Apuntes sobre los afectos del porno



                Es posible pensar al porno no solo como narraciones sobre las performances sexuales sino también afectivas, una podría pensar que la respuesta inmediata es afirmativa. Es decir, nos indica (en la doble acepción: mostrar algo, señalar; pero también hacerlo aparecer con un sentido, darle inteligibilidad a aquello que antes no lo tenía) como el cuerpo debería conmoverse frente a determinadas representaciones de performances sexuales.
                Tal indicación proporciona una constelación de sensaciones y respuestas a esos afectos que deberían ser habitadas o pasadas por el cuerpo frente a una porno. El solapamiento que mayoritariamente se comparte con respecto a la producción pornográfica y el sexo que materializo en mi propio cuerpo, son identificaciones que hacen de la empatía una sobre determinación emocional.  Espero no sea tarde para comentarles que la intención de este trabajo es proporcionarme – si así también lo quieren ustedes- y proporcionarnos apuntes sobre los afecto en el porno.

Entonces apuntemos sobre el deseo sexual.

                El deseo en las representaciones pornográficas parece estar en un doble registro, quizás por esa doble indicación arriba mencionada. Por un lado, que lo que se muestra en el registro pornográfico es de algún modo cierto o verosímil; y por otro, que evoca o estimula el deseo de quien está viendo tal registro. Las puestas en escena, los guiones, y las performances sexuales apuntan a afectar el cuerpo, pero un cuerpo enmarcado y determinado de una política visual dominante. Si bien esto pareciera estúpido, siendo el asunto que nos reúne; es esa práctica visual la que se pone en juego: La inteligibilidad del relato del porno depende de un marco marco heterosexual sistematizado; pensemos a las escenas pornográficas como un cuadro, dentro de un cuadro más amplio que posibilita su comprensión, al cual desde un comienzo se desafía y se reífica.

“… las imágenes exigen de nosotros, cada vez –puesto que no podemos recurrir a ella sin poner en funcionamiento nuestra imaginación– un arte de equilibrista: enfrentar el peligroso espacio de la implicación en el que nos desplazamos con delicadeza, corriendo el riesgo, a cada paso, de caer (en la creencia, en la identificación); mantener el equilibrio utilizando el propio cuerpo como instrumento, ayudándose con el de la explicación (de la crítica, del análisis, de la comparación, del montaje)…explicación e implicación se contradicen… Sin embargo solo depende de nosotras utilizarlos conjuntamente, haciendo de cada uno de ellos una manera una manera de desplegar lo impensado del otro…” (Didi-Huberman, 2008)

