este punto, argumenta Jean Laplanche, el niño desarrolla estrategias de auto-erotismo, que es el único lugar de cierta satisfacción una vez que se percibe a la madre como Otro. El bebé también redirige su auto-placer de regreso al mundo, buscando sustitutos para el pecho/madre perdidos, de modo que, como escribe Freud, “El hallazgo de un objeto [de deseo] es de hecho un reencuentro con él." Pero el infante (como niño y adulto) pronto ve que incluso las gratificaciones de este reencuentro se mezclan con la ansiedad, la duda y la decepción; porque el objeto sustituto del deseo es siempre más y menos la cosa real perdida[10].

El bebé se motiva a la sociabilidad por el impulso de demanda a un apego imposible. Ella aprende a dar amor como cuidado, como manipulación y como violencia para conseguirlo. Este es también el momento donde fragmentos de memoria de deseos incumplidos generan los materiales del inconsciente: el inconsciente es causado por la represión de estos traumas y deseos, que luego se van a representar en síntomas, patrones, reiteraciones y otras formas que marcan la experiencia a medio recordar del amor perdido[11]. Desde este punto de vista, la pérdida traumática de la continuidad con el mundo es el motivo central para la formación de la subjetividad. El concepto de melancolía de Freud podría aclarar esto de una manera útil: el melancólico es aquel que incorpora un objeto de deseo perdido en su ego, de modo que nunca experimenta plenamente la pérdida, ya que el ser amado, incluso en ausencia, esta fusiona con el yo. Esta confusión de presencia y ausencia conduce hacia  otros directamente a la tristeza y el enfado (los amo, por qué me dejaron, no soy yo sin ellos, no pueden dejarme) y al enojo a si mismo (no debo ser digna de amor). Después de la traumática separación de la madre, se dice que la melancolía se convierte en parte integral del amor mismo, una forma de masoquismo derivada de la simultaneidad de la pérdida de una misma y la pérdida del ser querido[12]. La melancolía refleja inversamente las narrativas idealizadoras sobre las almas fusionadas más felices asociadas con el amor. De hecho, Freud especuló que la relación amorosa principal de una es con el ego, se proyecta en el mundo y se devuelve como diferencia. Su lamento sobre la homosexualidad y la feminidad histérica fue porque eran formas de narcisismo sin la necesaria mediación de la diferencia corporal y, por tanto, quizás sin la relación adecuada con el trauma primario. Más adelante en su carrera, la omnipresencia de los deseos homosexuales en sus pacientes volvió a desestabilizar sus primeras taxonomías.

Al descubrir su diferencia específica con el entorno de la crianza, el bebé comienza a construir formas que reproduzcan el mundo predecible del afecto repetido que experimentó inicialmente. Este es el valor de la triangulación edípica. Freud también sostiene que la entrada del niño en las relaciones edípicas tiene otras funciones más avanzadas: asegura la elección de objeto sexual del sujeto, organiza la genitalidad en su secuencia apropiada y permite la formación del superyó, sobre lo cual hablaremos más adelante. En esta etapa, Freud toma su modelo de deseo de la masculinidad heterosexual. Describe un doble proceso de apego por el niño: objeto-amor entre el niño y su madre e identificación entre el niño y su padre. La identificación con el padre del mismo sexo se considera metafórica, ya que una relación narcisista de semejanza produce un nuevo sentido de continuidad corporal para el niño; por el contrario, el amor del niño por la madre se desarrolla ahora a través de la lógica de la diferencia que Freud llama elección de objeto, una relación metonímica que implica sustituir objetos semejantes por la relación originaria plena; un deseo adulto de los senos de las mujeres, por ejemplo, sustituye a los deseo del bebé por la leche. Al mismo tiempo, esta relación también se denomina relación anaclítica o de apoyo, ya que el deseo del niño está estructurado por la proximidad, una relación de diferencia íntima y un anhelo de superar tal distancia.

La crisis edípica ocurre cuando el niño se da cuenta que, como todas las economías, la economía edípica implica escasez: el padre es su rival por el amor de la madre. Freud postula que cada sujeto experimenta un proceso edípico positivo y uno negativo, cuya ambivalencia sexual expresa la bisexualidad fundamental de los humanos. El niño quiere vencer al padre; pero al mismo tiempo, debido a que se identificación con el padre, el hijo también desarrolla una relación masoquista con su propia agresión, desarrolla una actitud virtualmente "femenina" para proteger a su rival y proyecta su propia hostilidad sobre la madre, que luego aparece como una amenaza para ambos hombres[13]. Pero para que se desarrolle la identidad masculina "normal", la crisis edípica debe resolverse mediante una identificación intensificada con el padre. Freud sostiene que esta resolución se logra cuando el niño descubre la diferencia sexual - el impacto de la vagina de la madre, leído como un sitio traumático de "castración" del pene - que tiene efectos tanto catastróficos como productivos en el niño.

Un efecto "saludable" del descubrimiento que la madre está castrada es la destrucción del complejo de Edipo[14]. Este desarrollo parece resolver muchos lugares y estructuras de vergüenza en el desarrollo heterosexual, entre los que destaca el tabú del incesto. Esto permite que el niño desee lo que su padre desea sin herir al padre, porque el deseo del hijo ahora viaja más allá de la madre y fuera de la familia. A partir de esto se desarrolla el superyó o ideal del yo, que intenta proteger al niño de un trauma futuro disciplinando su deseo hacia objetos adecuados. Además de garantizar su masculinidad heterosexual, esta solución protege su relación primaria con la madre: ella sigue siendo la amada fuente original del cuidado y nutrición, pero su aterradora diferencia sexual requiere que sea reemplazada por otras mujeres. Los vínculos sexuales con nuevas mujeres brindan una oportunidad para que el niño realice una masculinidad exitosa al superar la ambivalencia ahora doblemente postraumática que tiene hacia su madre (que se origina tanto en las tetas como en la vagina).

La ansiedad de castración da como resultado una identificación homosocial más intensa que constituye también la masculinidad normativa. Si se admite esta perspectiva especulativa, los niños se identifican con el padre y con los hombres en general no solo porque son del mismo género; sino también desarrollan la solidaridad porque han enfrentado las mismas amenazas, y sienten la misma extrañeza de ansiedad y ambivalencia en el escenario de su vida de apego al deseo por las mujeres.

Pero a veces el trauma de la angustia de castración paraliza al sujeto, congelando su sexualidad en el punto de la crisis misma y poniendo en peligro su acceso exitoso a la hetero-masculinidad ordinaria. Aquí es cuando se desarrollan perversiones como el fetichismo. Los ensayos de Freud "Fetichismo" y "Cabeza de Medusa" sugieren que la crisis de fragilidad fálica que une a los hombres y produce un conjunto polarizado de fascinaciones con la diferencia corporal de las mujeres - agresiva/abyecta, idealizada/asquerosa - también puede producir un formalismo que repara la ansiedad invistiéndola, permitiendo así al hombre abandonar su activa ambivalencia hacia las mujeres. El fetiche es tal forma.

Un fetiche es un objeto dotado de erotismo que alguien puede poseer y controlar, sin embargo, paradójicamente, el fetiche parece controlar o poseer a la persona que cree que lo posee. Convierte una historia del deseo masculino por las mujeres en una historia de víctimas de las mujeres que termina en un escenario de reparación heroica. El fetichismo es fundamentalmente una crisis estética: así como la Medusa que petrifica a quien la mira al rostro; el niño, conmocionado por la diferencia genital de su madre con él, expone tal realización en su cuerpo. Se pone rígido (como aterrorizado y como erecto); visualiza el vello púbico repleto de serpientes (o penes) en el pelo de la cabeza de su madre. En otras palabras, el cuerpo y el sensorium del niño producen representaciones del pene castrado perdido de la madre; el fetiche es aquello que representa el objeto, su presencia y su ausencia. Su magia es que protege al niño de experimentar una pérdida absoluta. Con frecuencia, es algo que el niño asocia con el piso debajo del vestido de su madre u otras superficies asociadas con ella (zapatos, bordados, pieles). Como tal, el fetiche permite que el deseo sea controlado, manejable, comprendido, significado y también excluido por la forma material. Además, el fetiche no es único ni singular, como el pene; siempre se puede poseer, reproducir, reemplazar y recolectar. Por lo tanto, abarca el valor y la falta de valor, y construye el deseo a través de la agresión y la protección. Pero las contradicciones y complejidades que motivan el fetichismo están ocultas por el objeto fetichizado. Si originalmente el fetiche marca un evento traumático, su disponibilidad para la reproducción lo separa del evento, lo descontextualiza en una pura forma y permite al fetichista quedar absorto en un tiempo presente abstracto marcado por la repetición, la fascinación y la perplejidad analítica.

La sublimación del deseo sexual en objetos que reemplazan al(los) original(es) también, paradójicamente, protege al objeto original, al proteger el apego del niño de cualquier desestabilización futura. De hecho, en los ensayos de Freud sobre la psicología del amor, sugiere que los hombres que no han superado con éxito el trauma Edípico producirán elecciones de objetos adultos que tenderán a la sobrevaloración del objeto amado o la degradación de una serie de mujeres inadecuadas. (Estos son los dos lados del fetichismo en su análisis). Aquí, como en todos lados, sugiere que las relaciones antitéticas del deseo, tanto la idealización como la repulsión, pueden figurar formalmente en realidad el mismo motivo para la circulación del deseo. Con frecuencia, sugiere que la ambivalencia fundamental, la bisexualidad y/o la incoherencia de los impulsos humanos motivan el formalismo del deseo; pero, él dice, la "civilización" requiere su repudio y sublimación para el bien de la normalidad heterosexual. Freud escribe: “El resultado final del desarrollo sexual radica en lo que se conoce como la vida sexual normal del adulto, en la que la búsqueda del placer cae bajo el dominio de la función reproductiva y en la que los componentes instintivos, bajo la primacía de un zona erógena única, forman una organización firme dirigida hacia un objetivo sexual adjunto a algún objeto sexual extraño"[15]. En la medida en que este “objeto sexual extraño” permite al sujeto deseante negar su ambivalencia en pro de la consecución de la normalidad sexual e íntima, su deseo es fetichista. Es decir, el fetiche reproduce la estructura general del deseo, que es una actividad que tiene como objetivo reiterar placer al encontrar sustitutos para un objeto perdido o inestable.

El relato de Freud sobre el acceso de las niñas a la feminidad heterosexual a través de la edipalización "inversa" tiene toda la cualidad de una mala copia; a veces sostiene que el proceso simplemente se transpone, de modo que la identificación de la niña con su madre y la catexis de objeto en su padre vienen en crisis con la misma combinación de agresión y masoquismo que encuentra en los niños. También argumenta que las niñas no están tan motivadas como los niños para pasar de la edipalización a la disciplina del superyó porque ya las niñas están siempre castradas y, por lo tanto, no son estimuladas por su amenaza. Esto le sugiere a Freud que las mujeres, por lo tanto, desarrollan super-egos más débiles, un sentido de justicia más endeble, un sentido de sí mismas más contingente y deseos patológicos y desorganizados con más fácilidad.

Sin embargo, Freud escribió muchas cosas durante su carrera que no son del todo coherentes. Sobre el masoquismo femenino, por ejemplo, también ofreció un análisis político. Sostiene que las mujeres poseen una corriente de agresividad erótica inducida por amenazas, solo que de manera menos intensa que los hombres, pero que no existe un lugar socialmente confirmado para ello, ningún drama en el que la agresión femenina acumule valor social[16]. Dado que el deseo siempre encuentra un objeto a través del cual puede sustentarse, incluso a costa de una enorme falta de reconocimiento; tal agresión tenderá entonces a volver a su origen, la mujer. Esta explicación social del "masoquismo femenino" contradice la centrada en el parentesco que hemos estado rastreando y marca la tensión interna en la obra de Freud que continúa en el psicoanálisis contemporáneo. Esta incoherencia no necesariamente deslegitima al psicoanálisis como tal; sino que tipifica un problema general que caracteriza all pensamiento sobre el poder y la subjetividad en los contextos capitalistas modernos; donde "el individuo" tiende a ser visto paradójicamente, como un ser impulsado por apetitos y estructuras excitadas por el mundo como fuerza soberana y autónoma en relación con las instituciones en constante cambio de la vida social. Pero el psicoanálisis también ha demostrado que la propia incoherencia en la ambivalencia se encuentra con la incoherencia de los objetivos y demandas sociales de maneras que se reflejan entre sí o inducen múltiples fantasías de alivio y reparación. Se ha sugerido que la falta de adecuación es un espacio infranqueable o una aporía cubierta por la ideología, que produce con tanto éxito sujetos que ven el mundo desde una perspectiva de sus propias historias individuales, que las otras explicaciones más estructurales de la subjetividad parecen violar la especificidad y singularidad de la identidad de cada individuo en el mundo[17]. El compromiso de la teoría crítica con el deseo también ha movilizado palabras como "exceso", para rechazar el "sentido" que la ideología da a las explicaciones que no son coherentes con un modelo individualista de deseo soberano, y que potencialmente posibilita transformaciones más mutuamente estructuradas de sujetos y mundos. No hace falta decir que ha habido muchos trabajos feministas críticos centrados en el beneficio masculino a partir de conceptos como la envidia del pene y la falta femenina, que organizan gran parte de lo que Freud tiene que decir sobre el deseo de las mujeres. Pero, ¿significa esto que Freud no tiene conocimiento, después de todo, sobre lo que quieren las mujeres? ¿Son sus ficciones de orden psíquico principalmente síntomas de un malestar misógino más general de principios de siglo o de un imaginario genéricamente patriarcal? Esta posición se ha discutido enérgicamente. Siguiendo a Donald Winnicott que sostiene que la ambivalencia fundamental de los sujetos deseantes hacia sus "objetos" es solo eso, ambivalencia. Si un aspecto de la respuesta del sujeto a la violencia de su separación traumática originaria es la experiencia de la enigmática otredad del amante; el sujeto que desea, no obstante, conserva el deseo de reconocer su intimidad como una persona, un sí mismo único. Porque incluso si, cuando alguien desea, el motivo es el dominio del Otro deseado; también se da el caso de que las personas buscan reconocer al Otro como un sujeto, porque solo bajo estas condiciones los humanos pueden recibir verdaderamente el reconocimiento que anhelan. El modelo de deseo de Benjamin está, en el fondo, mucho menos organizado por las antinomias de la diferencia sexual de lo que tienden a estarlo los modelos psicoanalíticos. Finalmente, Jacqueline Rose sostiene que el trabajo de Freud muestra poderosamente que la diferencia sexual (identidad de género heterosexualizada) nunca alcanza pureza o estabilidad. Siempre produce ansiedad y recae en la incoherencia. O, como sostiene el propio Freud, "la masculinidad y la feminidad puras siguen siendo construcciones teóricas inciertas de contenido incierto"[18]. No se ha inventado una teoría general poderosa para resolver estas diferentes lecturas del género, la sexualidad y el deseo en el psicoanálisis[19].

