Estados personales o el deseo del deseo del otr*.





Personajes

El psicólogo
Adriana
María del Carmen
El espejo
La chica que no se miraba al espejo



Escena 1

            Apenas un cenital alumbra las manos del psicólogo. Es lo único que se puede distinguir en todo el lugar.

El psicólogo
-Quisiera poder hablarles hoy de mí. Y no como un gesto histérico, y mucho menos narcisista. Sino desde el corazón, con la sinceridad afuera, por decirlo de alguna manera. No ha sido posible durante estos años pensar otros acuerdos más que este:

Estamos destinados a repetirnos una y otra vez, pero cada vez que lo hacemos, lo repetimos de peor y más precisas maneras.

            Las luces comienzan a dejar ver una formación de baile atrás del psicólogo. Y comienza la música. Una pequeña coreografía se realiza.

En estos movimientos por ejemplo, sin duda, podemos ver –perdón, voy a ser más preciso-; podemos significar a los cuerpos como material redundante sobre sí mismos.

¿Qué hace un cuerpo en escena?
O mejor,
¿Qué puede un cuerpo en escena?

Estas fueron las preguntas por las cuales me acerque al teatro, a la danza, y sobre todo a la performance.
No he conseguido más que inseguridades y una esposa.

Ella es maravillosa pero, realmente, no nos entendemos en absoluto. Hemos querido trabajar juntos todos estos años pero siempre termino antes de comenzar.

En fin no quiero perderlos con mis historias.
Nos concentremos en esas dos mujeres que no han parado de hacer todo lo posible para llamar la atención…


Escena 2

Tod*s siguen bailando, cada vez más desganadamente.

El psicólogo
-Como ven el deseo no puede sostenerse indefinidamente. Y no porque el deseo se termine, sino simplemente cambia. Es como una fuerza imparable destinada a ser otra. El deseo no tiene objeto como se suele pensar, el deseo no posee nada, es la abertura a la nada. La angustia imposible de contener en el pecho, y tanto es así, que sale como lágrimas en el rostro. Y siempre en el rostro del otro. Uno siempre se guarda la emoción, es como una pelea por quien no se será o se verá llorando cuando la leche se vuelque sobre la mesa.
Lo cual me recuerda a una película, de hace años, como era que se llamaba.

Quienes bailaban ahora comienzan a escenificar y representar una escena de la película mencionada, donde la actriz principal vuelca la leche sobre la mesa mientras un joven del edificio del frente la espía.

Claro, por cierto, es esa película de Kieslowski. Ese director polaco que todo el tiempo esta entre la misoginia y la genialidad, como la vida misma.
El deseo es siempre esa acción que devuelve la mirada, y no para aceptarte, sino todo lo contrario quizás; te devuelve una mirada feroz.

            Comienza a sonar la canción La Copa Rota en la versión del rey Pelusa (Cuarteto, Córdoba, Argentina)

La chica que nunca se miraba al espejo
-Disculpe que me salga así de la escena, pero resulta muy interesante que hable del deseo como algo que no se experimenta en absoluto, y que si se lo llevase a cabo una se siente aun peor…

Supongamos por un momento, reemplacemos la leche por una copa rota.
Por favor (indicando a los demás en la escena)

Gracias…

Entonces si bebemos nos cortamos, pero si no bebemos la canción seria eterna.
Quizás el deseo no sea más que un depósito que le ponemos a los objetos y a las personas, pero no como una transferencia o un espejo, sino como un depósito de sentido.

Dos mujeres comienzan a besarse en escena

Esperamos del objeto deseado el sentido que complete nuestra existencia. Y el mundo no significa nada.
Somos esa mota de polvo atravesando una infinidad de basuras de estrellas que desaparecieron hace mucho tiempo. Deseamos el sentido del otro. Queremos que nuestra vida se llene de sentido.  Y el mundo siempre… Y el mundo nos traiciona una y otra vez.

Yo los traicionare una y otra vez. Antes la soledad que la ausencia absoluta de la deuda y el rio sin correr.

El psicólogo
-Gracias por compartir con nosotros todo eso, no termino de entender lo que decís. Esta claro que hay necesidad de decir. Que hay necesidad de poner en palabras cosas que siempre están pasando.

Pero sigue siendo molesto que dos personas de este grupo se pongan a besarse cada vez que no hay mayores acciones dramáticas.

¿Estas dos mujeres tienen marcado hacer eso?

            Todos quedan en silencio y mirando a las dos mujeres. Mientras ellas siguen besándose. Eventualmente ellas lo notan y se separan acomodándose para comenzar a actuar.

