las penas y las vaquitas
Las penas y las vaquitas
emma song
La calle nunca ha estado más vacía.
Solo quedan ell*s, mirando a lo lejos un corte de ruta a finales de los
noventas en el norte argentino. ¿Quién mira esas largas caminatas contra todo?
Tenía un perrito, no exactamente tenia. ¿Quién tiene algo? Sus pasos se
parecían a los míos pero con un tono más sereno. No había nombres. La mano
estirada sobre su hocico, mi olor, su mirada urbana; esa conciencia radical que
no podía acercarse a la casa de mis padres pero si esperarme a que le lleve
comida. Deje de existir un poco cuando finalmente un día no apareció más. Lo
que parece en el espacio no solo existe, sino que me permite existir también.
Sigo dejando de existir un poco sin esa radical compañía.
“Aunque fue de todos nunca tuvo
dueño” dice la canción de Alberto Cortez de 1974 (Hispavox, Vinilo 7", 45
RPM, Single) presentando una política específica del duelo no humano, nos presenta
un perro callejero como la figura de
libertad y el respeto en el vínculo con otr*s. Libre y conectado a todo.
Libre de la libertad. Estas formas con las cuales establecemos la imaginación
de la otredad parecen tener el foco, y a la vez un límite, en los animales no
humanos que conviven en las ciudades contemporáneas. Esos habitantes que se
mueven libres, pero no de nosotr*s human*s, una ciudad de perros para humanos.
Repasemos:
“Era callejero
por derecho propio;
su filosofía
de la libertad
fue ganar la
suya, sin atar a otros
y sobre los
otros no pasar jamás..”
Merleau Ponty decía que las cosas
nos son accesibles desde el ángulo correcto. ¿Cuál es el ángulo que deberíamos
asumir para mirar un perri? –no me equivoque ni es un enfoque sobredimensionado del uso de las marcas
genéricas que son la entrada a lo humano, sino un uso del uso del lenguaje
“inclusivo” que ya presenta la dificultad epistemológica sobre cómo
tratar/conocer a ese vivo no humano; prestar atención a las marcas genéricas
que dejamos en los animales no humanos es central. El derecho propio de aquel
perri de la canción era ser callejero. Su sí mismo era ser en los otros. La co-habitación
urbana que en las ciudades del sur americano parece tener características al
ser testigos de las decisiones de esos otros humanos. Esta política de la
presencia es imaginada casi utópicamente, las formas de una humanidad que nunca
hemos visto hecha carne, y digo “casi” porque lo perruno se queda en ese resto.
“Su filosofía de la libertad fue
ganar la suya sin atar a otros”, esa forma ideal de una política de la relación
con las otras que reifican los ideales de la modernidad europea. Estar en la
calle dispara la romanización de la pobreza y el exilio, no porque esos perros
no tengan alianzas con el desamparado, sino porque el desamparo es nuestro, es
humano. Yiran como las putas y las maricas, yiran de toda libertad, le hacen un
gesto inapropiable e inapropiado a lo humano. Pero ¿Qué hacemos de esos perros que
creemos que son propios? El derecho propio que se dice en la canción produce un
efecto de naturalización de formas éticas “propias” de lo humano, una extrañeza
enorme. Recordemos también que Alberto
Cortez tiene otras canciones a árboles, a palomas y ponerle algo de ritmo a Bequer
y sus volverán las oscuras golondrinas quizás lo colaca en una posición
adecuada para narrarnos sobre un perro callejero que fue de todos y no fue de
nadie. Pero ¿qué hace cantarle a un perro callejero?
Hay toda una leyenda alrededor de Fernando el perro callejero de
Resistencia en el chaco de 1950. Una estatua y una muerte parecen entrelazar el
destino y la fidelidad a uno mismo como perro en la narrativa de la canción. La
pena social por el final de la existencia del perro, ese duelo público por un
subalterno en el más radical e inapropiable sentido de lo “propio.”