Un resultado de la organización erótica que postula como más débil el de las mujeres, es decir, no haber desplazado y condensado el amor traumatizado de la madre en una parte del cuerpo frágil y excesivamente simbolizado; es que las mujeres son consideradas incapaces de fetichismo. Dado que se ha demostrado que el fetichismo es una estructura central de la sexualidad "normal", la falta de relación de las mujeres con él en el psicoanálisis tradicional ha contribuido a la sensación de que las mujeres son histéricas o narcisistas con trastornos en relación a los objetos que desean. Teresa de Lauretis, Naomi Schor, Emily Apter y otras contrarrestan esta implicación. Schor sostiene que existe un fetichismo femenino, y que reconoce el juego de presencia y ausencia, agresión e idealización, trauma y plenitud entre quien ama y quien es amado en el modelo clásico del deseo fetichista; pero como la "castración" de la mujer es un hecho, las mujeres pueden tener una relación irónica con sus repeticiones eróticas, pueden admitirlas sin impugnarlas ni ser violentas hacia ellas.[20]

De Lauretis argumenta, en cambio, que hay una especificidad en el fetichismo lésbico. Si el fetiche marca la pérdida traumática de la totalidad corporal para quien ama donde la proyecta sobre la diferencia corporal valorada negativamente de quien es amado, entonces el deseo lésbico tiene que crear sus propios marcadores estéticos de "diferencia" deseada y amenazante, porque las distinciones entre amantes femeninas no pueden ser mapeados en cuerpos sexualmente "diferentes". Por lo tanto, arguye, la castración es irrelevante para las lesbianas. Como resultado, la fantasía intersubjetiva juega un papel más importante en la producción del amor lésbico. En contraste con las teorías freudianas y feministas heterosexuales del deseo, que ven el amor principalmente como una fantasía fetichista que oscurece el objeto mismo del deseo que lo anima, la versión de De Lauretis del fetichismo lésbico requiere que dos amantes que fantaseen juntos.[21] La estética erótica que generan produce una frontera íntima, un espacio de distinción y diferencia corporal, que su deseo cruza y vuelve a cruzarse, pero no para destruirlo u ordenar el proceso inestable del deseo. Para De Lauretis, la “perversión” fetichista del deseo de amor lésbico es productiva, no destructiva.

 

Hemos estado rastreando la relación entre las teorías freudianas del deseo infantil y su repetición postraumática en la vida adulta. Hemos visto, hasta ahora, que: incluso si la libido no tiene género, cada género está asociado con formas particulares de representar y procesar las presiones ambivalentes de la energía pulsional, ya sean generadas por la bisexualidad o por los traumas de separación y castración infantiles. También hemos visto que la idealización, la agresión y la melancolía, así como las "perversiones" del masoquismo y el fetichismo, que parecen parte integral de la carrera ordinaria del deseo, ya que lucha y falla continuamente para encontrar objetos ideales sobre los donde reposar. El formalismo del deseo produce así la perversión y se manifiesta en narrativas que apuntan a la normalidad pero, paradójicamente, nunca llegan a realizarla; incluso el deseo "normal" opera de manera incremental, ensayando incansablemente sus objetos.[22]

Esta puede parecer una conclusión melancólica, especialmente si su sueño de deseo se sustenta en una combinación particular de placer y satisfacción. Sin embargo, como sostiene Eve Sedgwick, incluso si el deseo no logra encontrar objetos adecuados para su objetivo, sus errores aún pueden producir placer; la crueldad fundamental del deseo es una fuente de creatividad que produce un nuevo optimismo, nuevas narrativas de posibilidad, incluso inventiva erótica.[23] Sin embargo la mayoría de la gente no experimenta conscientemente los beneficios de las vicisitudes de sus deseos. Esto se debe en parte a que frecuentemente confunden su deseo de comodidad y autodesarrollo de un amor confiable, con el deseo de un grado de estabilidad y no ambivalencia que la intimidad en vivo rara vez puede sostener. Además, se educa a las personas para que reconozcan como valiosos solo aquellos deseos que se forman dentro de las instituciones y narrativas que refuerzan las convenciones y las tradiciones de lo correcto. Aprenden, además, a tener miedo a las consecuencias de un deseo que se adhiere a demasiados objetos o a objetos considerados "malos"; ya sea que se encuentren anhelando personas ilegítimas o simplemente incómodas para su sexualidad, raza, clase, etnia, religión o estado civil.

Así, aunque las formas que adopta el deseo pueden ser infinitas, una trama domina escenas de fantasía y expectativa adecuadas. Es una trama en la que los patrones del deseo infantil se convierten en una trama de amor que será suturada por las instituciones de la intimidad y la fantasía de la continuidad familiar que vincula el pasado histórico con el futuro a través de cadenas de parentesco elaboradas en fluidas y continuas relaciones. En los Estados Unidos, esta trama ha sido estética y legalmente preferida, aunque ha sido ampliamente adaptada; y como un sueño de lo que la vida debería proporcionar, el deseo por el amor convencional sigue siendo bastante fuerte en muchos campos de la diferencia social. Ya hemos visto que el mundo público de identidades de género fijas organizadas por la heterosexualidad se basa en la propagación exitosa de la creencia de que la sexualidad y el deseo "normales" no sólo son posibles, sino lo único imaginable, natural y correcto. También hemos visto que, para los heterosexuales solteros o no reproductivos y para los gays, lesbianas, bisexuales y sujetos transgénero, los costos de no acceder a narrativas de vida normativamente sexualizadas es tan ordinario como extremo, que va desde la vergüenza hasta el castigo corporal por parte del estado carcelario y los ciudadanos.

 

Psicoanálisis, sexo y revolución.

El mundo del comportamiento íntimo convencional fue objeto de un potente ataque durante las revueltas radicales de la década de 1960; de hecho, no estaríamos estudiando la categoría "deseo" hoy si no hubiera sido una palabra clave en las luchas políticas anti-institucionales de aquel período. Los usos que dieron a la categoría "deseo", activistas radicales sociales europeos y estadounidenses en y después de 1968 suponía, como presumía Freud, que cada persona es un sitio de energía sexual que fluye constantemente (y por lo tanto, potencialmente radicalizante). Tales activistas radicales no pensaron, sin embargo, que el fracaso del deseo de encontrar objetos apropiados fuera en absoluto inevitable. En cambio, se centraron en librar la sexualidad de su sublimación deformante en el trabajo alienado, la normalidad social y o la indiferencia político.[24] Además, se consideró que el deseo necesitaba ser rescatado de su forma paródica en el discurso publicitario, donde estaba tan hiperbolizado y banal que se pensaba que agobiaba a las personas, las hacía paradójicamente excitadas, aburridas y complacientes[25]. Esta es la razón por la que gran parte de la construcción de la  cultura sexual radical utilizó tácticas de vanguardia brechtiana, hacer extrañas y cambiar las formas en que se pensaba que se tomaba el deseo. (Véase, por ejemplo, el requerimiento de Laura Mulvey de que la vanguardia feminista "destruya" las formas del placer visual, ya que su historia está saturada de misoginia; la emancipación sólo se produciría cuando la estética del valor animada por el deseo ya no se valorizara ni se reprodujera en la subordinación de la mujer)[26]. Por eso también la "revolución sexual" colocó la emancipación del "deseo" o goce (la energía de las pulsiones que está en exceso al ego racional, identidades fijas o instituciones normativas) en el centro de muchos trastornos políticos; es decir, contra la familia burguesa, la sexualidad conyugal, la relación del estado con los ciudadanos, la explotación, el racismo y el imperialismo, el lugar de la religión y la educación en la vida social y el lugar del cuerpo en la política. El dicho feminista “Lo personal es político” buscaba reiterar la centralidad del deseo en la vida y con frecuencia se imaginaba que las poderosas fuerzas del deseo de-sublimado, liberado o redirigido tenían el poder de derribar intimidades convencionales injustas y sociedades enteras.[27]

Aunque su historia como conquistador del deseo podría haber posicionado al psicoanálisis como una herramienta central en la reconceptualización radical de la sociedad, la profesión en ese momento fue objeto de críticas generalizadas por servir a los intereses de las instituciones estatales y sociales patriarcales, capitalistas, imperialistas y racistas; incluida la familia represiva y normalizadora que configura el mundo de la epistemología psicoanalítica.  ¿Cómo podría una ciencia del sujeto individual tener efectos adversos de tan gran alcance? Las críticas adoptan diversas formas. En primer lugar, el psicoanálisis se encargó de enmascarar sus distinciones normativas —entre hombres y mujeres, y entre sexualidad normal y anormal— como naturales. Estas clasificaciones “científicas” naturalizadas se desplegaron luego en argumentos contra la legitimidad de los alterados (en apetito) sexualmente; mujeres heterosexuales, gays, lesbianas, pobres urbanos y personas de color. Además, las jerarquías implícitas en estas clasificaciones se utilizaron en argumentos imperialistas.[28] También se pensó que la jerarquización de la "civilización" imperial sobre la "barbarie" de los colonizados había tenido implicaciones para la supremacía política dentro de las fronteras nacionales. La subordinación simbólica y material de los llamados grupos degenerados —personas de color, judíos, empobrecidos y mujeres— parecía requerir teorías de degeneración psicológica, deficiencia o debilidad, y la sexualidad era un recurso primordial para quienes buscaban evidencia “científica”.[29]

Otro aspecto de la crítica también fue importante para los activistas de la década de 1960; el psicoanálisis estaba disponible para una apropiación destructiva, porque algunas versiones se basaban en una confusión entre laa noción de sujeto universal o abstracto y el concepto de sujeto sexual normal o "saludable". La "psicología del yo" freudiana, una variante estadounidense que afirma que se fomenta la adaptación del sujeto infeliz a la normalidad, era el objetivo principal aquí. Algunos pensaban que Wilhelm Reich, R.D. Laing y otros analistas radicales de la subjetividad ofrecían nociones más liberadoras, progresistas y no normativas de “salud mental”.[30] Las jerarquías de valor protegidas por el pensamiento universalizante fueron un blanco importante de los filósofos y pensadores radicales del momento; la profesión psicoanalítica fue, en consecuencia, condenada por tratar de producir sujetos genéricos, universales o "burgueses", individuos que leen el mundo sólo desde la perspectiva de su propia individualidad y que aprendieron a entender su vida únicamente en términos de dinámica familiar, que no estaban capacitados para verse a sí mismos como sujetos marcados por los contextos impersonales y personales de la historia, la intimidad, el poder y el deseo. Se sostenía que las nociones universales de "hombre" fundamentales para la filosofía moderna y otras disciplinas habían tenido efectos materialmente dañinos sobre la subjetividad en general, especialmente para aquellos que eran considerados irrepresentable en el idioma de lo normal/universal.[31] Al producir conocimiento "científico" que legitimó estas normas de personalidad imperial y sus jerarquías de especies, el psicoanálisis no se consideraba diferente de muchas de las ciencias humanas y disciplinas académicas.

Al mismo tiempo, se desarrollaron otras respuestas más ambivalentes a la crítica radical del psicoanálisis. Muchos críticos, especialmente de las humanidades académicas, argumentaron que el psicoanálisis como institución (e incluso Freud como lector de su propio trabajo) en realidad tergiversó sus propias conclusiones, ya que produjo dos modelos contradictorios de deseo. Una podría ser descrita por las categorías antes mencionadas de diferencia sexual y rol familiar opresivamente tradicionales, relaciones edípicas y envidia del pene. El potencial radical, por el contrario, emana del modelo de flexión, plegado y torsión constante de incoherencia de la actividad libidinal, todo lo cual sugiere: 1) un modelo de sujeto deseante que está descentrado o inestable; donde la "identidad" en sí misma, ya sea sexual o de género, es, por lo tanto, un proyecto siempre fallido, ya que siempre es aspiracional y está determinado por objetivos múltiples, diversos y divergentes;[32] y 2) que las energías libidinales ahora encaminadas a producir versiones restringidas de lo normal/identidad universal e individuada podrían redirigirse hacia sociabilidades y mundos más expansivos y generosos.

En las próximas páginas continuaremos con una última perspectiva: que las ansiedades e inestabilidades del deseo puedan tener consecuencias socialmente transformadoras, para bien y para mal. Muchos de la teoría del deseo formada psicoanalíticamente que han seguido esta línea de pensamiento reformulan las formas en que los deseos reprimidos y convencionalmente mal reconocidos distorsionan destructivamente las relaciones sociales y personales. La "identidad" es, en este último punto de vista, un espejismo. Un espejismo del ego que te da un "yo" y un nombre para protegerte de ser abrumado por los estímulos que encuentras, y/o un espejismo del orden social, que te enseña a renunciar al exceso y la ambivalencia de tu deseo para que puedas ser inteligible bajo la disciplina de las normas que hacen que las jerarquías de valor social parezcan naturales al enraizarlas en la estructura pseudo-natural de la diferencia sexual heterosexual.

Jacques Lacan y teóricos sociales que piensan con su obra, han reflexionado sobre esta versión del espejismo de la identidad estable. Lacan define “el sujeto” como un efecto de la angustia que genera la asunción de una identidad dentro de lo que él llama el Orden Simbólico. Desde este punto de vista, la producción de sujetos con identidades que los particularizan es idéntica al proceso de su conformación por la ideología, esto no significa que no exista el enigma de la personalidad; sino que las personas encuentran su forma, su “yo” dentro de la fantasía, que incluye la proyección de deseos imposibles sobre los objetos de amor para una estabilidad previa y soportable, y la mediación de normas que los hacen socialmente inteligibles. La identidad es como un caparazón de tortuga en el que el sujeto sigue estirando el cuello para ver si es posible moverse, y hacia dónde; una forma de localizar, proteger, enmascarar y disciplinar a la persona.

Para armar este argumento, Lacan reinterpreta la escisión en la escena del deseo primario que ya hemos trazado en la obra de Freud. Una vez que el infante se ve obligado a conocer su diferenciación del mundo, experimenta la fragmentación traumática, la inestabilidad de todo, el abandono y la pérdida del dominio; y al mismo tiempo, el bebé recuerda mal su vida anterior, como una experiencia de plenitud o integridad corporal. Sugiere que la bebe recuerda mal porque no solo la condición anterior estaba desorganizada, insaciable y libidinalmente sin zonificación; sino que también la "memoria" del estado anterior, que en realidad era solo un sentido afectivo y no algo que normalmente entendemos como memoria, no era si quiera posible antes del evento de la ruptura. Por lo tanto, la "memoria" de su forma perdida se constituye retroactivamente a la manera de que todo deseo y memoria son, a través del aplazamiento, el retraso, el desplazamiento y el desvío, lo que Freud llama Nachträglichkeit. Lacan lo llama Imaginario del estado de auto-continuidad y totalidad mal recordados; y define lo Simbólico como la condición de fragmentación traumatizada en la que el sujeto -bajo amenaza de pérdida absoluta/castración- debe intentar, pero nunca asumir cómodamente, el lenguaje y la identidad para manejar el ambiente y hablar de su deseo (para la madre, y luego para los reemplazos posteriores).