Escena 3

            Las dos mujeres separadas se sientan una enfrente de la otra.

Adriana
-Lo pensemos bien, la gente está loca. Y no vamos a caer en la más berreta de  las explicaciones. El psicólogo está muy cuerdo, demasiado cuerdo. Es como la amenaza de lo racional. Esa calidad de lo normal. Esa realidad de lo normal.

Lo pensemos un momento.
Yo soy narcisista, y sin embargo no intento darle otra explicación a las cosas que las cosas mismas. Como el sueño de la razón de Goya.
Producimos monstruos.

María del Carmen
-Y los amamos. Abrazamos esas monstruosidades como si nos pertenecieran, y las vemos partir siempre de lejos. Nuestras monstruas, ¿Dónde están?
¿Cómo las reconoceríamos?


Adriana
-Durmiendo.
No, mejor cogiendo.

El espejo
-Es preciso que nos detengamos un momento para explicar cuál es el tono de la obra. Evidentemente ya no tenemos cosas para contar, acciones para hacer, ni libretos que interpretar.

Tod*s l*s act**s se levantan y se ponen en una fila atrás de El Espejo.

El espejo
- Los antiguos reconocían, tanto la oposición, como la proximidad, de la risa con el llanto. Ambos eran objeto de explicaciones fisiológicas y psicológicas, como lo sigue siendo hoy.

La tradición médica clásica, inaugurada por Hipócrates y consolidada por Galeno y sus seguidores, intentó dar explicaciones fisiológicas de tales fenómenos, a menudo haciendo hincapié, en el caso de la risa y el papel de las contracciones del diafragma.
Pero en la tradición galénica, la predisposición a la risa provenía de un desequilibrio de los humores, de los cuatro elementos cuya combinación formaban la personalidad humana. El autor de un texto atribuido a Melecio, descubierto en el siglo XVI, de un doctor del siglo IV, que combinando etimología y psicología humoral en su relato de la risa en el Tratado sobre la naturaleza humana dice: "La risa es llamada Gelos por los griegos, y Gelos viene de hele, lo que significa calor. Para aquellos que son calientes suelen estar considerados como muy inclinados a reír. Y por otro lado haema (que significa sangre), se dice que proviene de aetho que significa ‘Estoy ardiendo’. Por esto es que es el más caliente de todos los humores de nuestro cuerpo; y por tanto aquellos en los que abunda la sangre, suelen tener mentes más alegres. "

El lugar común clásico más famoso sobre el tema de la risa fue la afirmación de Aristóteles, en Las Partes de los Animales, "ningún animal excepto el hombre ríe."
Rabelais recuerda estas palabras al comienzo de Gargantua; que también fueron citadas con frecuencia en los textos médicos del siglo XVI.
El argumento de Aristóteles es fisiológico: se discute en un mismo párrafo la afirmación de que las heridas en el estómago pueden producir risa a causa del calor producido por la lesión. No todos los comentaristas posteriores, sin embargo, aceptaron la posible implicación de esta afirmación, que la risa, podría ser constitutiva de la humanidad.
Muchas risas, y lo cómico especialmente, es visto como potencialmente peligroso.
La Iglesia cristiana primitiva por ejemplo, el padre Lactancio le respondió a Aristóteles que "el bien supremo en el hombre es la religión única", señalando que otros animales también "tienen una especie de sonrisa." 
Por otra parte, Aristóteles se distancia en otros lugares de algunas de las implicaciones de su afirmación. En el libro IV de su Ética a Nicómaco, por ejemplo, advierte de los peligros del exceso de la risa, y  la importancia de un "estado intermedio" en el trato con el buen humor, uno que evite los excesos de " bufones vulgares, de correr tras el humor a toda costa”.
Y esta insistencia en alguna medida lo diferencia de Platón, que en el Libro III de la República advirtió que los guardianes de la república "no deben ser propensos a la risa. Porque normalmente cuando uno se abandona a la risa violenta su propia condición, provoca una reacción violenta." Platón llega a sugerir que" si alguien representa hombres de valor como subyugados por la risa no deberíamos aceptarlo."

