Sin encuentro

“… Yo sospecho que hemos muerto, como heroínas, en un cielo invertido.
Yo sospechaba de esa historia blanda, de esas historias blandas, ciega tome el día y salude a la muerte.

Yo sospecho que no nos queda nada amigas, que el cielo se acuesta conmigo, que la nube se levanta conmigo.
Una configuración del silencio.
Yo sospechaba del tiempo, de la caída del tiempo en la hora. Y no se enmarcaron más palabras. Y no se agotaron los cabellos.
Yo sospechaba de ella sobre la mesa, mirándome, haciendo ese gesto. El gesto del ahora.

Yo sospecho que antes, en tu tiempo, tu cuerpo; mi recuerdo…”

Y así comenzaba ella el día.
Y aquella otra la odiaba un poco, quizás demasiado. Todo aquello que hacia lo odiaba. Era como ese libro que leyó una vez y detestó para siempre, y que citaba constantemente. Establecía así los vínculos con las personas, las cosas y la comida. Odiaba un poco todo.
Aunque detrás de ese odio, o delante, le gustaba mucho Joy. Siempre hablaba de su delgadez, de lo mal que vestía, de lo feo de su situación, de lo nefasto de sus actitudes, de lo terrible que era verla. Pero veía a Joy siempre, y la odiaba siempre.
Una vez mientras veía su espalda fantaseo con coger con ella. Y mientras las imágenes aparecían en su cabeza, las odiaba. Pero conocía aquel cuerpo de memoria, o lo  que imaginaba del cuerpo. Le prestaba siempre mucha atención, sobre todo en verano. Y siempre estaba muy delgada para ella. Incluso un día llego a pedirle que se vistiese como si hubiese estado desnuda.
Agotada, un día como cualquier otro, tomo su mano; la llevo hacia su pecho y la miro a los ojos.

Joy, sabes que te odio mucho; se dijo para si misma y la besó.        

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