Lo Real lacaniano, que representa el límite insoportable e insimbolizable que se siente pero que siempre se pasa por alto, presiona al sujeto para que desconozca la angustia del sin sentido que, sin embargo, la acecha en la búsqueda de fundamentos o anclas en los objetos. Lo Real, podría decirse, ejerce presión sobre las pulsiones en encontrar objetos para amar; pero esos objetos, ligados a lo Simbólico, son siempre insuficientes para la presión de la fantasía que mantiene la pulsión hacia ellos. Pero si se siente que lo Real, lo Imaginario y lo Simbólico parecen ligados al tiempo, la presencia y la memoria. El sujeto afirma que experimenta estos estados como si ocurrieran en orden cronológico: primero, el Imaginario, vagamente recordado como el momento de completa seguridad antes de la ruptura traumática, el deseo y el lenguaje instalados; luego lo Simbólico, el tiempo postraumático de la ansiedad individual, el deseo y el habla, así como el espacio de la cultura, la ideología, la jerarquía y la abstracción del Derecho patriarcal. Lacan sostiene, sin embargo, que como lo Imaginario y lo Simbólico son simultáneos en el espacio del inconsciente del sujeto, pero no idénticos entre sí, su falta de ajuste produce los sentimientos fluctuantes y contradictorios de abyección, grandiosidad y ambivalencia que la sujeta está destinada a reconciliar como "su" deseo por el resto de su vida.[33]

Lacan describe lo Simbólico como construido alrededor del Nombre abstracto y todopoderoso del Padre (piensen en el Mago de Oz, antes de que se revele como un simple mago ordinario). Esta metáfora paterna tiene una serie de funciones: en contraste con el padre perfecto que el niño cree que tiene, el Nombre del Padre es esa autoridad abstracta que define las Leyes de la jerarquía cultural a través del lenguaje, reprime las fuerzas que desestabilizan el orden, vincula las relaciones sociales  y la jerarquía individual a través de la masculinidad, organiza el valor fundamentalmente en torno a la diferencia sexual. La obra principal de Lacan comienza en el momento posterior a la Segunda Guerra Mundial, y el Nombre del padre puede leerse como una descripción de las monumentalizantes tecnologías fascistas del deseo, pero la base de influencia pedagógica de Lacan se expandió radicalmente en la era de la "revolución" del 68; una nueva generación radical adoptó sus formas de describir el lenguaje, el deseo y la violencia a pesar de que tal generación estaba contrapesando a un momento diferente en las prácticas del capitalismo transnacional. Aquí, la definición del deseo como una propiedad del lenguaje se sutura a una visión del deseo como un sentimiento organizado experimentado y fundamentalmente como una propiedad de la diferencia sexual y la sexualidad.

En contraste con la descripción literal de Freud sobre la ansiedad de castración en el centro de la diferencia sexual y el deseo heterosexual, Lacan se centra en el drama de la castración simbólica en la producción de identidad y el deseo que fluye excediéndola. He descrito el "Nombre del Padre" como el lugar de la Ley en el orden simbólico de la cultura. Está representado por el falo que une la separación de los sexos a la autoridad de la verdad abstracta. Lacan retoma los escenarios simbólicos y anatómicos de la castración a través de una distinción entre falo y pene, en la que el término simbólico (falo) significa todas las relaciones de posesión que se pueden tener el deseo con el objeto: el pene (tenerlo o no tenerlo, serlo [portarlo o simbolizarlo] o no). Pero ¿cuán abstracto es el falo? Muchos han argumentado que el falo como figura de la Ley se basa en el pene anatómico para darle forma y apuntalarlo[34]. Sin embargo, en esta versión de la diferencia sexual, no son solo las mujeres en la falta están subordinadas a los regímenes sociales masculinistas. Los hombres también están subordinados a la masculinidad fálica. Al mismo tiempo parece existir una continuidad referencial convencional entre los signos, simbólico y el carnal; la masculinidad se ve constantemente amenazada por la fragilidad de su vínculo. En términos edípicos, esta prueba es incesante, porque el hijo varón nunca podrá tener la "madre" que ha perdido. Debe poseer objetos de amor sustitutos y usar la Ley/lenguaje para dominar la ansiedad creada por la ambivalencia, ya que esa ansiedad en sí misma es la medida de su insuficiencia de ser un género correcto. Para Lacan, por lo tanto, la diferencia sexual no se organiza en torno al pene y la vagina, sino a la ansiedad de género. Ni el hombre ni la mujer "poseen" jamás el falo: sólo puede representar la pérdida y el deseo. En términos lacanianos, sin embargo, sólo la mujer representa al objeto a: el inalcanzable Otro que siempre supera el valor fálico que se supone que representa. Los hombres viven enteramente en lo Simbólico, en la medida en que viven el privilegio y la carga de identificarse con/como la Ley.

Esto sugiere una dolorosa contradicción dentro de la masculinidad, por la misma lógica que autoriza que el pene sea mal reconocido como el falo o la ley sentencia a los hombres a experimentar ansiedades de adecuación y los dramas del fracaso. El precio de la jerarquía es la inestabilidad en su base. Entonces, ¿cómo nos ayuda el psicoanálisis a ver la contingencia que desautoriza los dominios del privilegio masculino? Lacan sostiene que si el “inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un espacio en blanco [u] ocupado por una falsedad”, el material censurado esta escrito en monumentos como los síntomas que se representan en el cuerpo, en archivos de memoria y huellas aparentemente impersonales que adquieren valores insólitos, como los recuerdos de la infancia, en las presunciones del lenguaje y la tradición, y en las normas narrativas[35]. La masculinidad en particular implica la creación del tipo de espejismo de identidad que representa un impostor o farsante. La solidez de la actuación exitosa asegura el aura de masculinidad como una presencia fija y monumental[36]. Sin embargo, también sabemos que la ambivalencia, la ansiedad y otras formas de excedente sexual nunca se absorben completamente en la economía gerencial de la identidad de género; en la simbología de la masculinidad convencional, la incertidumbre y la agitación se proyectan con frecuencia sobre las mujeres o la "Mujer", que se transforma negativamente figurada como origen de una amenaza a la masculinidad y positivamente como tentación, más fetichistamente, como resolución a la ambivalencia.

En contraste, Lacan sostiene que en la relación de una mujer con objeto fetiche, lo que se convierte en el deseo masculino ordinario es una relación de enmascarada; ella debe usar la máscara para ser inteligiblemente femenina, pero como no está completamente absorbida por lo Simbólico, ella puede revelar más o menos la artificialidad de su máscara. Esto esta en contraste directo con el impostor que el hombre identificado como hombre debe ser para oscurecer la diferencia entre su pene y el falo; debido a que el impostor debe parecer natural en la identidad que expresa, puede haber muy poco "juego" en la expresión de la masculinidad. Pero, sostiene Lacan, si las mujeres están subordinadas por la amenaza que representan la autoridad del falo/pene también son el exceso, la diferencia irreductible, que el régimen no puede manejar. A este material exorbitante, que se asocia a la “Mujer” y excede el orden Simbólico, se le llama también jouissance y abyección; ese afecto sublime que rompe o desborda la estabilidad del sujeto en el lenguaje, la identidad y por tanto también en la sociedad[37]. En esta conceptualización, las mujeres están posicionadas para generar un tipo de lenguaje, ley y deseo radicalmente diferente[38].

Ha habido una vasta literatura de respuesta feminista a Lacan desde dentro del psicoanálisis, argumentando que la abstracción "el Nombre del Padre" es en realidad solo la ideología de la supremacía masculina en forma monumental bastante buena, o argumentando que si una forma de identidad patriarcal requiere "Mujer" para reflejarlo entonces "Mujer" es, después de todo, la poseedora de la Ley[39]. Además, la presunción heterosexual de su modelo de deseo ha generado una crítica incisiva[40]. El falo del pene también ha formado de manera productiva el trabajo feminista y LGBTQ; dado que las reglas culturales de inteligibilidad y valor que sobreorganizan el deseo en relaciones de identidad no se consideran invariablemente vinculadas a cuerpos particulares (por ejemplo, el falo no es igual al pene) como en Freud; y dado que el enmascaramiento y la impostura parecen describir las relaciones de las personas con la identidad de género, se ha sugerido que el género y la sexualidad son realmente los efectos de la identificación o la citación[41]. También se ha utilizado para explicar por qué las sexualidades vivas y las encarnaciones no normativas sexualmente racializadas representan una amenaza tal para los intereses de los poderosos. Los hombres adoptan la masculinidad citando las prácticas normativas que notan que hacen los hombres; lo mismo ocurre con las mujeres; lo mismo ocurre con los heterosexuales que movilizan las clasificaciones de género convencionales[42]. Pero, inevitablemente, el sujeto sexual siempre dejará de ser genérico[43]. En este sentido, el vínculo entre el género convencional y el fracaso se siente melodramático y frívolo: ¿cuáles son las consecuencias si intentas "citar" las prácticas normales identificadas con tu género y fracasas (piensen en Superman, La casa de la alegría, The Bluest Eye, Vértigo, Los chicos no lloran)? ¿Qué pasaría si logras darte un género demasiado perfecto, asumiendo tu identidad de género como un fetiche, un sustituto monumental que intenta reprimir la ansiedad por la vulnerabilidad, la pérdida y el fracaso (piensen en Drácula, Madame Bovary, Blade Runner)? El escenario dramático de desempeño aspiracional de género que acabo de esbozar, es la vida cotidiana para muchos. ¿No es este escenario de género y deseo también la historia moderna del romance adolescente (como escribe Thompson en Going All the Way)?

La visión anti-normativa de Judith Butler de la sexualidad, que se desprende de este tipo de preguntas, sostiene que si las leyes de la identidad sexual y del género son colectivamente "mal citadas" o distorsionadas por los sujetos decaídos o marginados que rechazan la subordinación a ellas, entonces Las cánones de representación de tales leyes y sus normas pueden cambiar[44]. De hecho, la centralidad del fracaso, la negatividad y los éxitos parciales en la lucha para que el género proporcione la base que promete, es decir siempre falla; es la condición para su transformación simbólica y práctica. Pero una visión histórica de este escenario optimista nos recuerda cuánta variación performativa puede absorber un régimen dominante en su dominio normativo para que estos cambios en las citas sobre el género reverberen como una crítica social de la ley y para otros sujetos, un contexto político que los amplifique y los vincule a otras necesidades de prácticas transformadoras. Además, como se sugirió anteriormente, no todos los hombres viven el privilegio del “falo” patriarcal de manera idéntica; ni la ficción de "Mujer" en el Simbólico limita o marca a todas las mujeres de la misma manera, el racismo, el colonialismo, la heteronormatividad, los derechos de clase y otras formas de jerarquía interfieren con la fantasía que la diferencia sexual tiene un significado universal[45]. A pesar de su relación crítica con la tradición psicoanalítica, los pensadores de la genealogía lacaniana tienden a trabajar dentro de su tendencia aplanando la diferencia en escala, intensidad y valor que los diferentes tipos de eventos tienen sobre un tema. En cualquier caso, vemos aquí una transformación importante en la historia de la idea de la subjetividad: el modelo apasionante de racionalidad universal que define al sujeto paradigmático de la Ilustración es suplantado por un modelo de lo humano que no solo está desestabilizado por impulsos conflictivos y poderosos, sino por las exigencias contradictorias de la identidad misma. La política sexual apuesta a que estas contradicciones pueden volverse productivas en lugar de paralizantes y repetitivas, dadas las condiciones materiales adecuadas para la práctica y la conciencia transformadora.

Otra tradición vital del pensamiento antipsicoanalítico critica al psicoanálisis en nombre de la irregularidad, el exceso y la incoherencia del deseo, pero esta vez la crítica se centra en ir más allá totalmente de las nociones del yo corporal o de la identidad. Centrándose en la superficie o las trayectorias topográficas del cuerpo, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Elizabeth Grosz y otros hablan sobre la forma en que los apegos que engendra el deseo reorganizan constantemente el cuerpo en un estado(s) de "devenir", que a su vez radicalmente remodelan el cuerpo como una zona erótica, una zona de significado, valor y poder[46]. Utilizan el lenguaje de la “desterritorialización” y la “reterritorialización” para describir el proceso por el cual el deseo deshace la zona de identidad y luego se rehace según el modo en que aterriza en un nuevo espacio y lo “civiliza”. En esta visión, el deseo se adhiere a formas que, a su vez, inciden en el sujeto deseante, reorganizando su auto-relación, cambiando la forma y los espacios de su deseo. Cuantos más apegos, más transformación: la "rizomática" del deseo produce un modelo de afecto encarnado que se ramifica constantemente. Desde esta perspectiva, la sexualidad genital ya no tiene que organizar los sentidos corporales, así las historias personales como las políticas se abren a prácticas más allá de la violencia de la forma de identidad “molar” (supuestamente unificada y acotada) y el deseo institucional.

Las nociones capitalistas de producto y ganancia, que han intensificado su organización y explotación del cuerpo durante el último siglo, también serían derribadas por esta noción del sujeto que se convierte en una entidad fuera de la prisión edípica triangular “Mami-Papi-Yo” de psicoanálisis. Esta forma radical de leer la construcción del sujeto por su deseo, no sólo rechaza la visión de que el sujeto es un núcleo infantil traumatizado anudado por la compulsión de repetir una organización erótica normativa, sino que también produce modos de lectura de la sensación que hacen que el afecto del sujeto supere inevitablemente los códigos normales y propios que intentan organizarla, a medida que se mueve por el mundo, se ve impactado y diferente en el evento de sus encuentros. Por otro lado, como hemos visto, el incansable impulso del deseo hacia la búsqueda de espacios y formas siempre se cumplirá si no se ve superado por las formas coercitivas y seductoras de propiedad, la virtud y la disciplina que organizan las sociedades; y la voluntad individual no puede disolverlas por la fuerza o teóricamente. Entonces, ¿cuál es el estado de los excesos del deseo para el orden individual o social? ¿Se puede decir algo general al respecto?

Preguntas como esta han puesto bajo fuego el concepto de "deseo" en sí mismo como una herramienta política o analítica útil. Críticos como Michel Foucault y Gayle Rubin sacan el deseo individual del centro del análisis de la sexualidad. Y en cambio, se centran en las prácticas de las poblaciones que se vuelven socialmente visibles en campos de poder institucionalmente complejos, como ciudades, prisiones, clínicas y naciones. La sexualidad no surge naturalmente de los sujetos, en opinión de Foucault. Es un campo de prácticas normativas corporales y afectivas con las que se les proporciona a los sujetos  identificarse y sobre las que se les proporciona el hablar a la iglesia, al estado, a la profesión médica y especialmente a los psicoanalistas. Es producido por las relaciones institucionales e ideológicas entre experiencia, conocimiento y poder. Una cultura de confesión individualista pero con inflexión institucional ha crecido para engendrar la "sexualidad" que, dice Foucault, es una forma de discurso sobre el "deseo" y las prácticas genitales que se dice que lo expresan; sostiene que los órganos principales de la cultura moderna de la sexualidad son la boca y el oído. Desde esta perspectiva, los impulsos, el deseo y los placeres están sub-descritos por el discurso normativo llamado "sexualidad".