La principal razón para sospechar de la risa y la comedia deriva de su asociación con lo vulgar. En la tradición galénica un desequilibrio en los humores da forma a la predisposición personal a reír; pero lo que provoca la risa es a menudo ridícula o excesiva mueca. En el libro decimo de La República,  a Platón le preocupaba que la comedia lleve a los espectadores a aceptar lo que de otro modo repudiarían, argumentando que "en las representaciones cómicas, o para el caso, en la conversación privada, usted siente placer intenso en bufonadas que lo ruborizarían si las practicara usted mismo”.
Aristóteles refina este argumento en la Ética a Nicómaco. Su intento de postular un "estado intermedio" le permite distinguir entre el bufón y " el hombre listo e ingenioso”. El primero "es el esclavo de su sentido del humor, y no perdona ni sí mismo ni a los demás, si puede producir risas"; el último en cambio se muestra abierto al sentido del tacto y " decir chistes por decir no es impropio de un hombre de buena familia, o porque no procura dolor, o incluso da placer, al oyente".
Se extrapola a partir de esta distinción una analogía con la historia del teatro griego, y sugiere una progresión de la vieja comedia de Aristófanes a la nueva comedia de Menandro, que llegaría a ser el comediante más importante: "…los autores de la antigua indecencia del lenguaje fueron divertidos; a los de esta última insinuación, éstos difieren en gran medida de su relación con el decoro”.

            Tod*s los act**s se desnudan menos El Espejo, que se retira de la escena. Y comienzan a burlarse un*s a otr*s de sus partes desnudas y sus supuestas imperfecciones corporales.

Escena 4

            Adriana y María del Carmen se ponen unas batas y se acercan al público.

Adriana
-Hay, sin duda, algo con el desnudo en escena. Hay algo sin duda con esto del cuerpo.

María del Carmen
-Es muy sencillo verlos ahí, expuestos, es muy sencillo ver allí la exposición del otro, de la otra, de aquello que no es mi cuerpo. No necesariamente excita sexualmente, o no solo sexualmente.

Adriana
-No sabría que decirte. A mí ya nada me excita, en ninguno de sus sentidos. Quizás ya estoy grande. Pero si de algo estamos seguras es que sin cuerpo no hay historia, y sin historia no habría este cuerpo.

María del Carmen
-Digamos algo inteligente, algo que llame la atención de ellas.

Adriana
-Que tal… Palidecer bajo tu amor como una sombra fugaz del mediodía al filo del olvido.

María del Carmen
-Muy romántico… tontamente romántico.

Probemos esto:
Hazme acabar hasta que sangren tus dientes allí abajo, hasta que cristo salga de esa pequeña bombacha bien metida en tu culo…

Adriana
-No, no, muy religioso.

Se acerca el psicólogo

El psicólogo
-Quizás podríamos intentar con una variación de ambas: bajo tu amor sangrar hasta el olvido de cristo.

Adriana
-Él no debería opinar, digo, no así. Él está para relatar otra cosa. Evidentemente cada una hace lo que quiere.

María del Carmen
-Ya sé… en el olvido infantil de tu violencia, te amo, me arrodillo y chupo.

El psicólogo
-El relato proseguirá con frases armadas para someter  la imaginación del público…

            Tod*s los act**s se visten y se cambian de ropa, quizás se maquillan, quizás entrenan sus voces.
            Buscan rápidamente objetos en la oscuridad y comienzan a armar una pequeña oficina de cartón pintado que apenas puede sostenerse en pie.
            Adriana y María del Carmen se sientas como si trabajaran en esa oficina. Comienza a sonar una música funcional, un tanto romántica.


Adriana
-Te molesta si te pregunto algo…

María del Carmen
-Depende.

Adriana
-¿De qué depende?

María del Carmen
-De cuan personal sea la pregunta, soles tener comentarios un tanto extraños, para decirlo de alguna manera…

Adriana
-En serio, no me digas así, entonces te molesta todo lo que digo. Lo único que hago en esta oficina es hacer comentarios…

María del Carmen
-No, dale decime, te estaba molestando…

Adriana se queda en silencio y comienza a trabajar con sus papeles.

María del Carmen
-En serio… te ofendiste, ahora no me vas a decir. Dale decime, tus comentarios son lo único que me divierte en esta oficina… por favor…

Adriana
-No es un comentario, es una pregunta…

María del Carmen
-Pregunta entonces…

Adriana
-¿Qué haces el viernes a la noche?

La música pisa el texto y apenas deja escucharlo.

María del Carmen
-¿Qué?