El relato del porno parece empeñarse en el límite referencial de la ficción narrativa, nos exige implicación y explicación. Nos exige permanecer en el límite que plantea la narración porno. El montaje está armado bajo esa premisa fundamental, no perder nunca la posibilidad de desplegar lo impensado, lo impensado de las imágenes. Puesto que las intenciones de la industria  pornográfica del entretenimiento global tienen un claro sentido, los efectos de tales producciones son muchos menos predecibles. Didi-Huberman (2008) afirma que la emoción no dice “yo” –no dice mi-, la interpelación al cuerpo por parte de la imágenes siempre viene en nuestra biopolítica visual actual de dos maneras, por la nada o por la demasía. No quiero quedarme en la alienación de no ver nada, o ahogada en la proliferación de las imágenes; sino (recordando a Deleuze sobre las imágenes) tomar una imagen, sacarla de esa misma proliferación y volverla en contra de aquellas imágenes. El montaje estandarizado de la pornografía heterocentrada me ofrece una batería de relatos biopolíticos desplegados sobre la heterosexualidad obligatoria y una constelación política sobre los sentimientos que se afirman. Esta decisión de lectura responde al interés de poder entrever en el ombligo del monstruo –diría Haraway- imaginaciones de la opresión que figuren un mundo más amable; no solo en el sentido de imaginarlo sino de imaginarlo “con”. En las producciones pornográficas solemos buscar categorías de prácticas sexuales que más nos estimulen; o los videos que más verosímiles nos parezcan a nuestra experiencia en el sexo; o exactamente lo contrario y también sus múltiples grises intermedios. Pareciera que en la taxonomía de performances sexuales de una web queremos hacernos de la totalidad de la experiencia sexual, casi como un bastión de una epistemología megalomaniaca de dar cuenta de todo. Ya sabemos todas lo que se dice de las taxonomías.
Ahora bien, la pregunta no es solo si nuestro deseo estaba antes que veamos una u otra práctica sexual que nos excite, sino también como ese discurso interpela como un discurso de verdad. Si afirmamos, como se suele hacer muy comúnmente, que la pornografía es una educación sexual que las personas tienen puertas para adentro; es posible entonces pensar que lo que ven es tomado por verdadero sexo. Y en ese despertar del deseo se afirma mi deseo de verdad de mi propio sexo. Aquello que Kojeve especifico muy puntualmente en Hegel, el deseo del deseo del otro; hago esta referencia no como un gesto estúpido –que bien podría serlo- sino para dejar en claro que mi marco epistémico no es el psicoanálisis cuando hablo de deseo sexual.
Eve Kosofsky Sedgwick retoma las ideas del psicólogo norteamericano Silvan Tomkins cuando buscaba ideas útiles sobre la vergüenza. Allí, es sus palabras,  encontró a la más voluble de las emociones: la vergüenza. Tomkins considera a la vergüenza, junto con el interés, la sorpresa, la alegría, el enojo, la angustia, el disgusto, y en sus últimos escritos el desprecio (dissmell) como las partes básicas de los afectos. Tal forma de hacer teoría era claramente sospechosa –por decir lo menos- para sus contemporáneos; y también incluso, y aún más quizás, para nosotras pos-estructuralistas. El trabajo de Tomkins sobre los afectos es deudor del impulso que conoció la cibernética y la teoría de los sistemas tras la segunda guerra mundial. Esta relectura de Tomkins propuesta por Sedgwick junto a Adam Frank en Shame and Its Sisters: A Silvan Tomkins Reader de 1995, que después se reunió junto con otros textos de Sedgwick en Touching Feeling del 2003 bajo el nombre de Shame in the Cybernetic Fold; tal gesto epistémico vintage -si se me permite la broma- hace posible a Sedgwick pensar el deseo por fuera de la hipótesis represiva. Sedgwick después de escribir la Epistemología del Armario supo que su interés se había desplazado desde el deseo y la producción de subjetividades desde el deseo, a los afectos: pensar el deseo como un afecto.  
