Susurros imprudentes
Susurros imprudentes.
Narraciones sobre violencia y afectividad.
Lo que quiero presentarles es una narración
del entretenimiento global estrenada a nivel mundial en 2016. Dead Pool la
película, estrenada en febrero, spin off de los míticos comics X-men de Marvel.
Si alguien vio X-men Origins: Wolverine; Wade Wilson (Dead Pool) aparece como
el villano modificado con las genéticas de los X-men, que en esa versión
narrativa es Arma-x, quien termina siendo derrotado y decapitado por Wolverine
y su hermano. En algunas copias de la X-men Origins, al final de los títulos,
se venía la mano de Wade Wilson (arma-x) buscando la cabeza decapitada y
mirando a cámara haciendo el clásico gesto de siseo para guardar silencio. Este pequeño relato dibuja de forma bastante
precisa el tono de la narración del personaje Dead Pool. Puntualicemos un poco
más, en una miniserie publicada por Marvel de Dead Pool, él toma conciencia de
su producción subjetiva ficcional y mata a todos los otros personajes del
universo de Marvel, desde el Hombre Araña hasta Magneto, y una vez terminada
esta tarea –que claro se desarrolla en una dimensión paralela- va en busca de
los escritores de la historia.
Esta pequeña
descripción de las narraciones de las narraciones, sugiere la oportunidad que
tenemos frente a este tipo de objetos culturales de consumo masivo. En la película
propiamente de Dead Pool, la primera intervención sobre la cuarta pared del
personaje de Dead Pool, lo primero con lo que nos interpela es precisamente con
esto (no pasaron ni diez minutos de película): “Ohh hola, lo sé, no… seguro
pensaran a quien se la tuve que chupar para tener mi propia película…”;
sugiriendo posteriormente que tuvo que chuparle a Wolverine. Inmediatamente,
sentado donde está –en la baranda de un puente de alguna autopista-, tiene que:
“ir a algunos lugares, una cara que arreglar y matar a unos tipos malos”. Desde
una imagen casi ridícula; anuncia algo que ningún otro héroe de Marvel, excepto
los malos –claro-, realizará. Va a matar, asesinar otras personas. Y son
narrados de una manera explícita, cínica y brutal. Los interrogantes a lo largo
de la narración de la película son las formas de dar cuenta de sí mismo de Dead
Pool, parece ser la crucial narración en la dinámica del reconocimiento de si y
ante los otros. Allí parecen anudarse nuestra irremediable dependencia con los otros y la interpelación ética de esos
otros. A lo largo de la narración del encuentro con las otras, se deshace la
persistencia en la reivindicación del
yo, se burla incluso de eso; a veces con nostalgia, la más de las veces con
violencia. La inteligibilidad del relato de Dead Pool depende completamente del
marco heterosexual sistematizado; pensemos a la película como un cuadro, dentro
de un cuadro más amplio que posibilita su comprensión, al cual desde un
comienzo se desafía y se reífica.
“… las imágenes
exigen de nosotros, cada vez –puesto que no podemos recurrir a ella sin poner
en funcionamiento nuestra imaginación– un arte de equilibrista: enfrentar el
peligroso espacio de la implicación en el que nos desplazamos con delicadeza,
corriendo el riesgo, a cada paso, de caer (en la creencia, en la
identificación); mantener el equilibrio utilizando el propio cuerpo como
instrumento, ayudándose con el de la explicación (de la crítica, del análisis,
de la comparación, del montaje)…explicación e implicación se contradicen… Sin
embargo solo depende de nosotras utilizarlos conjuntamente, haciendo de cada
uno de ellos una manera una manera de desplegar lo impensado del otro…”
(Didi-Huberman, 2008)
El relato de Dead
Pool, sobre todo por el empeño en la destrucción del límite referencial
ficticio, nos exige implicación y
explicación. Nos exige permanecer en el límite que plantea esta narración. El
montaje está armado bajo esa premisa fundamental, no perder nunca la
posibilidad de desplegar lo impensado, lo impensado de las imágenes. No creo
sea necesario aclarar aquí que esa es mi lectura de la película, las
intenciones de las productoras globales de entretenimiento -creo- son un tanto más
llanas. Didi-Huberman afirma que la emoción no dice yo, la interpelación al
cuerpo por parte de la imágenes siempre viene en nuestra biopolítica actual de
dos maneras, por la nada o por la demasía. No nos quedemos en la alienación de
no ver nada, o ahogadas en la proliferación de las imágenes; tomemos una
imagen, saquémosla de esa misma proliferación y volvámosla en contra esas
imágenes. El montaje de Dead Pool me ofrece una batería de relatos biopolíticos
desplegados sobre la heterosexualidad obligatoria, la construcción de un sujeto
liberal hombre, y un sistema político afectivo sobre la violencia. Esta
decisión de lectura responde al interés de poder entrever en el ombligo del
monstruo –diría Haraway- imaginaciones de la opresión que figuren un mundo más
amable.