Adriana
-El viernes un amigo me invito a una obra de teatro donde actúa, y quería (la música vuelve a interrumpir) invitarte…

María del Carmen
-¿Quién? Ese chico que vino a buscarte el otro día, flaquito…

Adriana
-Sí, él. Te acordas… si, estrena la obra donde trabaja y pensé en que quizás te gustaría ir (la música vuelve a interrumpir de nuevo)

María del Carmen
-Mira vos que bueno, hay que tener ganas para seguir haciendo teatro a su edad. Yo no sé si podría…

El psicólogo interrumpe la escena

El psicólogo
-Ella va ignorarla de esa manera una y otra vez. La negación a la interpelación es muy característica en personas como ella.

María del Carmen
-No es cierto (al psicólogo), y tampoco es cierto que no quería escucharla. Solo que no podía creerlo. No, miento. Yo solo pensé que se trataba de una invitación social, del tipo amigas.  Y seguí:

Yo en un tiempo tuve la intención de tomar un taller de teatro o algo así.

Adriana
-en serio me lo decís, si queres venir conmigo (la música vuelve a interrumpir de nuevo) este viernes, ahí seguro podes preguntar dónde o algo, si te sigue interesando.
¿Queres venir conmigo al teatro?

María del Carmen
-Sí, ¿a qué hora seria?

La música comienza ensordecer

Adriana
-Como a las nueve de la noche.

El psicólogo con un gesto para la música. Mientras atrás Adriana y María del Carmen se tocan las tetas riéndose.

El psicólogo
-El ruido representa ese lugar donde el deseo perturba incluso su propia realización. Es posible que la representación misma aquí llevada a cabo sea por lo menos, obvia.

El espejo
-Si hacemos una breve descripción de lo que significa la comedia en la Poética de Aristóteles, se elabora algo sobre estas ideas. A diferencia de la tragedia, cuyos protagonistas son hombres de gran valor moral y valía, en la comedia -según él- son " las peores imitaciones de los hombres promedios; no solo, en cuanto a todo y por todo tipo de culpa; sino por un tipo particular, el ridículo, que es una especie de lo feo." Él va a especificar que "el ridículo puede ser definido como un error o una deformidad y no produce dolor o daño a los demás.”
Se especula sobre su origen, lo que sugiere que, al igual que la tragedia, que evolucionó a partir de preexistentes formas poéticas. Poetas gravitaron hacia uno de los dos tipos de verso en función de su naturaleza: "el más importante de ellos representaría acciones nobles, y las de personajes nobles; y el tipo más desagradable las acciones innobles. Esta última clase produjo invectivas al principio, al igual que otros hicieron himnos y panegíricos. Homero ofrece el precedente para ambos: sus poemas épicos (en particular la Ilíada) apuntan a la tragedia; El Margites, un poema burlesco que se le atribuye en la antigüedad; dio lugar a la comedia. Según Aristóteles: "no una invectiva dramática, sino un cuadro dramático de lo ridículo". Desde sus orígenes en las formas improvisadas, cada tipo de poesía, a su vez, adquirió formas poéticas características y propias. En última instancia, sugiere, el ditirambo evolucionó hacia la tragedia y las canciones fálicas asociadas con el culto de Dionisio hacia la comedia.

La chica que no se miraba al espejo
-¿De qué nos sirve todo esto?

Escena 5

El espejo
-el problema está en cómo nos vemos a nosotros mismos…
La historia que parece no poder terminar de definirse entre ellas, solo tiene un sentido: volver  a estar solas frente al espejo. Una y otra vez.

María del Carmen y Adriana se levantan y caminan entre el público hablando y sonriendo mutuamente como si estuvieran seduciéndose.

Ellas irán al teatro, a la excusa más vieja del mundo, hacerse un lugar para soñar que nada está perdido.  No se contar bien las historias de amor, se me olvidan detalles importantes, no soy muy descriptivo. Pero les puedo adelantar esto: después del teatro se fueron a cenar, se miraron a los ojos y se besaron. Creyeron enamorarse, se eligieron en la ausencia absoluta de conciencia. Se enamoraron como si de eso dependiera todo el espacio en aquel momento. Y el relato que ellas harán en el futuro va estar marcado de esa confusión primaria del acontecimiento.

María del Carmen y Adriana se acomodan junto a alguien.

Adriana
-No me trates así, como si no importara, ya te dije. Nunca te mentí. Desde el principio sabias como era yo. Yo sé, entiendo. Pero la que se queda sola soy yo.

María del Carmen
-Yo no quiero una vida de correcciones políticas, quiero simplemente vivir. Es ridículo incluso hacerlos frente a todos. Ni siquiera sé lo que quiero…

Adriana
-No estoy discutiendo tu deseo, lo que para vos es corrección política para mi es vida, mi compromiso, mi elección. Si no queres saber nada con eso, lo entiendo. Pero no me hagas disculparme por eso, como si te hubiera engañado.

