Sobre los efectos de la fidelidad.
En la nueva
versión del clásico Ghost in the Shell, 2017, del clsico Mamoru Oshii, volvemos a ver la narración del
sujeto como una propiedad emergente, tanto construido como místico. Como un ser
que ‘no sabe quién es’, un ser deseante si se me permite. Cuando al cyborg se
le advierte sobre su vulnerabilidad física, ella responde: deberías haberme
diseñado mejor. La afectividad y efectividad del dolor es crucial para el
aparecer de nuestros cuerpos, una formación de superficie, esa relación de
flujo constante con lo otro. La narrativa de los cuerpos y los mundos se
materializan, toman “forma”; o mejor dicho, -o como lo dice Sara Ahmed en La
política cultural de las emociones- se produce un efecto de frontera,
superficie y permanencia, a través de la intensificación de las sensaciones de
dolor. Ese sujeto ‘armado’; en tanto construido por piezas de la
tecno-imaginación imperante como de armas y habilidades para el matar propias
de una policía de elite; de la imaginación política de las sociedades
contemporáneas.
The ghost in
the Shell no es la última ni la mejor película de cyborgs o sobre la
imaginación política de cómo debemos actuar en caso de ser ‘únicas,’ pero si
nos insiste en dos ideas centrales:
1-Dar el
consentimiento
2-no somos
nada, y aun así se nos arrebató eso también.
La narrativa de
la película está basada en el consenso, para cualquier intervención que se hace
sobre el cuerpo cyborg de la Mayor, ella tiene que decir en vos alta: Mi nombre
es Mayor y doy mi consentimiento. Y al principio de la película ella se
pregunta, no verbalmente, sobre si dio su consentimiento para que pongan su
cerebro dentro de un cuerpo tecnológico, ese que obviamente no es natural, sino
un cuerpo construido por la imaginación cultural de post gerra.
Cuando
finalmente la Mayor descubre, recuerda, quien es y como llego su cerebro a ese
cuerpo. Sabe que sus recuerdos y consensos que poseía fueron inventados,
fabricados. Se reconoce como Mótoko y sabe que en esa sociedad pos industrial
ella no pertenecía a los ciudadanos. Ella pertenecía a un lugar y a un grupo: ‘los
sin ley’. Mientras habla con el terrorista que era su compañero en aquella
comunidad sin ley, dice: Tod*s habíamos
fugado, no teníamos nada excepto l*s un*s a l*s otr*s. Nos arrebataron eso.
Podemos imaginar la comunidad de Monique Wittig, podemos imaginar que ese
escape aun no es seguro o incluso una película como advertencias políticas por
si alguien fuga. Podemos recordar muchas narraciones al respecto. Ser nada es
también tomado, usado y desechado.
Por ello
quiero forzar, torcer o instalar una lectura no-legal. Quiero hacer de esta
película la figura de la fidelidad. Tal palabra jamás sale en toda la película,
jamás de habla de relaciones sexo afectivas, incluso cuando apenas se insinúa
una que otra vez pero no es el punto narrativo de atención de la película. En
el desarrollo de la película la cyborg está buscando respuesta a interferencias
en su red neuronal. Una estética del glicht que desafía todas sus asunciones
que hasta ese momento tenía de sí misma. Dudar de si misma, la llevara incluso
a ‘traicionarse’ a sí misma. Elegir a que ser fiel, si al recuerdo implantado o
los disturbios mentales presentes.
Creo que
podríamos recordar que no siempre las relaciones sexuales entre las personas
tuvieron el carácter que hoy le asignamos a esas relaciones. Recordemos que los
matrimonios por arreglos políticos económicos para una clase determinada en el
medioevo, o pactos de supervivencia para otro grupo social en la misma época. La
invención del matrimonio por amor, propia del siglo diecinueve ha contribuido a
forjar como hoy entendemos nuestra manera de relacionarnos sexo afectivamente
con el mundo. Es interesante pensar conjuntamente la aparición de la
heterosexualidad como la trama natural que nombra lo que no es heterosexualidad. Ese velo de naturaleza que posee la
heterosexualidad, y que sigue siendo hegemónica para muchas narrativas;
configuró la asimilación de la reproducción como algo propio de la distribución
sexual de los cuerpos y sus afectaciones. Es decir, ya no era una imposición de
las familias y su distribución desigual de las agencias políticas, sino algo
que se valoraba como propio en la sociabilidad de las grandes ciudades burguesas
ya instaladas. La reproducción de la burguesía y la nueva forma de la economía
mundial, necesitaba una organización social instalada en la reproducción y la
familia nuclear. Y para ello, las narrativas del amor romántico fueron la clave
para enlazar, el apego a la tierra, la familia heterosexual y la cohesión
social de los jóvenes estados-naciones emergentes del siglo diecinueve. Ghost
in the Shell es muy posterior a esos relatos, y parece hablarnos de esa misma
trama heterosexual que para ser ’yo
misma’ hay que ‘traicionarse.’
