Afectos de verdad
Los efectos afectivos del sexo parecen tener una narrativa muy
específica sobre cómo proceder en las relaciones con las personas una vez
establecida un vínculo sexual. Esos
efectos son múltiples y variados en singularidad, intensidad y duración; pero
sin embargo identificables en las narraciones de las canciones pop de amor
romántico que podemos encontrar en cualquier reproducción de youtube o spotify.
Me interesa apuntar el desencanto en una relación sexual, que se llevó a cabo,
pero que sin embargo no siguió el curso de la narración de la heterosexualidad
obligatoria. Podríamos preguntar por el desencanto, que no solo tiene que ver
con guiones pre-establecidos sobre cómo llevar adelante relaciones sexo
afectivas con l*s demás, sino también que tales relaciones reifican y
re-producen las políticas dominantes de la respuesta afectiva. Pero los
discursos sobre las emociones no solo están en una disputa política, sino
también actúan de forma verdadera (subjetiva, personal y total); no verosímiles,
es decir las hacen posible de convertirse en realidad.
Tales narrativas propias de las canciones de
amor, y esperando equivocarme apasionadamente, están construidas en el supuesto
que no se puede amar lo que se coge, solo se ama a la pareja, al “amor” del
amor, se tienen experiencias sexuales pero no se las ama, el vínculo afectivo
con el sexo tiene el peso de la obligatoriedad de una política afectiva
heterosexual de mutua correspondencia. Incluso podemos pensarnos a nosotras
mismas siendo interpeladas sexualmente por otr*s cuerp*s, y como eso dispara
inmediatamente una distribución diferencial de lo erótico (Canseco, 2017) y una
política específica del actuar si quiero tener sexo finalmente con ese cuerpo
que me interpelo. El despliegue que dispara la interpelación sexual se siente
como la verdad del cuerpo y sus efectos afectivos. El discurso de verdad en los
análisis de Foucault sobre la parrhesía compromete e involucra al consejero
filósofo, tanto en su propia opinión como en la del principio general, y lo
compromete en una coyuntura particular; apelando a una persuasión que le habla
a cada individuo pero que invoca un principio general (Foucault, 2011). La
verdad deberá probarse en el hecho que se convierta en realidad, que sea
susceptible de convertirse en realidad. Un discurso posible de lo real. Si pensamos en el placer de sentirse
interpelad* por tal placer sexual, esa melancolía a futuro de una performances sexual
que anuda todas las actuaciones genéricas emocionales posteriores, una
asincronía del placer sexual que podría seguir siendo inapropiada para los
programas de actuación heterosexuales. Las respuestas emocionales actualizan
una narrativa a futuro.
Frente a esto, los ensayos políticos del amor
libre, el poliamor o la anarquía relacional ofrecen formas política oblicuas a
las hegemónicas, posicionándose para llevar adelante relaciones no
obligatorias, contras hegemónicas y/o para hegemónicas. Parece del orden de la
obviedad que se esté leyendo estas relaciones sexo afectivas entre personas con
los marcos que tenemos a mano, monogamia sexual y exclusividad afectiva; pero
son las formas en las cuales se indican y reducen las experiencias sexo afectivas. Lo cual hace
suponer que el sexo tiene un carácter “en si mismo” revelador y revolucionario,
sin embargo está muy claro que tales experiencias sexuales no siempre tienen un
destino revolucionario ni justo, y es justamente allí donde la asincrónía de la respuesta afectiva pone en evidencia
que tales respuestas parecen estar antes que sienta tal o cual cosa. Al costado de esto, se intenta habitar
experiencias sexuales afectivas que no solo cuestiones la monogamia emocional y
la exclusividad sexual; sino también a tales respuestas afectivas en la
interpelación del deseo sexual.