El psicólogo
-Hay un grado en la semiótica de la discusión de una pareja que se asemeja a lo incomprensible. El castillo de sentidos construidos en una relación sexo afectiva se parece a una novela surrealista. En esa trama podemos regodearnos sin más…

            Ellas se ponen de pie, mientras María del Carmen se aleja del público, Adriana le dice algo al oído a alguien del público, y después lo besa en la boca.

María de Carmen (dirigiéndose a La chica que no se miraba al espejo)
-No entiendo, no lloro porque estoy agotada. Quiero volver al principio.

Apagón. Ruidos silvestres y una lluvia que llega a lo lejos. En la oscuridad total

Adriana
-¿Puedo darte un beso?

María del Carmen
-¿Por qué pedís permiso?

Adriana
-Porque es tu boca.

María del Carmen
-no hagamos esto mas tonto, ya somos grandes. Las dos sabemos porque me invitaste al teatro y porque yo acepte.

Adriana
-Entiendo. Pero por lo menos sabes que no das señal alguna, ¿no? Una puede ser lo suficientemente neurótica para dudar de los gestos. Pero no hay gesto en absoluto de tu parte.
 María del Carmen
-Mira, hagamos esto: salís de este bar horrible, y volves a entrar.  Miras para todos lados y me ubicas… Dudas un instante y te acercas a mí.  Me tomas la mano, me miras a los ojos y me besas. ¿Te parece?

Adriana
-Hecho…

Vuelven las Luces, video de las placas de los mercados bursátiles del mundo. Todas las personas en escena se acomodan simulando un bar, charlan y hablan.

Adriana reaparece en escena, se dirige a María del Carmen, se toma su tiempo;  y finalmente la besa.

Maria del Carmen
-Viste que no era tan complicado.

Adriana
-No me gusto, no me salió bien, lo hagamos una vez más. Por favor.  

Maria del Carmen
-Bueno.

Apagón, todas se reacomodan. Luces nuevamente. Entra Adriana dirigiéndose a Maria de Carmen, y la besa directa y apasionadamente.

Maria del Carmen
-Este fue más de película. Mas actuado si se quiere. No estoy diciendo que no me gusto. Solo que no se sintió tan sincero como lo anterior. No entiendo porque no te gustó el anterior.

Adriana
Es verdad… Tampoco salió como quería, esta vez lo hago como quiero. Te juro. ¿Una vez más?

Maria del Carmen
-Bueno.

Apagón, todas se reacomodan. Luces nuevamente. Entra Adriana, se detiene un momento entre los demás en escena, habla con uno de ellos y sonríe a María del Carmen. Se aproxima, finalmente, toma las dos manos de ella. La mira a los ojos, le dice algo al oído, sonríe; y la besa.


María del Carmen
-Podría amarte… Pero ya llevo tres intentos. Yo no puedo trabajar así. Volvamos a la oficina mejor.

Adriana
-No, no quiero volver allí. Hagamos como esos relatos donde no se sabe de qué vive la gente.

Interrumpe la música a todo volumen.
Silencio.

Escena 6

La chica que nunca se miraba al espejo
-Cuando las personas se separan es cuando mejor se conocen las personas. No es una posición estúpida moral sobre cómo debemos comportarnos. Estoy muy lejos de eso, una chica sencilla para las pasiones como yo, ausente de todas las ausencias, solo puede aportar un par de líneas políticas.

La chica que nunca se miraba al espejo se adelanta, tras ella las demás personas en escena escenifican violentas escenas entre las parejas posibles a formarse. Desde ademanes hasta golpes.

Primero las definiciones, las formas vacías del contacto, ese roce esquivo de ti, y de ti también. Me recosté un día esperando que saliera algo de ahí abajo, pero nada. Ni una sonrisa. Una que dijera mi nombre. Un rio de deseos llevado arriba por tus manos. Seremos lo que siempre fuimos.
Ausencias en e aire.
Ese dolor preciso, casi infinito de pequeño, como un regalo ingrato. Y ya perdimos… ya veníamos derrotadas.