No
esperen que vaya desglosando una a uno lo que acabo de puntualizar, el montaje
no está para explicar sino para ser contado. Un relato que nos implique, si se quiere.
La formación del sí mismo (la versión afectiva del sujeto o del yo) en Dead
Pool depende enteramente de su relación con lo otro, el personaje por completo
está en esta posición constantemente, a diferencia del sujeto liberal
convencional de los héroes de los comics en general. Al comienzo del relato,
después de la presentación donde nos muestran el grado de ironía y
embellecimiento de la violencia que caracterizara al montaje, vemos a Dead Pool
usando un taxi, aburrido en un taxi; esperando llegar a su destino. Es
interesante notar que lo primero que le llama la atención a Dead Pool apenas se
pasa al asiento del acompañante del taxista de origen indio, es la foto de una
mujer – también de origen indio. Piensa que es linda y que es la pareja del joven
y delgado taxista, pero no es así. En esa confusión estará toda la trama de la
película, todas las tensiones de la película se deberán a este tipo de
confusiones – o mejor dicho de presuposiciones. Presuposiciones que va a romper
en una de sus tantas intervenciones sobre el espectador. Mientras levanta por
el aire a un tipo malo atravesándole dos sables, nos dice; “probablemente
pienses: ‘mi novio me dijo que era una película de superhéroes pero el de traje
rojo acaba de hacer una fucking kebab al otro’, quizás sea súper, pero no soy
ningún héroe. Si, técnicamente esto es un asesinato. Pero las mejores historias
de amor comienzan con uno. Y eso es exactamente lo que esto es: una historia de
amor. Y para contarla bien, tengo que remontarme hasta antes de meter este culo
en un traje de lycra.”
El
problema de la presentación del sí mismo es todo el problema para Cavarero, la
introducción del amante – de su sí mismo, de su cuerpo- es siempre por lo menos
compleja, sino trágica. En romeo y Julieta esto se puede ver de forma obvia.
Introducir el nombre paterno por parte de Romeo a Julieta es ya una tragedia, y
es un asunto primordial poder introducirse a su amante más allá –o más acá- del
nombre. La narración del sí mismo en Dead pool devela justamente esto, pero la
pregunta es a quien se está presentando Dead pool. Su amada en la narración es
la chica linda trabajadora sexual de la película, y en lo superficial ni siquiera
ella es a quien se presenta, sino a nosotras espectadoras. Y más allá del
personaje de la película, la pregunta gira en torno a quien se nos presenta en
este relato. ¿La industria cultural Norteamérica? ¿Los guionistas de la
película que se titularon como los verdaderos héroes de la película? ¿El mismo actor
Ryan Reynolds que hizo de todo para protagonizar y llevar adelante el proyecto?
Estas
preguntan me invitan a pensar que hacemos cuando hacemos un discurso de
nosotras mismas. ¿Es Dead Pool una narración de nosotras mismas?
La historia revela el
significado - en el caso de Wade su diagnóstico de cáncer terminal, dejar a su
amada y convertirse en el arma más poderosa para destruir a otros – de lo que
de otra manera permanecería como una secuencia intolerable de eventos. La
biográfica intención de Dead Pool, la de otorgarle unidad significativa a la
historia, solo puede ser puesta por parte de quien vivió esa historia como una
pregunta. O mejor dicho, en la forma de un deseo. (Cavarero, 2000)
Es
para nosotras muy común poder vernos reflejadas en las narraciones que
presentan estos relatos acerca de sentimientos, emociones y afectos en relación
con aquel otro/a que siempre interpela. Esa visualización, objetivación e
imaginación apunta a relatarnos, a dar cuenta de esos afectos que parecen dejar
el cuerpo al descubierto (el deseo sexual y la violencia en Dead Pool), revelar
su sentir y nombrar esos afectos que descomponen la unidad significativa.