Porque que es sino esto:
“Aunque fue de todos, nunca tuvo
dueño
que condicionara su razón de ser…”
Haraway pensando en ese cambio de política pone en relevancia que les
perris de alguna manera saben algo que nosotras no, que estar en el compost es
solo el resultado inexorable de la vida de otros. Un conocimiento que es pero
no para nosotras humanas. Quizás solo podemos quedarnos pensando en esa
co-habitación, nos sugiere, y podemos comenzar por dos puntos: uno, la
co-evolución hizo la compañía, tanto como los discretos existentes de especies
humanas y perros, desde “el principio”, pero con cambios y especificaciones
históricas que pone en juego las relaciones de inter especies en términos
biotecnológicos; con la voluntad de
distribuir y movilizar los problemas que aparecen de tal relación. Dos, el
fino arte de la genética molecular y la bioquímica hormonal son indispensables
para dar cuenta de la agencia de la “naturaleza” en la persona del perro-que-quiere-ser-perro.
Estos dos puntos que señala Haraway para pensar la
relación perro humano nos muestra una relación como la que inaugura lo
verdaderamente humano, o si la palabra verdad se vuelve incomoda, la ontología
por la cual indicamos a los animales no humanos como otra cosa que nosotras.
Inaugurar una relación que siempre estuvo “ahí”, evidencia las heurísticas
humanas de hacerse con el mundo, y poder con ese mundo. Si la tierra es un ser
viviente con la complejidad de un ecosistema intestinal, ¿Cuáles son nuestros
criterios de regularidad de la vida? Nos quedemos con el punto dos, la persona
del perro-que-quiere-ser-perro, su
“derecho propio”, parece hacernos intuir –no saber- la agencia de es*s
perrit*s. Podemos reconocer tal agencia, en nuestra propia experiencia con esos
peludos de cuatro patas (muchos animales no humanos entran en esa descripción),
no dudamos en lo afirmativo de la respuesta; pero si intentamos hacer una
reflexión al respecto pareciera que se diluye esa afirmación, pareciera que
podemos estar con ell*s pero no saber nada al respecto. No saber al menos en
los términos que el conocimiento se instaura a principios del siglo veintiuno y
en esta parte del sur global.
Ningún human*, ni no human* parece estar tan cerquita, pegado, tan
a lado de nuestras políticas relacionales como l*s perr*s, y especialmente l*s
callejer*s. Esa, al menos es la intuición que llevo adelante aquí. La agencia,
si es que esa palabra aún puede ser disputada al neoliberalismo, en la
co-habitación de l*s perr*s callejer*s con los animales humanos, donde ninguno
de las partes de tal relación pre-existía antes al vínculo. La ontología de las
especies en compañía dan lugar a raros (cuir) aliados políticos, dice Haraway: maquinas,
moléculas, científicos, cazadores-recolectores, vertederos de basura,
cachorros, zorros de granjas, y calientes putas de todas las estirpes, géneros y
especies. Si algo ponen en relevancia esas imágenes que llegan hoy de chile o
Bolivia, es la radical política de co-habitación de esos perr*s callejeros.
Cuando pensé las ideas alrededor de este texto, en chile o en Bolivia, parecía
la calma antes de la tormenta. Y si seguimos con esa metáfora climática, presión
atmosférica satura en las protestas estudiantiles del 2014 del Negro Matapacos
en chile o el globalmente famoso Lakánikos
de las protestas del Grecia, allanaron una lectura de ¿qué hacen? los perros en
las protestas humanas. Es decir se precipito una atención humana a la persona perro-que-quiere-ser-perro, -quizás al
atmosfera política afectiva de cierta atención mediática del activismo alrededor
de los derechos animales y el veganismo colaboro con esa puesta de atención- donde
se afirma inevitable y radicalmente en su par animal humano, no ya como el
espejo de lo mismo sino como la afirmación de la existencia mutua. Si algo nos
proporciona esa radical compañía es la posibilidad de imaginar una ontología distinta
al sujeto liberal.