El pacifismo miente y se miente al hacer de la discusión pública y de la asamblea el modelo acabado de lo político. Es en virtud de esto que un movimiento como el de las plazas se encontró incapaz de volverse otra cosa que un insuperable punto de partida.
El pacifista detesta recordarlo, pero los griegos antiguos inventaron lo político como continuación de la guerra por otros medios.
La igualdad en la palabra deriva de la igualdad ante la muerte. La democracia ateniense es una democracia hoplítica. Se es ciudadano en ella porque en ella se es soldado; de ahí la exclusión de las mujeres y los esclavos. En una cultura tan violentamente agonística como la cultura griega clásica, el debate se comprende a sí mismo como un momento del enfrentamiento guerrero, entre ciudadanos esta vez, en la esfera de la palabra, con las armas de la persuasión.
Los brazos inanimados de los cadáveres que cubren el campo de batalla antiguo son la condición estricta de los brazos que se elevan para intervenir en las deliberaciones de la asamblea. Este modelo griego de la guerra está tan poderosamente anclado en el imaginario occidental que una casi lo olvidaría sólo en el momento mismo en que los hoplitas acordaban el triunfo a aquella de las dos falanges que, en el enfrentamiento decisivo, consentiría a la mayor cantidad de muertos…

El espejo
-¿De qué estás hablando? Yo no puedo creer que no tengamos un mínimo de referencia narrativa, que todo de vueltas en un gesto narcisista de reflexiones a medio camino.

Vamos no seamos hipócritas, estamos hablando del amor. Que levante la mano quien no pensó en eso. Si tienen que decirle a alguien de que se trata la obra que vinieron a ver, se trata de eso.
Y no es eso la relación con el otro, solo un guion que alguien escribió de una forma muy apresurada y con todos los lugares comunes juntos. Donde las relaciones sexo afectivas se distribuyen diferencial y jerárquicamente entre el verdadero amor y el verdadero sexo…

La chica que no se miraba al espejo
-Nadie está hablando de amor, estamos hablando de políticas en las relaciones con las otras. En una guerra enorme que no tiene comienzo, pero se viene repitiendo. La repartición política de lo afectivo. Yo te odio, más de lo que podría aceptar. Te abrazo hasta hacerte estallar. Me hago un espacio vacío. Jamás miro tu rostro y muchos menos el mío.

Que se nombre guerra irregular, guerra psicológica, pequeña guerra o guerrilla, aquello que es en otra parte la norma de la guerra, no es más que un aspecto de esa aberración que llamamos rostro.
El pacifista sincero comete la hazaña de engañarse dos veces sobre la naturaleza del fenómeno que pretende combatir. No sólo la guerra no es reductible al enfrentamiento armado ni a la carnicería, sino que ella es la matriz misma de la política de asamblea que él preconiza.
Dos conflictos mundiales y una terrorífica lucha planetaria contra el “terrorismo” nos han enseñado que es en nombre de la paz que se llevan a cabo las más sangrientas campañas de exterminación. La prohibición de la guerra expresa en el fondo únicamente un rechazo a admitir la existencia de la alteridad. La guerra no es la carnicería, sino la lógica que preside al contacto de otros heterogéneos. Se libra por todas partes, bajo formas innumerables, y la mayoría de las veces por medios pacíficos. Si hay una multiplicidad de mundos, si hay una irreductible pluralidad de formas de vida, entonces la guerra es la ley de su co-existencia sobre esta tierra. Pues nada permite presagiar desenlace a su encuentro: los contrarios no permanecen en mundos separados. La guerra que llevamos a cabo sobre la materialidad viviente toda, eso que llamamos animales. La estamos ganando.

  El drama es que ninguna forma de acción es en sí revolucionaria.

Terminan las escenas de violencia atrás de la chica que no se miraba al espejo. Apagón.

Escena 7

Adriana y María del Carmen toman un asilla cada una y se sientan, una en frente de la otra. Lo mismo  hace el espejo y la chica que nunca se miraba al espejo. El psicólogo un poco más atrás se sienta frente a una silla vacía.

Adriana
-Estoy segura que te amo.

María del Carmen
-Basta, no basta solo con decirlo. Es una cuestión de compromiso. No dudo que me ames, pero es difícil creer que te importe. No sé qué vamos a hacer, hace más de diez años que estamos juntas, todo cuesta el doble, el deseo se parece a la pereza…

El espejo
-Pero no… no es justo, quiero que sigamos juntos. Como veníamos, no entiendo que ha cambiado. Es como si hubiéramos tenido dos vidas paralelas, salís ahora con esto…

La chica que no se miraba al espejo
-¿¡Ahora te salgo con esto!? ¡Que es ese esto! No te entiendo, todo el tiempo me alentabas para que hiciera lo que realmente quisiera. Bueno estoy haciendo eso.