En las narraciones
sobre nosotras mismas de las relaciones que mantenemos con otras en algún
momento vacilamos inexorablemente, en algún momento el relato ya no es nuestro,
sino de las otras, otros. En un punto no muy lejano de ese relato, lo que yo estoy
sintiendo –mi sentimiento-, el “yo” no tiene más sentido que el lugar
gramatical; el sentimiento no es propio, es de esos otros y otras que desintegran
mi propio relato. Dicho más sencillamente, mi afecto solo aparece en tanto
aparecen las otras. Sin duda podemos narrar nuestros sentimientos pero estos ya
no parecen ser nuestros, la relación con los otros se apodera de mí, ya no soy
yo. Enfrentémoslo, los otros y las otras nos desintegran, y si no fuera así,
algo nos faltaría. (Butler, 2006)
Pero convencionalmente
la narración del deseo parece tener el carácter de lo que consideramos como lo
más propio, mi deseo, pero claro es mi deseo del deseo del otro/a. El deseo
parece otorgarle el sentido último y primero al cuerpo, lo hace un cuerpo que
hace, que ama; lo hace querer ser reconocido. La invención de este deseo lo
hace un lugar ampliamente compartido como natural donde parece descansar, en
última y primera instancia, la narración del yo y la subjetividad. Ha sido la
naturaleza, nos dice Haraway, el lugar retorico ampliamente compartido,
altamente regularizado y producido en sus más variadas formulaciones, pero
siempre sobre el cual se construye todo el edificio semiótico-material del
mundo. En La epistemología del armario; Sedgwick afirma que el conocimiento,
después de todo, no es por sí mismo poder, aunque es el campo magnético del
poder. La ignorancia y la opacidad actúan en connivencia o compiten con el
saber en la activación de corrientes de energía, de deseos, de productos, de
significados y de personas. Por tanto, los
efectos de la ignorancia pueden ser utilizados, autorizados y regulados
a gran escala para imposiciones, quizá sobre todo en torno a la sexualidad, que
es la actividad humana de la cultura moderna occidental con una mayor carga
significativa. Por ello apuesto que Dead Pool es una escenificación de la obturación
y aparición del par deseo y violencia como afecto.
“… En el campo
concreto de la sexualidad, por ejemplo, supongo que la mayoría de nosotros
sabemos las cosas que pueden diferenciar incluso a las personas del mismo
género, raza, nacionalidad, clase y "'orientación sexual" -cada una
de ellas, sin embargo, si se toma seriamente como pura diferencia, retiene un
potencial ignorado para perturbar muchas de las formas de pensamiento
existentes sobre la sexualidad...”
(Sedgwick, 1998)
Sedgwick a lo largo
de todo su trabajo desafía resueltamente el supuesto moderno que focaliza la
identidad en el deseo y la creencia en una fuente fisiológica, la sexualidad o
la libido, como el origen en última instancia de la motivación, las emociones y
la identidad humana. Afirmando que la distancia de cualquier explicación desde
una base biológica es asumida precisamente para hacerla correlativa a la
posibilidad de igualar a la diferencia (ya sea individual, histórica, y
trans-cultural), a la contingencia, a la fuerza performativa y a las
posibilidades de cambio. En otras palabras de dejarla de lado. Por tanto,
pensamos Los afectos muy diferentes de las pulsiones -el hambre, la sed y la
respiración-; donde la satisfacción debe lograrse de forma bastante rápida si
se quiere seguir viviendo. Los afectos pueden estar ligados a una casi infinita
variedad de objetos y nuestra relación con ellos no está ligada al tiempo. El
deseo se comporta más como un afecto que como una pulsión, y puede pasar tiempo
sin satisfacción o gratificación alguna; el no hacerlo no pone en peligro la vida.
Podemos pensar en el deseo de Dead Pool como una agencia (libertad, si se
quiere) a la hora de elegir objetos potencialmente deseables para la satisfacción.
Más que tratarse de una fuerza irreprimible que según muchas teorías
psicológicas tendrían que manifestarse o disciplinarse, el sexo y su sexualidad
en este marco puede apagarse o encenderse en contacto con otros sentimientos
como la vergüenza, la rabia, el aburrimiento o la ansiedad. Así lo que parece
ser una disminución de la importancia concedida a la sexualidad se corresponde
con una mayor complejidad de la importancia y posibilidades afectivas.