Si una piensa en narraciones como el Jorobado
de Notre Dame de Victor Hugo, podemos apostar que es la fidelidad (y no tanto
el deseo sexual) el afecto que enlaza al jorobado con su amada. La fidelidad a
la tierra, al pueblo, al deseo propio, a una lengua; constituyen los gestos
performativos de la construcción identitarias. Pensemos en la argentina y la
preocupación por qué cuerpos formarían
el estado argentino, quienes amarían esta tierra, y toda la fidelidad narrativa
de las migraciones europeas al elegir estos rumbos. La fidelidad está en el centro de una constitución
identitaria -no solo nacional, grupal, espacial, temporal- sino también subjetivante.
Y sigue funcionando en las narrativas sobre qué hacer con una misma y los
deseos como objetos de gestion: ser fiel a ti mism*.
Hay un decir
común sobre las prácticas y compromisos
políticos acerca de cuan firmes estamos en nuestros activismos, en mi caso, de
las relaciones sexo afectivas no hegemónicas. Es decir, aquellas relaciones que
establecen vínculos sin la monogamia obligatoria ni la exclusividad afectiva y
su correspondiente política afectiva.
Siempre que
hablamos de activismos no monogámicos, sean grupos de ayuda mutua, contención o
visibilidad de otras formas de relacionarse con las personas; los celos se
vuelven un discurso común y punto central. El cómo gestionarlos, qué hacer con
el dolor en el pecho, como es posible que quiera algo que duele o produzca
sufrimiento; y alguna que otra cosa más por el estilo. Quiero, con la película
de Rupert Sanders, pensar sobre las narrativas de la fidelidad más que la de
los celos. Pensar los celos como un efecto de la fidelidad, un otro que duele
porque falto en su fidelidad afectiva: tanto como en su transparencia –aquello
que quiero ya no parece tan transparente a mi querer- y en su ‘blanca limpieza’
– ya algo de lo sucio del mundo del deseo sexual ha manchado. La cyborg de Ghost in the shell encarna de ‘blanco’
ese cuerpo heterosexual de la fidelidad.
Y prefiero
hablar de fidelidad, como eso de lo que nunca se dice de los celos, como la
forma positiva de los celos si se quiere. El amor, esa palabra que está sobre
saturada de sentido, que rebalsa de sentidos; es principalmente usada en las
narrativas afectivas suponiendo la fidelidad al objeto amado. “solo te amo a
ti, solo quiero estar con vos” y demás cosas por el estilo. Lo que devuelve el
gesto narrativo, es una norma afectiva: como puede ser que yo que te amo solo a
ti, no sea correspondido con: y yo solo te amo solo a ti también. Lo que
aparece entre amar y estar siendo es la espesura del afecto en tanto frontera y
superficie; que no viene solo, su reconocimiento y respuesta afectiva tienen la
forma de la norma de la fidelidad. Cuando la cadena de fidelidades en las
relaciones sexo afectiva se rompe, con suerte se rompen corazones pero tantas
otras producen violencias extremas, si pensamos en el feminicidio donde se
conjugan con los parámetros políticos heterosexuales de como relacionarse con
las mujeres. Mi fidelidad no solo parece estar preguntando por la fidelidad de
las otras personas, sino tambien dando umbrales de comportamiento normativo.
Los celos
parecen ser ese efecto violento de una norma ampliamente aceptada: la
fidelidad. Recordemos que hasta hace muy poco las causales de divorcio en los
matrimonios civiles era la infidelidad. La cual tiene un rango muy amplio de
aplicación: desde el sexo de una noche casual hasta la formación de otra pareja
sexo afectiva.