En La epistemología del armario (1990), creo el único libro de Sedgwick traducido al español hasta ahora; afirma que el conocimiento, después de todo, no es por sí mismo poder, aunque es el campo magnético del poder. La ignorancia y la opacidad actúan en connivencia o compiten con el saber en la activación de corrientes de energía, de deseos, de productos, de significados y de personas. Por tanto, los  efectos de la ignorancia pueden ser utilizados, autorizados y regulados a gran escala para imposiciones, quizá sobre todo en torno a la sexualidad, que es la actividad humana de la cultura moderna occidental con una mayor carga significativa.
“… En el campo concreto de la sexualidad, por ejemplo, supongo que la mayoría de nosotros sabemos las cosas que pueden diferenciar incluso a las personas del mismo género, raza, nacionalidad, clase y "'orientación sexual" -cada una de ellas, sin embargo, si se toma seriamente como pura diferencia, retiene un potencial ignorado para perturbar muchas de las formas de pensamiento existentes sobre la sexualidad...” (Sedgwick, 1998)
Sedgwick a lo largo de todo su trabajo desafía resueltamente el supuesto moderno que focaliza la identidad en el deseo y la creencia en una fuente fisiológica, la sexualidad o la líbido, como el origen en última instancia de la motivación, las emociones y la identidad humana. Afirmando que la distancia de cualquier explicación desde una base biológica es asumida precisamente para hacerla correlativa a la posibilidad de igualar a la diferencia (ya sea individual, histórica, y trans-cultural), a la contingencia, a la fuerza performativa y a las posibilidades de cambio. En otras palabras: a de dejarla de lado. Siguiendo a Tomkins, Sedgwick afirma que los afectos son diferentes a las pulsiones. Las pulsiones como hambre, sed y respiración; deben lograr su satisfacción de forma bastante inmediata si se quiere seguir viviendo. Los afectos, en cambio,  pueden estar ligados a una casi infinita variedad de objetos y su relación con ellos no está ligada al tiempo de su satisfacción. Para Sedgwick el deseo se comporta más como un afecto que como una pulsión, y puede pasar mucho tiempo sin satisfacción alguna; el no hacerlo no pone en peligro la vida y puede pensarse un grado mayor de agencia –de libertad, si se quiere- a la hora de elegir objetos potencialmente deseables para la satisfacción. Más que tratarse de una fuerza irreprimible que según muchas teorías psicológicas tendría que manifestarse o reprimirse, el sexo y su sexualidad en este marco puede apagarse o encenderse en contacto con otros sentimientos como la vergüenza, la rabia, el aburrimiento o la ansiedad. Así lo que parece ser una disminución de la importancia concedida a la sexualidad como articuladora de identidad, le corresponde una mayor complejidad de las posibilidades afectivas.
“…El énfasis de Tomkins en esta explicación está sobre lo extraño de los afectos más que sobre la prohibición o la desaprobación,  y que lo ha puesto junto a una motivada intuición: que el fenómeno de la vergüenza quizás ofrece nuevas maneras de hacer cortocircuito en el aparentemente habito inexpugnable que el pensamiento de Foucault agrupo bajo el nombre de “hipótesis represiva.” (Sedgwick, 2003)
               