Una nota en Biobiochile.cl a propósito de los perros
y las protestas, un experto -Presidente de Asociación de Etología Clínica
Veterinaria de Chile- concluye lo siguiente: Si bien reconoce que en esa
situación los canes tienen una relación cercana con las personas, su
comportamiento no tiene otra explicación que “una respuesta a un estímulo
ambiental, ya que siguen a alguien que corre de allá para acá”. Por ende el
experto recalca que “no se puede extrapolar eso a una empatía con una
determinada petición y tampoco ello quiere decir que están protegiendo a las
personas que están envueltas en una situación”. No es acaso ese el discurso que
aparece con respecto a los humanos cuando de una y otra manera se dice: no
sabemos porque llegaron ahí, quizás los llevaron, no todos piensan igual, no se
sigue que los que estén ahí estén todos de acuerdos con la petición que lleva
esa concentración de personas humanas. En la Argentina cuando las
concentraciones urbanas de personas se realizan bajo una consigna política que
las agrupa, se intenta desligitimar ello con la explicación que les pagaron
para que estén ahí: fueron por el choripán.
¿L*s perr*s también van por choripán? Porque si así fuera se establecería una
correlación automática entre lo que se presenta como demanda y la respuesta a
esa demanda. Entre los animales humanos nunca fue así la relación
fenomenológica entre los cuerpos, la política corporal –sexual si se me
permite- en cómo se relacionaron es de una disputa constante. Rápidamente representaremos
a los humanos con sus compromisos individuales en tal colectivización, Si l*s
perr*s solo siguieran el estímulo sensorial de las multitudes, ¿no todos l*s
perr*s debrian acercarse? ¿Por qué algunos se quedan atrás y otros toman la
vanguardia de la protesta? Disculpen, lo pondré de otra manera: ¿Por qué no
todos l*s human*s se acercan a la multitud? –Me imagino vuestras respuestas- ¿Por
qué algunos human*s se quedan atrás y otr*s toman la vanguardia de la protesta?
Que el experto nos indique que no hay más que “seguir una respuesta corporal”
habla sobre la orientación a un estado de cosas. ¿No es eso acaso una protesta social, estar
todas orientas hacia un horizonte de sentido especifico, no nos lleva la marcha
también a nosotras, no nos estimula el ambiente? Hay un ansiedad epistemológica en decir algo
del porque l*s perr*s están allí, una
ansiedad que es clave para entender los miedos a no saber de quién o qué es el
otro animal humano o no.
Los ángulos en los cuales se distribuye el
reconocimiento espacial y político se difumina cuando no se pueden reconocer las
intenciones “humanas” que hacen a la acción, el peso antropocéntrico impide ver
acciones políticas más allá de las humanas.
Es imperativo, más en este urgente contexto de
¿metáforas? de cacerías en contra de “animales” políticos en Bolivia, pensar
las actitudes políticas con respectos a l*s otras especies inaprodiadas e inapropiables. La orientación
ontológica que quería Merleau Ponty podría ayudarnos a reflexionar sobre la
habitación del espacio, alli donde l*s perrit*s piensan con –y contra-
nosotras. Un espacio que claro no sea solo humano –si es que eso alguna vez
existio.