Las políticas
emocionales de los celos implican una aceptación ciega de la fidelidad. Pues la retórica afectiva de la fidelidad
atraviesa todo un abanico de actividades, desde la religión hasta lo jurídico. El
uso de la palabra ‘fiel’ o como eso
queda obturado de toda narrativa de amor romántico, e implica narración de
autoconocimiento moral en narrativas de subjetividades extremas.
Este pareciera
ser el marco donde aparecen relaciones sexo afectivas no monógamas, y más allá
de como sea que se llegó a establecer tales vínculos, cuando habitamos estas formas
no monogamias de relacionarnos estamos frente a nosotras mismas tratando de
manejar toda una distribución emocional monogámica, no solo hacia otras
personas y nosotras mismas sino también hacía el mundo. La Mayor en la película
es el típico personaje de autodescubrimiento del decir verdad del sujeto
liberal. Ese sujeto liberal propio del capitalismo, del capitalismo tardío, y del capitalismo del
mercado global que se siente y se piensa autosuficiente, en sociedad pero no
dependiente de esta. Y esa figura del sujeto liberal es la que ama. Y ama para
sí. Es la idea de “mi amor”. La idea de propiedad privada no iba a quedar solo
en el orden de lo económico, o para decirlo más específicamente: no habrá más
que un capital amoroso.
Mi capital
amoroso lo deposito en quien yo quiera esperando que haya una distribución que
me convengan a mí; y con suerte negociare para que las personas involucradas en
ese intercambio queden satisfechas con la distribución. Mátoko ya está
desarmada como sujeto liberal que puede decidir por sí misma, solo tiene el
cuerpo de la fantasía del consentimiento. Ella no tiene amor alguno para dar;
porque incluso se le arrebato su ‘fuga’ de la sociedad. Solo parece haber
afecto para el dolor, un cuerpo que ‘podría resistir’ cualquier cosa. La
metáfora del amor como un intercambio de capitales emocionales se sostiene bajo
el sujeto liberal, por eso es imposible narrativamente que Mótoko hable de
amor, que sienta amor, que use la palabra. El amor, en un sentido, parece un efecto de
las sociedades industrializadas de organización capitalista de finales del
siglo diecinueve, efecto que a la metáfora de Mótoko no le funciona.
Ahora bien el
amor, esa palabra, tiene una historia un tanto más vieja, y un tanto más
compleja. De ahí su saturación de sentidos. Prefiero hablar de amor -quizás en
una generalidad que no ayuda- más que de amor romántico; porque creo que su
performatividad afectiva impregna cada lugar de nuestra relación con el mundo.
Como si el amor en ese rebalsar de sentidos, moja todo el horizonte posible de
nuestra experiencia en el mundo.
Por ello creo que toda relación que no esté
sujeta al intercambio de capitales, y fuerzas de trabajo podría ser vista como una
amenaza o innecesaria por nuestras sociedades. Las experiencias que llevamos adelante muchas para establecer
vínculos por fuera de las narrativas imperantes de cómo relacionarnos con los
otr*s; existen un orden de lo ‘desconocido o lo ignorado’, como en Ghost in the
Shell, ella se sumerge en el mar y siente miedo; cuando se le pregunta porque
lo hace responde: porque parece real.
Cuando digo
ignorados, digo ininteligibles a la percepción, cuando vemos a dos personas
demostrarse cariño sexual, solo vemos monogamia y exclusividad afectiva. Cuando
nos ponemos a establecer otros modos de vínculos, otras formas de habitar la
norma, lo primero que quiero discutir es la fidelidad. De dos maneras:
1-
Como la forma privilegiada del sujeto saber: qué
es lo que quiere, descubrir/saber su verdadero deseo y por tanto una relación
más ‘feliz’ con el mundo. La Mayor promete establecer coordenadas de sentidos
para las formas en que nos relacionamos unas con otras; el desafió del
activismo poli amoroso o del amor libre –o como se lo quiera llamar- es poder
establecer otras disposiciones afectivas fuera de la monogamia heterosexual, no
la de los celos, sino la de la fidelidad. A qué/quien ser leal.