Sedgwick nos proporciona una manera de ver el deseo por fuera de la hipótesis represiva, lo cual lo hace más creativo y menos coercitivo, paradójicamente. La activación o desactivación del deseo sexual por parte de otros afectos involucrados me permite ver una hoja de ruta narrativa sobre cómo se solapan de maneras diferentes y hasta contradictorias la gestión de tales afectos. La preocupación de Sedgwick no es tanto como se produce una subjetividad, como un efecto de las relaciones de poder, sino más bien como actúa (performances) un cuerpo dentro de una biopolítica de los afectos determinada. Y al igual que Sedgwick, los productos culturales; en su caso las producciones de la literatura, en el mío, la pornografía y la música; ambas partes de la industria del entretenimiento global; son una  resistencia variable a la teoría que puede marcar o nombrar, quizás una tensión superficial de ese depósito de deseos sexuales de taxonomía inmediata; aunque claramente representativas, no son de  ningún modo especial ni únicas.  
                Los afectos son aquellas sensaciones que el cuerpo vive y habita en ciertos momentos de interpelación directa del mundo. Ese sentir que podemos reconocer con cierta facilidad, ahora mismo, en todas y cada una de nosotras. Y que podemos leer en los otros cuerpos. A diferencia del sentido común o ciertas posiciones ontológicas, quiero pensar que no hemos nacidos con deseos sexuales reconocibles sino que nos hicimos de esos deseos. No nacemos con deseos o sentimientos, llegamos a sentirlos como propios. En las narrativas de la pornografía más o menos hegemónica, más o menos feminista, más o menos pospornografica; podemos notar una disputa estética, política y creativa en torno a cómo hacer visible la diferencia de la diferencia, nombrar lo que no se nombraba, presentar eso que no es parte de las políticas del deseo sexual. Taxonomizar para la industria, disputar políticas visuales para la pospornografia. Por ello las indicaciones que hacemos a ello, revisten una importancia ética, puesto que no presentamos algo que es parte de la experiencia, sino que presentamos algo que puede volverse parte de la experiencia sexual. La interpelación al cuerpo, afectar el deseo del cuerpo involucrado en la pornografía es el giro con el cual se anudan los sentidos de lo que llamamos sexo. Y todo esto solo tiene sentido para nosotras dentro de un universo emocional plenamente reconocible y ampliamente compartido, apareciendo bajo la forma de la singularidad más específica, y predisponiéndonos a una acción determinada. Las tensiones que parecen resolver pensar el deseo como un afecto contemporáneo, salva posiciones sobre la agencia de poder cambiar lo que parece como naturalizado y natural.
                En porno como las ultimas de Sasha Grey, o las primeras apariciones de Remy Lecroix; la primera con performances BDSM entre mujeres de gran impacto físico y resistencia al dolor, y la segunda adoptando una actitud naif en su hulla hoop  -un juego danza de aros alrededor de la cintura. Estas dos performances, creo, podrían pasar desapercibidas en la visualización tradicional de la pornografía hegemónica; desapercibidas porque quizás es superfluo lo que dicen. Pero pienso que esos cuadros y planos secuencias dicen mucho más, nos ayudan a pensar el deseo como afecto. Porque uso estas fuentes del mainstrein, porque me parece importante hacer notar la forma en la cual el porno heterocentrado también habita el límite del marco normativo que le da su sentido. Es más que simplemente la reproducción de lo mismo, aun mas, es junto con la reproducción de una retórica del pensamiento heterosexual como se desplaza para vaya a saber dónde, pero se desplaza. La infinita variedad de la diferencia, esa taxonomía infinita de performances sexuales, que de alguna forma parece anunciarse con los tag de cualquier página de recopilación de videos pornos, recuerda las taxonomías imposibles de Borges; y es precisamente en ese límite de la materialidad de la experiencia sexual  radical, donde el porno pone el foco, y como aprendimos del posfeminismo no podemos dejárselo en manos de producciones heterocentradas. Como artesana de pospornografia podemos pensar no solo expandir visualizaciones de nuestros deseos sexuales no heterocentrados y genítalo dependientes, sino también pensar cómo se distribuyen los afectos ahí.  Didi-Hubermas piensa en la imagen crítica como aquella imagen que nos devuelve la mirada para dejarnos en el orden de lo fenomenológico. Esas imágenes dialécticas que propone Didi-Huberman, podríamos trasladarlas al porno (como a todas las imágenes en general, pero el porno en particular nos devuelve una precisión más interesante)  puesto que enlazan con más claridad los sentidos –las sensibilidad, en este caso el óptico principalmente- y los sentidos  semióticos y narrativos. Toda imagen es “originariamente” dialéctica, tiene este desdoblamiento, esa doble indicación de las que les hablaba al comienzo. Pensar la imagen pornográfica de esta manera, o bajo esta heurística, me permite pensar la misma imagen como productora de lecturas criticas de su propio presente. Hay un efecto de cognoscibilidad de la imagen critica pornográfica que me gustaría atender, ese choque que produce, lo que deslumbra, hasta hacernos explotar, también –porque toda narración se da en el tiempo- se pondrá como diferencia.