La violencia que se
despliega en el relato de la película, parece actuar en contra de la
convencionalidad del relato del héroe de Marvel, Dead Pool asesina. Los héroes intentan
salvar a todos, todo el tiempo. No imagino que solo sea la construcción del
antihéroe, creo que se pone en juego la construcción de la heterosexualidad
obligatoria y el sistema sexo – género que articula en su hegemonía narrativa
el deseo sexual (como afecto) bajo lo que Foucault llama la hipótesis
represiva. La violencia como el deseo es algo que debe ser expresado o
reprimido. Pero cuando pensamos los afectos como un sistema de articulaciones
performativas, que producen más subjetividad que el deseo pensado como un
núcleo duro del sí mismo, me permite pensar la agencia de una manera más queer,
más rara. Lo extraño de los afectos, más que la prohibición o la
desaprobación, es la intuición de lo que
ofrecen. El cuerpo mutado de Wade, totalmente cambiado para los estándares del
hombre más bello del mundo, la vergüenza que lo hace Dead Pool, esa vergüenza
violenta ofrece un cortocircuito en esa manera de pensar el deseo y la
violencia como condiciones naturales e intrínsecas del sujeto liberal
capitalista, hay un hábito en no pensarnos hechos pedazos por la incursión del
otro. (Sedgwick, 2003)
La obligación con la heterosexualidad
de Dead Pool termina con el deseo de ser narrado, es decir al principio de la película.
Solo podrá llorar los atroces eventos de su vida, cuando encuentre su historia,
cuando alguien se la cuente y se dé cuenta que es la suya propia. La reificación
del sujeto liberal –y la posibilidad de leer otra cosa- en la misma historia de
Dead Pool tiene que ver justamente con esto. Wade, como Edipo, no puede saber
su propia historia hasta el final; pero Dead Pool, montando la historia desde
su perspectiva –desde el final de la misma, en un anacronismo queer- se
convierte en el Tiresias perfecto para saber todo lo que sucede. El
heroe-antiheroe lo sabe todo. Pero que es lo que lo deshace, ¿el amor hacia su
chica? ¿El cáncer terminal? ¿Las mutaciones genéticas activadas por la
violencia que sufrió su cuerpo? Quizás sea todo eso, pero me gustaría quedarme
con la metáfora de la activación como figura de la narrativa de la película. Se
activa el gen mutante cuando la violencia es tan extrema que el cuerpo tiene
que reaccionar –hasta en contra del propio Wade- para persistir en su
existencia. Si pensamos los afectos como aquello que interpela al cuerpo, y
supongamos por unos instantes que no sabemos cómo nombrar esa interpelación, se
“activaran” en nuestro cuerpo sensaciones, las que sean. La activación o
desactivación de la violencia por parte de otros afectos involucrados me
permite ver una hoja de ruta narrativa sobre cómo se solapan de maneras
diferentes y hasta contradictorias la gestión de tales afectos. La preocupación
de Sedgwick no es tanto como se produce una subjetividad como efecto de las relaciones de poder, sino más
bien como se actúa (performances) un cuerpo dentro de una biopolítica de los
afectos determinada por las relaciones de poder. Por tanto quisiera pensar a la
violencia como ese interruptor dentro de un complejo sistema de emociones, es
decir la violencia como nombre de un afecto. Y es aquí donde nos vemos
desarmados frente al otro, y quizás la violencia se active -como en el caso de Dead Pool – para
rehabitar a la fuerza ese sujeto liberal dueño de sí mismo, autónomo y por
sobre todas las cosas, exitoso en su existencia. Lo interesante de Dead Pool,
es que no solo permite esta crítica hacia las formaciones más modernas del
sujeto, sino también permiten ver a un sujeto des-armado, envuelto en la
radicalidad de su diferencia y la interdependencia con los otros. Preguntándose
–y preguntándonos- mientras está a punto de golpear a una mujer “mala” que
sería menos sexista: golpearla o no golpearla. Los interrogantes éticos son
para nosotras espectadoras; él, como antihéroe que es, ya tiene la condena
ganada.
Las canciones del
principio y el final de la película resuenan a esa paradoja de Ulises contada
por Cavarero en la Odisea, donde un rapsoda ciego canta la guerra de Troya.