Queer es, después de todo, un término espacial, que después
fue traducido a un término sexual, un termino para una sexualidad torcida que
no sigue una «linea recta», una sexualidad que esta inclinada y torcida. La
espacialidad de este término (queer) no es casual. La sexualidad misma puede
ser considerada una formación espacial no solo en el sentido de que los cuerpos
habitan espacios sexuales (Bell y Valentine,1995), sino también en el sentido
de que los cuerpos son sexualizados según como habitan el espacio. El cuerpo se
orienta en el espacio, por ejemplo, diferenciando entre «izquierda» y
«derecha», «arriba» y «abajo», y «cerca» y «lejos», y esta orientación es
crucial para la sexualización de los cuerpos.(Ahmed, 2006)
Interpelar de manera cuir las imágenes de l*s
perros en las marchas en chile, Grecia o las simples imágenes de nuestros
perrit*s de la escuela de filosofía en la universidad de Córdoba, compromete
ineludiblemente en torcer la epistemologia. Torcer el cómo se dispone en el
espacio el conocimiento. Las metáforas de la canción de Cortez como “era una
metáfora de la aventura que en el diccionario no se puede hallar…”, arrasa la
misma idea de metáfora. La figura de ese
callejero, la figura de esa especie compañera, nos compromete con el espacio en
otro orden político. Una callejero es un aventurero, un humano que vive en
la calle ¿también lo es? Sin duda muchas posiciones políticas liberales estarían
sonriendo con pensar que una persona que vive en la calle es una aventurera. Y
esa, dice Haraway, es la radical incomodidad de pensar una política, una epistemología
y una ontología junto con es*s compañer*s canes. Enrarecer nuestra posición
juntas, producen figuras de una ontología relacional, en las
cuales las historias importan, es decir, son materiales, son significativas,
procesuales, emergentes y co-constitutivas. Dicho de otro modo, no tenemos una
historia común, sino tenemos una historia con-constitutiva.
“Digo
‘nuestro perro’ porque lo que amamos
lo
consideramos nuestra propiedad…”
Las políticas afectivas de lo común, de la comunidad
que se inaugura en una canción sobre el duelo de un perrito que fue de “todos”,
pero no de cualquier manera. Fue un perro amado. Amar como política afectiva dominante
en nuestros vínculos con las otras, humanas y no humanas, supone la apropiación
en términos de pertenencia, aunque nos pertenezca a todas. Tal pertenencia nos
orienta como quería Ahmed, hacia una forma cultural de lo social determinada. En “Callejero” se puede oler esos ladridos de
una política que abraza lo humano como lo otro, una política de principio
antropomórfico, pero que sin embargo debe resolver la relación con es* otr*
inapropiable, e inapropiado. Nada de humano se puede decir cuando se dice sobre
los otros animales, y sin embargo solo se dice humanidades.
Si los perros son una tecnología humana, por lo que
también seria cierto lo contrario, como una parte del extendido fenotipo en el
cuento canino del socio biológico. Me gusta la historia de la co-evolución mejor que la de si el perro lo hizo, o la de
si el humano lo hizo. (Haraway, 2006)
Ya no importa si son nuestros o nosotras somos de ell*s. La co-habitación
nos invita a imaginar una política lejos de las dinámicas del reconocimiento.
Los registros fotográficos de l*s perritos, al igual que la canción de
Cortez, solo pueden imaginar/representar la inextricable relación que hay entre
human*s y perr*s, que tal relación existe, pero como se relata esa relación es un
nudo central en las políticas emocionales y ontológicas. Ahmed nos regala una
observación precisa sobre como pensar el amor: Objetaría cualquier suposición
de que el amor puede proporcionar los cimientos para la acción política o de
que es un signo de “buena” política. ¿Pero qué significaría la visión política
si no amáramos esas visiones? (Ahmed, 2014) Es posible pensar sin la
articulación política afectiva por excelencia nuestra relación con los humanos
y no humanos, los relatos de amor a l*s perr*s no es una política humana de cómo
tratar a los humanos que decimos amar. ¿Qué mirada nos devuelve la fotografía de
un perro enfrentando a la policía? ¿Qué conocemos y que tipo de conocimiento se
da cuando queremos saber de l*s no
humanos? Está claro que no intentaré aquí dar respuesta a estos interrogantes,
sino más bien quiero sugerirles una orientación posible cunado pensamos en l*s
perrit*s. Y como toda orientación, no solo es una sugerencia de como habitar el
espacio, sino poner en relevancia que es espacial. El develamiento de la
política amorosa de l*s human*s, las expectativas emocionales que se le otorgan
al callejero parecen revelar una
ansiedad que pega la experiencia material del estar junto a –lo no humano- a
una legislación del lenguaje que
establece la verdad de la respuesta afectiva.