Pero esto no significa que la sexualidad sea simplemente un efecto de la dominación institucional implantada. Es un concepto historizable y relacional que se remonta al surgimiento de instituciones clasificatorias modernas. Hasta hace relativamente poco tiempo, la identidad sexual ni siquiera era una idea sobre la forma del deseo o una forma de taxonomizar y disciplinar a las personas. Por ejemplo, es posible que siempre haya habido personas con deseos por el mismo sexo y personas que realizaban actos sexuales con personas del mismo sexo, pero los historiadores de la sexualidad nos dicen que las categorías "homosexualidad" y "heterosexualidad" se inventaron en la década de 1890 como parte de un movimiento general para clasificar a los pervertidos o no normales y construir los términos de la individualidad moderna y civilizada a la que ya nos hemos referido. En otras palabras, la unidad del deseo sexual, la identidad sexual y la práctica sexual que los "modernos" dan a finales del siglo XX nunca ha sido un "hecho" de la personalidad en absoluto[47].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amor

 

La entrada sobre "Deseo" se centró principalmente en la organización de la libido en deseos, orientaciones y estilos en relación a objetos fijos. Las explicaciones del deseo fueron organizadas por varios relatos psicoanalíticos de apego, identidad y afecto, y este libro cuenta brevemente la historia reciente de su importancia en la teoría y la práctica críticas. Esta entrada, sobre el amor, comienza con una incursión en la fantasía, alejándose de la escena familiar del psicoanálisis y examinando el encuentro de la fantasía inconsciente con la estructura escénica o teatral de la fantasía normativa. Ya sea visto psicoanalíticamente, institucionalmente o ideológicamente, en esta entrada el amor se considera siempre un resultado de la fantasía. Sin fantasía, no habría amor. No habría forma de atravesar el campo desigual de nuestros apegos ambivalentes a los objetos que nos sostienen, que nos poseen y, por lo tanto, nos despojan de nuestra capacidad para idealizar a nosotras mismas o a otr*s como simplicidades consistentes y benignas. Sin reparar las grietas, la fantasía hace posible no ser destruida por todo ellas.

Buscaremos diferentes nociones del amor a través de algunos de los trabajos sobre el romance en la vida personal y la cultura del mercado, los lugares donde los sujetos aprenden a poblar la fantasía con material fundamental para construir mundos y vidas.

Fantasía

La visión de Foucault de un modo de placer no institucionalizado, sin ataduras a la simbolización, o a las normas; nos lleva a una forma final, se nos dice, que toma la forma del deseo en la teoría psicoanalítica. Este es el concepto de la fantasía. Lo que los freudian*s y los lacanian*s entienden por fantasía no es lo que una podría esperar. En la cultura popular, la fantasía es una narrativa onírica que pone entre paréntesis el realismo, y sin apartarse del todo de él, conecta a un sujeto deseante con su objeto ideal o el objeto pesadilla, mientras que en el psicoanálisis freudiano la fantasía toma la forma de deseos inconscientes que confieren a las imágenes la fuerza de ordenador de los impulsos y, en ciertos casos, convertirlos en síntomas. Laplanche y Pontalis luego se mueven a través de Lacan para llamar a la fantasía el escenario de la promulgación del deseo, un escenario donde el deseo queda atrapado en cadenas de imagen y acción que no son lo mismo que su representación manifiesta.[48]

Esto significa que para comprender la fantasía debemos movernos entre las estructuraciones inconscientes del deseo y las convenciones destinadas a convertirlas en una intención. Después de todo, el mensaje-don fundamental de la cultura popular moderna, “No estás solo”, pretende que este hecho simplemente sea un alivio. Sin embargo, sabemos que este don es abrumador. Se valora a la vez la singularidad del sujeto y sus cualidades generales: se afirma que merece alguna especie de placer que siente tanto como un reconocimiento y como una victoria sobre algo; y que ella es soberana y dependiente de sus objetos para lograr sus metas, entre otras cosas. Todo el conjunto de tendencias se cumplen en cualquier tipo de película de acción, ya sea que el tenor de la supervivencia se a menor o mayor escala.

Si pensamos en el romance como un género de película de acción, donde la intensidad en la necesidad de sobrevivir se traduce en una serie de persecuciones, acciones y pacificaciones dramáticas, entonces el escenario de la trama romántica para la fantasía puede verse menos como meramente convencional, y más sobre la trama de intensidades que sostienen un mundo en el que el inconsciente considera que vale la pena vivir.

Tomemos, por ejemplo, el trabajo que se comercializa como "la mayor historia de amor de todos los tiempos", Lo que el viento se llevó. Los lectores de esta novela y los espectadores de esta película suelen ver la relación de Scarlett O'Hara y Rhett Butler como la perfección de la fantasía romántica; porque cada uno encuentra una pareja apasionada en el otro, y porque aunque su gran amor fracasa, es un gran amor resiste al paso del tiempo y marca a l*s amantes para siempre.[49] No importa que el hombre comprenda completamente a la mujer, mientras que la mujer no tenga ni idea de sí misma o del hombre: de hecho, Rhett es un hombre y una mujer mejor que Scarlett. Lo que el viento se llevó puede extender las normas de género en la búsqueda de objetivos económicos y románticos de los personajes, pero la novela mantiene a lo largo la regla romántica que licencia al hombre usandola como superioridad física y psicológica. Pero una lectura orientada a la escena y a los sentidos de la fantasía en juego en esta obra en particular podría sugerir que el deseo se juega en una compulsión a repetir variaciones de un cuadro de fantasía: un cuadro de amor mutuo a primera vista que siempre conduce a un circuito de batalla apasionada, seducción, decepción y deseo (en este caso, porque siempre que un amante siente amor el otro se siente cruel o a la defensiva). La elaboración de este núcleo en una espectacular historia épica de romance, devastación y supervivencia con el telón de fondo de la Guerra Civil estadounidense, y especialmente la marcha de Sherman por la tierra arrasada del sur, refleja la trama personal en lo política. Todo esto sugiere que, en Lo que el viento se llevó, el romance heterosexual y el nacionalismo soberana requieren de la fantasía para hacer su magia en l*s sujet*s, generando un optimismo que juega tanto a la ambivalencia como al rechazo a la complejidad.  Lo que el viento se llevó narra la compulsión a repetir como una relación entre una utopía sensual (aquí, la Confederación, intimidad romántica) y un revuelto de obstáculos que hay que dominar narrativamente para que la utopía se vuelva a abordar. La escena del deseo y sus obstáculos se erotizan mucho más que al  amor que parece para motorizar todo. "Mañana es otro día", la famosa perogrullada del texto, convierte la escena fantástica del amor por las personas y los mundos en una escena de amor por el cliché, por la repetición misma.

Este tipo de cambio interpretativo del deseo de pareja a la erótica de una escena de encuentro con la fantasía requiere reposicionar al sujeto deseante tanto como espectador y como participante en su propia escena de deseo, y sugiere una especie de duplicidad que el sujeto debe tener en la propia relación de búsqueda de su propio placer.  John Berger ha sugerido una versión de esta relación de duplicidad: debido a que las mujeres son los objetos primarios de la sexualización en la cultura heterosexual, aprenden a identificarse tanto como sujetos deseantes como objetos de deseo. Berger ilustra esta división con el cuadro de una mujer que camina a través de una habitación e imagina, mientras lo hace, ser observada moviéndose por el espacio.[50] Pero la afirmación psicoanalítica sobre el sujeto como espectador de su deseo es aún más móvil y fragmentada de lo que permitiría Berger. La centralidad de la repetición en el placer y de la postergación del deseo coloca a la sujeta deseante en su historia y también la convierte en una lectora de su historia. Estas dos formas, la actuación y la interpretación, permiten al sujeto que desea volver a habitar su propia trama simultáneamente desde un número de puntos de vista imaginarios.

“La fantasía y los orígenes de la sexualidad” de Laplanche y Pontalis ha sido especialmente influyente para establecer esta visión de la especificidad del trabajo de fantasía en la producción del deseo.[51] Argumentan que las fantasías son escenas en las que el sujeto se traduce inconscientemente para experimentar, de múltiples formas, el deseo librado por el trauma sexual originario y los apegos paradójicos y ambivalentes que genera. La fantasía dona un sentido de coherencia afectiva a lo incoherente y contradictorio del sujeto; proporciona una sensación de continuidad confiable en medio del flujo de intensidades y apegos; y permite que la falta de sincronía y la desigualdad de estar en el mundo ordinario a la vez generen un enclave psicótico seguro, mantiene la apertura del sujeto a las perturbaciones ordinarias de la experiencia.

Pensar así sobre las manifestaciones de la fantasía es cambiar la forma en que hemos ido definiendo al sujeto sexual y deseante. Ya no estamos negociando únicamente en un pasaje de deseo entre el infante y su madre, o el adulto y los objetos sexuales que luego vienen a sustituir a la madre perdida traumáticamente. Nos centramos ahora en el espacio del deseo, en un campo de escenas, cuadros, episodios y acontecimientos. La fantasía es el lugar donde el sujeto se encuentra ya negociando lo social. El origen de la fantasía todavía podría ser el trauma de la separación infantil, esa es una teoría. Independientemente de cómo expliquemos sus orígenes, está claro que la subjetividad que genera el deseo es fundamentalmente incitada por estímulos externos que hacen mella en el sujeto. La alteración afectiva puede reensamblar la forma habitual de una o en cualquier número de formas o elaboraciones; en estilos personales de seducción, apegos ansiosos o confiados, confusión, vergüenza, temor, optimismo, placer dirigido por un* mism* o por otr*s, para decir algunos. O en historias sobre quién es y qué quiere, historias a las que se aferra para poder re-encontrarse consigo mismo como sólido y próximo a ser idealizable.

Por tanto, a menudo se dice que el formalismo del deseo sirve muy bien al sujeto que desea; aunque el deseo es anárquico e inquieto, los objetos a los que se apega el deseo estabilizan al sujeto y le permiten asumir una identidad suficientemente estable. En este modelo una persona es alguien que se crea retroactivamente; sabes quién “es” solo interpretando a dónde ya ha pasado su deseo. Pero ya hemos visto que tu deseo no te lleva a un objeto predestinado, que reparará el trauma (de separación materna, de diferencia sexual) que te puso en tal viaje en primer lugar. El deseo es práctico: toma lo que puede conseguir. El deseo tiene mala vista, para decirlo de alguna manera; recordemos que el objeto no es una cosa, sino un conjunto de inversiones fantásmaticas en una escena que se representa a sí misma como ofreciendo algo que tracciona, no una solución a las irreparables contradicciones del deseo. En tu nombre, en un esfuerzo por liberarte del abandono al autoerotismo, o, más precisamente, para restaurar tu autoerotismo en la sociabilidad, tu deseo reconoce erradamente un objeto dado como aquello que te devolverá a algo que sientes efectivamente como un agujero en ti. Su objeto, entonces, no expresa de forma transparente quién “es”, sino que dice algo sobre lo que necesita para anclarse en el espacio y el tiempo. Mientras tanto, la historia de tu vida se convierte en la historia de los desvíos que toma tu deseo.[52]

El texto clave de esta línea de pensamiento de Freud, “un niño está siendo golpeado”, propone que cuando el sujeto fantasea con escenas de deseo, ellas toman múltiples posiciones en esas escenas. En este caso, una paciente dice que escucha a un niño siendo golpeado en la habitación contigua, y ella se identifica con quien golpea, con quien es golpead*, con quien es espectador*, con quien escucha a escondidas. Cada una de las posiciones de la escena de la fantasía se conecta con un aspecto diferente de los sentidos del deseo del sujeto y el sentido de poder; la grandiosidad de la fantasía permite al sujeto saturar mentalmente toda experiencia y todo sentimiento. Anteriormente describí las formas en que la narrativa romántica convierte la ambivalencia erótica en una experiencia serial al espaciar el deseo, los obstáculos y la superación romántica en los intervalos del tiempo narrativo. El modelo pos freudiano de la fantasía como escenario del deseo proporciona otra forma de representar la ambivalencia sin sus tensiones internas: en lugar de rastrear objetivos en conflicto entre los diversos tipos de apego que siente el sujeto, la forma escénica de la fantasía permite al sujeto deseante producir un serie de interpretaciones que no tienen por qué ser coherentes narrativamente, pero que sin embargo componen la escena. Este modelo del sujeto exige una lectura como se hace con una fotografía o un jeroglífico; requiere múltiples hilos de narración causal. Esto es lo que Freud quiso decir con sobredeterminación: estar sobredeterminado es verse a una misma y a sus objetos de interés como el punto de convergencia de muchas fuerzas. Este modelo de causalidad múltiple de una cosa explica cómo, a pesar de nuestros afectos y pensamientos salvajes, conservamos un sentido fantasmático de fiabilidad y solidez; explica cómo podemos mantener ideas contradictorias sobre quiénes somos nosotr*s mism*s y nuestros objetos sin colapsar o volvernos psicóticos.