Butler habla de responsividad para referirse
a esa respuesta afectiva ética frente a la interpelación de la otra. En el
activismo por formas no heterosexuales de relacionarse entre las personas,
suele plantearse que hay relaciones afectivas más que sexuales, hay un temor
generalizado que el sexo puede hacernos quedar mal como activistas, que nadie
piense que solo hacemos nuestro activismo “solo” para coger. Hay nudos en esa
interpelación del placer sexual que pone de relevancia como es de inapropiado e
inapropiable el afecto sexual, en muchas narrativas del entretenimiento global
podemos notar el supuesto que no se puede “amar” el coger, solo se ama al amor
–después será otra discusión que encarnara ese amor-; se tienen experiencias
sexuales pero no se las ama, el vínculo afectivo con el sexo tiene el peso de
la obligatoriedad de una política afectiva heterosexual de mutua
correspondencia. Incluso podemos pensarnos a nosotras mismas siendo
interpeladas sexualmente por otr*s cuerp*s y como eso dispara inmediatamente
una distribución diferencial de lo erótico y una topografía de la acción si
quiero tener sexo finalmente con ese cuerpo que me interpelo. Si mantengo
relaciones (ya sean sexuales, sexo afectivas, o afectivas) múltiples con
múltiples personas en sincronía, algunas veces en un mismo espacio, lo primero
que aparece en las narrativas como
problema es el efecto del sexo que se tuvo. El placer sexual obtenido de allí
es un nudo semiótico material de la
atadura emocional en la interpelación afectiva de tal placer sexual, hay quizás
“melancolía” por un sexo que supone reunirá todas las actuaciones genéricas
emocionales posteriores, una asincronia de la respuesta al placer sexual.
En una canción tan popular como compleja de Luis
Fonzi y Demi Lovato, Échame la culpa a
mí, donde el discurso gira alrededor de poner en evidencia la falta de amor
o deseo sexual (que para el caso muchas veces es lo mismo) y sus
correspondientes respuestas afectivas a ese re-conocimiento de lo que sucedía
con la relación sexo afectiva entre esas dos personas; hacerle una pregunta al
placer sexual en términos cuir pone el relevancia el efecto de verdad –el
efecto del decir veraz en Foucault- que las políticas emocionales hacen carne
en nuestra contemporaneidad. No es solo un discurso que dice lo que debemos
sentir y cómo actuar en consecuencia, como muchos otros discursos que disputan
la verdad sobre ello. La articulación en el ethos posibilitaba unir el decir veras con el buen
gobernar en el príncipe. “Se advierte que lo que se hace posible, lo que hace
deseable y hasta necesario el decir veraz con el príncipe es el hecho de que su
manera de gobernar la ciudad dependerá de su ethos (su manera de constituirse,
como individuo, como sujeto moral, asi como el hechoque ese hecho se forma y se
determina por el efecto del discurso veraz que se le dirije” (Foucault, 2011)
Tengo en esta historia algo que confesar
Ya entendí muy bien qué fue lo que pasó
Y aunque duela tanto, tengo que aceptar
Que tú no eres la mala, que el malo soy yo
No me conociste nunca de verdad
Ya se fue la magia que te enamoró
Y es que no quisiera estar en tu lugar
Porque tu error solo fue conocerme
Luis Fonzi y Demi Lovato producen una narrativa que no solo ata
el amor de pareja heterosexual a un vínculo sexual que se sostiene en el tiempo
y a futuro, y esto se presenta o podemos pensarlo como un discurso de verdad. Una
interpelación que espera ser verosímil. Tal verdad que es dicha, se instala en
una constelación de debates en torno a la verdad de la ruptura de l*s amantes.
Es decir, hay un discurso que se pone en juego como la parrhesía que traía a
cuenta de Foucault. Hay algo que
confesar dice el relato de la canción, esa verdad que se dice en la que “el
malo soy yo”, generando un efecto de verdad afectiva como respuesta al desamor,
que se comprobará en un falsacionismo emocional en cada oyente de la canción.
Tanto como un reconocimiento de los propios sentimientos frente a tal relato y
la “valentía” del decirlo, la doble relación que produce una forma una
subjetivación como una forma de gobierno de las emociones. Una canción del
entretenimiento global interpela una verdad sobre nuestras respuestas
afectivas, no porque sean esas que todo el mundo asume, sino que pone en juego
en una política global de la gestión de los afectos como discurso de verdad
sobre esas respuestas afectivas. La verdad de un ethos emocional que articula
un gobierno de si y delos otr*s.