El psicólogo
-Yo entiendo que debemos experimentar cosas nuevas, que las parejas se van desgastando en deseo sexual y en cariño. Que el estado de cosas actual nos comprime a una voracidad de novedad y sinceramientos. Pero lo podemos llevar adelante juntos.

La chica que no se miraba al espejo
-No es cierto. No es así… Mentís, mentís por todos lados. Te miro y sé que estas mintiendo. No sé bien que. Y ese es nuestro problema. Este pueblo está ardiendo. Y yo me quiero ir. Lo sé, lo sé; no hay donde ir. Pero me quiero ir igual.

El espejo
-Mi amor, no. Ha sido tan duro estos años hasta que te encontré…  Estoy seguro de eso… puede que este loco, pero somos tu y yo los de la suerte. Esta vez somos nosotros, no lo ves acaso.  Yo sé que también sientes lo mismo. Por eso no lo entiendo.

María del Carmen
-Te imagino ahí, despidiéndome. Si me olvidas vivirás tranquila, tendrás planes y proyecciones… necesito que entiendas que nadie te está obligando a nada. Yo entiendo que esto tenga que suceder, pero no lo quiero.  No entiendo porque todo esto tiene que ver con lo que haces de tu vida. Si yo te he acompañado en todo…
Adriana
-Basta, no quiero escuchar nada. Al momento de encontrarnos he llegado en plena tormenta. En mi tormenta. Todos esos altibajos de emociones que siempre reprochaste se hicieron un nudo en la garganta que no logro desatar. Basta, en serio, eres como ese abrigo agobiante. Una sola quería, estar calentita. O estar cerca. No sé. No me gustaría seguir con esta conversación. No veo que sentido tenga.

La chica que no se miraba al espejo
-La belleza con la que cambias las cosas es increíble. Comenzamos todo esto como un romance, o algo parecido; y terminamos hablando de lo que queres. A quien le interesa lo que quiere el otro. A nadie. Nadie dice verdad sobre lo que sucede aquí. Porque no nos besamos. No se trata de coger finalmente. De ese tipo de contacto humano. Hemos cerrado esa puerta hace mucho. El beso dejo de significar algo. Y sin embargo, todavía nos queda. Bésame. De verdad.

El espejo se levanta y se acerca al psicólogo y lo besa

El Psicólogo
-No es solo besarnos, no basta con acertarte así. En más, acercarte así es hostil... yo me pierdo, me duele. No sé qué decirte. Solo que no te vayas.

El psicólogo se levanta y se acerca al público.

María del Carmen
-Porque siempre tiene que haber un final. Que significa un final. Porque no puedo librarme del final. Ya no quiero esta conversación, todo comenzó como un sueño. No hay historia, yo quiero una historia. Una historia de amor. No es suficiente con que seamos dos mujeres.

Comienza a sonar la canción No me doy por vencido de Luis Fonsi.

El espejo
- Soy como un niño dormido, que puede despertarse con apenas sólo un ruido. Cuando menos te lo esperas.
Cuando menos lo imagino, sé que un día no me aguanto, voy y te miro…
Y te lo diré a los gritos, y te reirás,  y me tomarás por un loco atrevido. Ni sospechas cuando te nombré di atrás día.
Yo no me doy por vencido, yo quiero un mundo contigo.  Juro que vale la pena esperar, y esperar y esperar un suspiro. Una señal del destino. No me canso, no me rindo, no me doy por vencido.
Porque estoy tan sólo a un paso de ganarme la alegría, porque el corazón levanta una tormenta enfurecida desde aquel momento en que te ví. ¿Te vi?

Yo quiero un mundo contigo.
¿Yo quiero un mundo contigo?


La chica que no se miraba al espejo
-Donde están mis amigas, todo esto se parece al encierro. No hay lazo posible en el encierro. Yo solo quería coger.
Yo solo quiero coger.

No es complicado.

Pero es un mundo.

Que no me quiera el deseo, que no me abrace esa pareja, que no somos un trio.

María del Carmen y Adriana se levanta se acercan una a la otra, se besan y comienzan a desnudarse.

Aunque las desee, que no me abrace el deseo.
Lo que puede un cuerpo. No hay acción dramática. Solo sexo.

Y eso no es sexo.
Eso no es deseo.
Y eso no soy yo.

El espejo
-Una comedia necesita un enredo, un malentendido. Para después poder recomponer todo.  

La chica que no se miraba al espejo se acerca a María del Carmen y Adriana, y comienzan a besarse las tres.

El Psicólogo
-Señores, con ustedes el conflicto. 