Tomemos, por ejemplo, el escenario de la ambivalencia íntima por excelencia: la infidelidad. En la vida real de la intimidad normativa, las diferentes relaciones llevadas a una proximidad competitiva en la infidelidad se revelan con frecuencia a través de cuadros o escenificaciones. Alguien entra en una habitación en el momento equivocado; o alguien no puede sacar de su mente la imagen del sexo adúltero; alguien no puede olvidar el aspecto de la habitación cuando finalmente supo la triste noticia. El amante infiel puede estar ocupando múltiples posiciones en la escena: el amante, el amado, el culpable, el agresor, el agente, la víctima. Si quien traiciona opina que está engañando porque su relación principal le ha fallado miserablemente, está usando la lógica de la narrativa romántica para dividir la escena de ambivalencia: pareja angustiada, infidelidad feliz. Pero si quien es descubierto o sorprendido o confeso insiste a su pareja y su amante que ninguna relación tiene nada que ver con la otra; está argumentando desde la lógica de la fantasía, protegiendo todas las posiciones como sitios de su propio deseo. Su explicación no puede ser calificada de falsa si el errante sexual experimenta la escena de esta manera: ni es verdadera en el sentido de que la interpretación explique adecuadamente la maraña de motivos, ni los  impulsos que produjeron sus actos. Es por esto que la fantasía y la narrativa romántica generalmente se describen mejor como estructuras de la realidad psíquica, ni verdaderas ni falsas en lo que respecta a los hechos, sino afectivamente verdaderas en la medida donde la compulsión a la repetición que la organiza es la realidad a través de la cual el sujeto proyecta el deseo y procesa la experiencia.[53]

Como ocurre con todas las formas de excitación, este modelo de fantasía implica una teoría del sujeto. Pero repudia por completo el modelo del sujeto cuyo deseo es la verdad de su identidad y cuyas acciones son la expresión de su deseo. En cambio, el sujeto (de la fantasía) podría leerse como el lugar donde la fragmentación del sujeto producida por el trauma primario se expresa a través de la repetición. Esta es la visión freudiana y dirige nuestra atención al drama de las pequeñas diferencias a través de las cuales el sujeto intenta dominar sus inclinaciones "normales" y sus inclinaciones "perversas". Pero también se puede decir que la escena de la fantasía revela la falta de coherencia fundamental del sujeto, a quien se le ejerce violencia por las demandas de las formas de la identidad, y que puede representar una competencia entre el deseo del sujeto de ser reconocido su propio objeto y su deseo de destruir el objeto que desea.[54] Cualquiera de estos modelos (dominio, impulsos destructivos / reparadores) pueden verse en las formas donde el sujeto adopta patrones con respecto a sus objetos. En cualquier caso, debido a que las personas se distinguen a sí mismas, a sus íntimos y a la historias por sus estructuras particulares y estilos de repetición; el sujeto se vuelve coherente y habita su identidad solo cuando repite un apego a una escena que presenta su autorrealización. Pero, ¿cómo entendemos esto en términos más políticos o sociales? Foucault sostiene que las ideologías de lo normal convierten a ciertos sujetos en una “población” a través del estado taxonómico, las jerarquías corporeizadas del capitalismo y las prácticas médicas, legales, educativas y religiosas. Los sujetos que se vuelven inteligibles dentro de estos regímenes de normatividad son ejercitados para repetir la identificación con formas de fantasía particulares, es decir, son incitados a identificarse con algunas repeticiones y estilos por sobre otros. En este sentido, la promesa de pertenencia social arroja ideologías ilustradas de felicidad, autonomía individual y unicidad, y la libertad en términos de convencionalidad normativa. Como resultado, algunos críticos argumentan que incluso las relaciones sociales normalizadas o convencionales pueden ser perversas, en el sentido de que su cumplimiento puede implicar fantasías implícitas o subdesarrolladas de oponerse a las convenciones sociales. En esta tradición de pensamiento marxista / psicoanalítico, las convenciones mismas son marcadores de posición para las políticas deseadas así como para la transformación personal más allá del horizonte de las apariencias ordinarias y las sensaciones inmediatas de pertenencia.[55]

 

Deseo, narrativa, mercaderías, terapia

 

Fotograma de Marnie (dir. Afred Hithcock, 1964)

Marnie (1964) de Alfred Hitchcock cuenta la historia de una mujer que parece odiar a los hombres, pero que usa su aptitud y su belleza de una manera que tiene la estructura de una seducción. Eficiente en la oficina y fríamente llamativa, embruja tanto a sus jefes que, vulnerables por el deseo, relajan sus reglas de gestión a su alrededor. Cuando manifiestan esta doble vulnerabilidad, se fuga con su dinero. Esta es la historia de fondo de la primera escena de la película: entramos mientras la policía entrevista a un Sr. Strutt, que ha sido tanto avivado como estafado por Marnie (interpretada por Tippi Hedren). Esto es lo primero que él, o cualquiera, dice sobre ella: “Esa pequeña bruja. La haré encerrar durante veinte años. Sabía que era demasiado buena para ser verdad. Siempre tan ansiosa por trabajar horas extras, nunca cometió un error, siempre bajándose la falda hasta las rodillas como si fueran un tesoro nacional.”

Llamarías a Marnie una simple seductora, si no fuera porque su juego de confianza siempre excede más allá de la escena del crimen, hacia otros lugares perturbados, hacia espacios de poder antitético y la abyección. Cada vez que roba cambia de identidad, se toma unas breves vacaciones para montar su preciado caballo y le lleva regalos y dinero a su madre; quien cree que ha triunfado legítimamente en el mundo financiero.

¿Qué se hace con este patrón, con esta mujer? Al principio pensamos que Marnie podría ser malvada. En los cinco primeros minutos antes de que la película muestre su rostro, muestra su cuerpo restaurando su estilo femenino y eligiendo entre varias identidades legales. El hecho de que la feminidad sea el escenario de su disrupción se refleja en la manera donde esconde las tarjetas fraudulentas del Seguro Social, en el compartimento secreto de un bolsillo dorado. Pero inmediatamente despueso vemos que Marnie ha sido objeto de un trauma, y que su rutina repetitiva es una forma tortuosa de seducir, no a los hombres, sino a su madre: para amarla, protegerla, aceptarla, reparar sus bloqueos para manifestar el amor maternal. Resulta que Marnie mató a un hombre cuando era joven, un cliente borracho y amenazante de su madre prostituta, y su madre asumió la culpa. El recuerdo medio reprimido por la amnesia traumática de Marnie, el silencio frío y protector de su madre sobre el evento está constantemente representado por síntomas como ataques de pánico, pesadillas y frigidez sexual, que a diferencia de la propia Marnie, nunca parecen mentir.

 

Figura2

Fotograma de Marnie

Pero Marnie se encuentra con un hombre, su pareja. Además de dirigir un negocio, Mark Rutland (interpretado por Sean Connery) estudia los instintos animales (zoología, entomología y biología marina) y se especializa en generar "confianza". Se enamora de Marnie durante el primer ataque de pánico que presenció, y cuando se entera de las formas criminales con las que ella ha hecho “pagar” a los hombres por el sexo que nunca tuvieron, paga las deudas de los robos de ella. Mas adelante, Rutland se enfoca en solucionar el problema sexual de ella: explota el miedo a ser encarcelada para atraparla en un matrimonio donde, finalmente, la viola en la habitación de luna de miel. Luego, adquiriendo rápidamente algunos conocimientos psicoanalíticos, a través de libros como Sexual Aberrations of the Criminal Female, Frigidity in Women y The Psychopathic Delinquent and Criminal, obliga a Marnie a desistir de su aversión a la intimidad y a pedirle ayuda. A cambio le permite que su historia "real" salga a la luz y lograr asi la curación a través de la conversión narrativa del trauma en amor.

Las líneas finales de Marnie en la película, "No quiero ir a la cárcel, Mark. Quiero quedarme contigo”; confirman tanto de forma paródica como la sincera sensación del marido, que el romance y las ciencias psicológicas utilizan prácticamente la misma convención para ayudar a un sujeto incapacitado, quien desea pero no puede lograr entrar en alguna trama amorosa. En este contrato, un sujeto maestro le dice a otro más vulnerable que él le permitirá asumir una identidad plena y sustentable si ella se dedica por completo a habitar la escena íntima que él mismo preparó para ella. Al principio, Marnie rechaza los términos de este intercambio, designándolos como herramientas que utilizan el dinero y el poder institucional para promover los derechos sexuales de los hombres. Como Marnie comenta burlonamente: "Tú, Freud, yo Jane". Pero Marnie también sugiere que para estar sana la mujer debe concluir al consentimiento del contrato normativo íntimo, es de hecho la condición de su felicidad, y los términos de sus protestas anteriores eran parte de su enfermedad mental. Marnie hace esto al llegar a creer que, sin sentido alguno, el juicio y el amor de Mark producirán en ella una ruptura clara con el pasado y así volver a ella su "propia" historia. Esta fantasía de reparación narrativa sugiere que el psicoanálisis es la ciencia de la historia traumática y demoledora del deseo, mientras que el romance implica un pensamiento mágico sobre el futuro del deseo. No importa que Hitchcock haya visto toda esta resolución irónicamente o que se haya identificado sádicamente con ambos protagonistas. Lo que importa es que esta transferencia de la epistemología del síntoma a la de la reparación a través del amor de género es convencional, y no se lee como vanguardia o ininteligible.

La distribución de género de las formas terapéuticas de Marnie sugiere que las narrativas convencionales y las instituciones del romance comparten con el psicoanálisis muchas funciones sociales y socializadoras. Como sitios para teorizar e imaginar el deseo, manejar la ambivalencia; designar al individuo como la unidad de transformación social; reducir el abrumador mundo a un espacio intensificado de relaciones personales; establecer dramas de amor, sexualidad y reproducción como dramas centrales para la vida; e instalar las instituciones de la intimidad (más explícitamente la pareja del matrimonio y la familia intergeneracional) como los lugares adecuados para proporcionar la trama de vida en la que un sujeto tiene “una vida” y un futuro. Que estas formas sean convenciones cuya propiedad imaginaria sirve a una variedad de instituciones religiosas y capitalistas no significa que el deseo del amor romántico sea un deseo ignorante o falso. De hecho, estas convenciones expresan necesidades importantes para sentirse libre de conflictos y poseer alguna zona donde la intimidad pueda florecer. Pero en los Estados Unidos modernos, y en los lugares donde influyen sus formas mediáticas, en diferentes grados, el mundo de la fantasía del romance se usa normativamente, como una regla que legisla el límite entre un modo legítimo y valioso de vivir / amar y todo lo demás. La reducción de la posibilidad legítima de la vida a una confabulación es la fuente de los efectos aterrorizantes, coercitivos, vergonzosos, manipuladores o simplemente menguantes del amor romántico, tanto en la imaginación como en la práctica.

 

*

Lo más importante de este ensayo es abordar las maneras en que las fantasías de amor romántico y de la terapia plantean las normas de género y sexualidad como amenazas para el florecimiento de las personas y, sin embargo, son ellas mismas parte del problema para el que se ofrecen como solución. No es sólo que el psicoanálisis haya tendido a organizar el mundo en torno a la escena que privilegia las formas de encarnación, de ansiedad y autoridad que sirven a los intereses de los hombres heterosexuales al mantener un privilegio (inclusive contingente); y al mismo tiempo, el romance popular sin pretender ser ciencia, ordena el mundo en torno a experiencias heterofeminizadas y de deseos de intimidad.

En cada discurso, la/el/* otr* sexual se considera, a priori, emocionalmente inadecuado. Por supuesto, las personas de cualquier género rara vez o casi nunca habitan estos ideales total o inequívocamente[56]; pero estos ideales, no obstante, marcan los horizontes de la fantasía y la identidad completa mediante las cuales las personas llegan a medir sus vidas o procesar sus confusiones. Las instituciones e ideologías del amor romántico / familiar declaran a las mujeres como árbitros, fuentes, gestoras, agentes y víctimas de la intimidad: las tramas (confabulaciones) amorosas que saturan la esfera pública son vehículos centrales para reproducir la feminidad normativa o “genérica”. En el próximo apartado de nuestra investigación sobre el deseo/fantasía, nos concentraremos en su mercancía romántica; primera, en algunas de sus formas narrativas popular, y segundo, en tres tipos relacionados de cultura popular que organizan los significados convencionales de deseo, género y sexualidad: la cultura de la terapia, la cultura de la mercancía y la cultura política liberal.

 

*

En este libro hasta ahora el deseo apareció como una energía ambivalente organizada por procesos de apego. Manifiesta un impulso enormemente optimista para generar un contacto íntimo sostenido. Pero también se dice que sus formas típicas están motivadas por el trauma psíquico, asociado con la perversión y el masoquismo melancólico; y estructuradas por dramas de incesto, castración, vergüenza y culpa. En la cultura popular del romance, tal inestabilidad y ambivalencia siempre están moldeadas por el cinturón del amor. Estos dramas siempre se forman en relación a una fantasía donde el deseo, en forma de amor, hará la vida más sencilla, no más desequilibrada. Chico conoce a chica, chico pierde chica, chico consigue chica; esta es la secuencia genérica estructural de innumerables narrativas a la vez alto y bajo (a veces con los géneros invertidos).[57]

Las formas de fantasía que estructuran el discurso popular del amor expresan constantemente el deseo de que el amor simplifique la vida. El contenido de estas narrativas es, en cierto sentido, solo una variación superficial de un tema construido de manera estrecha; el blanqueo clarificador del amor se expresa positivamente, en historias de amor de ojos radiantes; y negativamente, en narrativas que rastrean el fracaso en la intimidad en tonos fúnebres de tragedia o tonos mordaces de un realismo cínico. Incluso cuando la ambivalencia organiza una narrativa, manteniendo el deseo y la negatividad en espacios reducidos, el amor a menudo se menciona como la cosa decepcionante que debería haber estabilizado estos impulsos antitéticos. Así, en el deseo de romance, las tramas amorosas insisten en una ley para el deseo. Incluso cuando la ambivalencia organiza una narrativa, manteniendo el deseo y la negatividad en espacios limitados, el amor a menudo se menciona como la entidad decepcionante que debería haber estabilizado estas pulsiones antitéticas. Así, en el deseo de romance, las tramas amorosas insisten sobre la ley para el deseo. Pero la ley es, como siempre, contradictoria. En la retórica popular del romance, el amor es algo muy frágil, un supuesto altruismo en un mundo lleno de yoes; y sus tramas también representan la compulsión de repetir escenas de transgresión, crueldad y control, así como su resolución en algo trascendente, al menos por un momento, en algo consolador, quieto, estabilizado.

Las pseudo claridades de la diferencia sexual juegan un papel importante en la convencionalización de esta relación de riesgo y fantasía. Las tramas amorosas están marcadas por el anhelo que el amor tenga el poder de lograr que el ser amado sea transparente y, por lo tanto, un lugar seguro en el que colocar el propio deseo sin temor a sus habituales efectos perturbadores. El tropo de "amor a primera vista" expresa este deseo también: cuando te vi, fue como si hubiera vivido toda mi vida en un instante, entonces supe mi destino. El bestseller contemporáneo The Bridges of Madison County expresa este conjunto de deseos, pero no porque sean convencionales sino por el marco narrativo de la autora ficticia que marca la historia como un repudio revolucionario de una cultura que se ha endurecido ante el potencial transformador y la autorrealización del amor. Sus protagonistas, Robert Kincaid y Francesca Johnson, no experimentan el amor a primera vista, pero se sienten tan inexorablemente atraídos el uno por el otro que pronto “saben” que toda la historia humana ha trabajado para unirlos y brindarles un conocimiento mutuo instantáneo. Para expresar el sentimiento que finalmente el amor les trajo lo que se supone que el amor debe traer a tod*s, el libro usa un lenguaje fantasmal y obsesivo. Porque el sentimiento de amor que ambos habían apreciado y abandonado a medida que envejecían y estaban decepcionados, ahora regresa como un fantasma, un cuerpo transparente que l*s atormenta, e infunde espíritu en sus vidas. Cuando hacen el amor, lo que hacen durante unos largos días antes que regrese el marido de Francesca, toda la vida material se disuelve en "forma, sonido y sombra"; su lenguaje se descompone en "sonidos elementales pequeños e ininteligibles”.[58] La perfecta asocialidad de su intimidad significa que cuando Robert deja a Francesca pueden experimentar el mutuo amor por el resto de sus vidas como un objeto perfecto, un fantasma animado que era fiel al propio deseo de ell*s.