La canción pone en evidencia una serie de vectores
de poder que se narran alrededor de las respuestas afectivas heterosexuales
(junto con las otras articulaciones que podemos nombras para ponerlas en
evidencia, cisexualidad, clase, raza, genero). Es central poder apuntar como en
una canción que relata una disculpa y un cierre a una relación sexo afectiva (y
digo sin incluso asumiendo por sentado que se ese tipo de vínculo se trata la
canción) reifica todo el tiempo las respuestas afectivas dominantes del “échame
la culpa a mi”. Tal respuesta genera una demanda asincrónica de todo aquello
que no se sintió, estableciendo emociones de un futuro que no se realizará: “ya
se fue la magia que te enamoro”. En un
montaje emocional que enfatiza el hecho que el sexo puede tener efectos
insospechados en las emociones (el vínculo mismo con las otr*) y por ello se re-producir toda una política dominante
afectiva frente a esa misma imprevisibilidad de las respuestas. “No me
conociste nuca de verdad” dice demi lovato frente a la confesión de Luis fonsi,
la respuesta emocional apela a la posible verificación de los sentimientos si
se sostienen en el tiempo. Si el tiempo compruba el discurso de verdad, ya
supuesto en el cuerpo de quien asume el relato. Que pasa entonces con el placer sexual cuando
no hay coherencia heterosexual, o esa coherencia por la interpelación extática
de la pasión sexual corre a los cuerpos de esa coherencia, la asincronia de las
emociones ya actualizadas por la previsión de la negativa emocional de la
pareja central hace del sexo ( que sigo suponiendo en la canción) un nudo
normativo. Mejor dicho los efectos de la
interpelación sexual pueden actualizarse por las emociones futuras que eso ya
se van a vivir. noe gall propone la idea
de la melancolía del sexo que no tuvimos, para especificar las formas en las
cuales queremos poner el cuerpo cuando no podemos habitar los programas
políticos de la heterosexualidad, la capacidad obligatoria y las respuestas
afectivas hegemónicas. En la canción que hoy les traje quiero ya poder ver esas
pistas en la reificación de las políticas sexuales dominantes. Esa actualidad
pasada del sexo que esa pareja heterosexual no tiene. Esta melancolía, que
puede ser leída en términos de fracaso. “tu error fue solo conocerme”, el sexo,
o la atracción sexual supuesta en la canción y que ya se acabo, anuda
respuestas imprevisibles, pero que se tratan de regular todo el tiempo dentro
de un régimen político heterosexual porque puede volverse inapropiado e
inapropiable tales experiencias. La respuesta frente a tal interpelación de la
norma que sujeta a los cuerpos es política por la disputa a que respuesta dar. Está
claro que otras políticas sexo afectivas como el poliamor (tan en foco en el
relato hegemónico actual) necesariamente debe hacerse de otras respuestas fuera
del régimen heterosexual, sean o no eficaces, o reificadoras de esa norma. Una
herida abierta de la norma –si se me permite decirlo asi- y posibilidad misma de otras políticas
sexuales, otras respuestas éticas a la interpelación de la pasión sexual.
Solamente te falta un beso
Solamente te falta un beso
Ese beso que siempre te prometí
Échame la culpa
La asincronia afectiva como discurso de
verdad respuesta al sexo podríamos pensarlo como un dispositivo de sujeción
heterosexual que repite la norma. Imaginar respuestas afectivas al sexo es una
tarea que podría configurar una ontología corporal muy diferente a la
heterosexual.
Solamente te falta un beso
Solamente te falta un beso
Ese beso que siempre te prometí
Échame la culpa
Las ansiedades epistémicas del discurso del
desamor agita temblores afectivos dentro de nosotras mismas, ata la experiencia
material a una “legislación del lenguaje” –como quiere Stoler- que establece la
verdad de la respuesta afectiva. Ese beso
que siempre te prometí es un
indicador de verdad, un faro epistémico de objetividad. La materialidad del
beso y la respuesta afectiva de ello, está inscripta en su falta misma, seguro
hubo muchos besos, pero no ese beso.
El decir verdad de ese beso que jamás aconteció supone la asincronia de la respuesta
afectiva que se siente como la verdad del vínculo entre las personas. Si
aceptamos la propuesta de Haraway, que los integrantes de un vínculo no
preexisten a la relación, podríamos imaginar otras maneras de habitar nuestras
respuestas afectivas. Si algo podemos elegir, son los vampiros que atormenten
nuestros sueños.