Ulises, de incognito es esa cena, llora al darse cuenta que es su historia, y
su historia adquiere significado para el cuándo es contada por otro. Al estar
en continua interpelación el personaje de Dead Pool, una doble interpelación:
hacia la interdependencia con el otro en el relato y la interpelación de Dead
Pool hacia los espectadores. Imagino un deseo narrativo para que nosotras
contemos la historia de Dead Pool, o terminemos de darle forma, sentido.
Así aparecen las canciones en la película, la
primera de Juice Newton, Angels of Morning: “solo llámame el ángel de la
mañana, solo acaricia mi mejilla antes e irte, después lentamente date la
vuelta, no te rogare para que te quedes conmigo…” La última canción de Wham, el
grupo de donde George Michel se convertirá en el icono gay, es anunciada a la
mitad de la película. El relato ya se sabe, quien lo sabe, quizás nosotras y la
amante de Dead Pool. Careless Whisper, la famosa canción de los ochenta,
aparece como el canto del rapsoda –pero no porque George Michel sea el rapsoda-
sino porque solo en el afecto involucrado la historia adquiere sentido. Y no
importa si acordamos más o menos con los sentimientos relatados ahí, ni
siquiera importa la identificación o catarsis, lo que importa es la comprensión de lo que sucede. El marco
de inteligibilidad es tal que cualquiera creo entiende una escena romántica. La
recreamos una y otra vez por más en contra del amor romántico que estemos. La
evidencia de Dead Poool, si se me permite decirlo así, es que no estamos fuera
de ese universo semiótico-material, pero vaya a saber porque giro del mundo no
participamos del todo ahí –hay un registro de la diferencia-; la evidencia de
Wade antes de Dead Pool es una gestión de los sentimientos, algo sobre como
nosotras atravesamos tales pasiones, tales sentimientos. Esta figura de Dead
Pool también nos puede servir para hacernos de otras posibilidades de narrar
nuestras afectividades. Sigue siendo una película más, siguen siendo unas
canciones más; con las cuales todavía bailamos y seducimos.
Las figuraciones
funcionan precisamente así, como un escenario para el planteo de posibilidades,
tanto futuras como pasadas. Son la copia, la no originalidad. Un sinfín de
comentarios miméticos y de incontables hechos en la antigua y moderna historia
de occidente. Nuestros cuerpos construidos por una constelación de discursos,
narraciones, simbolismos, tecnologías,
disciplinamientos y normativizaciones; constituyen un sentir, una
constelación de sentimientos y sensibilidades morales, en relación con nosotras
mismas y con respecto a las narraciones posibles de nosotras mismas, y como ya
he machacado, de las otras y otros. La propia opacidad de este sí mismo, solo
adquiere una dimensión de sentido cuando otro relata quien soy. Este cuerpo es mío, y quizás por ello la responsabilidad
de su relato recae en los otros y otras. Dependemos y dependen radicalmente de
la otredad. Quise mostrar aquí la narración del cuerpo como deseo y violencia
que enmarcan los límites de nuestra sensibilidad - material; pero como también
se desestabilizan esos propios marcos en la simple narración de una película
más. Careless Whisper canta:
Nunca voy a bailar de nuevo
Mis culpables pies ya
no tienen ritmo alguno
Pienso que es fácil
aparentar
Sé que no eres
un idiota…
Un susurro descuidado
de un amigo
Al corazón y la
cabeza
La ignorancia es
bondadosa
No hay consuelo en la
verdad…
Nunca voy a bailar de nuevo
De la manera que
baile contigo…
La tarea que queda
por delante es reinventarnos el fracaso que haga valer el esfuerzo de llevar
adelante nuestras vidas…
Referencias
Butler, J. (2006). Deshacer el género.
Barcelona: Paidos.
Cavarero, A. (2000). Relating Narratives. London: Routledge.
Didi-Huberman, G.
(2008). La emocion no dice yo. Diez
fragmentos sobre la libertad estética. . En A. Jaar, La politica de las
imagenes (pág. 39). Santiagao de Chile: Metales Pesados.
Haraway, D. (1992).
Ecce Homo, Ain't(ar'n't) Ia woman, and Inappropriate/d Others: The Human in a
Post-humanist Landscape. In J. Butler, & J. W. Scott, Femnist Theorize
the political (p. 86). New York:
Routledge.
Sedgwick, E. K. (1998). La epistemologia del
Armario. Barcelona: Ediciones de la Tempestad.
Sedgwick, E. K.
(2003). Touching Feeling. Affect, Pedagogy, Performativity.
Durham-London: Duke University Press.