El deseo que expresa esta novela es la burda estructura del romance popular, que un hombre se acerque a una mujer y la comprenda sin un sondeo agresivo; donde él puede ser crítico de la masculinidad sin avergonzarse de la misma o de sí mismo; que sea capaz tanto de la dureza como de la delicadeza, y que esto proporciona un contexto para que la mujer se experimente a sí misma en libertad como él la experimenta. La historia donde el amor es invulnerable a las inestabilidades de la narrativa o la historia, y es una red bellamente formada de reciprocidad lírica; es la médula ideológica de la heterosexualidad moderna. Permite que la heterosexualidad se interprete como una relación de deseos donde se expresan los verdaderos sentimientos de las personas. No dice nada de las políticas de las instituciones e ideologías (en Bridges, la comunidad local tiene un olfato sagaz para el adulterio). En la medida en que una historia de amor enfrenta sentimientos líricos sobre la intimidad con los traumas narrativos generados en la vida ordinaria o pública, es participe del género romance. La trama amorosa proporciona una resolución aparentemente no ideológica a las fracturas y contradicciones de la historia. La mezcla de utopía y amnesia que esto sugiere es, como hemos dicho anteriormente, el efecto fetiche de la fantasía.

Pero, ¿qué pasa con las muchas ocasiones en las que el amor no logra sostener un contexto de vida concreto y las identidades que se forman en él? ¿Qué pasa con los momentos en que el otro íntimo permanece tan opaco para el sujeto que lo desea? ¿Por qué la transparencia y la simultaneidad que promete el amor no se consideran automáticamente un espejismo y un fraude, dada la frecuencia con la que este deseo es desmentido por la experiencia? No debería sorprendernos saber que las narrativas de fracasos románticos se dedican, con frecuencia y paradójicamente, a reanimar la creencia en la promesa del amor para estructurar tanto la vida convencional como la vida mágica de la reciprocidad íntima a través de la distancia y la diferencia. Sula de Toni Morrison enmarca dos de esos momentos, en cada uno de los cuales el fetiche de una experiencia transparente y trascendente del deseo está marcado por una pulsión de muerte melancólica extrema y absorbente.

El más famoso es que Sula ha sido llamada una novela lésbica, porque las relaciones entre Sula y su amiga Nel organizan todo conforme a sus propias vidas. (No hay mucho de bueno en sus vidas, excepto su amistad, en realidad; viven durante un período de severa angustia económica y subordinación racial en los Estados Unidos entre Primera y Segunda Guerra Mundial). Debido a que no hay instituciones o ideologías que les brinden un lenguaje y contextos para sostén de su intimidad, y debido a que la heterosexualidad nombra la estructura de la vida para ellas, Sula muere antes que Nel se dé cuenta de que Sula fue su compañera más íntima desde el principio. Nel, luego lanza un aullido elemental (muy parecido a los murmullos de Bridges) que representa la verdad transparente de su amor mutuo, un amor que solo puede vivirse como el recuerdo de algo que no sucedió, después de que la historia haya llegado a su límite.

Por el contrario, Sula experimenta este deseo de transparencia en el tiempo real del amor, pero no con Nel. Sino con su amante, Ajax, el hombre con el que, cuando era adolescente, había experimentado por primera vez la excitación sexual. Más adelante en la vida se vuelven amantes. Para Sula esto significa querer saber todo sobre él, que es lo mismo que querer que sea transparente. Pero el cuerpo de Ajax es un obstáculo para esto, así que durante el sexo Sula fantasea con arrancarle la piel, diseccionarlo capa por capa hasta llegar al ser que está debajo. Frotar su piel hasta que el negro desaparezca, tomar una lima de uñas o un cuchillo viejo para raspar la capa de oro debajo, usando un cincel para abrir lo que queda hasta que el cuerpo se descomponga en sus elementos terrenales[59]. A medida que experimenta esto, su cuerpo se debilita con un orgasmo que se abre, que la expulsa de su propia personalidad, tragada por la violencia sin límites del sexo.

Inmediatamente después de este suceso, Sula se convierte en el amante femenino con trencitas más convencional que se pueda imaginar. Ajax ve esto y huye; ella renuncia y muere de corazón roto. Una vez más la promesa del amor fracasa violentamente, y una vez más son las mujeres las que experimentan la imposibilidad del optimismo (y de la feminidad) ante el abrumador rostro de su fracaso. Sin embargo, también se podría decir que Sula señala un horizonte diferente de posibilidad para el deseo, una forma de intimidad hecha de visiones y olores e intensidades incipientes, más que de sonidos, identidad o lenguaje; esta forma de deseo ignora las instituciones e ideologías convencionales de la intimidad, incluida la heterosexualidad convencional y la familia reproductiva, que en el libro parecen devastar los mismos deseos que sostienen y las sociedades que estructuran.

 

*

Este deseo del amor de ir más allá del mundo conocido de la ley y el lenguaje nos permite considerar la idea de que el amor romántico a veces puede servir como un marcador de posición para un anhelo menos elocuente o institucionalmente apropiado. Una trama amorosa representaría, entonces, un deseo de una vida sin conflictos, donde la agresión inherente a la intimidad no se viva como violencia y sumisión a la disciplina de la propiedad institucional o como desautorización del amor verdadero, sino como algo menos congelado en una identidad o una promesa, tal vez una mezcla de curiosidad, apego y pasión. Pero mientras la narrativa normativa y las formas institucionalizadas de vida sexual organicen la identidad de las personas, estos anhelos se viven principalmente como un deseo de amor para borrar el desenfreno del inconsciente, confirmar el futuro de un yo conocido y disolver los enigmas que lo marcan a los amantes.

El formalismo del deseo de Sula, evidente a lo largo de la novela, encuentra su evidencia más visible en su voluntad de destruir el objeto que ama para comprenderlo. Esto abre otra forma de abordar la lógica del amor romántico. Si, por un lado, el deseo de transparencia en el amor se asocia a producir una profunda calma interna sobre la identidad, por otro lado, el deseo frecuentemente busca y ocupa los extremos del sentimiento. Sula no cree que tenga una fantasía violenta sobre Ajax; ella cree que lo ama, y que el amor significa la emancipación de sí misma, aquí figurada en la materialidad de su cuerpo. Sin embargo, el deseo de Sula de diseccionar a su amante plantea preguntas sobre la relación entre el romance y la pornografía: ¿y si su fantasía se escribiera como el deseo de un hombre por una mujer, de modo que durante el sexo leemos sobre el deseo del hombre de cortar el cuerpo de la mujer? ¿Y si esto fuera una fantasía gay o queer, cómo la leeríamos entonces? ¿Una explicación que utiliza el paradigma del privilegio sexual masculino para explicar la "confusión" del deseo de Sula con las fantasías de violencia "resuelve" estas cuestiones de fantasía, poder, ética, alteridad y los efectos de la generización?

Sharon Thompson y otr*s argumentan que efectivamente no hay diferencia entre las representaciones pornográficas del sexo y las convenciones románticas. Se dice que ambas implican el avasallamiento de las personas por los deseos, y ambas fantasean con escenas de sexualidad utilizando modos de representación realistas. Se ha sugerido que las mujeres usan la fantasía romántica para experimentar la avalancha de estos extremos de la misma manera en que los hombres tienden a usar la pornografía, y que fantasear con sentimientos intensificados puede ser una forma de imaginar la emoción del control sexual o político o su pérdida, o viceversa; una forma de abrumar la propia ambivalencia o inseguridad sexual con un frenesí de representación. También puede ser una forma de experimentar los impulsos perversos sin asumir la identidad de "pervertida". Es cierto que el romance se acerca a los extremos del sentimiento y el deseo a través de un discurso de amor, pero el amor puede concebirse como una forma de manejar la pura ambigüedad del lenguaje y la expectativa romántica. Estas sugerencias dan forma narrativa a nuestra discusión previa sobre el modelo psicoanalítico de la fantasía. En ese contexto, así como aquí, estas posibilidades alternativas de lectura de los géneros sexuales de la fantasía expresan tensiones internas a la sexualidad, y a la heterosexualidad en particular. Pero en la medida en que la heterosexualidad se ha convertido en el lugar principal que organiza el autoconocimiento y el autodesarrollo, las narrativas del deseo de gays, lesbianas y bisexuales deben dialogar con las expectativas utópicas del amor convencional y sus diferentes motivos de fantasía.

**

He estado usando la ficción para darnos una idea de las convenciones narrativas del amor. La ficción proporciona modelos de la relación entre las perspectivas utópicas del amor y su experiencia vivida; y la ficción femenina moderna en particular busca crear sujetos que se identifiquen con la capacidad del amor para superar los problemas de la vida cotidiana. Esto significa que las convenciones narrativas románticas resguardan el seguir creyendo que la feminidad se define a través de una fe no ambivalente en la trama amorosa y al mismo tiempo desarrollar una distancia crítica sobre esa creencia, ya que mide los costos de la sumisión de las mujeres a los hombres (de quienes se dice que tienen menos habilidad e invierten menos en el proyecto de intimidad).

Este último discurso crítico tiene su propio espacio fuera de la novela: la cultura de la terapia. En los Estados Unidos desde la década de 1910, el discurso de amor se ha asociado con la retórica terapéutica en la cultura popular estadounidense. Las columnas de consejos, la pedagogía de autoayuda, los cuentos didácticos, las exhortaciones morales, las autobiografías y los estudios de casos han popularizado el psicoanálisis, silenciando sus discusiones sobre la omnipresencia de la perversión y han buscado ayudar a las personas, especialmente a las mujeres; a ajustar sus deseos y sus propias relaciones con las normas y formas de la vida cotidiana. (La esfera pública de gays y lesbianas prolifera con la autoayuda y la literatura sobre consejos también; estas escenas de representación y consejo ayudan a sujetos sexuales no normativos a intercambiar información sobre la especificidad de sus prácticas amorosas y sexuales, que se superponen no reproducen por completo las normas de la cultura heterosexual).

El discurso de la autoayuda ha tendido a reproducir la escisión en la ideología romántica que hemos estado desarrollando; valorizando la promesa de amor y las obligaciones mutuas de los amantes, supone que los problemas en el amor deben resolverse mediante un ajuste interno, para asegurar de que las formas convencionales pueden permanecer y seguir manteniendo los signos de utópica intimidad. A los individuos se les dice que las ideologías normativas y las instituciones de la intimidad pueden funcionar para ellos, pero hombres y mujeres son especies diferentes que nunca experimentarán el deseo íntimo del otr* en el mismo idioma o con la misma intensidad. Hay “reglas” de seducción y para el mantenimiento del íntimo otr* que deben perseguir, pero sobre lo que es malo ser explícito; la intimidad romántica es una adicción que estimula la debilidad y frena el crecimiento y, sin embargo, es fundamental para la madurez. El sexo debe ser central, pero no demasiado central para amar; las normas de decoro y responsabilidad que organizan las vidas convencionales son correctas, decentes y posibles, pero también aburridas, violentas e incompletas; y, dentro de lo razonable, cualquiera debería conseguir lo que quiere. Esto incluye las normas convencionales sobre la práctica sexual en sí misma;  a medida que las discusiones sobre sexo se han vuelto más públicas, parece que se han normalizado prácticas más variadas a lo largo del siglo XX. Sin embargo, ha permanecido notablemente estable la ideología donde el sexo debe parecer natural; la heterosexualidad parece requerir que cualquier pedagogía entre amantes debe tener lugar lejos del sexo en sí mismo, de modo que la imagen del acto sexual como un acto expresivo de un individuo no ambivalente pueda ser preservado. Esta forma de hipocresía es, actualmente, convencional al sexo. En general, esta ideología está dirigida a las mujeres, a quienes se considera responsables de mantener la comodidad emocional de tod*s en su esfera. Pero la presunción tácita en gran parte de la cultura de la autoayuda es que la intimidad heterosexual está constantemente en crisis y que su supervivencia es crucial para la supervivencia de la vida tal como la conocemos (una afirmación que no es falsa, pero que, por supuesto, no cuenta toda la historia de cómo los deseos son atendidos por la reproducción de la heterosexualidad como una norma que recibe el nombre de Naturaleza).

Cuando las personas cuyas vidas sexuales no se asimilan a las normas organizadas por esta pedagogía, hacen una adaptación de las lógicas del amor romántico, tales personas también pueden adaptar sus vidas a las formas en que  instituciones y códigos morales históricamente han estabilizado y filtrado la amenazante inestabilidad del deseo. Pero dado que, como hemos sugerido, los gays y las lesbianas no han tenido históricamente instituciones que permitan los tipos de estabilidad y repudio disponibles para los heterosexuales, un mayor grado de explicitación pública ha caracterizado las formas no normativas de intimidad. Esto amenaza a los sujetos sexuales tradicionales[60]. Pero este tipo de improvisaciones retóricas y prácticas sobre la vida "normal" del deseo vivido no significa que los sujetos sexuales LGTB no fantaseen con el amor y sus ricas promesas estabilizadoras como lo hacen los heterosexuales. La pareja enamorada es un deseo seductor, la fantasía de estar  emancipado en el  ambiente de la sujeción de la forma. Pero como todas las fantasías que se pueden vivir, requiere un mundo que pueda sostenerlo, un contexto de ley y norma que recién ahora está emergiendo para gays y lesbianas, tal como no existía para las mujeres en general hasta mediados del siglo XX.

Se exhorta a los consumidores de autoayuda a ajustarse a estas normas como si tod*s, o al menos todas las mujeres, tuvieran los mismos deseos estándares; y el hecho de que no encuentren una vida que sustente sus deseos es el tema diario de interminables programas de entrevistas en la televisión y radio, en columnas de chismes y revistas de fans, en Internet y en la esfera pública política. Sin embargo, ese fracaso no se considera una prueba de la imposibilidad de las afirmaciones teóricas sobre el amor: se considera una prueba del fracaso individual. Como resultado, toda una industria produce cada vez más productos terapéuticos que ofrecen estrategias para sobrevivir al deseo. La estética romance forma parte de esa estrategia para vincular el consumo con la supervivencia emocional. La enorme industria de cosas que se sustenta en la reproducción de la fantasía romántica (Bridges, por ejemplo, generó al menos una película, dos CD, siete libros y grupos de lectura en todo el mundo) y simultáneamente des-aisla a los sujetos que sufren de deseo y, sin embargo, los nombra como la fuente y la solución a sus problemas. (¿Cuándo existió el último libro marxista de autoayuda?) Este énfasis empuja a las personas a pensar en sus vidas privadas como el único material sobre el que podrían tener algún control (a pesar de toda la evidencia en contra) a medida que surgen el amor y sus contextos íntimos. Para soportar la carga de establecer el valor personal en general, y especialmente para las mujeres, la cultura popular inicia un conjunto de imágenes contradictorias para establecer la agencia emancipadora. El amor estimula el estancamiento y la libertad; el amor y sus ausencias inducen enfermedad mental/emocional o el amour fou; el amor es terapia para lo que te aflige; el amor es la causa de lo que te aflige. En ese contexto, la psicoterapia aparece como aquello que puede exacerbar o ayudar a curar la enfermedad del amor; los géneros de la cultura popular que ofrecen convencionalismos sabios pueden causar y ayudar a curar la enfermedad del amor tan bien o incluso mejor que la psicoterapia. Tomemos, por ejemplo, la fantasía del romance como terapia que da forma al film art feminista “indie” Ruby Sparks (Dayton y Farris, 2012). Calvin (Paul Dano), un pálido escritor blanco en la tradición de ficción-autobiografía de J.D. Salinger, tiene un enorme bloqueo de escritura. No tiene vida y no puede escribir. Su terapeuta sugiere que, para curar su bloqueo tanto de la fantasía como de la vida, Calvin escriba sobre una persona que puede ver lo que es adorable en su perro despeinado, babeante y confundido por el género (un perro macho que orina en un estilo de perra en cuclillas). Calvin no encuentra cómica ni alegórica esta sugerencia, así presentada. En cambio, sueña con una mujer joven llamada Ruby Sparks que le brinda ese tipo de atención amable al perro abyecto, y luego la escribe como su propia amante que lo ama y acepta por completo. Después de estar brevemente perturbado por las implicaciones psicóticas de darle vida a su Muñeca Real (y sin darse cuenta de los precedentes estéticos de Galatea en adelante), se convierte en un hombre feliz que vive en una burbuja con su chica ideal.