Esta doble indicación constante de las imágenes, propongo leerlas bajo el filtro de los estudios contemporáneos de los afectos, sobre una idea en particular, que es la de Sedgwick, la cual ya venimos presentando. La cual en esta presentación vengo repitiéndola de una u otra manera, solo con el objetivo de poner de relevancia que poner palabras a lo que se tiene frente a los ojos en un problema de palabras. Producir palabras frotando palabras. Un efecto de legibilidad del porno.
Eve Sedgwick afirma que el deseo es un afecto más junto con la vergüenza y otros; algo que puede ser activado y desactivado por una interpelación a eso que reunimos como un yo. Adquirimos ciertas posturas, y gestos corporales que hemos aprendido en nuestras sociabilizaciones. Frente a una porno nuestro cuerpo se ve interpelado, positiva o negativamente, afectado. Tales afectos podrían reunirse en tres maneras de abordarlos: en las grandes dinámicas de apego que se involucran en el consumo de pornografía; en las intensidades y profundidades (entiéndase esta como intimidad) de los géneros; y por último, la más conocida creo, entenderlo como una intensidad pre-cognitiva que es estimulada por las imágenes que se presentan en la pornografía.  
Estos bordes y abordajes de la imagen pornográfica son enlazados narrativamente por fuera, no solo de la hipótesis represiva, sino incluso del deseo sexual mismo como marco inteligible histórico de la imagen presentada por una producción pos-pornográfica. La tensión que genera la imagen critica pos-pornografica, proporciona una diferencia -negatividad- que pone de manifiesto cierto retraso crítico hacia con el gesto crítico de la pos-pornografía. Quiero decir, todavía parece un camino largo para dar cuentas de esas producciones en su “explosiva” medida. Pensar el deseo como un afecto que es encendido o apagado por otros, me regala una posibilidad para decir algo sobre las imágenes pornográficas, sin acudir a núcleos duros o sustanciales del deseo que abrazan o rechazan una  imagen pornográfica. Sino pensar la crítica pornográfica, y sobre todo la crítica pos-pornográfica como una distribución de afectos no hegemónica que enciende o intenta activar relaciones solapadas de afectos.
Sara Ahmed se pregunta:   
“… ¿Podemos nosotras reescribir la historia de la felicidad desde el punto de vista de la desgraciada? Si prestamos atención a quienes fueron puestos como desgraciados, quizás su desgracia dejaría de pertenecer sólo a ellos.  La pena del extranjero quizás nos dé un ángulo diferente sobre la felicidad no porque nos enseñe lo que es o debería ser para una extranjera, sino porque quizás nos exilie de toda felicidad familiar…” (Ahmed, 2010)
                Me gustaría reescribir la pregunta para la pornografía, ¿podemos nosotras reescribir la historia de la pornografía desde el punto de vista de los cuerpos que no entraron en ella?  Podemos pensar junto con Ahmed que la distribución de los objetos felices del mundo que son muchos y variados, pero que se atan una y otra vez discursivamente al dinero y a la familia heterosexual. Tener sexo y obtener placer de ello es uno de esos objetos culturales, independientemente de nuestra mayor  o menor filiación con el sexo, felices. Una felicidad heterosexual blanca capacitista estandarizada de afectos que se reúnen alrededor de la represión y el matrimonio.  Por ello creo que estos apuntes que les presento aquí nos hacen poder acercarnos a la producción pornográfica ya como un lugar extraño, donde es posible encontrar toda la re-producción del sistema sexo-genero, tanto como sus posibilidades de situarnos en otro lado. Pero creo que eso solo es posible si renovamos nuestros marcos epistemológicos, y es la pos-pornografía (no sé si en su totalidad de producciones) la que nos obliga a re-pensar esos marcos epistemológicos. Si solo pensamos en dos ejemplos que seguro pueden tener más a mano, como Herstory de Annie Sprinkle  o Vagina Cósmica de Otolab. La primera enmarcando el marco de la producción pornográfica y la segunda dejándonos muy lejos del deseo heteronormado.

                Como hacedora o artesana de pos-pornografía es que les hablo, son los intereses de  reinventarnos el deseo que haga valer el esfuerzo por llevar adelante nuestras vidas.










Referencias bibliográficas

Cvetkovich, A. (2012). Depression a public feeling. New York: Duke University Press.
Didi-Huberman, G. (2008). La emoción no dice yo. Diez fragmentos sobre la libertad estética. En A. Jaar, La politica de las imagenes (pág. 39). Santiagao de Chile: Metales Pesados.
Didi-Huberman, G. (2011). Lo que vemos, lo que nos mira. Buenos Aires: Manantial
Haraway, D. (1992). Ecce Homo, Ain't(ar'n't) Ia woman, and Inappropriate/d Others: The Human in a Post-humanist Landscape. En J. Butler, & J. W. Scott, Femnist Theorize the political (p. 86). New York: Routledge.
Paasonena S. (2014).  Between meaning and mattering: on affect and porn studies. En Porn Studies (p. 136). London: Routledge.
Sedgwick, E. (2003). Touching feeling. London: Duke University Press.
Williams, L. (2014). Pornography, porno, porn: thoughts on a weedy field. En Porn Studies (p. 24). London: Routledge.




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