“Era nuestro perro y era la ternura,
esa que perdemos cada día más…”
Solo parece que podemos ciertas cosas sobre nuestras compañeras no
humanas. La ternura, pero ¿cuál? La idea de un
mundo en el que todos nos amamos mutuamente, un mundo de amantes, como amamos
al perro de la canción, es una fantasía humanista que da forma a gran parte de
los discursos mu1ticulturales del amor, y que se ha formulado como la esperanza
de que "si solo nos acercáramos más, seríamos como uno". La fantasía
mu1ticultural funciona como una forma de amor incondicional, en la que las
condiciones del incondicional sirven para asociar a "l*s otr*s" con
la incapacidad de devolver el ideal social. Las condiciones para que los perros
se nos peguen son a la vez la propiedad y el amor. Lo que amamos raramente es
nuestro, pero sin embargo es propio. La propiedad, es decir la propiedad
privada, que se supone como marca ontológica corporal sobre los animales
humanos y no humanos es reificada como poesía de reconocimiento o recompensa de
reconocimiento. El perro habita el limite imaginado y vuelto a poner sobre el
mismo perro de lo no humano, pero al cual se le pegan emociones que los hacen
humano como una estética de sí. El perro nos muestra su “amor incondicional” a
cambio de un reconocimiento humano. El perro-que-quiere-ser-perro
sigue horadando esas bases narrativas. La entrada a lo humano, por parte de lo
humano, tiene una política que el
feminismo ha marcado constantemente, la feminización de las emociones como
parte, minoritaria y no tan importante, pero parte nodal de lo “propiamente
humano.” Tal feminización de los animales a una ética humana es valorada si
podemos probar que sentimos algo por ellos –como los hombres sienten algo por
las mujeres-, si podemos probar que sienten –como el reconocimiento del dolor
de las mujeres bajo la opresión de los hombres-, y por ultimo si podemos
humanizar lo no humano para que entre bajo las formas del derecho –como el
derecho de las mujeres-.
Esa legislación del lenguaje es una regulación de un discurso de
verdad que se instala en la materialidad de la respuesta emocional, sino pensemos
por un momento en las políticas de reconocimientos de derechos de los animales,
y como hay que “probar” que sienten –como los humanos, donde sensibilidad moral y
corporal deben ajustarse a una política de la prueba humana.
La amarga historia de la animalización de las personas que no
correspondían con el hombre heterosexual blanco centro europeo, dice Haraway,
en las grandes narrativas de las cadenas de la existencia que asociaba simios a
gente negra (entre otras demás existencias), no solo no es menor, sino que hace
emerger políticas y ontológicas marcadas por las ansiedades
epistemológicas humanas de reproducir un régimen político determinado en la
materialidad de las cosas, o lo que llamaríamos lo natural. En nuestras
culturas contemporáneas las emociones no son ya esa expresión de las pasiones,
más bajas o más elevadas; sino herramientas para una inteligencia emocional que
permite un mejor desarrollo del yo o de
su trabajo remunerado. Lo bueno o lo malo de las emociones es regulado por esa
condición de herramienta de mejoramiento personal. Por tanto el cultivo de las
emociones, en tanto buenas o malas, definirá la trayectoria de lo que no está
ni cultivado ni controlado en las en las frustraciones de ese yo incompetente.