Pero a medida que pasa el tiempo, Calvin encuentra a Ruby (Zoe Kazan) insoportable. La describe como fuerte y artística, pero no puede tolerar su autonomía cuando desarrolla su propia historia; él la reescribe como un felpudo servilmente amoroso, pero también se apaga por su subordinación cuando ella es convertida solo para quererlo. Cuando la revisa de acuerdo con las especificaciones de su deseo, la desea y la detesta, sintiéndose en y fuera de control. ¿Significa esto que es un mal escritor, o un amante ordinario? No puede soportar ninguna revisión más, ninguna versión de lo que fantasea que quiere.

Finalmente, en una escena climática similar a Tales of Hoffman, Calvin se revela a Ruby como un autómata, un no humano bajo su poder. Luego, pasando de científico loco/amo de esclavos a revolucionario sentimental, escribe una página final de la novela que termina con todo, pero no exactamente matándola a ella, o a él mismo. En sus frases finales, proclama que la "historia" presente libera a Ruby para ella misma, y él la entrega a la "libertad". Pero esta libertad de la historia y del control de Calvin resulta, al final, equivalente a su amnesia sobre el control sobre ella. Por el contrario, mientras Calvin pierde a Ruby, conserva el control sobre su memoria. (Véase, en contraste, la trama similar de la película del 2004 de Charlie Kaufman Eternal Sunshine of the Spotless Mind, donde el hombre de mierda y la mujer de los sueños borran sus recuerdos).

Como si admitiera que ella no era más que un marcador de posición para sus proyecciones, Calvin despues escribe una exitosa "ficción" sobre esta mujer "real", llamada, genéricamente, Una novia; que parece ser un éxito. Luego exige a su psicoterapeuta que acepte su fantasía de heteroromance como real; es decir, que acepte que Ruby era de carne y hueso. Pretender liberar el control cuando él está ejerciendo el mayor control; exigir que el mundo de los juicios, en la persona de su terapeuta, ceda su control sobre lo real a la fantasía personal del paciente; y luego mantener su control sobre tod*s y todo como su perdurable y precioso secreto; tal combinación se considera un final exitoso de la terapia de Calvin y la condición bajo la cual surgen poderosos amor y arte.

La fantasía de Calvin de un amor imposible (cuya estructura es incoherente: contingente, contradictoria, agresiva, pasiva, tierna y disociada) ocupa lo que Laplanche ha llamado "un enclave psicótico". Esta separación y desconocimiento es solo la condición del amor ordinario, dada la estructura habilitadora de la fantasía. Lo que hace que esta película en particular sea tan reveladora para nuestros propósitos, es que la cultura terapéutica popular ofrece una forma de aparentar reparar las fracturas intratables dentro y entre las personas, a través de la demanda del amor mismo que a la vez intensifica estas divisiones. Pero la película no cae una vez atado estos nudos. En lugar de eso,

En este alojarse en el género de la comedia romántica, las heridas del amor se curan sin prestar atención a los detalles de la constancia e inconstancia que genera el amor, y sin la aceptación de tratar de vivir en la incómoda sincronía del amor, sino insistiendo en la soberanía de la fantasía. Acepta mi fantasía de amor como nuestro realismo. Esta es como la conclusión a la que también llegó Marnie, pero si en la película de Hitchcock, Marnie es la criminal / paciente que como amante debe aceptar la fantasía de Mark o ir a la cárcel, aquí la solución se considera más justa y satisfactoria para Ruby, porque ella tiene su "libertad"; de Calvin, la memoria y la conciencia.

¿Cuál es la diferencia entre la versión de Calvin de la demanda del amante y la insistencia de un acosador donde ella está en una relación con un objeto involuntariamente? La fantasía, que está en el corazón tanto de la cultura popular como del psicoanálisis lacaniano, es que el amor es el desconocimiento que te gusta, que puedes soportar y el que intentarás seguir consintiendo. Si el Otro acepta tu fantasía/realismo como la condición del encuentro con su propia amarosidad, y si está de acuerdo en aceptar la de los demás, la pareja (podría ser cualquier relación) tiene la oportunidad de luchar para no ser destruida por la presencia agresiva de la ambivalencia, con sus confusiones de recuerdos, proyecciones agresivas y ciegas experimentaciones. Pero no se trata de un acuerdo cínico, sino del acuerdo que la fantasía le permite a cualquier sujeto asumir una posición en una relación sostenida. Sin embargo, y al mismo tiempo, la película también recurre a los géneros populares de comedia romántica para apaciguar la violencia y la incomodidad que inevitablemente sobrevienen cuando la escena del amor busca, pero nunca encuentra, su forma de reposo. La pareja se reencuentra en la escena final de la película. Cuando conocemos a Ruby al comienzo de la película, ella es una pintora sin bloqueos que no está hábil pero tiene mucha confianza en su arte y, por lo tanto, es todo lo que Calvin no es. Sin embargo, al final de la película, Ruby no tiene el talento para sobresalir.

La encontramos descansando en el parque, disfrutando de la lectura de Una novia, el libro que es tanto su propia historia como una historia que su amnesia le impide reconocer como suya. Le pide a Calvin que no arruine el final; él promete no predecir ni anunciar el final, esta vez. Su acuerdo, guardar un secreto y no preguntar qué es, es la base de su amor. El secreto es el secreto del juicio mutuo; pero también él conoce una historia que ella nunca conocerá. No contar el final es no contar el comienzo. Es un “final feliz” para la película, ya que la amnesia y el armario son las condiciones en las que los amantes se posicionarán como fantaseadores mutuos.

El intento de la película de utilizar la comedia romántica para curar la tragedia de lo insoportable en el amor se predice por la puesta en escena de su primera cita real en una película de zombies, a la que sigue una escena donde Calvin sopa en algo se parece mucho a cerebros. Esta broma sobre las condiciones para la felicidad normativa considera que el romance tiene más probabilidades de revitalizar la fantasía zombi del romance heterosexual, de sumergirse en él después de su muerte, que la psicoterapia a la que se somete Calvin a lo largo de la película. La psicoterapia admite que la fantasía es inconsciente; la cultura popular piensa que todo es gesto, estilo, historia y estado de ánimo. Se argumenta que si la experiencia y la memoria hacen mella en el amor, intentamos retener su olor a auto nuevo excluyendo los accidentes que podrían convertirse en acontecimientos perturbadores. Entonces, si la cultura popular se sumerge en los escenarios de la fantasía psíquica que permiten al sujeto soportar la relación perturbada entre lo que Eve Sedgwick llama los gestos reparadores y destructivos del apego a los objetos propios (personas y mundos), también rechaza cualquier historia que no le haga afirmar las propiedades fundamentalmente curativas del amor.

 

*

El uso de la lógica del deseo romántico para neutralizar, al menos simbólicamente, la violencia y la atracción en juego en las relaciones sociales jerárquicas sugiere implícitamente que las estructuras e instituciones de poder siempre pueden ser superadas por sentimientos personales, elecciones personales. No es sorprendente, entonces, que la forma de la mercancía tenga un lugar central en la valorización del deseo convencional o "normal".[61] Las interacciones del capitalismo y el deseo, como ya hemos visto, son extremadamente complicadas y controvertidas. El capitalismo no podría prosperar sin una atención y una estimulación constante del deseo, lo que significa que la centralidad del romance y el sexo en sus estrategias persuasivas crea sujetos simultáneamente preparados para la intimidad convencional y las relaciones generadoras de ganancias del consumo y el trabajo.

Marx nota de una manera clásica que la autonomía mágica de la forma de la mercancía opaca las relaciones económicas, sociales e ideológicas que vivifican en el proceso de su producción. Así también, el discurso cultural de masas del romance opaca, como lo hace un fetiche, las relaciones entre los procesos hegemónicos de la vida colectiva y lo que la gente imagina típicamente como amor. Las personas aprenden a identificarse con el amor de la misma manera que se identifican con las mercancías; las nociones de autonomía personal, consentimiento, elección y realización tan poderosas en el discurso amoroso parecen ser las mismas que las prometidas por el capitalismo nacional. Al mismo tiempo, el romance es un vehículo para comercializar la heterosexualidad como la forma misma de la fantasía, y también el contexto normal en el que se puede vivir la fantasía. Pero no de una manera genérica, la trama del amor heteronormativo es más ideológica cuando produce sujetos que creen que su historia de amor expresa sus sentimientos verdaderos, matizados y únicos, su propio destino personal.

Este aspecto idealista y mercantilizado del romance también ha inspirado algunas formas de relacionar a los pueblos dominantes y subordinados entre sí a través de campos de diferencia y ambivalencia. Como describimos anteriormente, la cultura política liberal sitúa la autonomía individual y el autodesarrollo en el centro del valor de la vida social. La ideología románica participa en este proyecto al presentar el sentir o el sentimiento como la verdad esencial y universal de las personas. Sentir es lo que las personas tienen en común a pesar de sus aparentes diferencias. Así, los liberales han respondido durante mucho tiempo al antagonismo entre los pueblos dominantes y subordinados diciéndole a la cultura dominante que las personas que consideras Otr*s sólo parecen amenazar tu estabilidad y valor por su diferencia; pero ell*s tienen sentimientos también; ell*s también sufren; por lo tanto, somos esencialmente iguales. Deseas lo mismo que “ell*s”, sentirte libre de conflictos, tener intimidad. Si te sientes ambivalente, o en alguna relación de antagonismo y fascinación con los miembros de la población de la que te sientes intensamente alejado, puedes entender tu malestar de la misma manera que entiendes la diferencia sexual bajo la heterosexualidad, como algo que puede ser superado por el deseo y  la cultivada identificación. Mucha gente sostiene que el amor por otr* es una herramienta poderosa para atraer a los grupos marginados al mundo social dominante. Por otro lado, la identificación sentimental del sufrimiento creado por el privilegio nacional, racial, económico y religioso ha coexistido durante mucho tiempo con leyes que discriminan entre formas particulares de diferencia, privilegiando así a unos frente a otros (ver leyes contra el matrimonio interracial, interreligioso o gay, para ejemplo).

 

Conclusión

¿Cuáles son las relaciones entre las pulsiones del amor constructoras del mundo, las fantasías críticas y utópicas allí contenidas, el proyecto del psicoanálisis (la ciencia) y la autoayuda (su cultura popular)? ¿Cómo el regreso constante del sujeto para adaptarse a sí mismo y a sus otr*s íntimos en la escena de su deseo conflictivo habilita y deshabilita las partes difíciles y riesgosas de la transformación social y personal? ¿Cuál es la relación entre la agresividad del deseo y su necesidad de proteger y sostener sus objetos a pesar de exponerlos también a proyecciones, negaciones, idealizaciones; las distorsiones de la fantasía? Además de crear celos, amenazas o superioridad moral, ¿qué podría hacerles a las personas el revelarse a sí mismas y a las demás que sus deseos particulares son insoportables en sus contradicciones, desconocidos en sus contornos potenciales y, sin embargo, exigen reconocimientos confiables y que los confirmen? ¿Cómo podría ser soportable enfrentar las formas en que las respuestas viscerales combinan lo convencional y algo más, tal vez deseos inarticulados o ilegítimos? ¿Qué significa que, inseguras en el deseo, exigimos sin embargo que el otr* esté perfectamente en sintonía con lo que está desentonado? ¿Dónde están las infraestructuras sociales a través de las cuales las personas pueden reinventar su relación con la intimidad y la construcción de la vida organizada en torno a ella de formas que todavía son inevitables o inimaginables?

 

*

Este pequeño libro ha tratado de decir algunas cosas sobre el deseo y el amor; que no existen explicaciones maestras de ellos; que desestabilizan y amenazan las mismas cosas (como la identidad y la vida); que tienen la disciplina de organizar y mejorar; que hay una larga historia de uso de las abstracciones e instituciones del "amor" como signos y sitios de propiedad, de modo que los sujetos "genéricos" imaginados en una trama de amor tienden a ser blancos, occidentales, heterosexuales y educados según los protocolos de privacidad "burguesa"; que estas deficiencias tácitas se han utilizado para justificar la dominación económica y física de naciones, razas, religiones, gays, lesbianas y mujeres. Sin embargo, aquí la historia debe volver al final feliz en el que el deseo se fusiona con el amor que pronuncia su nombre convencional. Incluso ahora, a pesar de todo, el deseo/amor sigue ejerciendo una promesa utópica de descubrir una forma lo suficientemente elástica para gestionar lo que la vida le arroja a los amantes. Al contar la historia de algunas cosas que han sido tocadas por la intensidad del deseo, la fantasía y el amor, el proyecto de este libro es también reabrir lo utópico a más promesas de las que hasta ahora se han imaginado y sostenido.

 

 



[1] See Lauren Berlant, “Intimacy: A Special Issue,” Critical Inquiry 24 (1998): 281–88, and Lauren Berlant and Michael Warner, “Sex in Public,” Critical Inquiry 24 (1998): 547–66.

[2] See Berlant and Warner, “Sex in Public.”

[3] NT: the straight and narrow

[4] See George Chauncey, Gay New York: Gender, Urban Culture, and the Makings of the Gay Male World, 1890-

1940 (New York: Basic Books, 1994); John D’Emilio and Estelle B. Freedman, Intimate Matters: A History of Sexuality in America (New York: Harper and Row, 1988); Elizabeth Lapovsky Kennedy and Madeline Davis, Boots of Leather, Slippers of Gold: The History of a Lesbian Community (New York: Routledge, 1993); Esther Newton, Cherry Grove Fire Island: Sixty Years in America's First Gay and Lesbian Town (Boston: Beacon Press, 1993); and Michael Warner, Fear of a Queer Planet: Queer Politics and Social Theory (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1993).

[5] For a start, see Teresa Brennan, The Interpretation of the Flesh: Freud and Femininity (New York: Routledge, 1992); Jean Laplanche and Jean-Bertrand Pontalis, The Language of Psychoanalysis, trans. Donald Nicholson-Smith (London: Hogarth Press, 1973); Rosalind Minsky, ed., Psychoanalysis and Gender: An Introductory Reader (New York: Routledge, 1996); and Jacqueline Rose, “Introduction II,” in Feminine Sexuality: Jacques Lacan and the Ècole Freudienne, eds. Jacqueline Rose and Juliet Mitchell (New York: W.W. Norton, 1982), 27–57.