2-
Las políticas de distribución diferencial de lo
erótico y del amor ponen en relevancia no solo a quien amar, sino también como
hacerlo; y lo que es más importante, como responder a eso. El vivir con otras
en ese desplazamiento pone en foco la vulnerabilidad compartida, como cuando
Mótoko supo del fin de su sueño liberal. La articulación del autodescubrimiento
y el miedo como parámetro de lo real, me invita a pensar en la política de la
fidelidad como la trama que sostiene mi relación con los otros. No solo se
busca un discurso de decir verdad, ‘¿que realmente paso?’, sino también su
contrapartida menos visible –o más pasada por alto- la agencia moral
consecuente de esa verdad.
Quizás la
monogamia se mueva un poco cuando realmente abracemos que estamos arrojados y
expuestos al mundo y l*s otr*s, que nuestros sentimientos no son nuestros, y
tampoco están en las otras personas, sino en ese entre. Deshacernos en nuestra pasión por los otr*s, y que nada
podemos hacer para estar tranquilas, porque estar tranquilas es la trampa de la
sociabilidad capitalista. El compromiso ético con el otro está en abrazar la
diferencia irrecuperable de las emociones con las otras. Una apuesta política
muy bellamente encarnada en el jefe de Mótoko, el jefe de esa división de
policía; inverosiblemente encarnado por Takeshi Kitano -solo habla japonés en
una película estadounidense-; en la última escena de acción le pregunta a la
Mayor por su consentimiento. Consentimiento que la final de la narración se vuelve,
se transforma en un nosotras consentimos.
Este parecen
ser el imaginario de las apuestas político emocionales que muchas llevamos adelante
cuando nos relacionamos sexo afectivamente con otr*s de una manera
no-monogámica, ni emocionalmente excluyente. Radicalizamos un consentimiento
que desde la base no existe. Habitar de tal manera la norma para torcerla.
El dispositivo
de la fidelidad pone el sentido a muchas de nuestras narrativas, las
tecnologías de representación del mundo donde estamos inmersos encarnan
nuestros cuerpos como nudos de inflexiones, campos de orientaciones y de
responsabilidad por la diferencia en lugares materiales-semióticos significativos.
La encarnación es una prótesis significante.
Por ello en tales tecnologías encontraremos metáforas y medios para
comprender e intervenir en los modelos de realidad de los que seremos
responsables.
No es una forma más de decir como no
reproducir la norma heterosexual, sino más bien una manera de no enredarnos en
manuales para salir de ella. No podemos no querer, nos decía Spivak.
Imaginarnos y comprometernos en otra ontología emocional quizás sea el desafío,
hundirnos como motoko en un lugar frio y oscuro para abrazar la radical
diferencia con las otras.
La fidelidad
como gestión de los celos (que suele ser el problema principal en la mayoría de
l*s activismos que conozco) lleva mucho tiempo, suele ser un proceso enorme,
que resta atención a otras cosas que a las personas también les interesa –no somos
solo las relaciones sexo afectivas que llevamos adelante-, y volver al sillón
cómodo de la norma ayuda en esa gestión. Los conflictos siempre parecen ser la
totalidad de la vida de las personas que se acercan a vivir de esta manera;
pero eso solo nos muestra que hemos sido subjetivizadas en pensarnos en uno
cierto tipo de relaciones con l*s otr*s, y los gestos que eso implica: vivir
junt*s, hacer junt*s, y demás cuestiones muy atadas a la narrativa del
matrimonio y la fidelidad.
Los tiqqun
dicen que la orgía prueba solo eso: la distancia que hay entre los cuerpos, que
es una distancia ética, diferencia/distancia que también nos devuelve a l*s
otr*s.
La tarea que
queda por delante es reinventarnos la pena que haga valer el esfuerzo por
llevar adelante nuestras vidas...
Bibliografía
Cavarero, A.
(2000). Relating Narratives. London:
Routledge.
Ahmed, S.
(2015). La política cultural de las
emociones. México, D.F.: Universidad Nacional Autonoma de mexico.
Sedgwick, E. K. (2003). Touching Feeling. Affect, Pedagogy,
Performativity. Durham-London:
Duke University Press.