Apagón.

Escena 8
            En completa oscuridad al comienzo…
La chica que nunca se miraba al espejo
- Quienquiera que se dedique a frecuentar los medios radicales se sorprende en primer lugar del hiato que reina entre los discursos y las prácticas, entre las ambiciones y el aislamiento. Parecemos como condenadas a una suerte de ahogo permanente. Poco se tarda en comprender que no estamos ocupadas en construir una fuerza revolucionaria real, sino en mantener una carrera hacia la radicalidad que se baste a sí misma — y que se libra indiferentemente sobre el terreno de la acción directa, del feminismo, del poliamor o la teoría cuir. El pequeño terror que nos envuelve y que nos vuelve  el mundo tan rígido, no es el del posible partido bolchevique.
Es más bien el de la moda, ese terror que nadie ejerce en nadie, pero que se aplica a todos.
En estos entres, tememos ya no ser radicales, como se teme en otras partes ya no ser tendencia. Basta muy poco para deshacer una reputación. Se evita ir a la raíz de las cosas en beneficio de un consumo superficial de teorías, manifestaciones y relaciones. La competencia feroz entre grupos así como en su propio seno determina su implosión periódica. Siempre hay carne fresca, joven y engañada para compensar la partida de los agotados, de los abismados, de los asqueados, de los vaciados. Un vértigo toma a posteriori a quien desertó esos círculos.
¿Cómo puede una someterse a una presión tan mutilante por unos asuntos tan enigmáticos?
Se trata más o menos del tipo de vértigo que debe tener cualquier exejecutivo agotado  vuelto panadero recordando su vida de antes.
El aislamiento de estos medios es estructural: entre ellos y el mundo, ellos han interpuesto la radicalidad como criterio; ya no perciben los fenómenos, sólo su medida. En cierto punto de autofagia, se rivalizará en ellos la radicalidad en la crítica del medio mismo; lo cual no mermará en nada su estructura.

Frágiles luces develan el cuerpo desnudo de la chica que no se mira al espejo…

La voz del Psicólogo
- Si defino lo radical como productor de acciones y de discursos radicales, se termina por forjarse una idea puramente cuantitativa de la revolución: como una especie de crisis de sobreproducción de actos de revuelta individual. No perdamos de vista que la revolución no será sino la resultante de todas estas revueltas particulares.
La Historia está ahí para desmentir esta tesis: ya sea la revolución francesa, rusa o tunecina, o argentina del 2001. En cada ocasión, la revolución es la resultante del choque entre un acto particular —la toma de una prisión, una derrota militar, el suicidio de un vendedor ambulante de frutas, el dinero que no sale de un cajero— y la situación general, y no la suma aritmética de actos de revuelta separados.

Mientras tanto, esa definición absurda de la revolución produce sus estragos previsibles: uno se agota en un activismo que no embraga sobre nada, uno se libra a un culto agotador de la performance donde todo radica en actualizar en todo momento, aquí y ahora, su identidad radical — en manifestación, en amor o en discurso. Esto dura un tiempo — el tiempo del burn out, de la depresión o de la represión.
Y uno no cambió nada.




La voz del Espejo
-No olvidemos que robamos palabras, siempre robamos palabras. Hacemos la novedad con ellas. Les robamos a nuestras hermanas y hermanos esas palabras. A las amantes y los amantes, a la señora de la esquina y al presidente de moda. A los libros de historia. A los posteos de Facebook. Al maestro de la primaria. A la policía del noticiero. A las charlas con desconocidos. A los amigos que se odia, y a los que se ama. A los que se fueron. Y los que recién llegan. A las búsquedas de google. Al software libre, al pago, al hackeado.  A la página en blanco. Al sexo sin ganas. A la pasión de los domingos al anochecer. A las conversaciones ajenas.

A veces repetir es solo repetir.

Atrás de la chica que no se miraba al espejo y a la izquierda, aparecen María del Carmen y Adriana también desnudas.

Adriana
-¿Cuál es tu idea de felicidad?

María del Carmen
-Coger

Adriana
-En serio…

María del Carmen
-Es en serio, coger…

Adriana
-Y no te aburrirías pronto, yo me aburriría…

María del Carmen
-No estoy pensando en coger siempre con una misma persona.  

Adriana
-Entiendo… ¿Entonces no tendrías pareja?

María del Carmen
-Que tiene que ver tener pareja con no poder coger… Entiendo…
Al caso tampoco creo en la idea de felicidad.

Apagón…


POSIBLE FIN 

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