[6] See Tania Modleski, Loving with a Vengeance: Mass- Produced Fantasies for Women (Hamden, CT: Archon

Books, 1982); Leslie W. Rabine, “Romance in the Age of Electronics: Harlequin Enterprises,” in Feminist

Criticism and Social Change: Sex, Class and Race in Literature and Culture, eds. Judith Newton and Deborah Rosenfelt (New York: Methuen, 1985), 249–67; Janice A. Radway, Reading the Romance: Women, Patriarchy, and Popular Literature (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1984); Jean Saunders, The Craft of Writing Romance (London: Allison and Busby, 1995); and Sharon Thompson, Going All the Way: Teenage Girls’ Tales of Sex, Romance, and Pregnancy (New York: Hill and Wang, 1995).

[7] For example, see Melanie Klein and Joan Rivière, Love, Hate, and Reparation (New York: Norton, 1964); D.W. Winnicott, Collected Papers: Through Paediatrics to Psychoanalysis (London: Hogarth, 1958); D.W. Winnicott, Playing and Reality (London: Routledge, 1971); and D.W. Winnicott, Home is Where We Start From: Essays by a Psychoanalyist (New York: Norton, 1986).

[8] See Leo Bersani, The Freudian Body: Psychoanalysis and Art (New York: Columbia University Press, 1986); Teresa de Lauretis, The Practice of Love: Lesbian Sexuality and Perverse Desire (Bloomington: Indiana University Press, 1994); Sigmund Freud, Three Essays on the Theory of Sexuality, in The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, trans. and ed. James Strachey, vol. 7 (1905; London: Hogarth Press, 1949), 158–59); and Sigmund Freud, “The Economic Problem of Masochism,” in The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, trans. and ed. James Strachey, vol. 12 (1924; London: Hogarth Press, 1957).

[9] I derive this usage of allo- and auto- from Eve Kosofsky Sedgwick, Epistemology of the Closet (Berkeley: University of California Press, 1990), 59.

[10] Freud, Three Essays on the Theory of Sexuality, 222. See also Jean Laplanche, Life and Death in Psychoanalysis, trans. Jeffrey Mehlman (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1976), 17–21.

[11] See Hélène Cixous, “Portrait of Dora” [1976], trans. Sarah Burd, Diacritics 13.1 (1983): 32 [2–32],

and Adam Phillips, “Freud and the Uses of Forgetting,” in On Flirtation: Psychoanalytic Essays on the Uncommitted Life (London: Faber and Faber, 1994), 22–38.

[12] See Bersani, The Freudian Body, 81–96.

[13] See Sigmund Freud, “The Ego and the Id,” in The Standard Edition of the Complete Psychological Works

of Sigmund Freud, trans. and ed. James Strachey, vol. 19 (1923; London: Hogarth Press, 1961), 32–33,

and Gilles Deleuze, Masochism: An Interpretation of Coldness and Cruelty, trans. Jean McNeil (New York:

George Brazilier, 1971).

[14] Sigmund Freud, “Some Psychical Consequences of the Anatomical Distinction Between the Sexes,” in

The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, trans. and ed. James

Strachey, vol. 19 (1925; London: Hogarth Press, 1961), 256–57.

[15] Freud, Three Essays on the Theory of Sexuality, 197.

[16] See Sigmund Freud, “Femininity,” in New Introductory Essays on Psychoanalysis, in The Complete

Psychological Works of Sigmund Freud, trans. and ed. James Strachey, Vol. 22 (1933; London: Hogarth

Press, 1964), 132–35.

[17] See Slavoj Žižek, “The Spectre of Ideology,” in Mapping Ideology, ed. Slavoj Žižek (London: Verso,

1994), 21 [1–33] and The Sublime Object of Ideology (London: Verso, 1989).

[18] Freud, “Some Psychical Consequences,” 258.

[19] See Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering: Psychoanalysis and the Sociology of Gender

(Berkeley: University of California Press, 1978), Jessica Benjamin, Like Subjects, Love Objects: Essays

on Recognition and Sexual Difference (New Haven: Yale University Press, 1995), and Jacqueline Rose,

Sexuality in the Field of Vision (London: Verso, 1986).

[20] See Naomi Schor, “Female Fetishism: The Case of Georges Sand,” Poetics Today 6 (1985): 301–10; “Fetishism and Its Ironies,” in Fetishism as Cultural Discourse: Gender, Commodity, and Vision, ed. Emily Apter and William Pietz (Ithaca: Cornell University Press, 1993), 92–100; and Reading in Detail: Aesthetics and the Feminine (New York: Methuen, 1987).

[21] De Lauretis, The Practice of Love, 228–86.

[22] See Bersani, The Freudian Body, 63–64, and Kaja Silverman, The Acoustic Mirror: The Female Voice in

Psychoanalysis and Cinema (Bloomington: Indiana University Press, 1988), 1–41.

[23] Eve Kosofsky Sedgwick, “A Poem is Being Written,” in Tendencies (Durham: Duke University Press, 1993), 206–11.

[24] See Alice Echols, Daring to Be Bad: Radical Feminism in America, 1967-1975 (Minneapolis: University of

Minnesota Press, 1989); Herbert Marcuse, One- Dimensional Man (Boston: Beacon Books, 1964) and An Essay on Liberation (Boston: Beacon Books, 1969); and Sohnya Sayers, Anders Stephanson, Stanley Aronowitz, and Fredric Jameson, eds., The 60s Without Apology, special issue of Social Text 9/10 (1984), esp. Stanley Aronowitz, “When the Left Was New,” 11–43 and Ellen Willis, “Radical Feminism and Feminist Radicalism,” 91–118.

[25] See Roland Barthes, The Pleasure of the Text, trans. Richard Miller (New York: Hill and Wang, 1975) and

Sade, Fourier, Loyola, trans. Richard Miller (New York: Hill and Wang, 1976), and George Lipsitz, Time Passages (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1990).

[26] Laura Mulvey, “Visual Pleasure and Narrative Cinema,” in Visual and Other Pleasures (1975; Bloomington:

Indiana University Press, 1989), 14–29.

[27] See Hélène Cixous, “The Laugh of the Medusa,” trans. Keith Cohen and Paula Cohen, in New French Feminisms, eds. Elaine Marks and Isabelle de Courtivon (1975; New York: Schocken Books, 1981), 245–64.

[28] See Partha Chatterjee, The Nation and Its Fragments: Colonial and Postcolonial Histories (New York: Oxford University Press, 1994); Caren Kaplan, Questions of Travel: Postmodern Discourses of Displacement (Durham: Duke University Press, 1996); Ann McClintock, Imperial Leather: Race, Gender, and Sexuality in the Colonial Contest (New York: Routledge, 1995); Doris Sommer, Foundational Fictions: The National Romances of Latin America (Berkeley: University of California Press, 1984); and Gayatri Chakravorty Spivak, “Acting Bits/Identity Talk,” Critical Inquiry 18 (1992): 770–803.

[29] See Sander Gilman, Difference and Pathology: Stereotypes of Sexuality, Race, and Madness (Ithaca:

Cornell University Press, 1985) and Donna Haraway, Simians, Cyborgs, and Women (New York: Routledge,

1991).

[30] See Juliet Mitchell, Psychoanalysis and Feminism (New York: Random House, 1974).

[31] See Luce Irigaray, Speculum of the Other Woman, trans. Gillian Gill (Ithaca: Cornell University Press,

1985) and Monique Wittig, The Straight Mind and Other Essays (Boston: Beacon Press, 1992).

[32] See Brennan, The Interpretation of the Flesh and History after Lacan (London: Routledge, 1993);

Judith Butler, Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity (New York: Routledge, 1990)

and Bodies That Matter (New York: Routledge, 1993); De Lauretis, The Practice of Love; and Jacqueline

Rose, Sexuality in the Field of Vision (London: Verso, 1986).

[33] See Victor Burgin, In/different Spaces: Places and Memory in Visual Culture (Berkeley: University of California Press, 1996), 179–275.

[34] See Jane Gallop, The Daughter’s Seduction: Feminism and Psychoanalysis (Ithaca: Cornell University

Press, 1982).

[35] Jacques Lacan, Ecrits, trans. Alan Sheridan (New York: W.W. Norton, 1977), 46–50.

[36] Joan Copjec, Read My Desire: Lacan Against the Historicists (Cambridge: MIT Press, 1994), 234.

[37] See Hélène Cixous, “The Laugh of the Medusa,” trans. Keith Cohen and Paula Cohen, Signs 1.4

(1976): 875–93; Julia Kristeva, Powers of Horror: Essays in Abjection, trans. Leon S. Roudiez (1980;

New York: Columbia University Press, 1982); and Lacan, Feminine Sexuality, eds. Rose and Mitchell.

[38] Lacan, Feminine Sexuality, eds. Rose and Mitchell, 162–71.

[39] See Rose, “Introduction II,” in Feminine Sexuality, eds. Rose and Mitchell, 27–57, and Slavoj Žižek, The

Metastases of Enjoyment: Six Essays on Woman and Causality (London: Verso, 1994)

[40] See Judith Roof, A Lure of Knowledge: Lesbian Sexuality and Theory (New York: Columbia University

Press, 1991).

[41] See Judith Butler, Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity (New York: Routledge, 1990) and Bodies That Matter: On the Discursive Limits of “Sex” (New York: Routledge, 1993); Lee Edelman, Homographesis: Essays in Gay Literary and Cultural Theory (New York: Routledge, 1993); Leo Bersani and Adam Phillips, Intimacies (Chicago: University of Chicago Press, 2008); and Antonio Viego, Dead Subjects: Toward a Politics of Loss in Latino Studies (Durham: Duke University Press, 2007).

[42] For non-heteronormative patriarchal kinship, see Gilbert H. Herdt, Same Sex, Different Cultures: Gays

and Lesbians Across Cultures (Boulder: Westview Press, 1997).

[43] See Rose, Sexuality in the Field of Vision.

[44] Butler, Bodies That Matter; see also Mary Ann Doane, Femmes Fatales: Feminism, Film Theory, Psychoanalysis (New York: Routledge, 1991).

[45] See Elizabeth Abel, Barbara Christian, and Helene Moglen, eds,. Female Subjects in Black and White:

Race, Psychoanalysis, Feminism (Berkeley: University of California Press, 1997); Lillian Faderman, Odd

Girls and Twilight Lovers: A History of Lesbian Life in Twentieth Century America (New York: Columbia

University Press, 1991); Hortense J. Spillers, “Mama’s Baby, Papa’s Maybe: An American Grammar Book,” Diacritics 17 (1987): 64–81; Spivak, “Acting Bits/Identity Talks”; and Carolyn Kay Steedman, Landscape for a Good Woman: A Story of Two Lives (Newark: Rutgers University Press, 1986).

[46] See Gilles Deleuze and Félix Guattari, Anti-Oedipus: Capitalism and Schizophrenia, trans. Robert

Hurley, Mark Seem, and Helen Lane (New York: Viking Press, 1977); Elizabeth A. Grosz, Volatile

Bodies: Toward a Corporeal Feminism (Bloomington: Indiana University Press, 1994); Camilla Griggers,

Becoming-Woman (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1997); and Elspeth Probyn, Outside

Belongings (New York: Routledge, 1996).

[47] See Chauncey, Gay New York; Janet Halley, “The Politics of the Closet: Legal Articulation of Sexual

Orientation Identity,” in After Identity: A Reader in Law and Culture, ed. Dan Daniels and Karen Engle

(New York: Routledge, 1995), 24–38; David Halperin, How to Do the History of Homosexuality (Chicago: University of Chicago Press, 2002); and Jonathan Ned Katz, The Invention of Heterosexuality (New York: Dutton, 1995). See also Glenn Burger’s Chaucer’s Queer Nation (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2003); L.O. Aranye Fradenburg, Sacrifice Your Love: Psychoanalysis, Historicism, Chaucer (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2002); Louise Fradenburg and Carla Freccero, eds., Premodern Sexualities (New York: Routledge, 1996); Jonathan Goldberg and Madhavi Menon, “Queering History,” PMLA 120.5 (2005): 1608–617; Karma Lochrie, Heterosyncracies: Female Sexuality When Normal Wasn’t (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2005); and Karma Lochrie, Peggy McCracken, and James Schultz, Constructing Medieval

Sexuality (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1997).

[48] See de Lauretis, The Practice of Love; Cora Kaplan, “The Thorn Birds: Fiction, Fantasy, Femininity,” in

Formations of Fantasy, eds. Victor Burgin, James Donald, and Cora Kaplan (London: Methuen, 1986),

142–66; and Laplanche and Pontalis, The Language of Psychoanalysis.

[49] See Helen Taylor, Scarlett’s Women: Gone with the Wind and its Female Fans (New Brunswick: Rutgers

University Press, 1989).

[50] John Berger, Ways of Seeing (London: Penguin

Books, 1972).

[51] Jean Laplanche and Jean-Bertrand Pontalis, “Fantasy and the Origins of Sexuality,” in Formations of Fantasy, eds. Burgin, Donald, and Kaplan, 5–34.

[52] See Sedgwick, “A Poem Is Being Written.”

[53] See Laplanche and Pontalis, The Language of Psychoanalysis, and Kaplan, “The Thorn Birds: Fiction, Fantasy, Femininity.”

[54] See Klein and Rivière, Love, Hate, and Reparation.

[55] See Lauren Berlant, “‘68, or Something,” Critical Inquiry 21 (1994): 124–55 and The Queen of America

Goes to Washington City: Essays on Sex and Citizenship (Durham: Duke University Press, 1997); Fredric

Jameson, “Reification and Utopia in Mass Culture,” Social Text 1 (1979): 130–48; and Oskar Negt and

Alexander Kluge, Public Sphere and Experience: Toward an Analysis of the Bourgeois and Proletarian

Public Sphere (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1993).

[56] See Sedgwick, Epistemology of the Closet.

[57] See the film Boy Meets Girl (dir. Lloyd Bacon, 1938), a tale about the representational conventions and effects of Hollywood’s obsession with romance.

[58] Robert James Waller, The Bridges of Madison County (New York: Warner Books, 1992), 108.

[59] Toni Morrison, Sula (New York: Penguin, 1982), 130–31.

[60] David Sedaris confirms this in the opening of his autobiographical tale, “ashes”: “The moment I realized I would be a homosexual for the rest of my life, I forced my brother and sisters to sign a contract swearing they’d never get married. There was a clause allowing them to live with anyone of their choice, just so long as they never made it official” (David Sedaris, Naked [Boston: Little, Brown, 1997], 235).

[61] For histories of this relation see Eva Illouz, Consuming the Romantic Utopia: Love and the Cultural

Contradictions of Capitalism (Berkeley: University of California Press, 1997) and Kathy Lee Peiss, Cheap

Amusements: Working Women in Turn-of-the-Century New York (Philadelphia: Temple University Press,

1986).

Entradas populares