Ahora bien, aquellos que son otros para mí, dice Ahmed, o para nosotras, o –aún
más- aquellos que amenazan convertirnos en otr*, son fuente de un mal
sentimiento en estas políticas emocionales. Podemos suponer rápidamente una
jerarquía social que atraviesa las emociones, convirtiéndose así en atributos
de los cuerpos en tanto transforman lo que es "más bajo" o "más
elevado" en aspectos corporales: El amor en el callejero con el sol a cuestas. Y de acuerdo al espectro político
donde se encuentre el humano, y la mirada del humano con respecto al perro,
construirá su relación con ese perro-que-quiere-ser-perro.
Pero si bien parece ser así, hay un orden de lo persistente en los perr*s que
se presenta como un límite, o quizás como un comienzo. Trinh Minh-ha nos desafía
a pensar la idea de la otra inapropiada/ble para dar cuenta que quizás algunas
de nosotras, que nunca hemos sabido sobre la vida en una cultura vernácula es/era y
somos incapaces de imaginar aquello que podemos ser/podríamos haber sido, los
géneros y las identidades no son más que una posición gramatical. Esta posición
de muchas de las personas que no entramos ni siquiera en ese exterior
constitutivo que se denomina como lo otro, lejos de las lógicas ontológicas y
políticas que podemos denominar de tradición hegeliana. Ese perro
inapropiado/ble por su cuerpo urbano y comprometido con tal urbanidad, traiciona
las identificación con la naturaleza. Haraway dice que una de las cosas que le
gusta de la figura de las especies en compañía es que “no están envueltas en otra confrontación hegeliana del sí mismo-otro,
cultura-naturaleza, o algún otro similar dualismo.” Los perritos que vimos
persisten en imaginar otras ontologías si prestamos atención a la co-habitación
constituyente.
Las penas, el duelo y las formas del tránsito afectivo de la
existencia que se extingue, en el caso de nuestras especies compañeras, necesita con urgencia una
política afectiva y una danza ontológica a la altura – al espacio sería mejor
decir- de las otras especies. Atahaulpa Yupanqui decía que las penas son de
nosotras y las vaquitas son ajenas, ajenas de toda ajenidad; no solo por su
posición en la cadena de valor de una
política económica especifica sino también porque su inevitable existencia
inapropiada e inapropiable. Las penas
humanas no lloran vidas no humanas, porque después de todo, “Al fin y al cabo
amigos míos, no era más que un perro…” cierra Cortez la canción. Nosotras, lesbianas,
mestizas, feas, suereñas del sur global, decía Trinh min-ha, inapropiadas/bles
otras junto con l*s perrit*s; somos
todas los términos para la posición crítica excesiva; una posición realizada a
través de prácticas políticas y desplazamientos personales por los límites
entre las identidades sociosexuales y comunitarias, entre los cuerpos humanos y
nos humanos, y los discursos y los silencios. Tales excesivas y móviles figuras
no pueden asentar lo que se suele llamar “una completa comunidad humana.”
Porque ya los noticieros y los amantes de la humanidad sospechan que hay algo
de animal e incontrolable, sea en las manifestaciones o en ciertos colores de
piel; y están en lo cierto: prefiero a esos anónimos de lo anónimo perros
callejeros de las protestas. Puesto que las comunidades humanas muy pronto se
vuelven siempre la dominación. La ajenidad brutal l*s perr*s roza el límite de
lo que afirmo como otro.
Como sea, a estas personas perros-que-quieren-ser-perros
podemos llamarlos a explicar nuestra imaginada humanidad. La historia puede
tener otra manera, articulada a través de diferencias que importan.
Bibliografia
Ahmed, Sara (2006). Queer Phenomenology. Durham: Duke University Press.
Cortez,
Alberto (1974). Callejero. En la voz
de la amistad[vinilo]. Buenos Aires: Hispavox.
Haraway, Donna (2003). The Companion Species Manifesto: Dogs, People, and Significant
Otherness. Chicago: Prickly paradigm press.
Haraway, Donna (2004), The Haraway Reader. New York: Routledge.
Haraway, Donna (2016). Staying with the Trouble. Durham: Duke University Press.






